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	<title>William Langewiesche &#8211; Puroperiodismo</title>
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	<description>La revista digital de Periodismo UAH.</description>
	<lastBuildDate>Sat, 02 Aug 2014 04:29:56 +0000</lastBuildDate>
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		<title>William Langewiesche y el memorial en el World Trade Center: «Creo que el dolor debe ser privado»</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Puroperiodismo]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 12 Sep 2011 02:00:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[11 de septiembre de 2001]]></category>
		<category><![CDATA[American Ground]]></category>
		<category><![CDATA[atentado terrorista]]></category>
		<category><![CDATA[William Langewiesche]]></category>
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					<description><![CDATA[Entrevista con la National Public Radio.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>En entrevista con la National Public Radio, <a title="Secretismo y transparencia: el manifiesto de William Langewiesche" href="https://www.puroperiodismo.cl/?p=11707">Langewiesche</a>, autor de <em>American Ground, Unbuilding the World Trade Center</em> y <a href="http://www.vanityfair.com/contributors/william-langewiesche" target="_blank">corresponsal internacional de <em>Vanity Fair</em></a>, comenta el reporteo que hizo mientras se realizó el proceso de retiro de escombros en el lugar de los atentados en Nueva York, hace una década.</h3>
<p><embed type="application/x-shockwave-flash" width="400" height="386" src="http://www.npr.org/v2/?i=140363010&amp;m=140382349&amp;t=audio" base="http://www.npr.org" allowfullscreen="true" wmode="opaque"></embed></p>
<div class="cita">Leer: <a href="http://www.npr.org/2011/09/11/140363010/reporter-recalls-reckless-courage-at-ground-zero" target="_blank">Reporter Recalls &#8216;Reckless Courage&#8217; At Ground Zero</a></div>
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			</item>
		<item>
		<title>Secretismo y transparencia: el manifiesto de William Langewiesche</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/secretismo-y-transparencia-el-manifiesto-de-william-langewiesche/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Andrea Vial]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 22 Apr 2011 19:34:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[secreto]]></category>
		<category><![CDATA[transparencia]]></category>
		<category><![CDATA[WikiLeaks]]></category>
		<category><![CDATA[William Langewiesche]]></category>
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					<description><![CDATA[En el siguiente monólogo, el corresponsal internacional de <em>Vanity Fair</em> se explaya sobre el secretismo y la filtración de información reservada, habla sobre el porvenir de Julian Assange y explica cómo el periodismo batalla para correr el velo de oscuridad que las burocracias han tejido sobre sus procedimientos.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>En el siguiente monólogo con <em>Puroperiodismo</em>, el <a href="http://www.vanityfair.com/contributors/william-langewiesche" target="_blank">corresponsal internacional de <em>Vanity Fair</em></a> se explaya sobre las filtraciones de información reservada, habla sobre el porvenir de Julian Assange y explica cómo el periodismo batalla constantemente para correr el velo de oscuridad que las burocracias y los “verdaderos creyentes” han tejido sobre sus procedimientos.</h3>
<p><img fetchpriority="high" decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-11711" title="William Langewiesche" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2011/04/William-Langewiesche-1.jpg" alt="William Langewiesche" width="600" height="322" /><br />
<small><span style="color: #808080;"><em>El 2009, Langewiesche visitó Chile para la entrega del Premio Periodismo de Excelencia</em> | Foto:</span> <a href="http://periodismo.uahurtado.cl/" target="_blank">Escuela de Periodismo UAH</a></small></p>
<h4><strong><span style="color: #800000;">“LAS GRANDES POTENCIAS HAN HECHO HINCAPIÉ CADA VEZ MÁS EN EL SECRETO”</span></strong></h4>
<p>» Hay una lucha entre la transparencia y el secretismo en la sociedad. Sabemos que todas las burocracias —corporativas o gubernamentales, relacionadas con asuntos civiles o militares— quieren operar más allá de la vista de los extraños Es natural, todos lo hacen. Y hay razones para que se entienda que eso se relaciona con mantener el trabajo y así mitigar los riesgos políticos: “cubrirse el culo”. Sabemos que esto es así para todas las burocracias. Mi trabajo es tratar de comprender y publicar con la mayor sinceridad posible cómo funciona el mundo. Esto es para dar a conocer, para ir más allá de las barreras del secreto. La mayoría de los secretos no son secretos malvados. Son secretos mundanos, banales. Y nuestro trabajo es ir más allá de eso.</p>
<p>» Como observador de este tema en particular tengo conocimiento de los prejuicios contra el secreto. Es cierto que un cierto grado de confidencialidad, especialmente cuando se trata de asuntos públicos y militares, es necesario para el funcionamiento de cualquier burocracia. Tienes que tener secretos, no se puede hacer todo en público. No es que no deba haber secretos, eso es un extremo, un punto de vista radical. Pero hay una lucha y es necesaria.</p>
