istanbul escort - kina organizasyon - sunnet organizasyonu - dansoz kiralama
Actualidad

La curiosidad fotográfica de José Alejandro González

Por ~ Publicado el 10 agosto 2017

Todos tenemos problemas, todos sufrimos, todos reímos, todos lloramos. El fotógrafo colombiano José Alejandro González cree que todos tenemos una historia amable del mundo. Esta es su cruzada para retratar esa bondad.

José Alejandro González.

José Alejandro González.

Hoy es día de fotos. José Alejandro Gonzáles busca su cámara, la Canon 7D que compró hace pocos días y que llegó en reemplazo de la ya vieja Canon 6D. No recuerda dónde la tiene, sabe que está en alguno de sus morrales, pero no sabe cuál exactamente. Recuerda que la dejó en el que usó ayer, la encuentra. Toma su lente favorito, el 85 MM f 1/8, el que le permite recibir buena luz y difuminar el fondo de la mejor manera: perfecto para sus retratos, para capturar la vida de las personas, para mostrar que todos somos buenos. Guarda su cámara, su lente, un par de memorias y baterías y se dispone a ir a la calle a dejar que su instinto lo lleve a la persona correcta, al anonimato que tantas historias guarda.

Para él no hay diferencias, eso lo tiene claro, por eso sale a la calle sin pensar en una persona exacta a la que quiere retratar hoy, tan solo sabe que la persona a la que su corazón le diga que retrate será la indicada. No hay predisposiciones, no hay estereotipos, solo hay vida, personas con universos distintos. Y, en ellos, historias que él quiere saber, corazones que quiere encontrar.

Todos tienen problemas, todos han sufrido, todos han reído, todos han llorado, en todos hay una historia amable del mundo.

LA FOTOGRAFÍA COMO SALVACIÓN

Era diciembre del 2013 cuando José Alejandro tomó un vuelo en el aeropuerto El Dorado de Bogotá, huyéndole a la vida, dicen algunos de sus familiares. Acabado de divorciar, tomó la decisión de salir y buscar nuevos horizontes. Su primer encuentro con Estados Unidos fue con el oficial de inmigración quien lo abordó con esta pregunta: ¿Qué clase de José Gonzáles es usted? ¿De los buenos o los malos?

Llegar a Nueva York, no conocer mayor cosa y estar en fiestas de fin de año no es sencillo. Sin embargo, José Alejandro se las supo arreglar, al fin y al cabo serían casi seis meses en ese lugar. A su lado, un amigo de la infancia que le daría hospedaje durante todos estos meses.

Foto: José Alejandro González

Foto: José Alejandro González

Cero grados centígrados, todo Manhattan por delante y una soledad abrumadora —luego de que su amigo le dijera que lo dejaría solo por un mes— dieron lugar a una serie de recorridos que desde ese momento empezó a realizar al lado de Álvaro, su primera compañía en Nueva York: un hombre de Pereira, Risaralda, de 60 años, 20 fuera de Colombia. Con él recorrió las calles de Manhattan, la provincia de Queens, el Bronx, Brooklyn y cuanto rincón desconocido aparecía.

Desde ese momento, y por los seis meses que duró su estadía en Estados Unidos, la fotografía se volvió su salvación. El querer conocer la vida de las personas era algo cada vez más fuerte, inevitable, un deseo que cada día crecía. José quería saber quiénes eran los neoyorquinos, cuáles eran sus sueños y a qué se dedicaban.

Luego de trabajar en restaurantes lavando platos, como mesero, en productoras y de forma independiente, y luego de haber tomado cientos de fotos a personas, había pensado regresar a Colombia. Era mayo del 2014.

UNA CURIOSIDAD LLAMADA CENTROAMÉRICA

Para algunos, recorrer ocho países a pie es toda una locura, mucho más si es con equipos de fotografía al hombro. Para José Alejandro, la locura era tomar un avión y, en cinco horas, volver a su país natal después de vivir seis meses lejos de él.

Una semana le bastó para amarrarse bien los pantalones y empezar la travesía que le daría forma y figura a un proyecto que lo tiene de cabeza en Colombia: contar a través de imágenes que todos somos buenos.

