Opinión

Periodismo en Centroamérica: miedos y esperanzas al informar

Por ~ Publicado el 23 mayo 2018

En el Salvador —y en Guatemala y en Nicaragua— el miedo y la necesidad (económica y de creer en un cambio) se conjugan en cada jornada laboral, en una región donde si no muestras ambas no sobrevivirías a la incertidumbre. Compartimos este análisis de una periodista salvadoreña que vive en Chile.

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“Vámonos de aquí”, me dijo, con sus ojos particularmente saltones pero esa vez más abiertos que nunca.

No estaba acostumbrado a la cobertura noticiosa de asesinatos, no al menos a diario en un país como El Salvador. Esa vez, el equipo que la realizaba habitualmente tenía una asignación especial. Las corbatas y las caras estiradas de los políticos ante preguntas claves tendrían que esperar. Una pareja de hermanos había sido asesinada en una zona complicada de la capital salvadoreña, San Salvador.

EL MIEDO DE GRABAR Y TERMINAR SIENDO NOTICIA

Moisés Renderos es un camarógrafo con más de dos décadas de experiencia. Las coberturas internacionales le han permitido viajar a por lo menos 10 países, pero cuando se trata de viajes no duda en recordar que los más difíciles no tienen que ver con abordar un avión o un tren para desplazarse kilómetros y kilómetros tras la noticia.

Esa mañana de 2016, cuando recibió la asignación junto a su periodista (su servidora), algo en él no estaba conforme. Y cómo estarlo, si los mismos compañeros le refutaban a diario, entre broma y preocupación, la suerte que tenía de asistir a la Casa Presidencial, Corte Suprema de Justicia u otro lugar o evento en el que perseguir a un político era el riesgo más grande, si es que este se incomodaba por el correteo y las preguntas.

Cerca de las 8 de la mañana en la ya húmeda capital centroamericana, el calor no solo era cosa del clima tropical, sino el hecho de seguir con la lente cada toma y entrevista policial en un territorio donde dominaba la Pandilla 18.

Era en una las denominadas “zonas calientes” por la actividad pandilleril y la cantidad de homicidios, en la que ese día buscábamos respuestas al asesinato de dos hermanos —hombre y mujer— quienes no tenían aparentes vínculos con estos grupos delictivos.

Sin embargo, la desesperanza crecía a cada minuto transcurrido. Uno de los oficiales en la zona recomendaba retirarse del lugar lo más pronto posible. ¿Qué podría pasar? Los policías están aquí, me aseguró Renderos. El silencio de sus compañeros con miradas esquivas fue su respuesta.

La cobertura transcurrió con toda la normalidad posible, pero con señales de alerta y miradas de un equipo cómplice por si algo raro se presentaba.

El micrófono captaba sin rostro a la propietaria de una tienda que relataba cómo la madrugada fue atravesada por la ráfaga auditiva de balazos provenientes de la casa de sus vecinos de años.

De pronto, Renderos llegó agitado. “¡Vámonos ya!”, fue su orden. Por lo general eso lo decide el periodista en terreno en cualquier parte del mundo donde se ejerza esta profesión llena de prismas, repito, según el suelo en la que se desarrolle.

Agregó en tono desalentador: “Ya nos tienen bien lenteados”, expresión salvadoreña que significa caer en la vigilancia de una o más personas, con fines que van desde la coquetería hasta la amenaza directa. Bastó que uno de los “dueños” del lugar, a través de un joven residente, nos hiciera llegar el mensaje de lo molesta que se había vuelto nuestra presencia.

Esa vigilancia empezó desde un extremo del lugar del doble crimen, hasta una amplia casa de esquina en la que fue pintada una publicidad de la empresa de telecomunicaciones Claro, a lo largo de su pared. Ahí uno de los “posteros” (vigilante) de la pandilla que dominaba la zona, se aseguraba que ante la indicación dada al camarógrafo de irse del lugar, se cumpliera en tiempo y espacio adecuado, antes de cualquier ataque o reconocimiento facial que derivara en una futura venganza.

