Entre las memorias del Estadio Víctor Jara.


Por Cami Fuentes, Martín Mariángel y Martina Suazo

Pasillos oscuros al interior del establecimiento, por donde eran ordenados en fila los prisioneros. (FOTO: Martina Suazo)

Pasillos oscuros al interior del establecimiento, por donde eran ordenados en fila los prisioneros. (FOTO: Martina Suazo)


“Canto, qué mal me sales 

cuando tengo que cantar espanto”

Poema “Estadio Chile” o ​ “Somos Cinco Mil”, Víctor Jara. 

 

La ubicación del mapa indicaba que ya habíamos llegado, pero no lográbamos dar con la entrada. Hasta que vimos al medio del pasaje el famoso cartel que decía “Estadio Víctor Jara”. Nos acercamos a la recepción para preguntar por las visitas guiadas. El hombre que ahí estaba, y que se presentó como Claudio, explicó que para realizarla se necesita un mínimo de 10 asistentes. Éramos solo dos en ese momento, así que igual nos dejó entrar, pero para explorar por nuestra cuenta. 

Caminamos por los pasillos del estadio, algunos eran oscuros y otros con luces muy tenues. Cuando estábamos en el costado sur, mirando hacia las numerosas sillas que conforman la galería del recinto, vimos una que era distinta. ¿Por qué una sola estaba pintada de blanco, y todas las demás de verde? Ambos intuimos que tendría algún grado de importancia, un sentido, pero no lo confirmaríamos sino hasta un rato después. 

De repente, Claudio se nos acercó. Pensamos que nos llamaría la atención por estar en algún lugar indebido, pues no sabíamos qué partes estaban habilitadas para transitar. Pero no fue así. Venía a ofrecernos compañía y guía en el recorrido, para relatarnos todo lo que ocurrió en ese lugar hace 50 años, durante el primer año de la dictadura. Justo entonces llegó Martín, el tercero de nuestro grupo. Obviamente, los tres accedimos.

Comenzamos caminando por uno de los pasillos que se dirigían a los camarines, mientras Claudio nos explicaba que todas las dependencias del recinto le sirvieron a las Fuerzas Armadas como centro de detención, tortura y ejecución de opositores políticos entre septiembre de 1973 y abril de 1974. El ambiente se volvió denso, casi inhóspito, y un aire frío se enredó entre nosotros. Cientos de detenidos se habían ordenado en filas por esos pasillos, bajo amenazas y abusos, antes de ser interrogados y torturados. La mayoría eran estudiantes de la Universidad Técnica del Estado (UTE), que se encuentra a unos pocos metros de distancia actualmente se llama Universidad de Santiago (USACH)

Antes de entrar a la siguiente habitación, Claudio se quedó en completo silencio. Se volteó a mirarnos y nos comentó que íbamos a ingresar al Camarín N°4, donde se vio por última vez con vida a Víctor Jara. Adentro, sobre un atril había una imagen del cantautor ícono de la Nueva Canción Chilena, profesor, escritor y director de teatro; y al lado de ella, un papel impreso con su último poema: “Estadio Chile” o ​ “Somos Cinco Mil”. Nuestro guía nos contó que este memorial fue hecho por el mismo personal del estadio.

Luego de visitar el subterráneo, llegamos a la cancha central. Desde allí alzamos la mirada hacia las graderías, que desde el suelo se veían imponentes con sus largas filas de asientos. Volvimos a ver el asiento pintado de blanco. Claudio nos explicó que allí se encontraba Víctor Jara cuando las autoridades lo reconocieron entre la multitud. El músico popular ya era muy conocido entonces, y lo habían traído desde la UTE, donde impartía clases. Sus compañeros de detención trataron de ocultarlo para evitar que lo identificaran. Aun así, sentado en esa silla fue apuntado por un militar, lo cual marcaría indudablemente su estancia por el centro de detención. 