<p>» El problema es que en los últimos años —hablaré sólo de los Estados Unidos, pero sobre todo desde la introducción de las armas nucleares para poner fin a la Segunda Guerra Mundial—, esa lucha por un secretismo profundo condujo al crecimiento de una burocracia muy poderosa de seguridad nacional en los Estados Unidos, en el mundo, en Rusia y otros países. Las grandes potencias han hecho hincapié cada vez más en el secreto, han creado el mecanismo para posibilitar el secreto, han hecho que sea muy fácil clasificar información como secreta, y esto es un crecimiento histórico en los últimos cincuenta años. La tecnología ha sido parte de esa historia; ha sido a la vez la razón para el secreto y es desarrollada para el secretismo. Mi trabajo consiste en penetrar ese secreto.</p>
<p>» ¿Cuál es el problema con el secreto? ¿Qué hay de malo en el secretismo? Bueno, lo evidente es que el secreto esconde del conocimiento público el funcionamiento del Gobierno y las decisiones políticas y operativas. Y eso es antidemocrático. Debemos ser capaces de ver a nuestros agentes, a nuestros empleados o a nuestros líderes políticos, los que elegimos en democracia, debemos ser capaces de juzgar el mundo en el que operan a nombre nuestro, y no sólo sobre la base de sus garantías o sus sumatorias. Es crucial, e incluso el más obstinado burócrata del secreto admitiría aquello. La pregunta es: ¿cuáles son los límites?</p>
<h4><span style="color: #800000;"><strong>“EL SECRETISMO ESTÁ COMPARTIMENTADO: UN SECRETO SOBRE UN SECRETO DENTRO DE UN SECRETO”</strong></span></h4>
<p>» El otro problema con el secretismo, que es más corrosivo aún y no se ha reconocido lo suficiente, es el efecto del secreto sobre los que hacen los secretos, sobre quien declaró que las cosas sean secretas. Cuando la información se declara secreta adquiere una fuerza especial que todos podemos reconocer, una validez, algo que parece tener mayor credibilidad si es secreto a si no lo es. El mismo acto de clasificación de información añade una validez artificial a la información; sin embargo, si la información es mala puede parecer que es buena sólo porque es secreta.</p>
<p>» Junto con eso está el hecho de que gran parte de la información secreta importante proviene de las observaciones de alguien. Ese alguien puede ser la persona que realmente la está clasificando como secreta, pero es más probable que esté recibiendo la información de otra persona: la fuente. Cuando los periodistas hacemos nuestro trabajo, hacemos lo contrario del secretismo, estamos en el negocio de la publicidad de la información. Nosotros decimos cuáles son nuestras fuentes. Eso no ocurre cuando se trata de información secreta. Por razones internas y válidas dentro de la lógica del secreto, hay una fuerte aversión a revelar las fuentes. Por lo tanto, la información que es secreta normalmente viene con una pátina artificial y de legitimidad y de poder de corrección; también viene con un nivel de oscuridad, que significa que aquellos que consumen esa información secreta no saben bien cuáles son las fuentes, porque el secretismo está compartimentado: un secreto sobre un secreto dentro de un secreto.</p>
<p>» Incluso en el caso de la burocracia sofisticada, el problema es que se vuelve extraordinariamente difícil distinguir la información buena de la mala. Y los que deciden se convierten en víctimas del secretismo. Este es un gran problema. Están actuando con esta asociación doblemente negativa de contar con información que es legitimada artificialmente por el secreto que le da más poder, y la implicación de la exactitud y validez por el mero hecho de ser secreta, combinado con una extraordinaria falta de comprensión del contexto de donde la información viene.</p>
<h4><strong><span style="color: #800000;">LOS VERDADEROS CREYENTES: «CUANDO SE TRATA DE LIDIAR CON EL CAOS DEL MUNDO, ES MUY RARO QUE TOMEN BUENAS DECISIONES»</span></strong></h4>
<p>» Ahora se pone eso en manos de los ingenuos y en las manos de los verdaderos creyentes, las personas en el gobierno y en especial las que asumen posiciones de alto poder en las democracias. Son todos verdaderos creyentes. ¿Crees que Obama no es un verdadero creyente? ¡Por supuesto que es un verdadero creyente! Estas personas realmente creen que el caos en la costa de Somalia, la piratería, es una grave amenaza para el orden mundial. Ellos realmente lo creen. No es que están pretendiendo por razones malas o porque quieren el petróleo: realmente creen esto, porque son verdaderos creyentes.</p>
<p>» Tenemos a los verdaderos creyentes consumiendo información con la pátina artificial del secreto, de la legitimidad, sin conocer las fuentes, cuán pedestres son esas fuentes. Es una receta para el desastre, y nosotros vemos el desastre. No es una cosa teórica, no soy un académico. Soy un norteamericano, viví tres años de uno de esos desastres en Irak, el ejemplo inmediato de esto. Pero lo estamos viendo en Somalia, en Afganistán, en Europa.</p>