Terminamos a medias el trabajo encomendado. Sin vacilar, las jefaturas pedían abandonar territorio hostil cuando la vida estuviera en peligro. Salimos con miedo y desencanto por lo que el país se ha convertido con el paso de los años y luego de un largo conflicto armado que heredó violencia y cerca de 100 mil muertes en busca de “la paz”.

Esta, en Centroamérica, es una historia que se repite al ejercer periodismo en otros países como Honduras y Guatemala, donde las pandillas han poblado zonas fronterizas con México en el caso guatemalteco, o ciudades hondureñas, como la industrial San Pedro Sula. Tegucigalpa, la capital, no está exenta de esa realidad. De hecho, el Comité para la Protección de Periodistas viene investigando desde antes de 2012 la impunidad que rodea el asesinato de comunicadores centroamericanos, con hipótesis que no pasan a pistas concretas y terminan en eso: en impunidad fomentada por las autoridades de los países en los que haya caído un periodista por pandillas, crimen organizado o por enfurecer al narcotráfico con sus escritos (ver informe).

La Comisión Investigadora de Atentados a Periodistas (CIAP) de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP) consignó a finales del 2017 que en todo el año pasado, 14 periodistas latinoamericanos fueron asesinados ejerciendo su profesión.

La FELAP dice que entre estos, 7 asesinatos ocurrieron en México, 1 en Honduras, 1 en Guatemala, pero olvidó consignar en el décimo quinto lugar, al camarógrafo salvadoreño Samuel Rivas de 28 años, quien murió a manos de pandilleros cuando gozaba de su primer día de vacaciones, en noviembre de 2017. La versión policial apunta a que un aspirante a pandillero lo asesinó como parte del ritual que exigen los cabecillas de estos grupos delictivos para poder integrarlos a estos.

Sin embargo, periodistas como Luisa Moncada, ahora viviendo en Canadá, mostraron públicamente su inconformidad por la teoría de las autoridades sobre la forma en que fue asesinado su excompañero de labores en un canal de la capital salvadoreña.

Citando su desconcierto, Moncada calificó la investigación como “escueta y poco creíble” debido a que luego de meses de investigación, se presentó al presunto culpable (un miembro de la pandilla 18) en un momento mediáticamente oportuno para la Policía Nacional Civil (PNC) y la Fiscalía General de la República (FGR) de El Salvador instituciones que no sustentaron esta afirmación con evidencia contundente.

Semanas antes, una periodista identificada como Karla Turcios había sido asesinada, según las autoridades por su pareja, quien ahora se encuentra en prisión. Entonces, vino el descontento del gremio periodístico, por el momento en el que ofrecieron respuestas del caso de Rivas, del que no se veían avances desde el año pasado. “El momento oportuno” de las autoridades, según Moncada, fue ofrecer de la noche a la mañana el resultado de una investigación, ante la presión social que derivó el asesinato de la colega.

DEL MIEDO A LA ESPERANZA POR COMUNICAR

Los retos de un periodismo centroamericano, sin riesgo de asesinatos, presentan un franco ascenso si el panorama se observa desde esta zona de Sudamérica. En Chile, la visión desde una perspectiva foránea, pero con vivencias puntuales, se vuelve 20-20.

Comunicar desde esa zona convulsionada se vuelve un ejercicio valioso, con conocimiento de situaciones complejas. Una alternativa a compartir anécdotas periodísticas en un territorio como Chile, por hoy libre de grupos criminales tan violentos como las pandillas, o los dedicados al narcotráfico como los que operan en el denominado “Triángulo Norte” integrado por El Salvador, Honduras y Guatemala.

Miedo y necesidad (económica y de creer en un cambio) se conjugan en cada jornada laboral, en una región donde si no muestras ambas no sobrevivirías a la incertidumbre.

Moisés Renderos considera que a estas alturas, la delincuencia en su país se ha salido de control, pero se mantiene tras la lente para hacer llegar su testimonio a nuevas generaciones que integren la prensa en cualquier parte del continente, incluido Chile, donde si bien la amenaza delincuencial es significativamente inferior con relación a otras partes de América Latina, vivencias como la suya pueden aportar un marco referencial de cuán peligroso es ejercer, hasta dónde perseguir la verdad en terreno, y qué significa mantenerse detrás de esta con una cámara, grabadora o micrófono como arma para conseguirla.

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