El “nunca más” del Museo de la Memoria.


Por Catalina Yob

Mural conmemorativo con los rostros de detenidos desaparecidos. (FOTO: Catalina Yob)

Mural conmemorativo con los rostros de detenidos desaparecidos. (FOTO: Catalina Yob)

Era la primera vez que visitaba el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, ubicado en Santiago. Era un lugar que conmemoraba a las víctimas de la represión de la dictadura militar de Augusto Pinochet  y que recordaba la vulneración sistemática de sus derechos fundamentales como política de Estado.

Llegué al metro Quinta Normal, el que desde el ruidoso y oscuro subterráneo tiene conexión directa con el museo. Por fuera, el edificio era imponente. Su base pesada de cemento contrastaba con su barra aérea, compuesta principalmente por vidrio. Martina, una joven que trabaja en el lugar, me contó que su diseño fue pensado a partir del concepto de transparencia. ”Por eso aquí todo es ventanas”, afirmó. De acuerdo a lo dicho anteriormente por los arquitectos del recinto,  la barra representaría a ‘la memoria evidenciada, emergente, flotante, suavemente elevada. Un arca donde se pueden depositar todas las reminiscencias de la historia chilena”. 

Al entrar, el ruido extingue se extingue y el silencio de inmediato predispone a una actitud solemne, de respeto y seriedad. La transición entre el vagón de metro a la calma del edificio, tal vez, fue lo que provocó este cambio en mí. 

El museo se inauguró hace 13 años, durante el primer gobierno de la ex Presidenta Michelle Bachelet. La idea de crear un lugar para la memoria de las víctimas de la dictadura ya había sido sugerida por el Informe Rettig de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, en 1991. Sin embargo, las particularidades del retorno a la democracia en 1990 dificultaron su construcción. La figura del ex dictador Pinochet seguía presente, esta vez como comandante en jefe del Ejército hasta 1998, y posteriormente, como senador vitalicio. Tras su muerte en 2006, finalmente se consolidó la idea de levantar el museo entre los gobiernos de Ricardo Lagos y Bachelet.

El referente central del Museo de la Memoria eran los informes de las Comisiones de Verdad. En sus dos primeros pisos el recinto exhibía los más variados documentos, archivos, imágenes, videos y objetos de gran valor patrimonial que narraban los hechos ocurridos entre el 11 de septiembre de 1973 y el 10 de marzo de 1990; el primer y último día de la dictadura cívico militar.

En general, el recinto por dentro no cuenta con un orden impuesto, más bien todo lo contrario. Hay una yuxtaposición en sus elementos, pero la mayoría de sus rincones y pasillos parecen laberintos. Quizás la dictadura fue un periodo parecido; sin orden racional, donde sucedían muchas cosas al mismo tiempo.

Caminé del hall central al primer piso. En una pared había imágenes ampliadas de los militares ingresando al Palacio de La Moneda. En la otra se veía una línea de tiempo del golpe de estado, desde la sublevación de la Armada hasta el último discurso de Salvador Allende, transmitido en vivo por la Radio Magallanes mientras su gobierno era derrocado por la fuerza. 

Luego ingresé  a una sala donde se proyecta material audiovisual sobre el 11 de septiembre de 1973 en un televisor. Al frente había una banca con al menos ocho personas sentadas, mirándolo en silencio. 

Recepción del museo con video introductorio. (FOTO: Catalina Yob)

Recepción del museo con video introductorio. (FOTO: Catalina Yob)

En el pasillo contiguo hay carteles e imágenes que relatan las primeras acciones de la Junta Militar, una vez que controlaron el poder: decretar estado de sitio y toque de queda en todo el territorio. También Instauraron la pena de muerte a quienes se resistan al régimen. Pronto comenzaron las detenciones, torturas, ejecuciones e intervenciones en fábricas, casas de estudio y medios de comunicación.

Al revisar toda esta información, me pareció evidente que el objetivo de la Junta era aplastar los anhelos de cambio social. Este proceso de despolitización separar a las masas de cualquier actividad y participación política– empezaría en la calle misma y hacia la prensa escrita: se allanaron editoriales, se prohibieron y quemaron libros, se eliminaron afiches y murales populares. Los medios vinculados a la Unidad Popular fueron clausurados bajo amenaza oficial de bombardeos. Diarios como El Siglo, Punto Final y El Rebelde pasarían a la clandestinidad. No obstante, la circulación de El Mercurio, La Tercera y La Prensa estaba autorizada, ya que se usaron para difundir campañas a favor de la dictadura y justificar el golpe. 

