Actualidad

Fernando Montes SJ y el caso Karadima: “El perdón jamás va a suplir la justicia”

Por ~ Publicado el 24 marzo 2011

El rector de la Universidad Alberto Hurtado no está al margen de las repercusiones generadas por James Hamilton, y considera que lo sucedido en el programa “Tolerancia Cero” es fundamental: “Esa entrevista nos ayuda a ir al fondo de la verdad y corregir las cosas que hay que corregir”, asegura*.

Padre Fernando Montes sj
«Me da miedo que nos centremos en Karadima y no vayamos a la raíz que permitió todo esto», dice Montes | Foto: UAH

El testimonio de James Hamilton la noche del domingo 20 de marzo en el programa “Tolerancia Cero” se tiene que ver. No se puede contar. Y el impacto no estuvo en los detalles de los abusos que sufrió una de las víctimas del sacerdote Fernando Karadima, eso lo conocimos hace un año en “Informe Especial”. Lo que dejó pasmados a televidentes y panelistas fue la soltura, el modo articulado y la tranquilidad con que Hamilton comentó otros hechos, involucró a otras autoridades eclesiásticas y reaccionó a las pocas preguntas que se le formularon. El antes y el después estará, entonces, en la libertad para decir las cosas por su nombre en un medio que se plaga de eufemismos cuando debe referirse a todo lo que no es farándula. Si a la jerarquía de la Iglesia Católica chilena le gusta hablar en difícil y la mayoría de las veces se necesita interpretarla, lo que hizo Hamilton fue eliminar los filtros y decir sin más lo que él piensa.

En este contexto, radio Cooperativa llamó a la mañana siguiente al padre Fernando Montes SJ, rector de la Universidad Alberto Hurtado, quien hasta esa hora no había visto la entrevista. “Yo les expliqué que no la vi, y me dijeron: le vamos a pasar algunos párrafos”, recuerda el sacerdote jesuita. “Yo reaccioné a trocitos de la grabación, no a la visión de conjunto. Escuché cuando decía que el cardenal era un criminal y que la iglesia estaba llena de homosexuales, las partes más impactantes”.

—Y cuando ve la entrevista entera, qué le pasó, ¿le creyó a Hamilton?
Bueno sí, yo le creí, hace tiempo que yo le he creído. Además, está el veredicto del Vaticano. Y no solo porque venga del Vaticano sino porque normalmente no se va a tomar una decisión de esa envergadura si no hay pruebas sumamente serias. Entonces, en lo fundamental se reprodujo lo que yo he tenido como política, y eso basándome en Jesucristo, primero las víctimas. Escucharlas aunque no se expresen como a mi me gustaría, no puedo descalificar por eso sino ir al fondo de la verdad que dicen. Y en ese sentido yo creo que esa entrevista nos ayuda a ir al fondo de la verdad y corregir las cosas que hay que corregir. Porque todos —por oídas— hemos estado involucrados en situaciones y esto nos abre los ojos más y más. Y nos permite volver al evangelio de Jesús, que se preocupa de las víctimas y libera a la gente. Y eso puede ser providencial para la Iglesia para que verdaderamente miremos las cosas de frente.

—En ese sentido, ¿esta entrevista es una especie de punto de quiebre?
Es la situación. No esta entrevista, porque también esto está ligado al juicio del Vaticano, está ligado a las medidas que ha tomado monseñor Ezzati, que en cierta manera ha sido un respiro para la Iglesia, ojalá que no lo olvidemos y le demos la oportunidad para que haga un esfuerzo de recuperación profunda, que es lo que necesitamos.

