Villa Grimaldi II: Un reencuentro agridulce.


Por Dominique Vargas

Foto aérea del Parque por la Paz Villa Grimaldi.

Foto aérea del Parque por la Paz Villa Grimaldi. (FOTO: Edgar Maturana)

Ubicado en la comuna de Peñalolén, el Parque por la Paz Villa Grimaldi fue en algún momento uno de los centros de tortura más utilizados durante la dictadura militar de Augusto Pinochet. Ahora, convertido en museo y memorial, el recinto le abre las puertas a cualquiera que desee saber sobre su horripilante pasado.   

Me aventuré a ir un día medianamente soleado, con la intención de quedarme la jornada completa observando el lugar. Llevé un almuerzo frío y una libreta para ver si lograba conversar con alguien. Ingresé por un lindo parque, con muchos árboles y fuentes de agua que decoraban el lugar y transmitían la mayor cantidad de paz posible a sus visitantes.

Una vez adentro, lo primero que vi fue una maqueta que representaba cómo se habría visto la Villa Grimaldi durante la década de los ’70 y ’80. Debido a que la mayor parte de su estructura fue demolida luego de que la Central Nacional de Informaciones (CNI) se deshiciera y desmantelara el recinto en 1987, esta maqueta fue construida a partir de los recuerdos de algunos de sus sobrevivientes

La calma actual del parque se veía perturbada con la historia del lugar. Más adelante me encontré con la réplica tamaño real de una celda de madera. En éstas, los militares encerraban a varios prisioneros, dejándolos recluidos por una cantidad indefinida de días. Solo podían respirar a través de un pequeño agujero en la puerta. Muchos se desmayaban o morían antes de que los sacaran, simplemente por la falta de aire.

Luego observé una de las famosas torres, llamadas “conejeras”. Tenían entre  tres a cuatro pisos y  era donde principalmente se torturaba con electricidad. Se usaban sillas eléctricas y otros instrumentos. No pude entrar, todavía estaba muy mojada por dentro debido a los recientes días de lluvia. Pero otras personas que al parecer, estaban haciendo el tour guiado– me comentaron que en el interior se encontraban unos pequeños cuartos de menos de un metro de largo , donde recluían a cuatro detenidos. Entre todos se turnaban la única silla allí disponible.

Di varias vueltas a través del parque, pensando en la razón por la cual decidí visitar Villa Grimaldi en primer lugar. El progenitor de mi papá, don Miguel Vargas, estuvo en este lugar durante la dictadura. No como prisionero, sino que como trabajador. según me han contado en la familia, estaba a cargo de llevar a cabo torturas. Las veces que hemos hablado del tema, mi abuela me cuenta sobre el miedo que le daba cuando él llegaba a la casa. Tenía las uñas llenas de sangre. Siempre las tenía rojas, aunque se las lavara una y otra vez. 

Exterior de la réplica de “La Torre”.

Exterior de la réplica de “La Torre”.

Finalmente, me senté en una banca, cerca de los rosales que homenajean a las mujeres prisioneras o desaparecidas en este lugar. Al cabo de unos 10 minutos, cuando tenía la intención de marcharme, se sentó al lado mío un caballero de pelo canoso, apoyado de un bastón. Me consultó la hora y resolví su duda de inmediato. Después me consultó si andaba conmemorando a alguien o si simplemente estaba de paseo. Le expliqué que mi misión era escribir esta crónica. A continuación, empezó a contarme sobre su vida: se llamaba Francisco, tenía 82 años, tres hijos y vivía cerca de Villa Grimaldi. Decidí hacerle la misma pregunta que él me había hecho: ¿cuál era su propósito en un lugar como este?

–Esta es mi rutina de los jueves –me respondió con tono melancólico.

Asumí que era el parque que le quedaba más cerca para venir a estirar las piernas un poco, dando por cerrado el tema. Sentí que era de mala educación dejarlo solo, así que le hice compañía un rato más, quizás por un poco de pena, pero agradezco haberlo hecho. Hablar con Francisco era como hablar con un elefante viejo; lento, pero sabio. Noté que nunca mencionaba a su mujer en sus anécdotas, así que le pregunté por ella. 