Continué recorriendo el mismo pasillo. Llegué al año 1974. La represión no cesaba, e incluso, se volvía más selectiva. Se creó la DINA, bajo la dirección de Manuel “Mamo” Contreras, y pude ver documentos firmados por su propio puño. Próximos a estos se encontraban los informes de Naciones Unidas y organismos internacionales, afirmando la grave situación de Derechos Humanos que ocurría en Chile. 

Sin embargo, la dictadura seguía apoyándose en la prensa autorizada para encubrir sus crímenes;  los hacía pasar como supuestos enfrentamientos entre militantes, y al mismo tiempo, humillaban a las familias que buscaban a los desaparecidos. Algunos de los titulares reproducidos por El Mercurio y La Tercera eran: ”Feroz purga entre marxistas chilenos” y ”guerra interna en el MIR: se matan unos a otros”. 

Mientras leía estos titulares, llegué a la historia de Marta Ugarte. 

Marta era profesora, miembro del Partido Comunista, y en 1976 fue detenida por la DINA. Los pilotos del Ejército lanzaron su cuerpo al mar para hacerlo desaparecer, como a otros 500 cadáveres. La mayoría de ellos nunca fueron encontrados, pero el de Marta sí. Ella salió a flote a la superficie y fue encontrada en una playa de la Región de Valparaíso. En ese momento, El Mercurio publicó la noticia con el siguiente titular: ”Con alambres de púas estrangularon en la playa a una joven y atractiva mujer”. En el pie de foto agregaron: ‘’Se presume que fue violada por el asesino’’. 

Subí al segundo piso, sin saber en qué año de la línea del tiempo estaba. A continuación, leí el siguiente cartel: “El contenido de esta sala no es recomendable para menores de edad sin el apoyo de un adulto”. Había llegado a la sala dedicada a los detenidos desaparecidos y sus centros de detención. 

En el centro del salón había pasillos cortos y oscuros, con paredes negras y luz tenue. Arriba de ellos decía: ”Introducción a los centros de tortura”. Había una lista de todos estos recintos y los métodos de tortura que empleaban, con detalladas descripciones. También había un televisor que proyectaba el video de un sobreviviente hablando sobre las descargas eléctricas que sufrió en ”la parrilla”, un catre metálico donde se amarraba y torturaba con electricidad a los detenidos.

Entré a un cuarto oscuro, en el que no cabían más de tres personas. No había luz, solo un asiento y un pequeño televisor que mostraba testimonios de víctimas de torturas en un loop infinito. Allí aparecieron mujeres que sufrieron violencia sexual. Fueron desnudadas, golpeadas, humilladas, torturadas con electricidad en todo el cuerpo, además de amenazadas constantemente de violación. Después de ellas, hablaban dos niños de 9 años. Uno de ellos fue detenido y fuertemente golpeado. Su voz, aguda y nerviosa, me hizo quebrar en llanto. Quizás lo estaba reteniendo, y aquel espacio oscuro y cerrado, lo liberó. Una mujer sacó un pedazo de papel higiénico de su bolsillo y me lo entregó. Le agradecí con palabras inaudibles, pero sobre todo, con la mirada.

Registro de los medios de comunicación autorizados durante el régimen. (FOTO: Catalina Yob)

Registro de los medios de comunicación autorizados durante el régimen. (FOTO: Catalina Yob)

Al abandonar esa sala, giré a mi izquierda y miré una vitrina que contenía dibujos, cartas, objetos de cobre, madera, tejidos y cuadernos con apuntes. Eran creaciones y pertenencias de los prisioneros cuando estaban en los centros de detención. Vi un juego de naipes y un dominó hecho en cartón, dibujos de las cárceles que parecían verdaderas fotografías, y un cuaderno abierto que titulaba la hoja con ”leyes dialécticas fundamentales”. Era una clase de filosofía. La mayoría de las cartas eran mensajes de los prisioneros a sus familias para tranquilizarlas y decirles que se encontraban bien, y que desde la distancia, deseaban su reencuentro como si fuese aquello lo único por lo que valía la pena resistir.

