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La noticia en la voz de los suplementeros, una historia que podría estar llegando a su fin

Por ~ Publicado el 19 octubre 2016

Fueron indispensables para la promoción de muchos medios impresos. En sus inicios, voceaban las principales noticias en las principales plazas de Santiago y llegaron a ser 10 mil en todo Chile. Hoy su existencia está en peligro de extinción. Suplementeros Chile, el nombre de su asociación, trabaja con una ardua campaña para mantenerlos en boga. Esta es nuestra mirada sobre un oficio que se resiste a desaparecer. » Suscríbete a nuestro boletín mensual.

Julio Malvino. Foto: Eduardo Andrade.

Julio Malvino. Foto: Eduardo Andrade.

Tan solo en la primera cuadra de la calle Arturo Prat, en el centro de Santiago, existen dos quioscos que a las cinco de la mañana, violentados por el óxido en cada uno de sus rincones, como de innumerables tag y salpicaduras de aerosol, lucen cerrados. Una cuadra después, algunos hombres, la mayoría ancianos, atraviesan un portón blanco arrastrando carritos de supermercado, mochilas, maletas, cualquier cosa con ruedas que soporten los bultos que vienen a recoger y que cada vez, dicen, resultan ser menos pesados. Pero serán las ocho o las nueve, y estos quioscos jamás se abrirán. A las diez lo hará el más alejado a la Alameda. Habrá confites, piqueos, bebidas gaseosas, pero ni un solo diario ni revista se mostrará sobre los escaparates.

Adentro, los pocos que quedan, se saludan por su apellido mientras hacen fila junto a unos almacenes de latón. “Dos, cuatro, seis”, se lo oye contar a un hombre que remoja los dedos con saliva para separar los diarios. Rara vez llega a diez. Tras él, en la tele comentan lo azaroso que se ha vuelto el clima en Santiago. Hay confites también, revistas de pupiletras, tarot, tejido, medicina natural. Un poster de la selección de fútbol con la inscripción “Güiar de champions” y con el logotipo de “Las Últimas Noticias” indica que se trata del stand de El Mercurio.

Este quizás podría ser el mejor lugar para entender la concentración de medios en el país. Solo hay dos almacenes de diarios, divididos por uno de confites, y de ahí provienen todas las demás revistas y souvenirs: Copesa y El Mercurio. Ambas, se oye aquí, han creado un suculento negocio a partir de la distribución de diarios y revistas. Sus servicios —que incluyen traslados en camiones o avión— son los únicos a los que los editores nacionales o extranjeros pueden acceder para el reparto de sus productos.

Pero la mesa blanca que está en el centro del local y que los suplementeros usan para ordenar su pedido, alguna vez rebosó de tantos diarios que las hebras de hilo y rafia que cuelgan de sus bordes quedaban cortas para anudarlos. En los años ochenta, según la Confederación Nacional de Suplementeros (CONASUCH), llegaron a ser diez mil en todo Chile y sus ventas no bajaban de los cien ejemplares diarios por persona. Hoy, la mesa se comparte con algunos DVD de películas como Rambo y Terminator, que “el duopolio” —como suelen llamarlo ellos— compra de liquidaciones extranjeras y revenden con éxito aquí.

—¿Te quedaste dormido? —le pregunta un hombre que reparte los diarios en Copesa al primero de su fila. Ya van a ser las seis. —Mañana vai a llegar más tarde —agrega, aludiendo al partido de esa noche.

—No lo voy a ver —le responde el cliente. —Van a jugar las mismas mierdas de siempre. —El debate matutino se desata. Discuten la formación, la continuidad de los jugadores, pronostican el resultado con los más fervientes argumentos y hasta alguno, por su madre, jura haber visto “curao” a Vidal el fin de semana en el Club Hípico. El tiempo no le daría la razón.