—Pero usted apareció defendiendo a monseñor Errázuriz. El titular de varios medios en línea era: “Montes defiende a Errázuriz…”
En eso hay que tener mucho cuidado, no quedarse solo con los titulares de la prensa. Llamé a un director de medios para decirle: te pido por favor que escuches completa mi intervención en radio Cooperativa. Qué dije de frente y fundamentalmente: tal vez yo no hubiera usado las palabras que James Hamilton utilizó, pero el fondo yo lo tengo que escuchar, porque él está hablando de una rabia justificada, de una herida producida por nosotros, tenemos que escucharlo, no puedo descalificar su testimonio porque haya usado palabras que yo —tal vez— no hubiera usado. Eso es lo que yo primariamente dije. Segundo, esto nos ayuda a descomprimir un sistema que permite estas conductas, el mismo Vaticano ha hecho esfuerzos para que se descomprima, dio instrucciones, pero ni siquiera hemos cumplido bien esas instrucciones. Un sistema que entiende mal el respeto a las personas, entiende mal la protección a la institución y es muy ineficaz jurídicamente. Hay casos sobre juicios eclesiásticos de matrimonios que se han demorado años, y eso es negar justicia. Entonces yo dije, todos, todos de alguna manera estábamos metidos en ese sistema y esto nos ayuda a mirar y actuar de frente. En otras palabras, frente a monseñor Errázuriz, yo no tengo los datos para decir que él haya querido sistemáticamente ocultar, negar, sé lo que él ha dicho, que no les creyó primero a las víctimas y que se arrepiente de eso. De lo demás no tengo información. Tengo datos de que hay un sistema en la Iglesia que, a Dios gracias, está cambiando en el mismo Vaticano, y que dará pie para que cambie aquí.

“EL PERDÓN ES UN CAMINO DE RECONSTRUCCIÓN SOCIAL”

—¿Y cree que la jerarquía de la Iglesia Católica, frente a esto último, está tan consciente y clara como lo está usted?
Tengo la intuición que monseñor Ezzati lo está. A él lo han elegido presidente de la Conferencia Episcopal y le han dado el cargo de arzobispo de Santiago. Espero que sea un hombre que se sienta libre, muy fiel a las instrucciones que ha recibido del Vaticano y por ello nos permita a todos encarar esto. Tengo la sensación de que es un hombre que tiene las cosas bastante claras. Esa es mi impresión. Su misma llamada a las víctimas, la manera cómo las trató, ellos dicen que es otro estilo al que habían conocido durante años.

¿Ustedes hablan con toda libertad de estos temas? No le digo solo al interior de la Compañía de Jesús…
Yo tengo el peligro de tratar de matizar, y cuando ocurren cosas de esta envergadura la gente no quiere muchos matices, quiere que sea en blanco y negro. Pero si hay algo que he tenido en mi vida, es atreverme a decir la verdad aun a costa de mi propia fama y por lo tanto me siento sumamente libre. Creo que eso me ha dado cierta autoridad porque no quiero ni defenderme yo, ni defender a la institución, pero tampoco me gusta hablar las cosas sin los matices que la prudencia, la verdad y el respeto a las personas exige.

¿Cómo se aborda este tema con el resto de los creyentes? Porque siempre hablamos de “iglesia” como sinónimo de jerarquía.
Dos cosas. Primero, para quien vive el evangelio, el arrepentimiento, el perdón, pedir perdón, la humildad, es un camino de reconstrucción del tejido social. Al que ha sido ofendido nada le duele más que uno no demuestre el pesar por haberlo hecho sufrir. Y el perdón jamás va a suplir la justicia, la puede complementar pero no reemplazar. Segundo, yo creo que esta es la oportunidad de una relectura honesta, profunda y real del evangelio de Jesús. Estoy convencido, porque se lo he oído a jóvenes que dicen: “yo no le creo a la Iglesia pero le creo a Jesús”; éste es un desafío brutal para la Iglesia, que no vaya a ser que una palabra de ella, que debería estar al servicio del evangelio, se convierta en un estorbo que te aleja. Y a mí en estas situaciones que hemos visto, me parece que a veces más que el encubrimiento, son ciertas situaciones que se pueden producir en grupos cerrados donde un líder es líder intelectual, es papá, es líder espiritual y terminan los otros cantando la misma melodía. Dejan de pensar, de tener conciencia y de ver, para solo repetir lo que dice el líder. De alguna manera es algo de lo que pasó en Colonia Dignidad, donde el liderazgo de Paul Schaeffer hizo que médicos y otros profesionales terminaran haciendo cosas inauditas, por un líder que los tenía cooptados y absolutamente dominados. El Evangelio es una muestra de una comunidad que no es así. Y esta es una oportunidad muy grande para volver al evangelio. No quisiera que el caso de Karadima se convierta en el único paradigma de la Iglesia, sino que nos permita quebrar esa situación para que aflore la verdad. Hay comunidades cristianas de base sencillas, pobres. Así como hay curas que se han portado mal hay otros que son notables.

