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Bajo la tierra, la memoria de Macul

Por ~ Publicado el 17 septiembre 2026

Hace cinco años, Christine Kachadourian y un grupo de vecinos de Macul comenzaron una búsqueda a partir de los recuerdos de quienes vivían junto al antiguo vertedero. Algunos eran niños cuando escucharon disparos y vieron llegar camiones militares con personas que luego eran arrojadas al terreno. Desde entonces, Christine ha recorrido el barrio, reunido testimonios y llevado esos antecedentes a las instituciones de derechos humanos. Hoy, mientras la justicia intenta establecer qué ocurrió en ese lugar y si allí fueron enterradas víctimas de la dictadura, ella sigue empeñada en que el terreno no desaparezca antes de que esa historia pueda ser esclarecida.

Por Ignacia Pacheco y Cristóbal Mercado

*Este texto fue escrito para el ramo Taller de Reportajes y Perfiles

Las palmeras se ven menos verdes con el tiempo. Las hojas puntiagudas cuelgan raídas, bailan con el viento y circundan árboles de tronco agrietado y verde opaco en un llano desierto, donde la vida de un pastoral tímido salpicado entre las montañas de tierra pedregosa que se amontona cada día. Todo el paisaje está atrapado en un aura anaranjada de tarde que espanta la vida y el interés. Montes de bolsas de basura se acumulan en la tierra cercana a la cuneta que da hacia la calle La Aguada, igualmente regada por miríadas de desperdicio. Todo perfumado por el olor metálico del canal adyacente, que a veces lleva agua color tierra y otras es solo tierra. Y más tierra.

El lugar parece hoy cualquier otro sitio abandonado de Santiago. Palmeras, basura acumulada y el canal, con el mismo nombre de la calle, rodean el terreno donde alguna vez funcionó el ex vertedero de Macul. Para quien pasa por ahí, cuesta imaginar que ese espacio pueda guardar una historia distinta.

Antes de convertirse en vertedero, el terreno ubicado específicmante entre las avenidas Departamental, Américo Vespucio y Macul y la actual calle Tecnóloga Reinalda Pereira había sido un pozo de extracción de áridos. En los primeros meses de la dictadura, el lugar habría sido utilizarse como un lugar para ejecuciones de los detenidos. Según testimonios de antiguos vecinos recogidos por el Programa de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia y reportados por CIPER en 2022, durante el toque de queda se habrían escuchado disparos y observado hechos que podrían corresponder a fusilamientos y entierros de personas detenidas.

El terreno, sin embargo, no solo carga con esa historia. Durante las últimas décadas también fue un espacio de abandono. A pocos metros funcionó la discoteca Luxor, propiedad de Gladys González, conocida como La Cuca, que cerró en 2018 por decreto municipal. En 2022, el lugar volvió a aparecer en la discusión pública por un proyecto inmobiliario que contemplaba la construcción de nueve torres y cerca de 2.500 departamentos.

Fue en ese momento, cuando esa historia que durante décadas había permanecido en la memoria de unos pocos vecinos, comenzó a adquirir otra dimensión. El documento que se entregó al Programa de Derechos Humanos reunió 13 testimonios y la justicia abrió una investigación para determinar qué ocurrió efectivamente en ese terreno. Todo estaba listo para iniciar las obras en 2023, pero el destino del proyecto se tornó incierto cuando una querella fue presentada por el mismo programa ante la ministra en visita Paola Plaza, jueza especializada en casos de violaciones de DD.HH. La historia había comenzado mucho antes

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En medio de esa búsqueda aparece Christine Kachadourian. Desde hace cinco años, junto a la Agrupación de Derechos Humanos y Sitios de Memoria de Macul, recorrió el barrio, conversó con esos antiguos vecinos y se reconstruyó una historia que, para muchos, comenzó cuando todavía eran niños.

Allí hablaron de disparos durante la noche, de vehículos militares que llegaban hasta el terreno y descargaban bultos, y de escenas que entonces no podían comprender. Algunos eran niños. Jugaban entre los neumáticos cuando veían aparecer a los uniformados y corrían a esconderse entre los montículos de tierra, donde permanecían hasta que sentían que pasaba el peligro. Décadas después, aquellos recuerdos comenzaron a adquirir un significado distinto.