–Con mi señora, María, vivíamos en Puente Alto. Ella era profesora básica y yo bibliotecario. Cuando llegó la dictadura me quedé sin trabajo y ya teníamos a nuestros hijos. Los tres eran muy chicos, no los podíamos mandar a trabajar, así que me vi en la obligación de aceptar el trabajo que fuera. Me contrataron como guardia en un hospital y dejé de tener tanto tiempo con mi familia. Mi mujer trabajaba desde temprano, así que dejábamos a los niños con mi mamá, hasta las cinco de la tarde, que era cuando llegaba María. Un día salí más temprano y quise ir a buscarla, pero me dijeron que ella salía a las 1:30. Estuve enojado toda la tarde, pensando que me estaba engañando con otro. Cuando la vi le exigí explicaciones y me confesó que en realidad estaba escondiendo libros y otros útiles escolares junto a otros jóvenes, sin tinte político. Obviamente me preocupé, pero me juró que no era nada malo y que me lo explicaría a fondo cuando volviera. Agarró un par de pilchas y un bolso. Esa fue la última vez que la vi. La busqué hasta debajo de las piedras, y nada. Recién en 2002 me contactaron para hacerle reconocimiento. Habían encontrado restos de su cuerpo en el mar, y me explicaron que estuvo encerrada aquí, en Villa Grimaldi, unos 15 días. La torturaron, la abusaron y se deshicieron de su cuerpo tirándola a la playa más cercana de Santiago. Cuando abrieron este parque, fue de las primeras en ser conmemorada y de las pocas que pudieron identificar. Desde entonces vengo todos los jueves a reencontrarme con ella.

No supe qué decir, nada venía a mi mente. Él se veía claramente conmocionado. Nos quedamos en silencio por un momento. 

Después Francisco continuó hablando: “Cuando te vi aquí sentada, por un momento creí que eras ella y que por fin me venía a llevar al cielo. Usaba ropa muy similar, siempre andaba con pantalones acampanados y esos chalequitos de colores. Bueno, uno a esta edad ya empieza a ver tonterías, a veces hasta se me olvidan cosas, nombres o caras. Pero nunca olvido venirme a dar una vuelta. Mi hijo mayor me dice que es poco sano para mi corazón y que ya debería olvidarlo. ¡Pero si hasta me cambié de casa para estar más cerca de ella! Aquí se siente cálido, incluso cuando hace frío, es como si sintiera su esencia cada vez que veo las rosas (…) Pero, al mismo tiempo, me da pena saber que en el mismo lugar donde vengo a conectarme con ella, la aprisionaron y le hicieron un montón de atrocidades a mi María. Espero que, si algún día me muero por mis achaques de anciano, estos me pillen justo aquí. En mi casa moriría como un viejo mañoso y solitario. Aquí por lo menos sabrían que me morí de amor. No quiero hueones llorándome porque me fui; ya viví toda una vida, mientras que a ella le arrebataron su oportunidad de morir viejita conmigo… En fin, creo que ya debería dejar de darte la lata, hija”.

A pesar de que no estaba llorando, se podía sentir en la voz de Francisco la tristeza con la que ha vivido todos estos años. Yo me quedé mirando el suelo, sabiendo que si levantaba la cabeza me iba a poner a llorar. No podía evitarlo, aun más sabiendo que un familiar mío pudo haber estado involucrado en la tortura y desaparición de su esposa. A pesar de que no tenía ninguna relación con mi supuesto abuelo, porque mi abuela se escapó de él antes de que yo naciera, me pesaba la culpa de cosas que él pudo haber hecho. 

Le agradecí un montón de veces a Francisco por contarme una historia tan personal como esa. Él me dijo que hacía tiempo que no hablaba con nadie, así que me agradeció de vuelta y se despidió. 

En mi camino de regreso a casa, me pregunté por qué tenía tanta pena, si finalmente había encontrado una historia para mi trabajo. Pero mi cabeza solo daba vueltas sobre el reencuentro agridulce que tienen Francisco y María todos los jueves.