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El antifeminismo de la ultraderecha: cómo avanza la agenda conservadora sobre los derechos de las mujeres

Por ~ Publicado el 12 diciembre 2025

En Chile, el feminismo y la ultraderecha no solo disputan ideas, sino más bien chocan abiertamente en las calles, en el Congreso y en las redes sociales. Así lo observa la abogada feminista Natalia González, quien desde el Maule ha seguido de cerca cómo, al mismo tiempo que avanzan leyes de género, se consolida un movimiento ultraderechista que caricaturiza al feminismo, instala miedo y busca revertir derechos históricos. Su testimonio, junto al de jóvenes activistas, muestra un escenario donde la seguridad se usa como arma política y la desinformación permea a una nueva generación.

Por David Pazos y Frank Marín


Ese choque entre feminismo y ultraderecha es algo que Natalia González, abogada del Observatorio Legislativo MIRA, observa con claridad. Lleva años vinculada a organizaciones feministas en la región del Maule y siguiendo de cerca la aplicación de leyes de género en Chile. Desde espacios como ABOFEM y FEM FREVS ha acompañado a mujeres y disidencias en casos de violencia, derechos laborales y salud sexual y reproductiva, combinando educación legal con el monitoreo diario del Congreso. Esa trayectoria le permite identificar cómo, en muy poco tiempo, se consolidó un sector de ultraderecha abiertamente antifeminista, que reduce al feminismo a una ideología radical y minoritaria mientras se posiciona como defensor de la familia, el orden y la libertad.

Natalia Peralta, de 18 años, es activista por los derechos de las mujeres y cada 8 de marzo y 25 de noviembre marcha en las calles. Habla con preocupación de la Ley de Aborto en Tres Causales. Recuerda que proyectos impulsados por parlamentarios de ultraderecha han intentado derogarla por completo, eliminar la causal de violación e incluso sancionar que se enseñe sobre aborto en escuelas o institutos. Para el movimiento feminista, explica, estas iniciativas representan un intento directo de revertir una conquista histórica.

También siguió con atención el primer debate presidencial. Allí, el candidato fue consultado por el proyecto de ley que propone despenalizar el aborto. Kast aseguró, sin presentar evidencia, que en los países donde existe aborto libre la mortalidad materna es más alta. Para Natalia, este tipo de afirmaciones no son errores inocentes, sino parte de una ofensiva antifeminista que busca instalar miedo y desconfianza en torno a políticas impulsadas por el movimiento. “Se apela al temor y a la inseguridad para justificar respuestas autoritarias que limitan derechos en nombre del orden”, comenta.

La Red Chilena Contra la Violencia Hacia las Mujeres lanzó la campaña “La ultraderecha quita derechos: ¡Que no te engañen!”, donde advierte justamente lo que comenta Natalia, que estos sectores tienen su estrategia clara: instalar el miedo, promover el control sobre nuestros cuerpos, naturalizar la violencia y deslegitimar las luchas feministas.

“¿Por qué  estas narrativas son tan atractivas para ciertos sectores juveniles? No se trata de afirmar que todas las juventudes se ven atraídas por estos discursos. Las trayectorias juveniles son diversas y no responden de manera uniforme a las mismas narrativas. Sin embargo, hay sectores específicos en los que estas estrategias encuentran terreno fértil. En este sentido, podemos observar a nivel global cómo la ultraderecha logra seducir a ciertos grupos jóvenes explotando frustraciones y vacíos identitarios. Su herramienta más eficaz han sido los discursos de odio, entre ellos el antifeminismo, al que reviste con la nostalgia de un pasado absurdamente idealizado. Frente a la complejidad de las crisis actuales —precarización, desigualdades, exclusión, inseguridad—ofrece respuestas frágiles e ilusión (…)”, reza el documento en la página de la organización feminista.

 El Beat del feminismo

El recuerdo está entre las jóvenes, fue un lunes 25 de julio del 2018. “Vamos ya, vamos ya, vamos ya, vamos ya, ya, ya (…) por el aborto legal” se escucha en melodía de Bella ciao, ese himno que popularizó La casa de papel. Todas entonan y el ambiente se enciende frente al Ministerio de Educación. A las 10:13 de un lunes, unas veinte mujeres y estudiantes forman un círculo. Una joven levanta un cartel que dice: “Porque tengo derecho a conocer mi cuerpa, educación sexual”. Minutos después, al centro del grupo, aparece Rosario Olivares, vocera de la Red de Profesores de Filosofía de Chile, con un megáfono entre las manos.

Desde la vereda, algunos oficinistas aún somnolientos observan mientras sostienen un café con gesto resignado. Otros hombres cruzan rápido, rozándolas con apuro. Ellas no se inmutan y continúan con las consignas: “¡Nosotras parimos, nosotras decidimos (…)!”. El círculo ayuda a entrar en calor, a aguantar el frío de la mañana. Estudiantes y jóvenes de cabellos teñidos, pañuelos, piercings y labios encendidos parecen una fiesta móvil. A su alrededor se ubican los carabineros, uno de ellos toma una fotografía en un intento de amedrentarlas. Ellas permanecen impasibles y despliegan un pañuelo de tres metros. Unidas, las mujeres no conocen el temor.