-Yo nunca me he considerado líder -dice Christine con un dejo de timidez

Alrededor del cuello lleva una bufanda violeta. Sus aros púrpura bailan cada vez que agita la cabeza, y la superficie de la mesa de madera resuena con el golpe de su anillo cada palabra o momento que ella considera importante. La intensidad con la que lo hace a veces la obliga a detenerse para acomodar sus cabellos blancos.

-Todo el mundo me dice: “No, pero si tú eres la líder”. Que la cuestión de la líder, la cuestión de la líder -suena la mesa-. Es algo que he tenido que reconocer en mí. Quizás tengo un carisma, un carácter. Puede que sea porque soy muy responsable, pero es porque yo soy así, porque aprendí a ser así.

-Yo le decía a la gente: “Soy una participante más, no soy la líder”.

Sentada en el último cuarto a la izquierda del edificio de la Junta de Vecinos N.°18 de Macul, en medio de una cocina espaciosa decorada con cuadros de flores bordadas y calendarios del 2023 y 2025 -cortesía de Lipigas-, Christine ocupa la esquina superior derecha de una gran mesa de reuniones creada a partir de la unión de dos mesas cuadradas.

En mayo de este año se cumplieron cinco años desde la fundación del grupo. Antes de entrar al cuarto, Christine se detiene unos minutos a escuchar la conversación que le ofrece uno de los encargados de cuidar la sede de la junta. Ella escucha siempre atenta. Levanta la mirada como indicando a su interlocutor que el mundo entero está en aquello que le dice. Una semana antes, ella salió del Salón Azul, una espaciosa sala de reuniones del Castillo Municipal de Macul, concluyendo una Comisión de Derechos Humanos iniciada veinte minutos tarde.

Ella dio un discurso ante los doce concejales plantados en el mesón. El micrófono parecía no ser suficiente para transmitir su voz expansiva. El ex alcalde Sergio Puyol, quien venía medio dormido y hasta entonces no había mostrado mayor interés en la reunión, alzó las cejas sorprendido. Christine no le dio mucha importancia ni a Puyol ni a los concejales. Creía que ninguno de ellos estaba realmente interesado en lo que ella decía. Que nadie le tomaba el peso a esta historia como ella y sus vecinos: “Esto se trata de compromiso político, lo demás no importa”, enfatizó en ese momento.

Desentrañar la verdad de lo que ocurrió en el vertedero se transformó en su objetivo.

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-Ella siempre ha sido muy movida con todo esto. Por eso es que es la líder -dice María José Maldonado, profesora de lenguaje e integrante de la agrupación desde el 2023.

Para ella, la historia de la agrupación comienza con Christine y Ximena Gallardo, actual presidenta de la Junta de Vecinos N.°18 e integrante del colectivo.

-Se levantaron un día y, con papel y lápiz en mano, se fueron a pata”por la avenida Departamental reuniendo los testimonios para elaborar el informe-, dice y se queda pensativa.

Recuerda también cuando Ximena le reveló desesperada en una reunión de vecinos sobre el megaproyecto que iba a instalarse sobre el lugar donde la junta quería crear un sitio de memoria. En ese momento, Christine se sentó con docenas de testigos y registró cada una de las historias que vecinos del sector tenían para reconstruir ese nuevo capítulo perdido.

-Hasta 50 personas llegaron a aparecer en el informe original (que se entregó en septiembre de 2024)- concluye.

Pero para Christine ese no fue el inicio. Las cosas comenzaron un poco antes en el 2019 y en pleno estallido social. Pensó el momento idóneo para volver con más fuerza a la política social. A los vecinos y a las asambleas.

-Cuando fue el estallido, yo sentí que renacía -dice, mirando al techo con una sonrisa calma y los ojos brillando.

Hasta entonces, llevaba más de 40 años trabajando como profesora de educación básica, 29 años como terapeuta ocupacional y desde 1980 como participante activa de las juntas de vecinos de Macul.

Se mantiene firme en la creencia de que la colaboración comunitaria es un elemento de vital importancia para la construcción de sociedades más justas en el futuro. Es una convicción que la ha acompañado durante gran parte de su vida.

