Entrevistas

Cristian Alarcón: “Vamos a cambiar el periodismo si nos atrevemos a innovar”

Por ~ Publicado el 28 octubre 2014

Al director de la revista Anfibia y fundador de Cosecha Roja, la lentitud le parece mentirosa, el imprevisto le da placer y un escrito sobre el aquí y ahora, emoción. Tras su visita a Chile, entre su taller de crónica policial en la Escuela de Periodismo de la UAH y el reporteo de su próximo libro, Cristian Alarcón detalla qué autores influyeron en su manera de narrar, los medios de comunicación que valora en nuestro país y por qué espera mayor originalidad de los cronistas jóvenes. “El periodismo es noticia y sigue siéndolo, y lo que más me emociona es un texto que hable sobre el aquí y ahora”, dice. Este es el flujo de pensamiento de un cronista que reconoce no saber ni comprender todo.

Alarcón participó del seminario "Letras de sangre" junto a Alberto Fuguet. Foto: Pablo Baeza Contreras (cc).

Alarcón participó del seminario “Letras de sangre” junto a Alberto Fuguet. Foto: Pablo Baeza Contreras (cc).

“Comienzo la mañana con una ráfaga de sitios de diarios argentinos y latinoamericanos. Cada vez más me veo obligado a leer o seguirle algunas pistas a Chile, pero también estoy interesado en México y Brasil. Brasil es la quinta o sexta potencia del mundo: su mercado en consumo cultural es el más grande de América Latina. Me genera un interés morboso ese proceso tan endogámico donde el idioma es la principal barrera pero la cercanía y la competencia permanente con Argentina, en todos los términos que uno puede imaginar, lo convierten en un lugar que habla también de los procesos argentinos. No se puede hablar de Argentina si no se habla de Brasil. Mi trabajo como editor y director de medios me obliga a ese paneo inicial para sentir que puedo comenzar el día. Y lo más importante: me veo obligado a leer lo propio.

Cosecha Roja es una noción de lo que está pasando en la violencia latinoamericana para tener una toma de decisiones editoriales sobre de qué hablamos en un sitio policial de latinoamericanos. El caso de Anfibia es un proceso todavía más complejo en donde mi tarea es indicar el camino a un grupo de editores extraordinarios, brillantes escritores, autores además, para nutrir a la revista de narraciones significativas, trascendentales, sobre temas de la agenda pública. Estos son cercanos a la contingencia pero no pierden la pretensión de profundidad, la ambición de dar cuenta de lo complejo desde la narración.

En Anfibia mi tarea es indicar el camino a un grupo de editores extraordinarios, brillantes escritores, autores además, para nutrir a la revista de narraciones significativas, trascendentales, sobre temas de la agenda pública.

Anfibia ha experimentado una transformación en la cantidad de lectores. Hemos pasado de tener un piso de 60 mil por mes a tener 320 mil en el mes pasado, y eso tiene que ver con lo que nosotros, en broma, en el equipo le decimos mainstream of contents. Es como colchón de contenidos en el sentido de que creamos una masa crítica de lectores que se consideran autores o tienen la ambición de serlo. En esa categoría, en la del autor lector, está la radicalidad del proyecto que va a una experimentación formal, estética y política desde la literatura y el periodismo. Y considera al otro un actor, no un sujeto pasivo de consumo cultural.

En Chile siempre me referencio en The Clinic y Ciper. Creo que son dos modelos tan diferentes y complementarios, en el contexto de una democracia formal limitada como la chilena, que sus aportes implican un cuestionamiento permanente al status quo y permiten a los jóvenes periodistas tener un horizonte optimista. Es saludable para ellos sentir que pueden aspirar a publicar en medios alternativos que tienen una ética libertaria, de alguna manera revolucionaria, que no claudica ante el sometimiento generalizado y monocorde de unos medios de comunicación vergonzosamente similares, parecidos y controlados.

Acabo de leer La partida de Hugo y Teresa, que ganó el Premio Periodismo de Excelencia del año pasado, a raíz de la polémica que surgió por la acusación de los sectores más reaccionarios de la Iglesia Católica en torno a una supuesta manipulación o utilización indebida de los recursos de una universidad. La crónica, que plantea un asunto tan humano y sensible como la eutanasia, me parece un hallazgo.

Sigo a Ciper porque además me une una relación casi materna filial con su directora y mi maestra: Mónica González. Es un medio que está escrito con un pulso escritural distinto al que yo cultivo y, sin embargo, aprecio su potencia extraordinaria por atravesar lo real cotidiano desde el esfuerzo de la investigación, que desnuda una y otra vez los mecanismos con los que el poder se enriquece a costa del beneficio de las mayorías. Me quedé impresionado con el trabajo en torno al Censo, que produjo un cambio de ministro y la caída del Censo nacional. Ahora estoy impresionado con lo que están haciendo en torno al tema del agua, que es uno de los más importantes en toda América Latina. Están desnudando que, aún en la legalidad, hay injusticia en la forma de enriquecerse de las grandes multinacionales”.

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“Hubo un cambio en mi escritura a partir de la lectura consciente de los autores del sur norteamericano. Primero William Faulkner, después Flannery O’Connor, y no hace tanto Erskine Caldwell, como el padre de una narrativa que luego pudimos ver en [Juan Carlos] Onetti y que hoy está presente en algunos nuevos narradores como Selva Almada.