Con un tren desde la estación central de Nueva York hasta la parada de trenes de Chicago inició un viaje por todo Centroamérica: México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y Colombia. En total, 8 países en 3 meses y 23 días. Ni un solo avión, muchos buses, varios trenes y algunas lanchas y barcos pequeños.

El primer tren lo recorrió puesto por puesto, conociendo todo el universo que había en un mismo lugar, todas las culturas, razas, religiones, gustos, sueños y vidas presentes en cada compartimiento. José Alejandro pasó persona a persona, conociendo sus historias, sacando de lo profundo de sus corazones la esencia de la vida, las diferencias, y plasmándolas en una fotografía. Diez días en Chicago, un hostal y de nuevo cientos de fotos, dos videos que en el momento no sabía para qué los hacía pero que hoy hacen parte de Todos Somos Buenos —la serie web— y un nuevo tren, esta vez, con destino a California.

josealejandro_foto1

Foto: José Alejandro González

Una vez en Los Ángeles, se internó en Skid Row, el lugar —quizá— con mayor cantidad de habitantes de la calle que existe en Estados Unidos. Si en los trenes había visto diversidad, aquí la había aún más. Allí llegó, con cámara en mano, temeroso por dentro pero valiente por fuera, con ganas de hacer la mayor cantidad de retratos posibles.

Desde una tienda de ropa de segunda mano, administrada por Doroti, una mujer travesti de la zona, José Alejandro estuvo horas enteras, viendo cómo entraban y salían los habitantes de Skid Row. Cuando se sintió confiado, salió del lugar, conoció a un vendedor de cigarrillos que lo llevó a conocer las esquinas más desconocidas de la zona, le presentó personas y le abrió las puertas para crear más contenidos y saciar su curiosidad.

Once dólares fueron suficientes para salir de Estados Unidos y llegar directo a Tijuana, México. Allí estuvo durante dos semanas, en las cuales entendió —según cuenta— que todo ese tiempo la vida le estaba enviando ángeles, personas que le ayudaran a cumplir su principal objetivo. Uno de ellos, Miguel Buenrostro, quien le abrió las puertas de su casa durante este tiempo y le permitió conocer esta ciudad y crear enlaces en Guadalajara, Ciudad de México y Guajaca, que serían los próximos destinos en su recorrido.

De México pasó a Guatemala, donde se hospedó en casa de un fotógrafo español. De allí pasó a Honduras, en donde por cuestiones de seguridad prefirió no quedarse mayor tiempo, al igual que en El Salvador, donde estuvo menos de una semana. Para finales de julio del 2014, José Alejandro ya había recorrido más de la mitad de Centroamérica: México, Guatemala, El Salvador, Honduras y acaba de pisar suelo Nicaragüense.

Con 200 dólares en el bolsillo, Costa Rica y Panamá fueron un solo salto. De Nicaragua pasó a Costa Rica en un bus, allí llegó a San José donde estuvo compartiendo con un grupo que lo acompañaba, recorrieron juntos la ciudad y en la noche se prepararon para cruzar hacia Panamá.

En Panamá visitó las zonas de tolerancia, rodeado de trabajadoras sexuales desnudas que vendían sus servicios a los hombres que pasaban por el sector. Fue a las Islas de San Blas donde convivió con los Indios Cuna y conoció a un poeta antioqueño, quien desde hacía 20 años vivía en la provincia del Darién. Allí abordó una pequeña lancha que lo llevaría a tierra colombiana: Capurganá, Antioquia, su primer contacto con su tierra después de vivir seis meses lejos de ella.

En Capurganá abordó una nueva lancha, esta vez en medio de una tormenta que la inundó por completo y puso en peligro sus equipos. Logró arribar a Turbo, Antioquia, donde abordó un bus que lo llevó hasta Medellín. Luego tomó un nuevo bus, esta vez con destino a su última ciudad, Bogotá, luego de recorrer más de diez mil kilómetros.

Esta vez, la curiosidad no mató al gato. Como resultado trajo a casa 1.500 fotos, cientos de videos y un proyecto con el que sueña que algún día los colombianos, y el mundo entero, dejemos de lado los juicios, los señalamientos y la discriminación.

