Opinión

Balazos, Facebook y la responsabilidad mediática

Por ~ Publicado el 15 mayo 2015

El asesinato de dos estudiantes en Valparaíso es un hecho grave y doloroso. Y la reacción de los medios debe estar a la altura: ordenar el caos de la realidad, no estimular más violencia de la ya generada. La difusión del perfil de Facebook del presunto homicida va en la dirección contraria, plantea la columnista: dilapida nuestras dudas y anticipa la labor de la justicia. Lo que queda, entonces, es mera formalidad pues el juicio ya está hecho.

Fotos: El Martutino (cc)

Fotos: El Martutino (cc)

Ayer mientras manejaba me enteraba de lo ocurrido en Valparaíso. Mi primer pensamiento ante las muertes de los estudiantes fue creer que los autores del crimen eran carabineros. Sin embargo, al sintonizar Cooperativa, en medio de la noticia en desarrollo, me entero de que el victimario sería un joven residente del edificio en donde los dos jóvenes asesinados pretendían pegar un lienzo con consignas referentes a la educación.

Hasta ese momento, el programa GPS —conducido por Soledad Onetto, Marco Silva y Paula Bravo— daba a conocer los pocos antecedentes que se tenían de la situación. Sin embargo, algo llamó mi atención: Silva comenzó a leer en vivo las publicaciones del perfil de Facebook del presunto autor de los disparos. Mientras leía, los locutores del programa radial aludían a la conectividad del mundo actual y la rapidez de las comunicaciones producto de las redes sociales.

De acuerdo. Todos sabemos que es así. Mas, ellos como comunicadores de un medio masivo y con alta credibilidad como la radio deben ser responsables por ese dato que se está entregando durante una cobertura en vivo y con tan poco tiempo para evaluar las decisiones editoriales al momento de ordenar el caos de la realidad.

Independiente de que yo, en mi fuero interno y como ciudadana que cree en una sociedad que debe rechazar la violencia, repudie los hechos, una de las labores de los periodistas y/o comunicadores sociales es disminuir la confusión y alivianar las pasiones de la audiencia y de la opinión pública, sobretodo en una situación como el crimen a sangre fría en contra de estos jóvenes.

Apenas oí el nombre del ahora imputado, y algunas de sus actividades publicadas en la red social, tuitié lo siguiente (por supuesto que sin ninguna esperanza de cambiar el mundo, pero con esa falsa tranquilidad que da la tuitósfera de creer que se ha dicho algo importante):

Porque es verdad. Como medios de comunicación, existe una responsabilidad de reprimir la violencia, independiente de si la noticia es de la más brutal de las masacres. Y al publicar los datos de esta persona, sin una previa confirmación de que estos son fidedignos (perfiles falsos en las redes sociales hay por montones), se está animando —consciente o inconscientemente— a que un grupo de la población fune a este joven e incluso “tome la justicia por sus propias manos”. Y al final el agresor —que hasta ese momento no estaba identificado totalmente por las autoridades— termina siendo la víctima; y los justicieros, probablemente con una orden de detención por agresiones.

Y de presunción de inocencia ni hablar. ¿Qué hubiera pasado si el perfil de Facebook que se estaba dando a conocer por Cooperativa, replicando lo que aparecía en Twitter, hubiera sido de una persona que no tenía nada qué ver con el hecho? ¿Quién le pide perdón a esa persona si es que sufre alguna represalia por ese error en la información? Nada ni nadie. Acá pasó colado, como se dice, porque era casi seguro —al menos desde los testimonios de quienes lo vieron disparar— de que se trataba del culpable.

El locutor radial dilapidó la posible duda que podíamos tener del asesino. Anticipó la labor de la justicia de declararlo culpable. Porque desde el minuto en el que todos nos enteramos de su Facebook, ya tenemos un culpable y el proceso posterior será pura formalidad.

No quiero parece naif, pero desde la vereda del periodismo quiero dignificar la profesión, revalorizar la importancia que tienen los medios como amplificadores de los valores de la comunidad, y sobreponer al análisis la responsabilidad de estos hechos de violencia como el ocurrido ayer.

El asesinato de Diego Guzmán y Exequiel Borbarán en Valparaíso es un hecho grave y doloroso. Pero también es nocivo caer en el juego de trollear a un otro —sea el hombre más malo o el más bueno del mundo— desde la tribuna de un medio de comunicación social que, como dice su nombre, está al servicio de todos. Y ese servicio no puede ser nunca exaltar la violencia.

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