—Lo que ocurre es que en el caso Karadima se juntan dos temas graves. Por un lado el abuso sexual y por otro el dominio de la consciencia.
Y tres o cuatro temas más. También se junta que el grupo afectado es socialmente significativo y por lo tanto tiene una repercusión enorme. Además, este es un grupo que fue visto como de gran finura espiritual. Entonces pasa a ser doblemente golpeador.

—¿Y esa situación a nadie le llamaba la atención?
Cuando fui rector del colegio San Ignacio, que estaba dentro de la circunscripción de la parroquia de El Bosque, Karadima nunca nos estorbó la pastoral sino al revés. Eso es un elemento que tengo que reconocérselo. Pero sí me preocupaba lo cerrados que eran como grupo. Yo veía que era gente muy capaz, espiritualmente se veían muy piadosos, con un cierto peso social pero muy encerrados en si mismos. Nunca vislumbré que podía haber cosas como esta. De eso no tengo información.

—Pero mirando a la luz de lo que hoy sabemos, ¿a usted le parece que el modelo pastoral que se practicaba en la iglesia de El Bosque estaba más cerca de una secta que de una comunidad cristiana?
Ciertamente se alejaba bastante del modelo de pastoral que nos propuso la Iglesia en el Concilio Vaticano II. Ese es uno de los peligros de elementos que terminan generando liderazgos que en lugar de liberar, de permitir que la gente tenga un espíritu lúcido, palabra libre, te convierten casi todo repitiendo los mismos modos religiosos, las mismas ideas, las mismas palabras, y eso me parece que es súper delicado. Entonces aquí no es solo un sistema judicial y de tapar la verdad sino un tipo de espiritualidad que es muy importante que la Iglesia tenga cuidado hacia delante, porque se puede prestar a que un sacerdote que sea inteligente, que sea espiritualmente atractivo, que tenga liderazgo, que genere discípulos demasiado dependientes y no seres libres como el evangelio nos pide.

“NO NOS HEMOS HECHO CARGO DEL CAMBIO CULTURAL”

—Me gustaría pedirle que definiera el momento actual de la Iglesia chilena.
Yo creo que la iglesia se enfrenta, como todo el mundo, con situaciones que son variadas y complejas. Uno se encuentra con una cultura globalizada en donde ciertos valores esenciales de la iglesia son muy poco valorados.

—¿Como cuáles?
Se cree que un país es desarrollado en la medida en que genera más dinero y es más competitivo. Estas son cosas un poco distintas a lo que nosotros proponemos como ideal, entonces hay una cierta desvaloración de valores que eran muy centrales para la iglesia. Al mismo tiempo hay una creciente preocupación por el mundo tecnológico. La Internet hace que la gente esté más preocupada de eso que de cosas espirituales, que hasta le resultan aburridas. Sumemos una nueva cultura que ha liberado ciertas cosas producto de la tecnología. Por ejemplo, las técnicas de control de la natalidad han liberado la sexualidad y ciertos tabúes que antes existían. Hoy día, obviamente que los jóvenes tienen una manera distinta de vivir su sexualidad en comparación a la que teníamos nosotros. Y la Iglesia tiene un lenguaje que no sabe captar ni responder a los jóvenes de hoy. Todo este conjunto de cambios los está viviendo la Iglesia en Chile y en otras partes del mundo. Nosotros en Chile tuvimos una palabra muy significativa cuando tuvimos los atropellos a los derechos humanos, después nos hemos replegado a estos problemas más de sexualidad, de ciertos tabúes y en ese contexto surge este escándalo. Entonces es agua hirviendo sobre agua hirviendo…