Sarita, la dama que vende desayunos a la entrada, levanta su pulgar e índice juntos y los roza contra sus labios. “Así llegué yo”, dice y todos estallan en risas. Van a dar las ocho y, mientras ella alista una orden de café con leche condensada, algunos debaten enardecidos sobre las próximas elecciones municipales. A las nueve, saldrá veloz a repartir los diarios a sus clientes, una modalidad de los suplementeros que, según dice, es más popular en regiones, pero persistente aún en Santiago. El sol se está dejando ver por entre las rejas y en la calle la gente empieza a aglomerarse. Los suplementeros salen pronto, algunos con canas, hacia las comunas más alejadas de Santiago; por ahí incluso está un yugoslavo al que el gobierno regaló un quiosco. Su jornada más pública está por comenzar.

Suplementeros de todo Santiago madrugan para recoger los diarios y revistas que se distribuyen en la agencia de la calle Arturo Prat. Foto: Eduardo Andrade.

Suplementeros de todo Santiago madrugan para recoger los diarios y revistas que se distribuyen en la agencia de la calle Arturo Prat. Foto: Eduardo Andrade.

El 5 de agosto de 1928, en las Olimpiadas de Amsterdam, Manuel Plaza se convirtió en el primer medallista chileno al quedar segundo en la maratón. Las noticias de último minuto en esa época, sin transmisiones en vivo ni hashtags en Twitter, no se sabían hasta después de algunos días. Para eso se inventó un boletín adherido al diario al que llamaban “suplemento”. Esa mañana, algún niño repartía de esos en cualquier esquina y voceaba a viva voz la hazaña de Plaza. Hinchaba el pecho, seguro. El hombre al que hoy sus colegas recuerdan con nostalgia había sido un suplementero.

Igual sucedió, dice Julio Malvino, cuando asesinaron a Kennedy o cuando el Papa o Fidel Castro llegaron a Chile. “¿Has escuchado el término canillita?”, comenta. “Antes, como las zapatillas eran muy duras, repartíamos los diarios a pata pelada”. Lo hacía frente al puesto que heredó de sus padres, en la esquina de Morandé con Alameda, una zona en donde abundan los quioscos, pero que hoy son usados para la venta de flores, calendarios, peluches o comida. Él no es ajeno al cambio y también ofrece algunos de estos enseres.

Sin tiempo para leer noticias, el bagaje que usa Julio para conversar con los pocos que aún llegan a discutir de actualidad en su quiosco, lo adquiere de lo que ve por la tele el fin de semana. Está convencido de que su oficio es el rostro de las municipalidades, el lugar a donde muchos aún acuden por información de cualquier tipo. “Hasta para saber que una mujer de abrigo rojo y cartera negra les está esperando”, dice y su pareja, que despacha una bebida a un transeúnte, se contiene la risa.

Él también recoge los diarios en la agencia de la calle Arturo Prat a la que muchos de sus colegas suelen llamar “la imprenta”. “Lo hacen porque antes teníamos que recoger los diarios desde las imprentas”, dice, y las recuerda todas: “El Mercurio en Morandé con Compañía, La Nación en Agustinas, La Tercera en Teatinos”. Luego había que instalarse en Plaza Italia, Plaza de Armas, La Moneda. Eran los mejores lugares. Ahora también lo serían, salvo porque en las horas peak de la mañana se regalan allí los tres diarios gratuitos que desde el año 2000, con la incursión de Publimetro, se reparten en Santiago. Esto, sumado a la distribución gratuita de diarios pagados en restaurantes de comida rápida, les hizo entender que el precio de sus productos era tan solo un símbolo. “Todo lo paga la publicidad”, sentencia Julio.

Se quedará aquí hasta las once de la noche. Hay una empresa cerca que junta a diversos trabajadores de limpieza y pasarán pronto por sus colaciones. También hay una sucursal del Banco Estado donde Julio recuerda haber estado encerrado dos días cuando estalló el golpe militar. Después de eso, los diarios desaparecieron por un tiempo, pero ni siquiera allí sintió la angustia que hoy siente cuando dice: “esto va a desaparecer y ojalá que yo no lo vea”.

