Villa Grimaldi I: El paseo anual por la villa con mi padre, hijo de un torturado y desaparecido.


Por Emilio Canteros

Entrada principal al Parque por la Paz Villa Grimaldi, por Av. José Arrieta. (FOTO: Martina Suazo)

Entrada principal al Parque por la Paz Villa Grimaldi, por Av. José Arrieta. (FOTO: Martina Suazo)

Era sábado 1 de julio, un día helado y gris. Junto a mi papá tomábamos desayuno mientras planeábamos nuestra visita a Villa Grimaldi, en Peñalolén, donde torturaron y asesinaron a su padre, mi abuelo, Eduardo Canteros. Desde chico que me han hablado mucho sobre su caso, por eso el tema nunca ha sido difícil de tratar en mi familia. Sin embargo, ese sábado sentí que debía tener más cuidado y precaución, que sería distinto a las otras veces. 

Al llegar a Villa Grimaldi por donde ya había pasado en varias ocasiones, ya sea para dejar velas junto a mi abuela, María Enolfa Gormaz, o simplemente para  bajar o subir por Avenida José Arrieta– ingresamos al museo-memorial. Vimos fotografías y leímos relatos de quienes pasaron por ahí en la época de la dictadura militar, y también la historia del lugar.

El recinto fue fundado a principios del siglo XX por la familia del empresario y diplomático uruguayo José Arrieta como casa de administración de su fundo, pero en los ’40 éste se loteó y pasó a otras manos, incluyendo el terreno con el inmueble, que era usado con fines recreativos y residenciales. En 1964 fue adquirido por Emilio Vasallas Rojas, cuyo hermano sería después embajador en Italia durante el gobierno de la Unidad Popular. Fue ese nuevo dueño quien denominó al sector Villa Italiana. Allí levantó un restaurante llamado Paraíso Villa Grimaldi, al cual asistían artistas, intelectuales e importantes políticos de izquierda. Sin embargo, tras el golpe del 11 de septiembre de 1973, las Fuerzas Militares ocuparon el lugar y lo convirtieron en cuartel de organización para los grupos operativos de la DINA y en un centro de tortura y ejecución de enemigos políticos de la dictadura.

Junto a mi padre, conversamos con Katherine Castillo, una de las dos personas que trabajan en la recepción de Villa Grimaldi. Nos dijo que cada año vienen personas de diferentes lugares del país y del extranjero, y que le impactaba cuánta gente estaba interesada en el recinto. Sin embargo, también nos contó sobre la triste pero verdadera realidad que vive la gente que trabaja en este sitio. 

“Alrededor del 11 de septiembre, siempre llaman números desconocidos a la Villa cantando el himno de Pinochet a todo chancho. Esto lo han hecho por años, y es cada vez más ilógico y surreal para nosotros. Como equipo, somos gente que lo da todo para permitir que la gente venga y pueda recibir algún tipo de alivio al saber que se respeta y se conmemora el recuerdo de sus familiares o seres queridos víctimas de una dictadura brutal y criminal. Pero que estos viejos asesinos nos sigan llamando, provoca una rabia que domina todo el cuerpo”, cuenta.

Homenaje a personas que estuvieron presas en Villa Grimaldi.

Homenaje a personas que estuvieron presas en Villa Grimaldi.

Después visitar el ex centro de exterminio, fuimos la casa de mi abuela para conversar sobre cómo fue para ella visitar Villa Grimaldi durante la dictadura. Ella era madre de cinco hijos –mi padre era el menor– cuando su marido fue detenido y ejecutado por ser militante del Partido Comunista en julio de 1976.

“Al principio no sabíamos dónde buscar ni a quién consultar porque nadie sabía nada de su detención. Fui a más de 50 comisarías durante todo agosto del 76, preguntando por Eduardo. No conseguí información hasta que mi cuñado, el hermano de mi marido, nos contó un dato que tenía: lo habían pasado por la Villa Grimaldi. Sin embargo, era imposible entrar a ese lugar o consultar por alguien. Los milicos tenían cero disposición a entregarnos información, permitir visitas o simplemente brindar algún tipo de reconocimiento sobre los detenidos. No les importaba mi situación ni la de el resto de las madres, hermanas, hermanos, padres o hasta hijos que pasaban día y noche preguntando por sus desaparecidos”, respondió. 

Después de una larga pausa, mi abuela recordó la represión que sufrió mientras preguntaba por el paradero de su esposo: “Me echaban a patadas, combos o culatazos del lugar si es que exigía algo de ellos. Eran inhumanos y no tenían piedad con nadie”.

A pesar de haber conversado este tema con mi abuela desde que tengo uso de razón, nunca me es fácil procesar todo lo que me cuenta. Cada vez que hablamos le surge un nuevo recuerdo que me deja descolocado. Al mirarla, no puedo creer lo fuerte que tuvo que haber sido para criar a tres niños y dos niñas completamente sola. Al salir de su casa, nos fuimos con mi padre conversando sobre sus anécdotas de niño; su madre llegando tarde del trabajo y los sábados marchando y arriesgando sus vidas para poder encontrar a mi abuelo Eduardo.

A pesar de los trágicos recuerdos que nos relataron ese día, quedé con una sensación de esperanza, ya que pude ver una vez más cómo se logró transformar un sitio donde ocurrieron violaciones a los derechos humanos en otro muy distinto, donde la gente puede ir a conmemorar a quienes perdieron la vida soñando con tener un Chile mejor.