El domingo pasado, José Antonio Kast se impuso en las urnas en un país atravesado por el miedo. Durante meses, la delincuencia y la migración dominaron la agenda pública, instalando la sensación de vivir en un Chile cada vez más inseguro, pese a que los indicadores internacionales siguen ubicándolo entre los países más pacíficos de la región. Este reportaje indaga cómo es esa brecha entre percepción y realidad que terminó por inclinar el voto y consolidar el avance de la extrema derecha.
Por Paz Álvarez y Catalina Gallardo
El sol de la mañana se asoma por la ventana enrejada. El reloj marca las siete, la señora Gloria, como es conocida en su barrio y prefiere mantener su nombre en reserva, está puntualmente en pie, lista para iniciar su rutina matutina. Prende la cocina y deja encima el tostador para calentar unas marraquetas del día anterior. A la vez pone al fuego una pequeña tetera.
Natalia, su hija, se incorpora somnolienta en la mesa. Gloria le sirve su té cargado y le sirve la marraqueta tostada con jamón y queso. Ambas se sientan en la mesa. El televisor está encendido como un integrante más de la familia. En el canal predilecto de ambas comenzaron las noticias. Los conductores hablan que una joven de 22 años, llamada Anahí, salía del gimnasio ‘Seven’ en el sector de Recreo en Viña del Mar alrededor de las once de la noche. Las cámaras fueron testigos de sus últimos pasos y algo pudieron colaborar para reconstruir el trayecto. Llevaba ropa deportiva color negro y una trenza También se ve que intercambia algo con una persona y se va sola en dirección contraria.
Sus padres aparecen en pantalla al borde de las lágrimas y la voz quebrada, suplicando colaboración para encontrar a su hija. Gloria deja de comer y se detiene a observar a su hija desayunar. Hay cierta tristeza en su mirada. Le siguen otras notas más sobre robos en casas habitadas y otros hechos de violencia.
Esa sensación de inseguridad, para algunas personas, se tradujo en decisiones concretas al momento de llegar a la urna.
Karina Aravena, 49 años, vecina de la comuna de Santiago Centro, optó por José Antonio Kast convencida de que el país necesita un cambio en materia de seguridad: “Yo voté por Kast porque creí en la necesidad de un cambio. En el gobierno en el que estamos, el país, según yo, está muy malo. Hay mucha delincuencia y hace falta un poquito de limpieza. Creo que un cambio es bueno; no todos los gobiernos son buenos, ni de izquierda ni de derecha. Pero es bueno ver la otra mano y ojalá haya cambios en seguridad, en delincuencia, que la gente pueda andar libre en las calles sin miedo, sin tener que encerrarse a las seis de la tarde”.
Un estudio del 2024 del Consejo Nacional de Televisión (CNTV) reveló que tanto en los matinales como en los noticieros el tema policial/judicial predominó en la agenda. En los noticieros este tema usa el 30% del tiempo equivalente a 17.308 minutos (de 445.058 estudiados). En cambio, los matinales usan el 61% es decir, 3519 minutos (de 9.039 minutos estudiados) del tiempo en pantalla.
En el escenario actual surge una contradicción. Los datos de la encuesta Ipsos ¿What worries the world? Edición LATAM, señala que Chile es el segundo país más preocupado por la delincuencia en Latinoamérica con un total del 63% de las personas encuestadas, seguido por Perú con un 68% . Sin embargo, según la medición del Global Peace Index (GPI), Chile está posicionado como el tercer país más pacífico, el tercero con menor criminalidad y el cuarto con menor tasa de homicidios en el continente latinoamericano. Por otro lado, el GPI posiciona a Chile en el número 62 a nivel mundial. En el tramo alto. Por encima de países como Francia (74), China (98) y Estados Unidos (128).