<p>»Cuando se trata de lidiar con el caos del mundo, con el cambio, con la guerra, es muy raro que tomen buenas decisiones, al menos en Estados Unidos. Si Chile fuera un país poderoso, Chile tendría el mismo problema. Chile tiene una enorme ventaja de no ser potente, es una gran cosa. Al igual que Europa. Los países pequeños de Europa tienen una enorme ventaja de no ser de gran alcance, les permite pensar más claramente. ¿Por qué la Unión Europea está en contra de ir a Irak? No porque sean intrínsecamente más inteligentes que los estadounidenses, sino porque están funcionando sin energía y sin todos estos equipaje de seguridad.</p>
<p>» ¿Por qué todas estas personas realmente creen en los Estados Unidos? No estoy hablando acerca de los destinatarios de la propaganda, la gente que ve <em>Fox News</em>. Estoy hablando de los líderes políticos con acceso a información secreta. ¿Por qué creen verdaderamente que había armas de destrucción masiva en Irak? ¿Por qué creen verdaderamente que el pueblo iraquí los iba a saludar con flores? ¿Por qué creen que pueden llevar la democracia a Oriente Medio? ¿Por qué creen que el pueblo afgano quiere derechos para la mujer? Ellos realmente creen esto. ¿Por qué?</p>
<p>»Lo que tienen que hacer es leer <em>The New York Times</em>, leer tanto como nosotros los periodistas, las mejores fuentes de información para quienes están en el poder. Pero nosotros no la empaquetamos, no la llamamos “secreta”, no viene con la pátina artificial. Por cierto, nos odian por entrometernos en sus espacios, por asustarlos cuando meten la pata, por amenazar su pomposidad y la pretensión de poder, la pompa del poder. No sólo no les damos esa cosa encantadora llamada información secreta. También les proporcionamos el ‘lío de la calle’, el escepticismo de la calle. Desprecian el periodismo por razones que entendemos bien.</p>
<h4><span style="color: #800000;"><strong>«ASSANGE PUEDE DEMOSTRAR SER UN REVOLUCIONARIO, PERO NO CREO QUE LO HARÁ, PORQUE CREO QUE NO HABRÁ REVOLUCIÓN»</strong></span></h4>
<p>» Es una lucha eterna. Ahora viene un tipo como Assange, que no es periodista, sino que está por dejar de lado las barreras, por tratar de penetrar la oscuridad que rodea a esta toma de decisiones y percepciones del mundo. Eso es, no es un periodista, sino un creador, no un periodista, sino un verdadero excéntrico, y un computín, aprovechando el anonimato disponible para aquellos que quieren pasar la información que los gobiernos no quieren revelar.</p>
<p>» Él no está revelando la realidad; él se está enfrentando al secretismo. Es una cosa diferente. Si quieres saber acerca de la realidad, lee <em>The New York Times</em> y otros buenos periódicos británicos, franceses, americanos. Los periódicos que tienen el dinero para ser independientes de partidos políticos e ideologías extremas. La información está disponible, lee <em>The Economist</em>, que en sí es ideológico, pero en términos de reporteo de noticias es bastante bueno. Tendrás una mejor idea de lo que está pasando en el mundo y la naturaleza del mundo en el que tus acciones tienen lugar.</p>
<p>» Y eso es Assange, un activista. Y está haciendo al mundo un gran servicio e incluso puede demostrar ser un revolucionario, pero no creo que lo hará, porque creo que no habrá revolución. Y aunque puede ser personalmente raro y no la clase de persona en que se puede confiar, a quién le importa, a quién le importa cómo vive, incluso lo que piensa. Lo que importa es la estructura del aparato que creó. Es una gran cosa. Él es un australiano, que viaja por el mundo&#8230; por supuesto, la gente lo odia. Sabemos que odian también a los periodistas.</p>
<p>» La única cosa que realmente me asombró en Irak&#8230; de alguna manera en el pasado, en el tiempo de la época colonial británica, se produjo un sentimiento o presunción. Antes de la Primera Guerra Mundial, cuando viajaban por el mundo los británicos comunes se sentían intrínsecamente superiores, obviamente, pero más allá de eso: se sentían protegidos por su gobierno.</p>
<p>» ¿Ahora? De ninguna manera. La gente piensa que si eres americano en un lugar como Irak, el gobierno te va a proteger. ¡Mentira si eres periodista! El Gobierno está preocupado por proteger a los funcionarios gubernamentales y a sus contratistas, pero a menudo tuve la sensación de que les daba lo mismo ver a un periodista baleado. No es sólo una sensación general que tengo, es muy físico. Las defensas de la Zona Verde fueron expuestas, y no estoy diciendo que estaban haciendo eso intencionalmente porque querían que los periodistas murieran, pero ciertamente les importaba un comino. Estas personas odian a los periodistas, y realmente odian a Assange.</p>
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		<item>
		<title>Langewiesche remece a periodistas y alumnos</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/langewiesche-remece-a-periodistas-y-alumnos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Catalina Jaramillo]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 May 2009 19:27:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[charla]]></category>
		<category><![CDATA[William Langewiesche]]></category>