Banca blanca, donde los militares encontraron sentado al cantante Víctor Jara. (FOTO: Martina Suazo)

Banca blanca, donde los militares encontraron sentado al cantante Víctor Jara. (FOTO: Martina Suazo)

Este recinto deportivo se inauguró en 1969 con el nombre Estadio Chile, uno de los primeros que contaban con techo en el país. Su construcción buscaba impulsar una variedad de actividades físicas y culturales, y era un espacio totalmente abierto a la comunidad, con una audiencia en su mayoría partidaria de la Unidad Popular.  Allí se realizaron, según dice su sitio web, tres festivales de la Nueva Canción Chilena. Quizás esto mismo pudo influir en la decisión de la Junta Militar de elegirlo como un buen espacio para instalar algo así como un campo de concentración. 

Tras un momento de silencio, nos sentimos pequeños en medio de la cancha. Luego continuamos con la visita en una de las habitaciones más sórdidas del lugar. Al dar unos pasos nos encontramos con una puerta roja que daba al denominado “Pentágono”. Nos miramos entre nosotros con suspenso. Al abrirla, Claudio dijo que en esa pieza los militares practicaban sus tiros: colocaban sacos al fondo de la habitación y frente a ellos ubicaban a los prisioneros. Los dejaban a su suerte. Las personas podían terminar orinadas al oír los ecos ensordecedores dentro del “Pentágono”. Estar en ese sitio era doloroso. Quisimos salir de ahí de inmediato. 

El circuito aún no terminaba. Claudio nos llevó a otra de las habitaciones donde los detenidos fueron torturados. También tenía un nombre: el “Purgatorio”. Allí se almacenaban los cuerpos de las víctimas que habían pasado por el “Pentágono” o que habían muerto producto de las torturas. Estaba cerca del “Pentágono”, con la diferencia de que la entrada tenía una puerta muy pequeña y una escalera angosta que llevaba a otra especie de sótano. Los cadáveres eran apilados por los mismos prisioneros en uno de los rincones y después eran llevados al estacionamiento, donde los esperaba un camión para ser trasladados a otro lugar para hacerlos desaparecer. A Víctor Jara, por ejemplo, después de acribillarlo, lo dejaron tirado en unos matorrales afuera del Cementerio Metropolitano. 

Terminada la dictadura, la Fundación Víctor Jara junto a diversas agrupaciones sociales y culturales comenzaron a recuperar este espacio como un sitio de memoria. Esta lucha la lideró Joan Jara , la viuda de Víctor, junto a sus hijas Manuela y Amanda, quienes convocaron a diversos artistas para acompañarlas en una acción artística-política que se denominó “Canto Libre. Jornadas de Purificación Estadio Chile”. En 2003 consiguieron que se cambiara el nombre del inmueble a Estadio Víctor Jara y, en 2009, el recinto fue declarado Monumento Histórico. 

Miramos la hora. Ya eran pasadas las 11:00 am. Después de pasar por todos esos rincones, pasillos y escaleras, esos baños y galerías, esos subterráneos y camarines, el recorrido llegaba a su fin. Teníamos tantas preguntas. ¿De verdad pudo existir un lugar así? ¿Cómo es posible el nivel de maldad y crueldad hacia otras personas? ¿Cómo un sitio como este puede seguir existiendo y seguir funcionando con actividades físicas y culturales? ¿Es posible esa coexistencia? 

Claudio nos relató una última y triste historia. Una vez llegó al recinto un hombre de edad avanzada que había ido a ver a su nieto a un campeonato deportivo. Al llegar pidió que alguien le mostrara el estadio, que lo llevaran al hall donde fue a buscar a su cuñado en septiembre de 1973. En esa oportunidad, los militares le hicieron pisar una pila de cuerpos para que él mismo buscara a su familiar perdido. No obstante todo su dolor, aquel hombre representaba el mar de sentimientos que puede provocar un lugar como el estadio. Los horrores del pasado que vivió allí su cuñado y las alegrías del presente que puede disfrutar con su nieto.