Me adentré por otro pasillo y llegué a un mural enorme. Comenzaba en el piso de abajo,  alcanzaba el techo y contenía tres mil fotografías con los rostros de los detenidos desaparecidos. Entre ellos y yo había un vidrio que me permitía verlos detenidamente. 

Nuevamente me crucé con Martina, quien estaba acompañando a un grupo de turistas. Se me acercó lentamente y me dijo: “Detrás del vidrio está la ausencia, lo que nos falta. Y de nuestro lado está la presencia. Estamos vivos y debemos llevar su memoria con nosotros”.

Descansé un tiempo ahí, sentada, antes de finalizar el recorrido con el último piso de la muestra.

Al final de un pasillo, por fin, reconocí las primeras jornadas de protestas contra la dictadura y por el retorno a la democracia. Había llegado a 1983, y las que veía correspondían a “las marchas del hambre’’. En esos años la cesantía afectaba a un 23% de la población. El llamado del paro nacional incluía: faltar al trabajo, no enviar a los niños al colegio, no comprar, trabajar a desgano, llegar tarde al trabajo, tocar bocinas y cacerolas. Sus actores principales fueron mujeres, familiares de detenidos desaparecidos, las iglesias, pobladores, organizaciones territoriales de ollas comunes y estudiantes.

Para mediados de los años ochenta, los folletos y boletines volvieron a ver la luz de las calles. Si bien los medios de comunicación seguían bajo el control del Estado, habían señales de resistencia:  publicaciones con espacios en blanco o descripciones de fotografías censuradas. Lentamente y con mucho esfuerzo aparecieron revistas y periódicos de oposición.

Después de revisar algunos ejemplares, pasé a ver la organización de las campañas de los comandos para el plebiscito de 1988, el cual definiría la continuidad de Pinochet. El 5 de octubre de ese año, con sorpresa, miedo, confusión y esperanza se impuso el NO en las urnas. Toda la muestra del museo concluía con un discurso del primer presidente del retorno de la democracia en 1990, el demócrata cristiano Patricio Aylwin.

Volví a encontrarme, una vez más, con Martina y le pregunté por su experiencia trabajando aquí. Me contó que ella es mediadora cultural y no guía. La diferencia estaba, me explicó, en que ella no sólo comunica el contenido del museo, sino que también habilita nuevos espacios para conversar y recordar entre todos. Eso era lo que más le motivaba.

‘’Recibo muchas visitas de estudiantes cuando les enseñan sobre la dictadura en clases. Me gusta incentivar a los niños a reflexionar sobre el lenguaje que utilizan para referirse a este periodo y lo que comunican. Tal vez eso no cambie el mundo, pero sí cambia lo que entienden los otros. Y eso es un gran aporte: construir nuevas narrativas y relatos para defender la historia y enfrentar los discursos que intentan tergiversarla o negarla. Siempre los invito a que generen espacios de memoria entre ellos. Eso no significa crear estatuas ni memoriales, sino espacios de intercambio y reflexión entre nosotros mismos”, sentenció.

A propósito de los 50 años que se cumplen desde el golpe de estado, me quedé pensando en aquel consejo de Martina y en su aplicación en nuestra historia reciente. ¿Qué cosas repetimos sin  validez? ¿Por qué permitimos las mentiras?

Me fue inevitable no recordar el caso de Camilo Catrillanca y el rol que jugó la prensa. Pensé también en el estallido social de 2019 y en las violaciones a los derechos humanos. En cómo se cubrieron las manifestaciones. En la impunidad. Y en el olvido.

También recuerdo el negacionismo que emerge una y otra vez, a pesar de todo el respaldo oficial de miles de páginas de archivos judiciales y de organismo nacionales e internacionales que denuncian los crímenes y delitos de lesa humanidad. Condenar transversalmente el golpe de estado es la base del consenso para el Nunca Más.

Los pasillos del museo hacen el ejercicio de la historia y la memoria: elaborar un pasado. Eso nos da una identidad en común como sociedad y nos permite entender y actuar en el presente. El recorrido me llevó cuatro horas y seguramente no alcancé a revisar todo con minuciosidad. Al llegar a mi casa tuve sensaciones de dolor y angustia. Cuando buscaba las llaves para entrar, en el bolsillo de mi chaqueta, encontré el papel que me dio la mujer mientras lloraba frente al televisor.