Pero no todos los suplementeros creen esto. Algunas cuadras más abajo, en la intersección de las calles Vergara con Gorbea, un barrio albergado por universidades y edificios habitacionales, Tito Hormazábal roza su rostro cada mañana contra el árbol que da frente a su quiosco de diarios. Una filosofía sobre la energía positiva que resume en una frase: “así venda un chicle, estoy bien”. Vive aquí hace casi noventa años y le gusta dar entrevistas. La dirección web de la última que dio la tiene anotada en un papel que guarda por entre los diarios.

Es casi imposible que pasen varios minutos sin que a Tito lo saluden por nombre. Cuenta una leyenda suplementera que a veces sus clientes lo encuentran dormido y convierten su quiosco en un autoservicio. “Me dejan las monedas en cualquier lado”, dice él y lo confirma. Nunca asiste a las reuniones de su gremio ni está de acuerdo con sus demandas. Siempre supo que este negocio acabaría.

“Así es el destino”, dice.

Tito Hormazábal. Foto: Eduardo Andrade.

Tito Hormazábal. Foto: Eduardo Andrade.

Cuando era niño su madre lo encargó en el quiosco donde está ahora y jamás volvió. La dueña quedó a su cargo. Un día, cuando ella murió, él creyó que tendría que abandonar el quiosco y que este pasaría a estar a cargo del hijo legítimo de aquella dama. Se equivocó. Después del funeral, haciendo trámites en la municipalidad se encontró con una mujer que prometió ayudarle. Ella demostró que Tito había trabajado desde siempre en ese quiosco y le otorgaron la patente. Se llamaba Mireya Baltra.

—¿Está viva la Mireya Baltra? —pregunta días después Felipe Sabag, el encargado de comunicaciones de CONASUCH, a Ana González, la secretaria. Ella responde que sí y le señala en una edición de la revista La Voz, editada por el gremio, un reportaje sobre la ex ministra del trabajo de Allende y también suplementera.

Felipe está realizando, desde hace un año, una exhaustiva búsqueda de personajes representativos en el gremio. La idea es entrevistarlos a todos para poder alimentar el sitio web y las redes sociales. En la última campaña, lograron contar con el apoyo del animador Leo Caprile y hoy su rostro se luce en todos los banners colgados en su sede. Lo acompañan también algunas portadas emblemáticas y esculturas de niños descalzos con periódicos bajo el brazo: los voceadores.

La directiva, Felipe Sabag y hasta Julio Malvino, estuvieron la mañana del 25 de mayo en el salón O’Higgins del Palacio de La Moneda. La presidenta les había invitado a un desayuno protocolaren conmemoración del Día del Suplementero, aprobado hace tan solo un año atrás. Expusieron sus demandas, cuenta Felipe; comenté los casos que pasaban en regiones, dice Julio; y Ana agregó que explicó casos como el de la ley de venta de diarios en Argentina, promulgada por Cristina Kirchner. Marcelo Díaz, el Secretario General de Gobierno, tomaba apuntes, recuerdan. Pero nadie sabe en dónde están ahora.

Hace poco, según un estudio del Centro de Estudios de Medios y Sociedad en Argentina, se acuñó el término: noticia incidental. Las nuevas generaciones, dicen, mientras usan su tiempo en sus preferencias web, dan con la noticia de forma casual, sorpresiva. Quizás no tan distinto de como era antes. Caminando, en el transporte, fumando en una esquina. Incidental. “No reclamamos contra la modernidad”, dice Felipe con un smartphone en la mano. No es ajeno a esto. Nadie lo es.

El gremio de suplementeros está intentando nuevamente ser declarados Tesoros Humanos Vivos, el galardón otorgado por la Unesco y el Consejo Nacional de la Cultura. Premio que, dice Felipe, no saben por qué aún no logran alcanzar. Saben sí, que aún con este galardón es difícil que todos los hijos de los suplementeros reaviven sus ganas de continuar con el legado de sus padres, pero jamás buscaron eso. Asumen su destino, aunque quizás sería más fácil hacerlo con el ímpetu con el que alguna vez lanzaron los más pomposos y recordados titulares.

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