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					<description><![CDATA[Cerca de 250 alumnos, periodistas y profesores de periodismo de distintas universidades vinieron a escuchar a William Langewiesche en el Aula Magna de la Universidad Alberto Hurtado. A pesar de que pocos sabían mucho de este hombre de apellido complicado, una lectura rápida de su trayectoria terminó por convencerlos... ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-1432" title="img_1893" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2009/05/img_1893-300x200.jpg" alt="" width="300" height="200" /></a></p>
<p>Cerca de 250 alumnos, periodistas y profesores de periodismo de distintas universidades vinieron a escuchar a William Langewiesche en el Aula Magna de la Universidad Alberto Hurtado. A pesar de que pocos sabían mucho de este hombre de apellido complicado, una lectura rápida de su trayectoria terminó por convencerlos.</p>
<p>Langewiesche trabajó por 15 años en el Atlantic Monthly, una revista donde se escribe tan bien como en el New Yorker y una de las pocas americanas que incluyen grandes reportajes sobre cosas que pasan afuera de Estados Unidos. Varios de esos reportajes, si no todos, estaban escritos por una persona: William Langewiesche. Desde 1999 es nominado año tras año al mayor premio para un periodista de revistas, el National Magazine Awards, que ganó en dos ocasiones. Hace dos años Langewiesche decidió que era tiempo de moverse del Atlantic. El destino obvio era el New Yorker, pero dice que era muy joven para eso. Según él, ahí van a jubilarse los grandes escritores y periodistas americanos, y desde ahí ya no hay para dónde avanzar. Además, hace dos años que Graydon Carter, editor del Vanity Fair lo estaba tratando de convencer. Langewiesche aceptó. Durante su estadía en Chile dijo que en su vida había trabajado para dos grandes editores, uno de ellos Carter. «Carter es un genio», lo oí decir en más de una ocasión. Un gordo glotón, característica que según él es indispensable para ser un buen editor.</p>
<p>Langewiesche podría ser el actor que hace de reportero de guerra en una película. Es alto, guapo, fornido, arrogante y seguro de sí mismo. Sabe que cuenta buenas historias y que la gente hace círculo para escucharlo. Llegó a la universidad con pantalones azules y camisa blanca con rayas, arremangada. Pelo corto casi militar. En la primera parte de la entrevista, realizada por Andrea Vial, directora de la Escuela de Periodismo de la UAH, y Alfredo Sepúlveda, académico de la escuela, Langewiesche dijo que a él le gustaba escribir historias que tuvieran una narrativa. Pero una narrativa y una historia que le importaran al mundo, que tuviera un significado profundo. Dijo que las ideas se le ocurrían de varias maneras, pero que siempre buscaba una persona y un contexto interesante. Esos dos elementos tenían que estar presentes. Dijo que cuando estaba empezando a ser un reportero, se preparaba mucho antes de ir al lugar donde sucedía la historia: iba a la biblioteca y leía todo lo que hubiera sobre el tema, tomaba apuntes, subrayaba. Pero que después de un tiempo se dio cuenta de que eso era tiempo perdido. «No lo vas a obtener de la biblioteca ni de internet», dijo. Ahora no toma notas, no subraya nada y si se acuerda de algo que leyó bien y si no, significa que no era suficientemente importante. Dice que llega al lugar, intencionalmente poco preparado.<br />
Parafraseo un poco lo que dijo: «Paso por varias fases en el terreno, por varias ideas de por qué y para qué estoy ahí. Básicamente, lo que hago es caminar. Voy mirando y no veo. No sé dónde estoy, ni por qué esta gente está sentada aquí, ni por qué hay plátanos en la calle. Lentamente comienzo a tener una mejor idea, a entender lo que estoy mirando y lo que estoy buscando. La forma en que veo el asunto va cambiando, se empieza a hacer más y más evidente, empiezo a mirar más eficientemente. Después de unas semanas, llego a un punto donde sé más que la gente que está ahí y es de ahí».</p>
<p>En la charla contó de su experiencia escribiendo el reportaje «American Ground: Unbuilding The World Trade Center». Langewiesche fue el único reportero que tuvo acceso total a la zona cero después de los atentados. En la charla contó que él quería escribir la historia, pero que no lo haría de la forma en que el gobierno estableció que los medios cubrieran la historia. Cada periodista tenía que acreditarse, ir a conferencias de prensa y recorrer la zona con una especie de guías turísticos que les contaban lo que había pasado. Él no estaba dispuesto a hacer eso. Mientras todos los periodistas estaban concentrados en el lado emocional de la historia él se preguntó ¿Quién va a traer el equipo pesado para empezar a hacer el trabajo de limpieza? Averiguó qué departamento de la ciudad lo haría y les escribió un fax pidiendo acceso. Para su suerte, el jefe de esa unidad seguía sus historias en el Atlantic Monthly y lo admiraba. La respuesta fue un fax garantizándole acceso total. Langewiesche se reunió con él y le dijo: tú entiendes que yo voy a reportear todo, o sea que si tú metes la pata en tu trabajo, yo voy a reportear eso también. El jefe de unidad dijo que sí. Desde entonces Langewiesche dijo que comenzó a ir los siete días de la semana, por seis meses, a la zona cero.</p>