—La falta de sintonía de la Iglesia con el lenguaje de estos tiempos está clara y hasta podría ser comprensible, pero la falta de sintonía  con la cultura es otra cosa. ¿No le corresponde a la Iglesia anclarse a esa cultura más que intentar que la cultura se adapte a ella?
Sí, por supuesto. Porque creo en lo más profundo del mensaje de Jesús, es que entiendo que él se hace ser humano. Eso significa encarnarse en una cultura, hablar un idioma. De las cosas que yo he querido en estos años es ver qué hago para que la Iglesia sea significativa. Para eso he leído la literatura contemporánea porque veo que el hombre llora mucho, que el hombre está muy solo, las mujeres sienten horrores frente a la destrucción de su familia. Qué le puedo decir con un lenguaje que no sea castigador ante esos dolores. Me he alimentado mucho personalmente, pero como conjunto veo que tenemos un lenguaje que no nos hemos hecho cargo del cambio cultural. El problema es más agudo que el caso Karadima, y mi lucha es que no vaya a ser que por preocuparnos sólo del caso Karadima eso nos tranquilice y nos impida una relectura profunda de cómo encarnarnos en la cultura moderna. Me da miedo que nos centremos en Karadima y no vayamos a la raíz que permitió todo esto. Debemos entender a un joven, no para decir que todo lo que hace es bueno, sino para comunicarnos. Debemos tener cuidado que este tema nos encajone y creamos que todo se resuelve haciendo nuevos procedimientos penales. Hay que hacerlo, pero el problema es más de fondo y la crisis más aguda. Y yo me pregunto si lo de Karadima no son si no consecuencias de gente que, viendo el cambio cultural se agarran a una cierta piedad, a formas algo anticuadas que de repente derivan en estas conductas anormales. O sea en el fondo, es una mala manera de enfrentar el mundo moderno construyendo muros en lugar de abrir caminos. Por eso yo creo que si somos sabios hay un camino de encarar una nueva cultura con honestidad.

Iglesia
«Cuando hay heridas de esa envergadura la justicia aunque tarde jamás llega totalmente» | Foto: Xiumeteo

—Bueno, parece que ese es el meollo del asunto, la capacidad que tenga la Iglesia de encarnarse en la cultura…
Como fue Cristo en su tiempo. Él fue de su tiempo. Y cantó los cantos y rezó como en su tiempo…

—¿Cuántos católicos interpretan así el problema?
Este es un problema cultural que vive el país, no solo la Iglesia. Lo viven los viejos. La formación que yo recibí en mi casa no es la adecuada para enfrentar la vida de hoy en lo profundo. Está bastante estudiado la enorme conmoción que producen esos momentos que en la historia generan los cambios culturales. Cuando llegó el cristianismo a Roma, tembló todo el imperio más poderoso de la tierra. Cuando se termina la edad media y se inventa la imprenta, los viajeros salen y descubren nuevas tierras, se produjo el fin de la edad media, se quebró la iglesia, nacieron las naciones, vinieron las guerras, porque había un cambio de la cultura. Hoy es lo mismo.

—¿Y quién al interior de la Iglesia chilena está pensando y reflexionando el momento?
Como rector de una universidad, donde puedo toco este punto. A nuestros fundadores les tocó vivir cuando se acabó la edad media y tuvieron que repensar la cultura. A nosotros nos toca ver que lo que vivíamos hace cuarenta años ya no nos sirve. Los criterios estéticos, las tecnologías, las web sociales, todo nos cambia de tal manera el modo de pensar que si hay algo que debería encarar una universidad, y sobre todo una universidad católica, es reflexionar con hondura lo positivo, lo que podemos proponer y las aberraciones. Todo se mezcla.

—¿Usted piensa que la Iglesia católica chilena está preocupada de esto?
Yo creo que no, y en la propia Compañía de Jesús recién tuvimos un encuentro y no sé si fuimos al fondo. Y más me preocupan las universidades. Por ejemplo, todas aceptamos los criterios que nos dan para la acreditación y eso no hace otra cosa que encajonarnos en lugar de darnos los criterios para proponer una mirada positiva y transformadora de la cultura que tenemos.

