En Estación Central, jóvenes voluntarios organizan colonias urbanas para ofrecer una semana de juegos y cuidado a más de un centenar de niños que viven en contextos de violencia y escasas oportunidades de recreación. La experiencia revela cómo la organización comunitaria ha debido asumir tareas que abren un debate sobre el alcance de las políticas públicas para la infancia.
Por Félix Molina y Pascal Navarro
La noche anterior, una balacera rompió los vidrios del colegio de enfrente.
A la mañana siguiente, Daniela García, de 27 años, está de pie en el patio de la escuela la Escuela Básica Víctor Jara en Estación Central. Se mueve de un lados a otro mientras chequea que haya colchonetas suficientes, distribuye a los monitores y organiza los últimos detalles antes de que comiencen las colonias urbanas “Niños del Barrio”. Durante los próximos días, entre 100 y 150 niños pasarán por ese recinto.
Pero antes de que lleguen los niños hay otra decisión que tomar, por ejemplo dónde dormirán los monitores, pero por sobre todo dónde dormirán seguros.
-Dani, no puedes dejarnos aquí -le dice Isabel, de 18 años, mientras sostiene una pila de colchonetas-. Ayer tiraron balazos y rompieron los vidrios. Por último, que se queden los hombres mayores en esa sala.
Daniela se detiene con la planilla entre las manos.
-Isa, no puedo dejar dormir a los hombres en esa sala – le responde, apenas con un hilo de voz-. Porque si se quedan ahí, dejamos toda la parte de atrás del colegio sin nadie. Y tú sabes que por ese sector es por donde más han entrado a robar.
Las dos mujeres se quedan calladas. El colegio debe funcionar como espacio de recreación para los niños durante el día, pero también como lugar de resguardo para los jóvenes que hacen posible la colonia.
El verano en una población llega con el calor acumulado en el asfalto, el eco de una pelota golpeando el pavimento y el aroma de fritura en la noche. A veces con suerte un par de vecinos sacan sus piscinas para que los niños capeen el calor. Pero en esa vida exterior que comienza en las vacaciones para muchos niños de Estación Central, y de comunas vulnerables el verano se vive en el pasaje, en la cancha o en la esquina, los mismos espacios donde las bandas de narcotráfico están presentes. En las vacaciones de invierno, pasa lo mismo.
Jugar, sin embargo es también un derecho de la infancia. El artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño reconoce el derecho de niños, niñas y adolescentes al descanso, el esparcimiento, el juego y las actividades recreativas. El Comité de los Derechos del Niño de Naciones Unidas ha advertido que los Estados deben generar las condiciones necesarias para que ese derecho pueda ejercerse, entre ellas espacios seguros y accesibles.
En ese contexto emergen las colonias urbanas «Niños del Barrio», donde jóvenes de entre 15 y 28 años hacen voluntariado con las infancias de forma autogestionada, recibiendo entre 100 y 150 menores durante la semana de actividades. Sin presupuesto garantizado, sin sede propia, sin protocolo institucional, lo que los une es la idea de que el barrio puede y debe cuidar a sus propios niños. Para llegar a eso, son meses de rifas y completadas para juntar los fondos monetarios suficientes.
Una historia que nace en la resistencia
Las colonias urbanas no son un invento reciente, su origen data a fines de los años setenta, en plena dictadura, como respuesta organizada de los barrios populares ante el abandono del Estado. Las comunidades se organizaron para garantizar alimentación y recreación a los niños del sector, bajo el alero de la Vicaría de la Solidaridad. Con el tiempo, ese origen fue dando paso a iniciativas laicas y autogestionadas que mantienen el mismo espíritu, que es que el barrio cuide a sus propios niños.
En febrero de 1983, la publicación Solidaridad: Compromiso con la verdad, vinculada a la Vicaría de la Solidaridad, dedicó una edición al trabajo de las colonias bajo el título “Colonias urbanas: alegría, cariño y comida”. La propia documentación de la Vicaría registra, además, las colonias urbanas dentro de sus iniciativas de “recreación educativa”, junto con campamentos de verano y otras actividades comunitarias. Un año antes, durante enero y febrero de 1982, cerca de 14 mil personas habían participado en colonias urbanas, campamentos de verano y jornadas educativas desarrolladas en distintas zonas de Santiago.
Estas escenas de de Estación Central tiene, así, un antecedente que se remonta a la dictadura. Las colonias formaron parte del trabajo de recreación educativa en los sectores populares. Décadas después, el documental Dame la mano: 40 años de Colonias Urbanas, dirigido por Daniela Rojas Ovalle, reconstruyó esa historia a través de quienes participaron en ellas.