<p>«La gente me acusa de ser frío», dijo. «Yo los acuso de ser calientes. El proceso de duelo debe ser privado. Si hay algo que detesto es el llanterío general del público frente a una historia. Cuál es la pregunta en la pregunta &#8216;¿qué siente?'» Langewiesche culpa, en parte, a los medios americanos por la guerra en Iraq. Dice que la forma en que fue cubierto el 11 de septiembre fue determinante. «La mayoría de los reporteros eran suaves neoyorquinos que no estaban acostumbrados a la guerra. Los periodistas colapsaron emocionalmente, dándole todo el poder a los terroristas y haciendo una gran cosa de algo que no era una gran cosa», dijo Langewiesche. Parafraseándolo: una bomba en un edificio no es gran cosa para quien está acostumbrado a la guerra. Pero para gente que vive en Nueva York, sí. Sobre todo si es a las Torres Gemelas.</p>
<p>Luego habló sobre los periodistas en Iraq. Langewiesche, como a esas alturas ya nos parecía obvio, no se fue a las zonas protegidas para periodistas, sino que arrendó una casa en Bagdad como cualquier hijo de vecino. No hacía caso de las medidas de seguridad y tomaba taxis para todos lados, iba donde quería y no usaba ninguna protección. «Estuvo bien por un tiempo», dijo al empezar a relatar su vida en Iraq, como quien recuerda los asados con amigos cuando se fue a vivir a algún país fuera de Chile. Hasta el 2004, cuando las armas cambiaron y todo se puso más peligroso. La mayoría de los periodistas se fueron a cubrir la guerra desde Jordania. Él decidió entrar y salir a través de Turquía. Desde entonces comenzó a llevar una pistola. A sus editores les pareció anticuado y tacaño que no lo hiciera, y para él no hacía ninguna diferencia, éticamente. Tuvo que dejar su casa «era linda&#8230; dormí tremendamente bien ahí», y se fue a un hotel. «Yo no tengo nada contra matar», dijo. «Pero esta guerra fue una guerra estúpida. Y voy a hablar sobre el sonido que se escucha cuando lanzan una bomba, de lo que significa matar a alguien, del olor que se siente&#8230; Si no te gusta, entonces no vayas a la guerra».</p>
<p>Las preguntas del público [respuestas parafraseadas de mis apuntes, no textuales siempre]:</p>
<p><strong>• ¿Qué características tiene que tener una buena historia? </strong><br />
No sé la respuesta a esa pregunta. Pero desde un punto de vista egocéntrico&#8230; A mí no me interesa escribir la misma historia una y otra vez. De hecho, no quiero escribir ninguna otra historia sobre aviones [ahora está escribiendo una sobre el avión que cayó en el río Hudson en Nueva York en enero de este año]. No quiero ser un corresponsal de guerra. Me cargan las etiquetas. Cuando la gente empieza a categorizar mi escritura, trato de cambiar de tema. Yo hago un tipo de escritura que empuja un poco los límites de la no ficción. Explora las posibilidades del periodismo. Como lo hizo Mark Twain o Truman Capote o John McPhee . Yo quería ser John McPhee. El probó que te puedes ganar la vida escribiendo no ficción si te concentras en las palabras, en el ritmo, en el sonido, en la poesía de la frase. Yo voy un paso más adelante. Estoy experimentando con que, ocasionalmente, es posible tomar asuntos importantes y escribirlos como McPhee escribía sobre las plantas o asuntos no tan relevantes. Trato de elegir asuntos que sean relevantes e importantes, sabiendo que estoy sacrificando mi reputación como escritor. Pero hay un porcentaje de gente que se da cuenta. Es posible hacer las dos cosas. Pero tengo que equilibrar cuánto puedo empujar sin dañar mi escritura.</p>
<p><strong>• Una persona del público pregunta por qué no usa citas en sus reportajes.</strong><br />
Me encantaría usar más citas. Las citas te hacen el trabajo más fácil, pero son muy ineficientes. Es la forma simple y fácil de escribir. El desafío es captar a tu lector a través de tu narrativa. Si lo captas a través de otros elementos, no necesitas usar citas para darle vida al reportaje. Puedes darle más a tu lector. Puedo decirle al lector las citas en mi voz. No hay límites en la no ficción. Lo único que no puedes romper es la confianza con el lector. No quieres que tu lector se pregunte «¿Y cómo sabe esto?» Pero si el lector confía en ti, puedes hacer de todo. Tú le estás hablando a tus lectores, les estás contando un cuento, y puedes decir lo que quieras. [Cuenta una anécdota de un perfil a un ambientalista en Ecuador que escribió para Vanity Fair . Dice que al describirlo escribió frases como que este tipo era una persona tan limpia que aunque caminara por el barro en la selva no se ensuciaba o un tipo tan conectado con la naturaleza que cuando caminaba los pájaros lo seguían. Y que al terminar el reportaje lo llamaron las personas que se dedican a corregir los datos en la revista, los fact checkers , y le preguntaban cómo podían comprobar si eso que decía era cierto, qué pruebas tenía. William dice que es obvio que eso no pasaba así, literalmente, sino que son guiños al lector y que el lector los entiende como tales, no como hechos reales. Y en la revista, se lo dejan pasar.]</p>
<p><strong>• Alguien del público pregunta cómo le ha afectado la crisis en su trabajo.</strong><br />
¿Cuál crisis? Yo no he sentido nada, ninguna presión, nada.</p>
<p><strong>• Una persona pregunta como recolecta la información: si usa grabadora, apuntes, traductores&#8230; Y que por qué él cree que puede dar juicios y opinión en sus reportajes.</strong><br />
