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La cultura del “picoteo” de noticias

Por ~ Publicado el 24 octubre 2009

El 2008, Maggie Jackson, periodista de The Boston Globe, publicó Distracted: The Erosion of Attention and the Coming Dark Age, una obra que alerta sobre los altos niveles de desconcentración que han fragmentado nuestras relaciones. En esta entrevista con Puro Periodismo, Jackson da algunas luces para prevenir un porvenir oscuro.

Maggie Jackson, periodista de The Boston GlobeEn un libro que publicó hace unos ocho años, el arquitecto Richard Saul Wurman incluyó un ejemplo de la actual abundancia noticiosa: una edición semanal de The New York Times contiene más información de la que una persona promedio de la Inglaterra del siglo XVII podía llegar a encontrar en toda su vida. El título de su obra —Angustia informativa— resumía, a su juicio, las consecuencias de tal fenómeno.

Saul Wurman no ha sido el único. Maxwell McCombs, uno de los padres de la teoría de la función de Agenda Setting de los medios de comunicación, planteó que la gran transformación de nuestros tiempos no viene dada por la revolución tecnológica sino que por la ingente cantidad de información que manejamos, cada día menos susceptible de ser cuantificada. La filósofa española Adela Cortina cree oportuno hablar de una «opulencia informativa» que impide a las personas procesar su entorno inmediato. Según Ignacio Ramonet, ex editor de Le Monde Diplomatique, el nuevo mecanismo de censura en los medios viene dado por la abundancia: «¿Cómo ocultan hoy la información?», se pregunta en un breve libro llamado La tiranía de la comunicación. «Por un gran aporte de ésta: la información se oculta porque hay demasiada para consumir y, por tanto, no se percibe la que falta».

Una nueva obra explora la desorientación provocada por la abundancia de información circundante. Su autora es Maggie Jackson, periodista especializada en la cobertura de tendencias sociales en los Estados Unidos. Egresada de Yale y de la London School of Economics, Jackson vive en Nueva York con su familia y desde 2006 escribe una columna dominical en The Boston Globe. Su título permanente es “Balancing Acts”.

“Es sobre asuntos de la familia, el trabajo y el impacto de las tecnologías en nuestras vidas”, explica a través de un intercambio de correos electrónicos. Los enfoques son variados: puede versar sobre los riesgos de hablar por celular mientras se maneja o un repaso de los métodos que las empresas implementan para aflojar la tensión de sus empleados en época de crisis e incertidumbre.

A mediados de 2008, Jackson publicó Distracted: The Erosion of Attention and the Coming Dark Age, su segundo libro sobre cambios en la vida cotidiana. En el primero, What’s Happening to Home (2002), advirtió sobre la pérdida que ha sufrido el hogar como refugio. En su nueva obra, cuya versión de bolsillo circula desde el 20 de octubre, detalla los contornos de la distracción contemporánea, a la que le agrega el apellido de “epidémica”, y alerta sobre los riesgos que esto supone: un deterioro de nuestras relaciones y un debilitamiento de la cultura.

-¿Por qué estamos tan distraídos? ¿Debemos culpar a la tecnología?
-Los diccionarios definen la distracción como diversión o el estado de ser arrastrado  hacia algo secundario. Pero de acuerdo a una definición de más larga data, la distracción significa ser arrastrado en pedazos o dispersado. Creo que esa definición en desuso describe adecuadamente cómo muchos de nosotros nos sentimos hoy. Sobrecarga, velocidad, múltiples focos y difusión: así es como estamos viviendo. El trabajador promedio de la era de la información cambia de tarea cada tres minutos y la mitad del tiempo se interrumpe a sí mismo. En esta situación, el rol de la tecnología es complejo. Primero, es importante recordar que nuestro modo de vida móvil, virtual y de múltiples enfoques no comenzó con el Blackberry o el iPod. Las primeras invenciones high-tech, desde el cine y el fonograma al tren y el telégrafo, lideraron los cambios en la experiencia humana del tiempo y el espacio con los que aún luchamos hoy. La distancia fue destrozada en el siglo XIX, mucho antes del correo electrónico. Los operadores de telégrafo experimentaron los primeros amoríos virtuales.

