Opinión

72 horas en el Festival de Gabo

Por ~ Publicado el 4 octubre 2016

La cuarta versión del Premio y Festival Gabriel García Márquez de Periodismo se desarrolló en las vísperas de una jornada histórica para Colombia: el plebiscito donde la ciudadanía se pronunciaría sobre el acuerdo para poner fin al conflicto armado con las FARC. Daniel Avendaño fue, miró, participó y escribió. Esta es su experiencia.

Fotos: Instagram FNPI.

Fotos: Instagram FNPI.

De los seis taxistas con los que hablé, cinco desdeñaron el acuerdo con el que el presidente José Manuel Santos quiere lograr la paz en Colombia. “Entregó muy fácil el país a las Farc”, me dice John, quien me traslada desde el aeropuerto en un trayecto que presumí sería más breve. Las curvas del camino son muchas y cerradas. Vemos a un motociclista —veré miles— sentado en el suelo y con la cara ensangrentada.

Medellín queda lejos y llego retrasado. Rápidamente me sumo a la larga fila para ingresar al Orquideorama del Jardín Botánico, el escenario techado donde se desarrollarán las principales actividades de la cuarta versión del Premio y Festival Gabriel García Márquez de Periodismo. Adentro ya está lleno: suena una banda de jazz, focos encendidos, algunos de traje y corbata. Hay ambiente de festival, pienso. Pero el aforo está completo y no nos dejarán entrar. La alternativa es el Salón Restrepo, a pocos metros, donde se exhibirá toda la ceremonia. Hasta allí llegamos cerca de cincuenta personas.

Comienza la transmisión. Un periodista, que usa humita y boina, le hace las preguntas de rigor a Jaime Abello, el director de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, quien entrega las respuestas de rigor. Luego le pide la opinión a un caballero alto y de pelo cano: “¿Cuál es su nombre?”, le dice, y Jon Lee Anderson se sorprende. Lapsus festivalero.

En primera fila están Martín Caparrós, Mónica González, Rosental Alves, entre otros ilustres. En tanto, el cronista Alberto Salcedo Ramos, que oficia de maestro de ceremonias, presenta a Martin Baron, el mismo que estuvo a cargo del Boston Globe cuando el equipo de investigación Spotlight develó cientos de casos de pedofilia en el clero local.

En un español muy fluido, Baron revisa los desafíos del presente periodístico. La nuestra, dice el norteamericano, no es una sociedad digital, sino una sociedad móvil. Es decir, todos los contenidos deben amoldarse a la pantalla que sostenemos a diario con nuestras manos. “Es esa la dirección que debe seguir nuestra profesión”, dictamina.

El actual director de The Washington Post continúa con su apología al social media, por cierto, muy lúcida y lucida: “Las redes sociales serán esenciales para diseminar nuestra historias. Si quieres escuchar, ve donde la gente está conversando”. Y como tiene a medio millar de personas escuchando, tal vez lo más graneado del periodismo latinoamericano, recalca que debemos sumar a ingenieros a los medios, pues ellos pueden manejar tecnología de punta.

Poco después suben los ganadores del premio más reputado del subcontinente y que en esta ocasión ha recibido más de mil seiscientas postulaciones. La brasileña Natalia Viana se adjudica la distinción en categoría Texto; sus compatriotas y autores del documental Jaci: Sete pecados de uma obra amazónica, ganan en categoría Imagen; la colombiana Juanita León destaca por la cobertura que ha logrado con La Silla Vacía; y el equipo español de Medicamentalia triunfa  en categoría Innovación. Galardonados y finalistas se abrazan. Mientras, el equipo de los salvadoreños de El Faro se lleva el reconocimiento a la excelencia. Su fundador, Carlos Dada, agradece y no pierde la ocasión para pregonar sobre la paz que los locales tanto esperan.

Ya van dos horas y media de ceremonia y me doy cuenta que soy el único en el salón.  Sólo me acompañan dos técnicos para cerciorar que la transmisión no falle. Demasiado esfuerzo para una sola persona, pienso.