Siempre es interesante el camino de Leila Guerriero por su búsqueda de una pluma cuidada al extremo, quirúrgica, y entre la frialdad y el abismo. A mí me gusta mucho. Mis maestros han sido Martín Caparrós y María Moreno. Estoy en el final de la lectura de El hambre, el último libro de Martín, asolado, entristecido y conmovido por lo que consiguió con un trabajo enorme. En América Latina le sigo los pasos de cerca a Patricia Nieto, cuyo último libro Los escogidos creo que es uno de los hallazgos de la literatura latinoamericana y que todavía es injustamente desconocido en países como Chile.

Me gusta mucho Patricio Fernández y me parece que su último libro [La calle me distrajo] es de lo mejor que se ha publicado en Chile con respecto a la no ficción. Creo que en él, además de un gran editor que fue capaz de parir esa monstruosidad divina que es The Clinic, hay un narrador. Hay un escritor. Y es un escritor periodista. No es un escritor que coquetea con la no ficción porque hay una tendencia a borrar los límites entre lo ficcional y lo no ficcional. No: viene del periodismo”.

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“Intento que mis alumnos se desaten del concepto impuesto por una lógica decimonónica, sajona, pro gringa, de creer que las recetas son las fórmulas de The New York Times o de The New Yorker para escribir narrativas latinoamericanas. La imposición del formato del reportaje narrativo por sobre unas tradiciones olvidadas del periodismo y la literatura latinoamericana que vienen del siglo XIX, que vienen del modernismo y que no son rescatadas en la mayoría de las universidades en las que se enseña, supuestamente, a escribir.

Esa lucha por una libertad nueva, acompañada de una convicción sobre la necesidad de investigar el sentido de por qué escribimos las historias que elegimos, la urgencia de ser investigadores que no se limitan a hacer preguntas a determinadas fuentes testimoniantes o archivos, sino que buscan en la indagación intelectual sobre las teorías en boga, sobre la historicidad de los procesos, sobre la complejidad sociológica, política y cultural de los sujetos que abordamos, para poder luego regresar a la eficiencia narrativa.

Intento que mis alumnos se desaten del concepto impuesto por una lógica decimonónica, sajona, pro gringa, de creer que las recetas son las fórmulas de The New York Times o de The New Yorker para escribir narrativas latinoamericanas.

La perversión quizás sea empujar a los nuevos autores hacia un abismo, que es el del conocimiento, para luego decirles ‘no olvidemos que somos periodistas’. Vamos hacia la literatura, vamos hacia la teoría social y hacia lo científico, para volver a hacer periodismo. Desde una narrativa comprometida con lo real. Que se alimenta de literatura, que se alimenta de poesía, que se nutre de teoría, pero que en definitiva lo que hace es narrar.

Soy muy respetuoso de los que están comenzando en la crónica y de sus esfuerzos por hacerlo en un contexto en el que sus propios profesores no suelen iluminarlos. Lo hacen solos, pagando con lo que no tienen, buscándose espacios propios, gastando todo su tiempo libre lanzándose a un éxito improbable. Respeto ese esfuerzo pero sí estoy de acuerdo con otros colegas como Martín (Caparrós), quien señala que hay un agotamiento formal. Hay que trabajar demasiado para poder lanzarse a la búsqueda de un estilo, a la búsqueda de un tono que sorprenda al propio autor. Algún tipo de innovación formal que venga de una innovación conceptual. No es siguiendo recetas que vamos a cambiar el periodismo. Lo vamos a cambiar si nos atrevemos a innovar. Pero esa innovación, ¿de qué está hecha? Está hecha de un profundo compromiso con la investigación. Los reflejos de lo canónico están presentes en los más jóvenes, de quienes uno está esperando originalidad.

Yo desprecio la lentitud. No me agrada. Me parece mentirosa. Hay una inflación sentimental en torno a la relación entre lentitud y buena literatura. El periodismo es noticia y sigue siéndolo, y lo que más me emociona es un texto que hable sobre el aquí y ahora. No significa que deba ser escrito en media hora como un cable de una agencia; tampoco que el texto tenga que salir a las 24 horas. Después de un acontecimiento extraordinario, sobre todo cuando implica una influencia directa sobre el destino de enormes masas de población, el periodismo narrativo debe tener que decir. Es la hora en que tiene que hacer aportes a esas discusiones pendientes y eso me emociona”.

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“A mí el imprevisto me da placer. Me gusta lo imprevisible y haber sido un periodista de diario me permitía levantarme por la mañana sin saber lo que iba a escribir durante la tarde o en la noche.

Traspaso parte de mi vida en lo escrito. Hay una estratégica y mínima porción de mí que permito verle al lector para que me pueda acompañar en la indagación. Hay un cronista en primera persona que aparece tímidamente, sólo a efectos de explicar el camino que va a tener que acompañar ese lector. Hay algunos rasgos vinculados a mis faltas neuróticas con las que intento que comprendan. Como que no puedo comprenderlo todo, que no puedo saberlo todo, que no puedo dar cuenta del todo. Que voy a hacer un intento y que lo mío va a ser incompleto. A veces es la timidez, que nadie cree que la tengo porque soy extrovertido, pero sí está. A veces es el miedo que sí lo tengo, como todo el mundo. Otras, la inquietud. A veces, la angustia. En muchos casos la emoción exagerada, la intensidad inusitada, el desborde como un rasgo que también me habita”.

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