Carla Rojas, psicóloga, académica e investigadora experta en Género y Trauma, comenta que desde la psicología se explica que el contenido que se escucha y ve puede moldear claramente la conducta. Incluso se han hecho investigaciones en que gemelos han sido expuestos a distintos tipos de estímulos y el resultado difiere de forma evidente: “Hay uno donde dos hermanas escucharon distintos estilos de música: una música más melancólica; la segunda música que genera más felicidad. La primera desarrolló conducta más depresiva. Entonces todo lo que uno o una ve, escucha y, en este caso, se informa, puede moldear la conducta. Ante la amenaza permanente, en que se muestra la delincuencia, que ya actúa como mecanismo de control social, el miedo actúa como dispositivo. Si un ‘portonazo’ lo muestran una y otra vez, pareciera ser que estadísticamente la delincuencia es mayor que lo que demuestran las cifras del Ministerio de Desarrollo Social y estudios que revelan que es más alta la percepción del miedo que los mismos hechos”, explica.
Agrega que el miedo juega un rol importante en la toma de decisiones políticas, ya que estos discursos y avance de la extrema derecha tienen relación en usar el miedo como un dispositivo de control. Cita al sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman para decir que la sociedad y la ´modernidad líquida’ está caracterizada por la ansiedad, también el temor al descontrol y la poca colaboración en sociedades más individualistas: “La gente tiene mucha incertidumbre en este momento porque los cambios son muy veloces y además está la figura al ‘enemigo externo’ que se ha usado históricamente en los países, en las guerras, en la Segunda Guerra Mundial por el nazismo en que siempre se establece proyectar el odio a un tercero. En este caso, creer que una persona migrante que, entre comillas, viene a quitar mis derechos, es más eficiente en términos de que la gente piense que hay un problema de redistribución de capital. La extrema derecha siempre se ha justificado en esta ampliación mediática que tienen los medios de comunicación y el control de la información y eso pone en riesgo la democracia. Cuando esto pasa, el discurso de mirar al otro, migrante o parte de la comunidad LGBIQ+, con odio se vuelve más legítimo es porque ese miedo se proyecta afuera y no en lo que se está haciendo mal desde el Estado”, explica.
La respuesta también podría estar en el entorno. Patricio Saavedra, psicólogo de la Universidad de O’Higgins, comenta que en las percepciones de inseguridad son inequitativas y aquellos que se sienten menos inseguros son personas que viven en los barrios más acomodados. “Es una inequidad en las sensaciones de inseguridad dadas por las diferencias estructurales de la sociedad. La fachada de las casas y edificios alrededor también puede llegar a generar un cambio en la percepción de la persona, lugares destruidos o deteriorados, hacen creer al sujeto en cuestión, que puede vivir en un país que cae en la decadencia y la criminalización, sin ser este realmente el caso”, comenta.
El miedo al otro
La música llevaba horas sonando cuando cayó la noche. Era domingo 18 de junio, Día del Padre, y en una casa de Cerro Navia se celebraba con risas, comida y el volumen de la música fue subiendo mientras pasaban las horas. Las ventanas abiertas dejaban escapar el ruido hacia la calle a esa hora ya más silenciosas.
En minutos todo se transformó en una discusión con vecinos. Primero fueron reclamos desde la vereda. Luego, la amenaza “¡Bajen la música!” traspasó la reja y se convirtió en discusión. En la entrada de la casa, una mujer venezolana de 43 años, se enfrentaba a vecinos chilenos junto a otras personas, entre ellas menores de edad. Empujones. Insultos. Golpes. Nadie escuchaba al otro. La escena quedó registrada por una cámara de seguridad ubicada casi enfrente de la casa. En medio de la pelea irrumpió un hombre con una escopeta. Un disparo a quemarropa rompió el ruido de la música y los gritos. La mujer cayó herida en el cuello.
Fue un tiro a quemarropa.
En ese momento, sus propios familiares la subieron a un vehículo y la llevaron de urgencia hasta el Hospital Félix Bulnes. Llegó con vida, pero no resistió. Se llamaba Yaidy Garnica Carvajalino, madre y abuela de cuatro nietos.