Sobre la recolección de información, depende. Llevo un cuaderno en mi espalda, escondido detrás del cinturón. A veces tomo notas, pero muchas veces no puedo tomar notas porque estoy en medio de un bombardeo o una situación peligrosa. Sobre los juicios, creo que uno tiene que ser lo más honesto posible con su lector, y eso es todo.</p>
<p><strong>• ¿Puede dar algún consejo para los alumnos?</strong><br />
Muchos escritores creen que hay una fórmula, una cierta manera de escribir, una cierta manera de cómo venderle las ideas a los editores, una cierta manera de cómo hacer negocio. Yo creo que no. No le chupen las medias a los editores [usó el término kiss asses : besar culos]. Ellos necesitan llenar sus revistas y son ellos los que tienen un problema, no ustedes. Ellos tienen que ir a ustedes, no al revés. No entren en esa actitud de chuparle las medias a los editores. No se preocupen de ninguna fórmula, de ninguna regla. En este negocio del periodismo todos siguen las mismas reglas. Boten las reglas. Vayan por lo que quieren en forma agresiva. Los editores están desesperados por encontrar una buena historia, alguien que haga bien el trabajo. Todo lo que tienen que hacer es no producir basura.</p>
<p><strong>*Profesora Escuela de Periodismo UAH</strong></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>La traición sublime de William Langewiesche</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/la-traicion-sublime-de-william-langewiesche/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Ignacio Bazán]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 28 Apr 2009 22:14:46 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[William Langewiesche]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.puroperiodismo.cl/?p=1369</guid>

					<description><![CDATA[<b>Por Ignacio Bazán</b> 
Viendo a William Langewiesche en persona no es difícil encontrarle rasgos parecidos a los de un boxeador: la forma de la nariz, los ángulos del mentón, sus ojos a medio cerrar. También ayuda que el hombre sea grande y corpulento. Las chicas en general lo encuentran un tipo bien parecido. Entonces, para ser justos, vamos a decir que Langewiesche parece un boxeador atractivo. Un boxeador con garbo y glamour que no desentona ni en Nueva York ni en Bagdad...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>William Langewiesche tenía 35 años cuando publicó su primera pieza en el <em>Atlantic</em>. El sueño de toda su vida, de ser como John McPhee y pertenecer al selecto grupo de periodistas que viajan y se toman meses para entregar un artículo, se le había cumplido.</h3>
<p><img decoding="async" class="size-medium wp-image-1372 alignleft" title="langewiesche_0176" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2009/04/langewiesche_0176-200x300.jpg" alt="" width="200" height="300" /></a></p>
<p>Viendo a William Langewiesche en persona no es difícil encontrarle rasgos parecidos a los de un boxeador: la forma de la nariz, los ángulos del mentón, sus ojos a medio cerrar. También ayuda que el hombre sea grande y corpulento. Las chicas en general lo encuentran un tipo bien parecido. Entonces, para ser justos, vamos a decir que Langewiesche parece un boxeador atractivo. Un boxeador con garbo y glamour que no desentona ni en Nueva York ni en Bagdad.</p>
<p>El tema del look en Langewiesche, puede parecer banal, pero no lo es. No solo hablamos de un hombre que ha escrito para la indispensable revista Atlantic Monthly y que ahora es corresponsal internacional para la pulposa sección internacional de Vanity Fair. También hablamos de un hombre que ha pasado gran parte de los últimos 20 años viviendo y reporteando en zonas de guerra o sitios tremendamente conflictivos.</p>
<p>De donde todos salen (o quieren salir), Langewiesche entra (o quiere entrar).</p>
<p>Es así y así le gusta a él. Pero para entrar (y sobrevivir) se necesita tener presencia. Parecer rudo y ser rudo cuando es necesario. Que la gente alrededor tuyo intuya que si las cosas se ponen feas, el reportero que tienen al frente no se va a doblar. Y en eso, el físico robusto de Langewiesche y sus rasgos toscos, ayudan. Tienen que ayudarle.</p>
<p>Después de todo, el hombre, después de tantos años de ajetreo, sigue vivo.</p>
<p>En su hoja de ruta se cuentan largos pasos por lugares como Kosovo, Irak o Afganistán. Su serie de tres artículos sobre la zona cero de las Torres Gemelas, lo tuvo seis meses reporteando sobre los escombros, ahí con las cuadrillas de rescate y el equipo de forenses. Fue en esa pasada donde salió a relucir el valor de reportero de Langewiesche. Después del atentado, los periodistas eran llevados en grupos, casi como preescolares, a la zona cero. Langewiesche dice que nunca ha ido a una conferencia de prensa y que prefiere volver a volar aviones antes de hacerlo. Entonces Langewiesche hizo lo que siempre hace: entró donde se supone no debía estar.</p>
<p>La muerte y la destrucción no lo conmovieron en demasía. A la hora de hacer el trabajo, Langewiesche no se queda pegado en sentimentalismos. De su voz cavernosa uno puede oír frases como: “No creo que las pulsaciones me hayan subido ni una sola vez en Irak”, o esta, cuando se encontró por primera vez en medio del desastre de las Torres Gemelas: “Fue una escena familiar. Conozco la guerra, conozco su perfume, su cara. No me puse emocional al ver todo eso”.</p>