Al día siguiente, viernes 30 de septiembre, me dirijo nuevamente al Salón Restrepo. Cuatro periodistas que participaron en el destape del caso Panama Papers contarán sus experiencias. Desde el público les preguntan qué hicieron cuando hubo casos de dueños de medios involucrados en las empresas offshore, y Marina Walker comenta que se invitó a que esas fueran las primeras historias que debían contarse; y como tardaron, hubo que dar un segundo aliento, acota la argentina. Al final, se comenta que se grabará una película, y a otro periodista le preguntan —a modo de broma— quien lo interpretará. “Me gustaría que fuera Will Smith”, dispara entre risas.

Se hace una pausa para el almuerzo, y aprovecho de recorrer un patio interior donde instalaron varios stands: el diario El Tiempo regala helados; El Colombiano, el ejemplar del día; la FNPI vende una antología de Gabo y una libreta de apuntes a cinco mil colombianos.  Los maestros, cada tanto, se pasean. En una mesa, Jon Lee Anderson revisa una revista con un joven de pelo largo. Un grupo de muchachas, quizás estudiantes, lo interrumpe y le pide una fotografía. El maestro no duda en pararse y ponerse para la foto. No es una selfie, no da para tanto. A mi lado, una joven entrevista a una periodista venezolana que bordea los cincuenta, sobre las vicisitudes sociales de su país. La colega habla con soltura, con necesidad. Medellín llega a los 24 grados; se supone que llovería.

Debo cruzar la calle e ir al Parque Explora. Allí es la mesa de académicos y directores de programas de periodismo. La cita es a las 14 horas y se nos ha pedido que lleguemos treinta minutos antes. La mayoría cumple.  Mi nombre está impreso junto a la misma libreta de apuntes que me pareció cara y ahora es gratuita. Rápidamente tomamos asiento: somos unos treinta alrededor de la mesa, más unos cincuenta oyentes. Al frente mío se sientan Miguel Angel Bastenier, Jean-François Fogel y Rosental Alves. Es un honor calamitoso: ¿qué cosa medianamente interesante podría decir ante ellos? Poco y nada.

Bruno Patiño, otro de los expositores y director de una escuela de periodismo en París, plantea que al cambiar la forma de enseñar, también cambia la forma de enseñar a informar. Es el turno de Bastenier, cuya voz ronca gravita. En un par de sentencias, el español deja en claro su visión: “El periodismo no se enseña, se aprende en los periódicos. Y aquel que no ha leído El Quijote, que se devuelva a su casa y no moleste”.

Me toca hacer la pregunta final: comento que ya no existe una cultura general en los estudiantes de periodismo, y les pregunto cómo han asumido ese desafío. Bastenier dice que está de acuerdo y me siento pagado. Acto seguido, Patiño, el francés, dice que obedece más bien a una fragmentación de la cultura, que ya no existe ese paquete cultural y que es muy difícil construirlo. Puede ser, pienso.

Al día siguiente, Liniers y Alberto Montt se mofan de los taxistas y su fascismo sin caretas. En realidad, se ríen hasta de sus propios hijos. Son los teloneros excelsos de una mexicana menuda y sonriente —a quien nunca he escuchado— que debe cerrar el festival. Su nombre me es sólo familiar por —sabré después— su tío escritor. Ella, vestida de negro, aparece puntualmente en el escenario y desata una euforia cándida entre los cinco mil jóvenes que han llegado hace dos horas y que se saben cada canción. Ella comienza a cantar y esos miles de jóvenes caen bajo los encantos de la voz de Natalia Lafourcade.  Yo también.

Termino de escribir este texto cuando ya se ha confirmado que el No se impuso en el plebiscito por el acuerdo de paz. No pensaba que el barómetro de los taxistas fuera tan certero. “Cada vez que hay elecciones, llueve en Bogotá”, dice quien me deja en la puerta de regreso.

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