La asociación entre delincuencia y migración que hoy domina buena parte del debate público en Chile no es un fenómeno de estos últimos años. Para la académica Nairbis Sibrian, profesora investigadora de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad del Desarrollo (UDD), esta relación responde a una construcción histórica mucho más profunda. “Esta asociación no es reciente, responde a un proceso de alteridad subalterna, que en Chile se realiza como parte de la identificación nacional y cultural cuyas raíces son coloniales”, explica.
Según la investigadora, esta percepción se dirige de manera específica hacia ciertos grupos. “No es una asociación casual ni que se conecta con todos los flujos migratorios. Es una asociación entre la inseguridad y determinadas nacionalidades, especialmente la venezolana, y determinados grupos sociales, como pobres u obreros, con tintes de racismo, en tanto se enfatiza el color de piel”, sostiene.
Sibrian advierte que esta vinculación tiene un carácter abiertamente discriminatorio y se refuerza en el espacio mediático. “Es una asociación discriminatoria de carácter interseccional que los medios contribuyen a perpetuar y a endurecer mediante distintos mecanismos”, señala.
Uno de ellos, explica, es la forma en que se construye discursivamente la violencia: “Mediante estrategias de legitimación y deslegitimación se va produciendo una división entre un ‘nosotros’ y ‘los otros’, sentando las bases para justificar el discurso de odio, el estigma social, los crímenes de odio y la violencia estructural”.
El descontento
La señora Rosa vive en Cerro Navia, todas las mañanas toma la micro en una esquina que no cuenta con un paradero en sí. Es un lugar apartado y casi vacío a excepción de la basura y escombros. Está cansada de las balaceras entre bandas y robos a sus vecinos. Falta iluminación en la calles. Ni hablar del narcotráfico y los puntos de venta. “Este país está de mal en peor”, dice ante la consulta de por quién va a votar. Y es lo que se ha repetido el año entero: “Este país se cae a pedazos”. Insiste en que no va a decir por quien va a votar, pero algo deja entrever.
Su descontento se puede ver reflejado en los datos: Cerro Navia es una de las comunas con mayor nivel de vulnerabilidad social de la Región Metropolitana. Según el Índice de Prioridad Social 2020 (IPS), el cual es un indicador conformado por la dimensión de ingresos, educación y salud, la comuna ha sido calificada como la tercera más prioritaria (Seremi de Desarrollo Social RM, 2020). Además, de acuerdo con los datos de la encuesta CASEN 2017, en esta comuna un 7,2% de los hogares están en situación de pobreza por ingreso.
En otra comuna vulnerable, Dilmer, venezolano de Santa Cruz de Aragua, terminó su larga jornada laboral y, en la noche, se dirige a su segundo trabajo. Se vino a los 22 años a Chile, solo. Ha trabajado en numerosos lugares: ha sido, soldador, temporero, y repartidor. Hoy cuenta con orgullo que trabaja en el Hotel Sheraton.
-Aquí me han abierto varias puertas, además con esta personalidad tan carismática es difícil decirme que no- dice en un tono pícaro y musical.
Lleva diez años en Santiago y apenas hace un año logró obtener la nacionalidad.
Dilmer es consciente que la delincuencia y el tema de la migración son hoy en día algo que, para percepción del ciudadano chileno, van de la mano. Un odio que, para él, ha ido escalando y que los pone en el centro del debate nacional, pero también en el centro de las noticias.
-Yo ya tengo claro por quién votar, da lo mismo, yo con mis dos trabajos me doy solo la vida que quiero, a mí nadie me regala nada, pero estos delincuentes quieren todo gratis- aclara.
Dilmer no escucha las noticias y se levanta cerca de las siete para llegar a las ocho al hotel. Por las noches, su segundo trabajo le facilita el transporte que lo deja en su hogar después de las 12. A veces también entiende el descontento de la gente. Un viernes bajó antes a comprar unas cervezas en una botillería a dos cuadras del edificio donde vive, luego de pagarlas prendió un cigarro y vio desde lejos una motocicleta que se acercaba. Al llegar a la esquina lo alcanzaron. Solo se bajo uno. Dilmer pide no contar más detalles del asalto. Aún le da rabia. Tiene impotencia.