—El problema es que la realidad es otra: sacerdotes mal formados, creyentes poco alfabetizados desde el punto de vista teológico, un diálogo bastante superficial entre la iglesia y sus comunidades…
Hoy día parte del cambio es formar no sólo a los sacerdotes sino también a los cristianos. Muchas cosas las puede hacer mucho mejor un laico. Pero lo que me tiene preocupado es la formación en los seminarios y de nuestras comunidades cristianas y su capacidad real de diálogo con el mundo moderno. A mí me cuesta pero trato de leer cantidades de novelas cada año precisamente porque intento entender el alma humana contemporánea, atravesada por mil preguntas, porque si no la entiendo yo me tengo que quedar callado. Me da risa en los retiros de Semana Santa que yo he citado muchas novelas y toda la gente cree que estoy haciendo propaganda a las editoriales, pero lo que descubro en esos libros es el alma humana desgarrada, y quiero desde ahí ver si puedo releer el evangelio. Lo mismo el cine, la televisión o la prensa. No hay que escandalizarse ni tampoco subirse al carro irresponsablemente porque eso es no ser lúcido. No me gusta la expresión de que una universidad —por ejemplo— debe ser crítica; creo que más bien debe ser lúcida. En este contexto, frente al caso Karadima a mí se me destruyen ciertos paradigmas de organización eclesial, ciertos paradigmas culturales de cómo procedemos defendiendo la institución, pero mucho más de fondo, yo no quisiera quedar encerrado en el caso Karadima porque siento que aquí hay una oportunidad inmensa y a la vez el peligro de dejar un cristianismo no encarnado.

“LOS ABUSOS NO SON EXCLUSIVOS DE LOS CURAS”

—Lo que usted plantea es algo de largo plazo, pero ¿cómo recupera la Iglesia la credibilidad, cómo se generan las confianzas. Hoy puede hablar cualquier obispo y nadie le cree nada…
Eso es así. Tenemos que velar por decir la verdad, por cuidar a las víctimas, por estar siempre apoyando a los más débiles. El proceso de recuperar la confianza no es de un día para otro. Sí se produce el día que a mí me dolió el alma y encontré a alguien que se acercó a mí sin buscar segundas intenciones si no con toda honestidad. Y como a todos nosotros más bien antes que tarde nos duele el alma, yo espero que haya sacerdotes, cristianos que muestren el potencial del cristianismo cuando llega la lágrima, la pena, y que a pesar de nuestras debilidades hay un fondo hondo de verdad. Pero esto no es automático, no es de un día para otro. Y la esperanza que uno tiene es que así como en la historia de la Iglesia surgieron personas como la madre Teresa, personas creíbles por su testimonio, surjan personas a las que les podamos creer.

—¿Ustedes los jesuitas han tenido casos de abusos sexuales?
Sí, claro. En todo el mundo. Nadie, ningún grupo social, médicos dentistas, profesores, choferes, ningún grupo humano está exento de tener gente así entre sus filas. Los abusos no son exclusivos de los curas, lo importante es cómo se actúa, como estamos actuando ahora que sabemos los daños que provoca, que no se cura, y que es un delito. Los jesuitas hemos ido generando normas claras para que no vuelvan a pasar y si ha ocurrido en el pasado o pasa ahora, que no vaya a ocurrir un tiempo largo antes de que las cosas se ventilen y se conozcan y que haya un procedimiento, una forma de actuar. Porque sucede un fenómeno complicado: mientras yo no tenga certeza no lo puedo hacer del todo público, pero eso es distinto a que no se haga nada y que se trate de tapar como fue la conducta de una época. Entonces hoy tenemos en todos nuestros colegios, parroquias y lugares apostólicos una persona públicamente puesta para que ante cualquier queja se denuncie. Así en estos casos hemos procedido conforme a las normas de la Iglesia y de la Compañía y se han retirado esas personas del contacto público mientras se le investiga.