Hoy, cuarenta años después, la urgencia no ha cambiado. Lo que cambió es el tejido social que las sostiene. Las desconfianza ha consumido la vida comunitaria y el cuidado de los niños se redujo a un rol exclusivo de las familias, cuando antes era tarea del barrio entero. Esa pérdida es, en sí misma, una forma de abandono. Javier Trujillo (28), abogado especializado en casos de Ley de Responsabilidad Penal Adolescente, sostiene que es muy fácil que los derechos de los niños sean vulnerados «por su desentendimiento frente a temas legales y por la inocencia que los hace muy susceptibles a maltratos y abusos». Esa vulnerabilidad también se traduce en lo cotidiano, el 63% de los niños en contextos vulnerables, muchos de los que llegan a las colonias no contemplan playas ni viajes. Sus padres trabajan en extenuantes jornadas, obligándolos al encierro para esquivar el narcotráfico que acecha en las plazas de sus barrios.
Según el informe de UNICEF 2026, en Chile viven 4.493.995 niños, niñas y adolescentes, el 24,3% de la población total. Entre ellos, el 18,4% vive en pobreza multidimensional, el 15,5% está en situación de trabajo infantil y 313.539 son migrantes, frecuentemente discriminados por su origen. La Defensoría de la Niñez recibió más de 13.178 requerimientos por vulneración de derechos entre 2018 y 2025, siendo los más frecuentes la negligencia y el maltrato familiar. La institución advierte que cuando los números bajan no significa que las vulneraciones disminuyan; muchas simplemente dejan de reportarse.






Cuando las puertas se abren
Al mediodía del primer día de colonias, “A” y “J” , ambos de nueve años, el verano solía tener la forma de una pieza cerrada y el brillo azulado de una pantalla. En sus caras, se nota la emoción por las actividades que les espera en este lugar.
-En las colonias soy una niña súper sociable, activa y alegre. Fuera de ella paso a ser la niña aburrida que está pegada al celular porque no me dejan salir por seguridad -dice “J”
“A” corre, grita en el patio de la escuela y se pierde entre los cantos grupales; en el verano, cuenta, los monitores organizan guerras de agua para espantar el calor.
El monitor Carlos Gómez, de 19 años, cree que las colonias responden a una necesidad concreta del barrio.
-Siento que si no se hicieran colonias en una población, sería porque no son necesarias -afirma.
Lo que une a los monitores, dice, es una “pasión oculta por servir a la comunidad”.
A pocas cuadras, Juana Robles, de 50 años, atiende su almacén detrás de gruesos barrotes, la solución que encontró después de haber sufrido tres robos. Ver pasar el bus de la colonia es un alivio. Dice que le da alegría por esos niños que pueden disfrutar en un espacio seguro
Según los monitores y las familias entrevistadas, las alternativas de recreación disponibles durante las vacaciones no siempre se encuentran cerca de los lugares donde viven los niños.
En este mismo lugar, unl segundo domingo de enero. La quietud de los pasajes se quiebra con el chirrido metálico de las puertas de una escuela pública que se abren de par en par. Por el zaguán ingresa un torrente de monitores cargando cajas, mochilas y la firme convicción de levantar, a pura autogestión, las colonias urbanas «Niños del Barrio». Las salas de clases desiertas se transforman en una especie de cuartel general. Allí los monitores planifican horarios, se ordenan raciones y se distribuyen roles con rigor minucioso.
Días antes del inicio de la actividad, se compraron alimentos no perecibles y en la víspera, se gestionó la compra de verduras, frutas y todo lo que puede pudrirse. Nada se deja al azar cuando los recursos son escasos.
Allí tambien está Daniela García y vuelve a la preocupación de la seguridad del lugar y mide , ventanas de fierro y comprendiendo que sostener este espacio es, antes que todo, una labor de resistencia frente al miedo cotidiano del barrio.
El desgaste que no sale en redes sociales
Isabel Ponce dice que es monita de los 16 años y lleva cinco en las colonias de este colegio. Relata, que en situaciones, se nota cómo la falta presencia del Estado afecta la infancia “Incluso enfrentan situaciones complejas que requieren seguimiento legal, pero hacemos lo que podemos», dice. María Hernández (35), madre de “J” y gestora cultural de la comuna, coincide: «El municipio aborda la infancia desde una lógica administrativa e impersonal. Las colonias hacen lo que la burocracia no puede: construyen comunidad desde adentro y educan desde la empatía de los pares».
La mística de las poleras de color rojo y los cantos de resistencia también esconden el desgaste sile de hacer las cosas a pulso, el choque emocional de convivir con realidades duras y la culpa al apagarse la jornada. La mayoría coincide que cargan con la impotencia de saber que unos días de piscina o esparcimiento no resuelven las negligencias ni las crisis económicas que esperan a los niños al otro lado del portón al dejar la colonia.
El último viernes de la colonia se vive con nostalgia anticipada. Cuando llega el momento de la despedida, los abrazos apretados y las lágrimas de los niños dejan rostros tristes entre los jóvenes. “A” corre y abraza fuerte a su monitor favorito y le pide llorando que no lo olvide y que vuelva a inscribirse el próximo año, consciente de que, al cerrarse las pesadas rejas de la escuela, tendrá que resguardarse de nuevo en su casa.
📷 Las fotografías que acompañan esta crónica fueron publicadas con autorización de los padres, madres y tutores de los niños y niñas.