– Agradezco que fue rápido y me ayudó el dueño de la botillería-, dice.
Los noticieros
A fines de julio de este año, el Centro de Políticas Públicas UC y la Facultad de Comunicaciones UC realizaron un seminario enfocado en analizar el rol de los medios de comunicación en la construcción del miedo social y su impacto en la discusión sobre seguridad. La actividad reunió a autoridades, periodistas y académicos, quienes debatieron cómo ciertas coberturas sobre delincuencia pueden influir en la percepción ciudadana y terminar condicionando tanto el debate público como las decisiones en materia de políticas de seguridad.
Uno de los expositores fue el sociólogo estadounidense David L. Altheide, académico con más de cinco décadas de investigación sobre crimen, terrorismo y medios, y autor de libros como “Terrorism and the Politics of Fear y Gonzo Governance”. En su intervención, Altheide planteó que el miedo ,especialmente el asociado a la delincuencia, ha pasado de ser una emoción básica a convertirse en un recurso frecuente dentro de la lógica informativa. “Los trabajadores de los medios usan el miedo para atraer la atención del público, y el miedo al crimen es una forma muy útil de hacerlo”, dijo en el encuentro.
A su juicio, este enfoque ha dado lugar a coberturas que muchas veces “son falsas, sensacionalistas, exageradas o distorsionadas”.
El académico advirtió que estas narrativas no solo alteran la percepción de la realidad, sino que también refuerzan procesos de estigmatización social. “Las personas políticamente marginadas a menudo son culpadas porque el resto de la sociedad ya creía ciertas cosas sobre ellas”, afirmó, señalando que el miedo puede transformarse en un mecanismo de exclusión y control.
En ese mismo encuentro, desde el Ejecutivo, la subsecretaria de Prevención del Delito Carolina Leitao comentó que el temor ciudadano se ha vuelto un desafío en sí mismo para la política de seguridad. Si bien los registros oficiales muestran que la proporción de hogares y personas que han sido víctimas de delitos se ha mantenido sin grandes variaciones en el último tiempo, la sensación de inseguridad sigue siendo ampliamente mayoritaria. Allí explicó que casi nueve de cada diez personas consideran que la delincuencia ha aumentado en el país, una brecha que obliga a poner atención no solo a los hechos delictivos, sino también a la forma en que estos se relatan y comentan en el espacio público.
“Cuando ocurre un homicidio, y la persona que está comentando dice ‘frente a esta ola de homicidios’, ya no está hablando del delito en sí mismo, sino que está haciendo un juicio”, advirtió. Al mismo tiempo, planteó que el análisis no puede reducirse a responsabilizar exclusivamente a los medios, ya que existen delitos violentos reales, pero una mayor exposición a este tipo de noticias, incide en el temor de la ciudadanía.
Luego del triunfo de José Antonio Kast, estos discursos de miedo y criminalización adquieren una relevancia política decisiva. Para Sibrian, la forma en que los medios representan fenómenos sociales como la migración “va fomentando la hegemonía cultural necesaria para validar formas de exclusión social que van erosionando principios fundamentales democráticos”. En ese proceso, explica, se va delimitando lo que la sociedad considera aceptable: “En el fondo van produciendo el límite de lo pensable y lo decible. Por tanto, lo que antes parecía impropio o inhumano, ahora se presenta como normal”.
Esta normalización, advierte, no es inocua y recalca “Se va normalizando la violencia en sus distintas expresiones, incluso la del llamado ‘crimen organizado’, que se identifica como extranjero solamente”, afirma.
El resultado es la construcción de un clima de opinión que termina justificando respuestas autoritarias que se han visto hasta ahora “Esto va generando un escenario en el cual se justifica un Estado opresor que viene a salvarnos del vecino ‘extranjero’” y agrega “La situación es preocupante para todas las organizaciones sociales que históricamente han trabajado por no normalizar formas de violencia y discriminación, ya que históricamente todas las masacres y genocidios han comenzado construyendo una hegemonía discursiva y luego cultural que las justifica”, concluye.