—Si antes para muchas personas era un orgullo definirse como católico, hoy hay mucha gente que siente vergüenza. Por ello, ¿qué debe cambiar en lo concreto para que la gente vuelva a sentir confianza en sus pastores?
Bueno ahí yo le creo mucho a Jesucristo. Si uno es honesto, si uno trata de vivir el evangelio aunque se equivoque, debe ser siempre humilde porque a partir de allí se genera un nuevo lenguaje. Me tocó presentar el sínodo de Santiago y seis años después mostrar qué había pasado en la Iglesia. Me impresionó porque cuando se terminó el sínodo todos pidieron que la Iglesia tuviera misericordia y se refería a la gente que había fracasado en su matrimonio. Se le pedía a la Iglesia que fuera misericordiosa con ellos. Seis años después había acontecido lo del padre Tato y dije: aquí hay un cambio profundo porque no es la Iglesia la que tiene que ser misericordiosa sino que humildemente pedir que tengan misericordia con ella. Pienso que ese camino es creíble. Que esto que ha pasado me permita ser más perspicaz pero también que me permita pedir perdón. Eso nos hace bien a una Iglesia en que antiguamente estaba la idea de que el sacerdote era perfecto, que los religiosos estaban entre comillas en un estado de perfección. El Concilio Vaticano II dijo expresamente que se borrara ese lenguaje. Y eso hay que terminarlo para que seamos hermanos de una vez por todas y no porque un sacerdote ha cometido una falta no nos atrevamos a reconocerlo, contarlo y pedir perdón.

“LA CARIDAD NO PUEDE PASAR POR ENCIMA DE LA JUSTICIA”

—¿Cree que se ha hecho justicia en el caso Karadima?
Cuando hay heridas de esa envergadura la justicia aunque tarde jamás llega totalmente. La herida no se puede cerrar por completo. Es muy difícil decir “plena justicia”. En este caso se ha hecho parte de la justicia. Primero se ha conocido la verdad. Se han tomado medidas, tardías, pero se han tomado. Falta ver si la justicia civil va a hacer algo más. Para verdad es el tiempo, aunque demasiado largo, y para justicia sobre todo el Señor, porque nosotros vamos a quedarnos siempre cortos. Y hoy día la Iglesia tiene el otro desafío brutal y es que cuando una persona ha caído, si la Iglesia es la Iglesia de Jesucristo, tiene que saber tenderle una mano. Qué hace la iglesia hoy día con el padre Karadima cuando en la calle todos gritan, que se vaya de este barrio. Es un hijo pecador de la Iglesia que la Iglesia no puede abandonar, si es la Iglesia de Jesucristo. Eso es súper complicado, porque no puede ser leído por nadie como una justificación de lo que ocurrió. Tiene que ser leído como misericordia del Señor. Entonces no podemos decir que hay justicia en esta tierra, ojalá que hagamos el esfuerzo por hacer la mayor justicia posible. Que la justicia civil actúe, que la eclesiástica haga el esfuerzo por reparar, pero reparar completamente los daños será imposible.

—¿Y qué piensa de la cantidad de gente del círculo de Karadima que se niega a creer en los hechos y la culpabilidad del sacerdote?
Ese es el problema de las visiones afectivas. Pero la caridad no puede pasar por encima de la justicia. La verdad nos hace libres y tiene que ser dicha. Las relaciones humanas son complejas. Karadima, aunque nos cueste reconocer, también sirvió a mucha gente, la ayudó. El más asesino de los asesinos también es capaz de dar un beso con ternura alguna vez. Y esa es la complejidad. Hay gente que por el tenor de afecto que le tienen o tenían no fue capaz de ver lo que era visible. Que eso no nos lleve a negar la evidencia de las víctimas. Pero que la barbaridad que nos revelan las víctimas tampoco nos lleve a pensar que una persona es solo eso. Porque una persona es más que eso.

—¿Qué pasará finalmente?
Yo tengo mucho miedo al ritmo de la vida contemporánea, que pase un año y uno quede insensible y termine por no acordarse y pensar que ya no importa nada de nada. Yo quisiera que reaccionemos firmemente y sabiamente para que haya corrección de los hechos y no caigamos en la indiferencia generalizada, porque ese sería el peor de los males.

______________________________________________________________________________________
*Este contenido está bajo una Licencia Creative Commons, por lo que puede ser reproducido en cualquier medio siempre que se atribuya la autoría.

#Etiquetas:

Comentarios.