Fue hace ocho años, un mes después vendría la ola feminista en las universidades. Se realizaron acciones en los territorios de diversas comunas, se organizaron asambleas y se entregaron pañuelos. Todo gestionado por coordinadoras, colectivos y agrupaciones barriales. El primer pañuelazo comenzó en el Tribunal Constitucional una semana antes de ese mes de julio, y desde ahí el pañuelo se fue trasladando de comuna en comuna. Esa fue la antesala de la sexta marcha (la primera había sido el 25 de julio de 2013) por el aborto, pero esa fue la primera unificada con el movimiento argentino y latinoamericano, incluso en el color de las pañoletas.

Atrás quedó esa postal. Hoy  Antonia Peralta, activista  siente ese feminismo responde y debe responder aún más al avance de estos sectores: “Con más organización, más información y campañas que desmontan discursos falsos”,  dice. Agrega que se debe reforzar sororidades y visibilizando derechos ya conquistados para evitar que se reviertan. Lo ve especialmente en redes sociales, donde colectivos feministas publican infografías y videos que explican qué implica, en la práctica, los programas y proyectos de la ultraderecha para la vida de las mujeres y las disidencias.

Antonia percibe que los discursos antifeministas impulsados o amplificados por la ultraderecha han generado “más crítica y estigma” hacia el feminismo, con conversaciones más tensas y defensivas en redes y una desinformación que vuelve cualquier debate sobre género un campo de batalla: “Seguir viendo miles de mujeres movilizadas me recuerda que esta sororidad sigue siendo una fuerza colectiva capaz de disputar el sentido común”, aunque la preocupación por un escenario político que busca retroceder en derechos no desaparece.

El backlash

El backlash feminista aparece como una ola de rechazo y resistencia que busca frenar o revertir los avances del feminismo. La idea quedó instalada tras el libro de Susan Faludi Backlash: La reacción contra el avance del feminismo (1991), que describió cómo estos retrocesos toman forma en el debate público, en las leyes y en la cultura. Se presenta de distintas formas. Mensajes inistentes sobre que “el feminismo ya cumplió su ciclo”, hasta expresiones abiertamente antifeministas o ataques dirigidos a mujeres y activistas. Bajo esas narrativas se mueve un intento más grande por limitar los avances y reinstalar visiones conservadoras sobre género y derechos.

Karim Verdejo, activista feminista y titulada en Literatura Creativa de la UDP, reconoce el mismo fenómeno, aunque lo sitúa directamente en el cruce entre feminismo, ultraderecha y juventudes. Percibe que hoy una parte importante de la respuesta feminista ocurre en redes sociales, donde circulan publicaciones que desmontan el programa de José Antonio Kast, explican qué derechos podrían verse afectados con un eventual gobierno suyo y buscan llegar incluso a mujeres que piensan apoyar a la ultraderecha sin medir las consecuencias. Le llama la atención, además, escuchar a personas mayores afirmar que “ya todos tienen los mismos derechos” y a jóvenes de 18 o 20 años repetir que el feminismo es “lo mismo que el machismo”. Para ella, estos comentarios son el reflejo de campañas y discursos ultraderechistas que se han instalado con fuerza, desde la televisión hasta los algoritmos.

La abogada Natalia González teme esa combinación entre miedo, promesas de orden y desprestigio del feminismo. Es un caldo de cultivo donde se normalizan propuestas que parecen técnicas, pero que significan retrocesos para las luchas feministas”. Enumera entre ellas proyectos para derogar la ley de interrupción del embarazo, eliminar la causal de violación o restringir la discusión sobre el aborto en espacios académicos, iniciativas que, aunque no prosperen, funcionan como señal de  fuerza de los sectores ultraconservadores y mantienen en permanente incertidumbre a profesionales de la salud y a mujeres que podrían necesitar esa ley. “Los derechos conquistados por las mujeres siempre están en entredicho”, advierte, y cada intento de este tipo recuerda que el avance feminista nunca es definitivo.

Al mismo tiempo, Natalia reconoce un desgaste dentro del propio movimiento feminista después de años de movilización, estallido social y dos procesos constituyentes fallidos. Muchas activistas compatibilizan trabajos precarios, tareas de cuidado y militancia en un clima de alta hostilidad en redes sociales, lo que hace más difícil sostener presencia permanente en las calles y en el debate público. Aun así, identifica intentos de reaticulación ante la ofensiva ultraderechista, como las campañas y festivales que acompañan la discusión sobre la despenalización del aborto por plazos, donde se articula un feminismo que insiste en poner al centro el derecho a decidir y el bienestar social.

Antonia y Karim también sienten ese cansancio, pero lo cuentan como una preocupación feminista por la disputa electoral. Para Karim, en la actual candidatura es muy importante ser conscientes de las consecuencias de elegir a un candidato de ultraderecha que ha anunciado su intención de revisar derechos claves: “Si tendría facilidades para impulsar proyectos que afecten la vida de mujeres y disidencias.  Viendo la alternativa de la candidata Jara un camino más cercano a la igualdad que reclamamos en las calles, pero aun así le me preocupa que una parte del electorado femenino, apoye opciones que, desde mi  mirada feminista, las dejan fuera del mapa de prioridades”, reflexiona.


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