PARA NO SUFRIR LA AUSENCIA

“Ese man era un bacán. Era un man positivo. Se levantaba a las cuatro de la mañana a leer, salía a caminar, era re sabio, re bonito”. Así recuerda José Alejandro a su papá, Lázaro Gonzáles. Un quindiano que durante más de siete años soportó el Alzhéimer.

José Alejandro estaba en España, disfrutaba de la vida tranquilamente, trabajaba en un hotel, hacía sus fotos y videos. Vivía tranquilo porque —según cuenta— nadie lo molestaba y amaba Barcelona, ciudad en la que vivía.

Una llamada de don Lázaro, una frase de su papá, le alertó que las cosas no estaban bien, motivo suficiente para dejar la vida que llevaba en España para tomar el primer vuelo con rumbo a Bogotá, con tal de estar con él: “Véngase hijo para acá que yo lo necesito”, le dijo.

Desde ese momento, José Alejandro tomó su cámara y empezó a filmar cada uno de los momentos de la vida de su papá. No sabía cuánto tiempo más lo iba a tener a su lado. El Alzhéimer no da espera, desde que se detecta la enfermedad empieza una cuenta regresiva en la vida de quien la padece. Pueden ser veinte años, diez, o como en el caso de don Lázaro, tan solo siete.

Foto: José Alejandro González

Foto: José Alejandro González

Recorrieron toda Colombia, desde el Amazonas hasta Santafé de Antioquia. Juntos recorrieron los lugares más alejados, tratando de recoger las huellas de su padre. De hacer memoria de los sitios que alguna vez visitó.

Recorrieron las calles de Calarcá, Quindío, el lugar donde nació don Lázaro, así como de Pijao, donde vivió gran parte de su vida. Regresaron a los lugares que habían conocido en familia, junto con Carlos, su otro hijo, y Luz Pilar, su esposa. Y volvieron a casa para —al menos tratar— seguir la vida en el común y corriente.

Filmar los últimos días de vida de don Lázaro fue para Alejandro un mecanismo de defensa. En ese momento, cuando sabía que estaba a instantes de perder a quien le dio la vida, solo supo ponerse la cámara en frente y hacer lo que más y mejor saber hacer: retratar, inmaterializar, dejar para siempre las memorias del presente en una foto o video.

En un principio no sabía para qué lo hacía; hoy todo está archivado con un objetivo claro. “Quiero hacer una película de amor —afirma Alejandro—, darle las gracias por medio de una película a mi papá. Compartir con él ha sido una de las cosas más chéveres. Yo siento que él es la persona más bonita que yo he visto en mi vida”.

PARA CATARSIS, UNA FOTO

José Alejandro Gonzáles ha sido desde pequeño una persona curiosa. Sus familiares describen su infancia entre los recuerdos de él preguntando el porqué de cada cosa que por sus ojos pasaba; quería saberlo todo, averiguar el más mínimo detalle de la vida y la existencia.

Hoy, sigue siendo el mismo: va por la vida preguntándose el porqué de las situaciones que a diario tiene que vivir, las experiencias que suceden y la sociedad en la que vive.

A sus 35 años lo sigue preguntando todo, sigue teniendo la misma curiosidad por el mundo en el que habita, y entre las respuestas que ha logrado encontrar, ha dejado firme su hipótesis de que todos estamos en el mundo por alguna razón, todos tenemos una misión que cumplir.

Siente una gran pasión por las minorías. “¡Porque son rechazadas!”, afirma con seguridad y cierto descontento. “Porque este país es muy clasista, es una gonorrea en ese sentido, mucha gente sufre, no la valoran, y mucha gente está feliz sonriendo a pesar de que sus trabajos les recuerdan toda la vida lo contrario”.

Carlos, Mario, Xavier, Rosita, Camila, Ángela. Todos son protagonistas de un capítulo, un fragmento, una pequeña parte de esta serie que durante años José Alejandro ha creado con su lente. Todos son un pedazo de historia en este gran cuento que un día su creador le puso como nombre Todos Somos Buenos, que no es nada más y nada menos que la humanidad misma, como él mismo la describe.

Foto: José Alejandro González

Foto: José Alejandro González

COORDENADAS

Instagram | YouTube

#Etiquetas:

Comentarios.