La carrera a La Moneda ha logrado alcanzar al sector extranjero, despertando afinidades con la derecha más conservadora y limitando el diálogo sobre la representación del migrante en la política actual. “Siento que la gente está muy traumada con la izquierda, porque allá (en Venezuela) se pasó mucha hambruna debido a ella. Fue un periodo terrible, pero así no vamos a avanzar”, dice Juan José Quianes, joven venezolano residente en el país desde el 2018.
Por Ann González, Cristóbal Mercado, Ignacia Pacheco, Nicolás Monasterio
Una madrugada de diciembre de 2018, Juan José Quianes llegó al país junto a su familia. Viajaron desde San Juan de Los Morros, capital del estado de Guárico, hasta la comuna de Maipú. Juan era apenas un adolescente de 14 años. Pese a las diferencias culturales, Juan se topó con un Chile que le recibiría con amigos y con buenas noticias que lo hicieron soñar con un futuro brillante. Atrás quedaba el valle de hermosas montañas y ahora le tocaba adaptarse a una ciudad caótica de la que sabía muy poco.
Hoy, su madre trabaja de ayudante de cocina en un restaurante y su padre es conductor de camiones. Él cursa la carrera de Psicología en la Universidad de Los Andes (UDLA), quizá porque siempre le ha gustado entender a la gente y su propio proceso: “Estoy agradecido por llegar en el contexto más adecuado. Por ejemplo, cuando yo llegué los venezolanos que había, por lo menos en mi curso, éramos dos solamente, dos de los 40 alumnos que había. Eso nos daba una exclusividad que motivaba a las personas a entablar relación con nosotros, a ser nuestros amigos”, recuerda con cariño.
Juan percibe la inclinación derechista de sus compatriotas como una especie de mecanismo de defensa frente a un pasado traumático: “Siento que la gente tiene derecho a tener miedo porque se asocia mucho eso de ser de izquierda a la caída de un país. Allá (en Venezuela) se sufrió mucho por la izquierda. Hubo mucha hambruna, mucha delincuencia. Mataron personas, desaparecieron a otras. Militantes intentaron rebelarse, movilizar al pueblo y fueron asesinados. Es desde todo ese trauma que nace el miedo a la izquierda”.
Juan y su pareja Josefa- ambos venezolanos y quienes prefieran mantener su nombre en reserva- prendieron la tele la noche del 16 de octubre para curiosear al variopinto grupo de candidatos a la presidencia. Vieron cómo los aspirantes a La Moneda interpelaban a sus adversarios y se cuestionaban unos a otros. Hundido en el sofá, con el control remoto en la mano, Juan escuchó a esas personas hablar, entre muchas cosas, sobre el problema migrante. Le bastaron unos minutos para darse cuenta que algo le preocupaba. Se dio cuenta. Chile se divide entre los chilenos aquejados y los extranjeros invasores.
– La percepción del extranjero ha evolucionado de una manera que se acerca mucho a la denigración. El estereotipo de inmigrante ya está muy tachado. Tú dices ‘migrante’ y se te viene a la cabeza la imagen de un repartidor que te dice ‘chamo’. Incluso, se ha marcado más el estigma de ‘delincuente extranjero’. Ejemplo, en las noticias te dicen ‘un venezolano apuñaló a una ciudadana chilena’, en cambio, si un chileno asesina a otra chilena, no se marca la nacionalidad en esos casos”.
El trauma
La mayoría de los venezolanos involucrados en procesos de integración comentan que votarán por candidatos de la derecha tradicional. Lo explican, desde su punto de vista, desde la experiencia acumulada en un país donde sienten haber vivido más de dos décadas bajo una dictadura de izquierda. La pesadilla generacional venezolana toma forma en la figura de Hugo Chávez, presidente entre 1999 y 2013, y en la de su sucesor Nicolás Maduro. Ambos encarnaron un proyecto de socialismo nacional dirigido contra el llamado imperialismo estadounidense, un camino que terminó por consolidar un gobierno autoritario de larga data.
Julián Ramírez, ilustrador digital conocido por haber ganado el concurso Diseña tu BIP del Futuro organizado por el Metro de Santiago en su aniversario número cincuenta, suma el relato desde su propia historia. Dice que, aunque es colombiano, se crió en Chile y aprendió a querer este país, pero desde hace un tiempo arrastra cierta desazón que no logra disimular. Está cansado. Se nota. Dice que en algún momento este país lo inspiró para crear, pero que hoy, marcado por el estigma, está en un punto medio entre sus principios como artista y en las tensiones propias de sentirse extranjero.
Siente que la idea de que Chile no tiene memoria adquirió fuerza después de el 18 de octubre de 2019.
-Muchas personas salieron a protestar por la moda y que los cambios debieron defenderse en ese momento. Hoy el país va girando según el ambiente del día y cuesta ver cómo gente que marchó entonces aparece hoy votando por José Antonio Kast.
El avance de la ultraderecha también alcanza a los migrantes, ya sea como amenaza o como faro en medio de un clima incierto. Juan cuenta que hace poco dejó su trabajo en un minimarket y que un día llegó una joven venezolana que anunció que votaría por Kast. Para él y sus compañeros, la conversación derivó en una reflexión amarga.
-Siento que apoyar a ese candidato implica no mirar el reverso de la situación, como si se aceptara que las personas con menos recursos o quienes huyen de Venezuela quedaran directamente expuestas a ser expulsadas.
“He dicho cosas como ‘capaz me van a echar, pero sé que no sucederá porque ya estoy establecido acá. Igual me pongo en los zapatos de las otras personas que no tienen los recursos para sobrevivir en su país. Ellos no cruzan la frontera con un saco de dinero encima. Lo hacen por necesidad y eso es todo lo que quieren”, dice Juan.