Distracted: portada -¿Cuáles son los costos de vivir así?
-Efectivamente, podemos disfrutar nuestra libertad de movimiento y un floreciente acceso a toneladas de información. Sin embargo, la otra cara de esta abundancia es, con frecuencia, la difusión y fragmentación del tiempo, el espacio y la atención. Nuestras vidas enfermas, multifuncionales e interrumpidas, dependientes de respuestas de un click en las siempre expandibles redes sociales, y con un acceso expedito a las inundaciones de información, usualmente nos dejan incapaces de ir más a fondo en pensamientos y relaciones. A menos que podamos fomentar la conexión real y presencial, y cultivemos la innovación y las soluciones profundas, arriesgamos una nueva era oscura.

-¿En qué sentido sería oscura?
-Una era oscura no quiere decir necesariamente que todas las luces se apaguen y todo se desvanezca. La invención tecnológica comúnmente acompaña tiempos “oscuros” en la historia. Por ejemplo, el cultivo de olivos en Grecia ocurrió al mismo tiempo que el declive del alfabetismo y el progreso cultural. Ahora mismo estamos viviendo en un momento de gran innovación tecnológica, pero es también un momento de descuido cultural. Nos estamos convirtiendo en una sociedad cada vez más incapaz de construir sobre el pasado. Cuando enfrentamos un fuerte descenso del alfabetismo, cuando encaramos una epidemia de autismo relacional, cuando somos incapaces de conectar con otros en formas ricas y profundas, cuando estamos criando niños que luchan para evaluar y analizar la información que les rodea, para mí esos son signos de que estamos al borde de otra era oscura. Debemos dimensionar los costos de lo que hemos creado.

-¿Cuáles son las consecuencias para el negocio de las noticias?
-Nuestra cultura de la distracción ha cambiado radicalmente el contexto del consumo de noticias y ha desplazado el ambiente para el acopio de noticias. Un reciente estudio de Associated Press concluyó que muchos consumidores están “picoteando” las noticias, mientras demandan un aprendizaje más profundo. Associated Press siguió personas entre 18 y 34 años alrededor del mundo, mientras consumían “una dieta constante de pequeños trozos de noticias”, la mayoría de las veces haciendo varias cosas a la vez. Su consumo de noticias era “superficial y errático”, aun si deseaban ir más allá de los breves y muchas veces repetitivos titulares que los bombardeaban. A medida que nos convertimos en personas culturalmente más desatentas, me preocupa si podemos nutrir una ciudadanía informada y una prensa informativa. La atención es la piedra angular del aprendizaje intenso, el pensamiento crítico y la creatividad, habilidades que necesitamos fomentar —no disminuir— en ambos lados de la cerca de la producción de noticias.

LA TECNOLOGÍA NOS SALVA

Pero el panorama no es tan duro. Jackson dice que gracias a los avances de las neurociencias podremos entrenar los tres pilares de la atención: el enfoque, la conciencia y el juicio. Es la misma tecnología que produce el problema la que puede sacarnos de él. Su diagnóstico, pues, tiene aires de esperanza.

-En una era de abundancia, Susan Sontag advirtió que debemos “ver más, sentir más, oír más”. ¿Cómo podemos lograr esto?
-El antídoto para una cultura de la distracción es reavivar nuestros poderes de atención. En un mundo complejo, de pasos veloces, necesitamos más que nunca reevaluar y fortalecer esta facultad humana. Esto es un desafío tanto individual como colectivo. Debemos aprender cómo fortalecer nuestros poderes de atención y criar niños que sean “atletas de la atención”. Necesitamos crear ambientes que conduzcan a la reflexión, la conversación y el pensamiento profundo. Y necesitamos valorar nuestros gadgets como herramientas, no como una panacea. Una señal del desorden de déficit atencional es la inhabilidad para planear el futuro. ¿Podemos permitirnos, individual y colectivamente, fomentar vidas distraídas?

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