<p>Esa misma pachorra al hablar le consiguió el permiso para tener acceso ilimitado a toda la Zona Cero. También ayudó que el tipo que tenía que timbrarle la autorización fuera un gran admirador de sus artículos en el Atlantic Monthly. Y así, impulsado por esa especie de mandato interior de no reportear lo que la fuente te quiere mostrar, Langewiesche se convirtió en el único periodista en el mundo con acceso ilimitado al lugar del desastre más grande en la historia de Nueva York.</p>
<p>La serie de tres largos artículos en el Atlantic Monthly se convertiría en un libro. Y el libro se convertiría en un hit: American Ground se transformó en referencia obligada de todos aquellos que querían sumergirse en las labores de limpieza de la Zona Cero, siendo el foco principal los ingenieros que construyeron el hito arquitectónico, que lo habían mantenido a través de los años, y que en esta pasada, con Langewiesche a su lado, estaban a cargo de limpiar el desastre.</p>
<p>Langewiesche, con su cara de boxeador bonito, había logrado contar la historia que nadie había podido o querido contar.</p>
<h4><strong><span style="color: #800000;">TOMPKINS Y YO</span></strong></h4>
<p>De las muchas veces que ha estado en Chile, Langewiesche dice tener algunos borrones. A finales de los noventa despachó varios reportajes sobre el país para el Atlantic Monthly. Un texto certero y que no recuerda haber escrito es un breve ensayo llamado “El discreto encanto de la burguesía chilena”, título que parafrasea una película de Luis Buñuel sobre la clase alta francesa.</p>
<p>Langewiesche escribía en 1997 sobre el clima que se respiraba en Chile: “Los niños ya no pelean en los colegios por las ideologías de sus padres. La política chilena se ha convertido en algo tan silencioso que incluso los políticos dudan sobre la necesidad de involucrarse demasiado. La idea general es dejar a los tecnócratas gobernar. La gente quiere seguir con sus vidas, ganar dinero, y que la dejen tranquila”.</p>
<p>Aunque las palabras de Langewiesche suenan mucho más parecidas al Chile de hoy, que al de 1997, año en que los votos duros seguían siendo duros, la tesis no deja de ser visionaria. Los niños volverían a discutir sobre las ideologías de sus padres después de la detención de Pinochet en Londres, pero ese fue el gran lapsus de polarización durante los gobiernos de la Concertación. La gente, hoy más que nunca, quiere que la dejen tranquila y que los políticos de la vieja escuela dejen de gobernar. En eso, Langewiesche tuvo el olfato necesario para predecir hacía dónde iban las cosas.<br />
Pero su trabajo más bullado fue un perfil al empresario ambientalista Douglas Tompkins. Langewiesche pasó varias semanas hablando con gente del sur sobre lo que Tompkins significaba para ellos. Y aunque Langewiesche considera que Tompkins ha sido tratado injustamente por gran parte del pueblo chileno, también se encargó de describirlo como un hombre bueno, pero inmensamente ingenuo. “Él realmente creía que le iban a dar las gracias por su proyecto, por crear un gran parque para Chile. Nunca imaginó el rechazo que iba a producir su manera de hacer las cosas”.</p>
<p>Langewiesche luego supo que Tompkins no estaba contento con su artículo.  El empresario estaba acostumbrado a que la prensa norteamericana en general lo tratara con delicadeza. Un par de semanas después de la publicación del reportaje, Langewiesche recibía una carta de Kristine McDivitt, la esposa de Tompkins. “En toda mi carrera nunca he recibido una carta como la de ella. Me decía, sin pudor alguno, que yo había venido a esta tierra a hacer el mal. Ni Tompkins ni su esposa son mala gente, pero tienen actitudes muy parecidas a los de los primeros misioneros ingleses que poblaron Estados Unidos”.</p>
<h4><strong><span style="color: #800000;">ESCRIBIR, ESCRIBIR, ESCRIBIR</span></strong></h4>
<p>Langewiesche comparte dos cosas con su padre: la profesión de piloto de aviones y su amor por la escritura. Aún así, Langewiesche no ve la conexión tan claramente: “Tiene que haberme influenciado, pero de una forma natural, casi inconciente. Él era un hombre mayor, me tuvo cuando tenía más de cincuenta, y sabía que yo quería convertirme en escritor. Nunca me apoyó ni me impulsó, pensaba que escribir bien era demasiado duro y que ganarse la vida como escritor era más duro todavía. Él ya había sufrido mucho tratando de escribir”.</p>
<p>El nombre de su padre era Wolfgang, como el primer nombre de Mozart. Wolfang Langewiesche era un inmigrante alemán que escapó de Hitler antes de que la segunda guerra mundial empezara. No era judío, era solamente un ciudadano alemán en contra de Hitler. Paradójicamente, Langewiesche padre, terminó probando aviones americanos que pelearían contra su país natal en la guerra. El año 44 escribió un libro sobre el arte de volar, que se transformó en una especie de Biblia para los pilotos. Es EL manual de aviación americano y lleva 250.000 copias vendidas al día de hoy.</p>
<p>La hermana de Langewiesche se quedó con los derechos.</p>