Dice que seguirá dibujando e imaginando, pero Julián no puede sacarse de la cabeza esa frustración. Cree que la ciudadanía parece haber tomado su decisión y, pese a haber nacido, crecido y nacido en el mismo suelo, para el resto es solo un colombiano más. “Todo el mundo se encuentra unido en su propia burbuja de intereses”, concluye.
La retórica del miedo
En Santiago, el 44% de la población es migrante, una cifra que genera preocupación debido al aumento de estigmatización hacia las personas extranjeras en Chile. Más de 1.608.650 personas migrantes viven actualmente en el país, según el último CENSO: Estimaciones anteriores de INE y SERMIG para finales de 2023 arrojaban un número ligeramente superior, cercano a 1,9 millones, el doble que hace más de siete años. Hoy representan el 8,8% de la población , la mayoría proviene de Venezuela. La llegada masiva de migrantes en un periodo muy corto ha generado un cambio en las percepciones de los chilenos, muchas veces de forma negativa.
La migración se ha convertido en uno de los temas centrales de las campañas presidenciales, tanto de la izquierda como de la ultraderecha. Algunos candidatos proponen medidas para endurecer el control fronterizo, incluyendo iniciativas extremas como la criminalización de la migración irregular, la construcción de zanjas e incluso el minado de fronteras.
Según la analista política Laura Vigouroux Parraguez, especialista en el análisis de escenarios políticos nacional e internacional, con énfasis en temas de migración, seguridad y comportamiento electoral, este tono responde a una narrativa que asocia migración y delincuencia, en un contexto de preocupación por la seguridad. Con el aumento de la criminalidad y la llegada de bandas internacionales, se asocia esencialmente a la migración y al crimen organizado, todos los fenómenos de la crisis de la seguridad.
El Servicio Jesuita de Migrantes, fundación que ofrece orientación a inmigrantes y refugiados, manifestó preocupación por esta retórica. “Entendemos que se hable de la seguridad del Estado, del control fronterizo, que es un tema muy presente, hoy especialmente en los debates presidenciales. Pero sentimos que el tono también debe centrarse en la integración”, indican. Además, subrayan una particularidad del caso chileno: los residentes extranjeros pueden votar en elecciones generales sin necesidad de nacionalizarse, siempre que cuenten con residencia temporal y más de cinco años en el país. En este caso, el voto extranjero no es obligatorio.
En 2017 inició un éxodo en el país motivado por una crisis institucional que desató manifestaciones masivas a lo largo del país y así se vieron enfrentados a la represión de las fuerzas del orden y la persecución de opositores políticos. Para julio de ese mismo año, de acuerdo a un informe de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH) se contaban 129 muertes ocurridas en contextos de manifestación, 46 atribuidas a integrantes de las fuerzas del orden, sumándose 5.051 personas detenidas arbitrariamente y, según el Informe Mundial 2018 de Human Rights Watch, 310 presos políticos condenados de forma ilegítima. Para el Censo 2017, los venezolanos eran el segundo grupo extranjero más grande viviendo en el país, solo por detrás de los peruanos -14,2% contra 29,4%-.
Este año, el gobierno de Gabriel Boric impulsó indicaciones a un Proyecto de Ley para limitar el derecho a voto de los extranjeros residentes únicamente a las elecciones municipales y regionales, excluyéndolos de las elecciones nacionales, como las presidenciales y parlamentarias. Sin embargo, la derecha se opuso, argumentando en contra de restringir el sufragio. Hoy hay sectores de la derecha que están rechazando una medida similar a las que ellos mismos habían propuesto en 2020 y 2021, durante el segundo gobierno de Sebastián Piñera.
Actualmente, el voto migrante asciende a más de 885.940 personas (Servel), lo que equivale aproximadamente al 5,6% del patrón electoral, compuesto por 15,7 millones de votantes. Si bien históricamente la participación electoral de la población extranjera ha sido menor, esta cifra es vista por especialistas como un potencial factor decisivo en contextos específicos. En comunas con una alta concentración de población migrante como Independencia, Santiago y Estación Central, el voto podría inclinar la balanza en elecciones locales. A nivel nacional, advierten también que podría ser clave en la segunda vuelta.
“No quiero estigmatizar tampoco”, dice Laura, “porque no todas las personas somos iguales, pero sí se ha visto con muy mala fama la migración respecto a los grupos narcotraficantes, a ciertos casos de delincuencia, que se tiene la percepción de que se ha producido una escalada de violencia en el país”. El factor extranjero no ha hecho más que acentuar el terror colectivo del ciudadano chileno al fenómeno de la delincuencia. La Encuesta Nacional Urbana De Seguridad Ciudadana (ENUSC), desde 2017, año de mayor migración extranjera, a 2024, marca un incremento porcentual de 6.9 puntos en los niveles de percepción de aumento de la delincuencia, pasando de 80.8 a 87.5. Estos datos no han pasado desapercibidos para los contendientes a la presidencia de la república. La analista polpitica ha detectado el uso de la situación como recurso de compra de electores, popularizando discursos que logren aplacar el miedo de la gente, transformando la problemática en un instrumento para políticos “de todo tipo, lados; izquierda, derecha, centro, extremo, no extremo”.
Vigouroux lamenta constatar que las circunstancias sociopolíticas e internacionales han jugado en contra de la población extranjera. “Las noticias son bastante tangentes al decir y al realzar la nacionalidad de ciertos grupos. Por ejemplo, el crimen organizado que viene de Colombia a Venezuela, la Corte Blanca, narcotráfico, se lleva bastante. Entonces, los medios de comunicación y obviamente los candidatos electorales potencian esto para potenciar las campañas”, concluye.




