istanbul escort - kina organizasyon - sunnet organizasyonu - dansoz kiralama
Actualidad

Las dos gorras de Roberto Herrscher y el arte de observar objetos

Por ~ Publicado el 8 noviembre 2016

Una tarde de noviembre del 2016, Roberto Herrscher dictó lo que parecía ser un breve taller de crónica en la Feria Internacional del Libro de Santiago. Sin embargo, después del intermedio a las tres horas de duración, la ponencia dio un giro radical. Acompáñanos a través de esta relatoría a comprender por qué muchos de los asistentes salieron con las ganas de cazar su propia historia y de escribirla de una vez por todas.  

Roberto Herscherr durante un taller en la Fundación Tomás Eloy Martínez. Foto: Verónica Lilian Martínez.

Roberto Herscherr durante un taller en la Fundación Tomás Eloy Martínez. Foto: Verónica Lilian Martínez.

“Tierra, uniforme, árbol, gorra”, apunta Roberto en la pizarra. El último cree acertar. Yo también, pienso, tiene que tratarse de una gorra. Quedamos sólo siete en una sala que fue programada para treinta. Detrás de nosotros se dejan ver, por las ventanas, letreros con títulos, editoriales, autores famosos. Los demás se han ido y es mejor. Salieron algunos repitiendo frases como “qué inspirador”, y otros, cabizbajos, solo se camuflaron por entre la gente. Roberto mete la mano en su mochila azul y ahora, con los ojos abiertos, todos quedamos expectantes. Sí, son dos gorras, gorras de militar. “De la guerra de Las Malvinas”, dictamina.

Los que se fueron acababan de perderse el momento más importante del taller de crónica que el argentino Roberto Herrscher dictó para la Feria del Libro de Santiago. Después de un fin de semana largo, la tarde del 2 de noviembre del 2016, aficionados, periodistas, publicistas, pero mayoritariamente mujeres de edad adulta, nos juntamos para hablar de eso que algunos dicen —desde hace mucho— está de moda: la crónica.

No es casualidad que por segundo año consecutivo se realice un taller express así en este evento. El anterior, con la misma magnitud de concurrencia, fue dictado por el periodista Juan Cristóbal Peña, director de Periodismo UAH, alma máter de Puroperiodismo. En él, intentó sumergirnos en la crónica a través de los textos más primigenios de este lado del continente. Pigafetta, De Vivar, los grandes cronistas que se aventuraron a la exploración del nuevo mundo. Esta vez, Herrscher nos trazaba un mapa divisorio de las diversas corrientes de la crónica pero en su etapa más moderna. Hersey, Capote, Alexievich, y por supuesto, los latinos: Caparrós, Alarcón, Guerriero. Quedaba corta la pizarra.

Cuando era niño, cuenta Roberto, en su país pasaban cosas que se sabían pero que no se decían. Se llenó de dudas, recuerda, de preguntas sin respuesta. “Desde ese momento quise saberlo todo”, dice. Desde ese momento se hizo periodista. Luego, mencionará brevemente su paso como combatiente en Las Malvinas, su concepción sobre la guerra, las preguntas con las que su hijo le llena y cuyas respuestas, casi siempre, terminan decepcionándolo, la forma en como Hiroshima —el texto de culto de John Hersey— le cambió la vida -la vida de Einstein y la de sus colaboradores-. Pero nada, nada se podrá comparar con lo que pasaría después del receso y cuando casi el 70 por ciento de asistentes ya se hayan ido.

Al grano. Roberto no se sorprende con lo vacía que está la sala. Nos ubica en dos grupos a los que quedamos y nos dice: “Cierren los ojos, no los abran hasta que yo diga”. Todos le seguimos el juego como si fuésemos los niños de una fiesta infantil. El ambiente está impregnado con el aroma de los cafés que muchos compraron en el receso y aún así, el maestro nos insta incluso a oler eso que nos entregará y que iremos pasando de mano en mano. “Luego”, dice, “tienen que escribir en una hoja la primera palabra que se les venga a la mente”.

Yo escribí “uniforme”. Tenía que ser eso, sabía que era una gorra pero no era una convencional. María José, una de las asistentes, escribió “dinero” y antes de observar lo que Roberto sacaba de la mochila increpó: “¿no era una billetera?”. Su grupo la tenía más difícil. Sí, eran dos gorras, pero la de ellos tenía solo la forma circular y no traía visera. “Como la de Popeye”, dijo alguno. Luego, Roberto nos pide anotar otra palabra después de observar de qué se trataba. “Pesadilla, miedo, equipo”, para la primera, visera aplanada y de color camuflaje, como la un marín profesional. “Soledad, navegante”, para la segunda, la de Popeye.

Antes de la tanda de preguntas, Roberto nos recuerda la importancia de imaginar las cosas antes de verlas y compararlas luego con lo que son, pero alguien no se aguanta y lo interrumpe: “¿Son tuyas?”. Lo eran. Una la robó, como el Poeta a uno de sus compañeros en “La ciudad y los perros”. Parra se llamaba y, sobre su apellido, ahora se lee “Herrscher”. La otra, cuenta, también la robó mientras hacía de traductor en algún buque. Se colocaría ambas luego. Una tras de otra. “¿Ven?”, dice con la gorra de camuflaje puesta, “esto eran los ingleses”. Al instante se coloca la otra y agranda sus ojos. “Esto éramos nosotros”.

Cuando Roberto habla de Las Malvinas se emociona, se indigna, se encuentra. “Oyó las vanas arengas de vanos generales”, empieza a repetir y en las pausas recuerda instantes, capítulos perdidos que recobra siempre al contemplar esas gorras. “Vio lo que nunca había visto, la sangre en los arenales”, continúa con el poema de Borges, “Milonga del muerto”. Los demás mantienen la atención en vilo y el maestro empieza a leer un breve párrafo de su libro “Los viajes del Penélope”. Lo escribía mientras su esposa y su hijo dormían, recuerda. No suele usar frases largas pero en aquella no tuvo elección.

Volvió a Punta Tombo, donde estuvo prisionero, tres años después. “El mundo era entonces agradable y comprensible”, dice en su libro. Apenas termina de leer, María José dispara: “¿Sigue siendo el mundo eso?”. Medita su respuesta. “Agradable pero incomprensible”, le dice. Las cosas siempre tienen su propio lenguaje, su propia historia, pienso. Se hace tarde, no tengo el dinero para comprar su libro, pero me llevo la lección aprendida. Observar, siempre observar, curiosear, llenarte de preguntas así falten las respuestas. Meditarlas siempre. “¡Que inspirador!”, repito entre dientes. De verdad lo siento así.

#Etiquetas:

Comentarios.


0