Nacida y criada en México, hija de una madre francesa y un padre armenio -descendiente de una de las tantas diásporas surgidas tras el genocidio iniciado en Turquía-, Christine proviene de una familia marcada desde sus orígenes por una naturaleza nómada, viajando constantemente entre países motivados por el trabajo o por el simple anhelo de conocer.

El trabajo fue precisamente la razón por la que su padre la trajo a Chile en 1967, con 10 años. Vivió tres años en el país, hasta 1970, antes de emprender nuevamente el vuelo. Ella recuerda dejar atrás una nación que acababa de elegir el primer presidente socialista democráticamente electo en el mundo y el futuro parecía rebosar de luz.

En 1979, tras finalizar sus estudios secundarios, Christine -fiel al estilo familiar- emprendió rumbo al norte de su natal México, hacia la Sierra Tarahumara, cadena de montañas hogar del pueblo de los rarámuri. Asentada allí, el oficio de profesora “le llegó de manera natural”: ejerció como docente, coordinadora e incluso enfermera en uno de los tantos internados del valle.

Es la segunda de siete hermanos, no le fue difícil extrapolar la experiencia de sus días como hermana mayor a su nueva vida de profesora en una comunidad indígena.

Sin los mayores recursos para ejercer su trabajo, Christine se las ingenió para hacer lo mejor posible y entregarles a sus estudiantes los conocimientos y valores que pudieran atesorar y refinar durante los siete días que duraba su estancia en el internado. Enseñaba el género lírico y se aseguraba de que los niños no tropezaran sobre cactus. Buscaba preservar la armonía y construir a individuos que pudiesen crear un mundo justo y basado en comunidad, justo como el de aquel proyecto que proponía la UP allá en Chile.

-Mi padre se crió en la India, en una población muy, muy vulnerable -recuerda-. A partir de ello, nos transmitió la importancia de valorar el alimento y la salud. Mi madre, por su lado, muy católica, nos entregó la sensibilidad frente a la pobreza.

Estaba dispuesta a quedarse, pero una hepatitis le mató el sueño. Regresó a Chile en 1980, ahora consciente del recuerdo de que el proyecto de la Unidad Popular había fracasado. Ya tenía claro lo que se hablaba de Pinochet y «los horrores que se escondían».

Desde el retorno a la democracia se dedicó a la crianza y cuidado de sus hijos, sin olvidarse de su compromiso social con Macul. Era como si presintiera lo que vendría después.

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Por ahora, el terreno permanece intacto y la investigación sigue abierta. El informe del Programa Nacional de Búsqueda (PNB) delimitó una zona de interés de 0,75 hectáreas, poco más que una cancha de fútbol, donde podrían encontrarse restos de personas desaparecidas. Pero todavía falta intervenir el terreno y determinar qué hay bajo sus capas de tierra y basura.

La búsqueda también llegó al Consejo de Monumentos Nacionales. En marzo de 2026, Christine Kachadourian, como presidenta de la Agrupación de Derechos Humanos y Sitios de Memoria de Macul, entregó nuevos antecedentes para solicitar que el ex Vertedero Departamental de Macul fuera declarado Monumento Nacional, en la categoría de Monumento Histórico. La petición buscaba reconocer el terreno como un sitio de memoria y abrir una nueva dimensión en la disputa por ese espacio.

Y aún siguen insistiendo. Los vecinos buscan que el lugar permanezca protegido.

Para la agrupación, preservar el terreno no se trata solo de reconstruir los recuerdos de quienes vivieron en el sector durante los primeros años de la dictadura, sino también de impedir que el lugar desaparezca antes de que pueda ser investigado.

En medio de la entrevista, donde habla con entusiasmo desde las asambleas constituyentes hasta la conformación de este grupo contra el olvido, Christine deja caer la cabeza entre sus manos. Repasa las alegrías y los desafíos que implica este trabajo y declara: “Es mucho de trabajo de hormiga”.

-¿Por qué insistir con los muertos?

-Siempre hay una riqueza en las personas […] -se acomoda en la silla-. Para mí eso es vida, buscar entender lo que sucedió aquí en Chile, con la Unidad Popular y ese intento de sociedad distinta que se truncó. Me parece importante preservar, recordar y mantener vivo, a pesar de que haya habido una derrota global de proyectos colectivos o distintos. Por eso creo que es bueno hablar de ello, porque hablar de muertos es hablar de vida.


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