<p>Con su padre, Langewiesche aprendió a volar aviones desde la tierna edad de los cinco años. En la cabina junto a él hizo todo el entrenamiento que necesitó para empezar a ganarse la vida como piloto. Eso fue a los  18 años. La paga era decente y le permitió estudiar antropología en la Universidad de Stanford mientras piloteaba de noche. “Nunca aprendí nada, nunca ejercí, sólo quería sacar un título. Era difícil entrar a Stanford, pero una vez adentro podías sacar buenas notas sin estudiar y yendo a pocas clases. La universidad, en general, fue una pérdida de tiempo”.</p>
<p>Según Langewiesche, el título nunca le sirvió de nada, ni para encontrar un trabajo de mesero. Radical como suena, no lo parece tanto viniendo de su boca. Sus juicios son casi siempre tajantes, absolutistas, aunque parezca que sus historias van a ninguna parte. Esa es la ilusión que da, ya sea de manera oral o escrita. Las palabras, la manera de masticarlas, de hacerlas fluir parecen un juego de cortinas finas para el que escucha o para el que lee. Te puedes quedar ensimismado apreciando la calidad de la tela, admirando los luminosos colores, hasta que esas cortinas, de repente y sin avisar, te caen en la cabeza. Y duele.</p>
<p>En ese sentido, ni Langewiesche se salva de sí mismo. Cuando habla de sus años piloteando aviones siempre enfatiza en lo miserable que fue, en lo horrible que es trabajar de piloto. En una mesa de un bar de Pedro de Valdivia norte, mientras Langewiesche engulle pedazos de jamón serrano y trocitos de queso, aprovecho de poner en duda su afirmación. Le digo que la mayoría de los pilotos ganan buen dinero y llevan una vida más o menos glamorosa.</p>
<p>“Eso es lo que siempre dicen para levantar chicas”, contesta sin anestesia. “Pero cuando estamos solos y no hay nadie más a nuestro alrededor, todos nos quejamos de lo horrible que es ser piloto”.<br />
<strong></strong></p>
<p><strong>—¿Entonces por qué no fuiste reportero antes?</strong><br />
Porque nunca quise ser reportero. Nunca podría haber trabajado como reportero de crónica de un diario. Siempre quise ser como John McPhee del New Yorker. Siempre quise ser un muy buen escritor y por eso escribía todos los días mientras piloteaba. Eso es todo lo que hacía en mis ratos libres: escribir, escribir, escribir. Si no llegué antes a una revista como el Atlantic Monthly es simplemente porque no era lo suficientemente bueno.</p>
<p>William Langewiesche tenía 35 años cuando publicó su primera pieza en el Atlantic. El sueño de toda su vida, de ser como John McPhee y pertenecer al selecto grupo de periodistas que viajan y se toman meses para entregar un artículo, se le había cumplido. Es tal la devoción de Langewiesche por las palabras que, cuando no está reporteando y está escribiendo en su casa, a veces se toma un día entero para escribir un párrafo.</p>
<p>“No es siempre, pero a veces me pasa. Es que soy un total esclavo de mi trabajo porque no lo siento como un trabajo. Con suerte salgo a navegar en un viejo yate que tengo en casa unos cinco días al año. Pero todo lo demás es trabajar”<br />
A eso los gringos le llaman workaholism: Adición al trabajo. Pero en el caso de Langewiesche el asunto es un poco más elaborado. En el caso de Langewiesche lo que cuenta es la verdad. Su verdad. Una verdad de meses de reporteo. Y que luego se junta en un hermoso y contundente texto que, a veces, adopta el tono de un elocuente ensayo. Desde el punto de vista del lector, es como si Angelina Jolie te asesinara después de meses de intensa relación en un hotel en Bagdad.</p>
<p>La experiencia estética es absolutamente hermosa en un lugar absolutamente horrible. Pero te gusta. La disfrutas igual. Hasta que llega el balazo inesperado.</p>
<p>Y caes.</p>
<p>Eso es producto de la adicción de Langewiesche.</p>
<p>O de su obra.</p>
<p>Sin duda, la traición en el nivel más sublime.</p>
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		<title>Célebre periodista de Vanity Fair viene a Chile a presentar el Premio de Periodismo de Excelencia</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ignacio Bazán]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 31 Mar 2009 23:47:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[PPE]]></category>
		<category><![CDATA[Vanity Fair]]></category>
		<category><![CDATA[William Langewiesche]]></category>
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					<description><![CDATA[<b> William Langewiesche, ganador en dos ocasiones del National Magazine Award –la más alta distinción para el periodismo en revistas de Estados Unidos- viene a Chile a la ceremonia del Premio de Periodismo de Excelencia, ceremonia que realiza cada año la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado y que es coronada con el lanzamiento del libro con lo mejor del periodismo hecho en Chile el año anterior. Aquí, un pequeño resumen de la carrera de Langewiesche. </b>

William Langewiesche es corresponsal internacional de la revista Vanity Fair, donde publica reportajes en profundidad desde 2006. Antes fue corresponsal durante 15 años para la revista Atlantic Monthly. Langewiesche fue el único periodista acreditado para acceder a las áreas restringidas que rodeaban a las Torres Gemelas.... 
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										<content:encoded><![CDATA[<p><a title="Reglas de Combate" href="http://tiny.cc/GIhOX" target="_blank"><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-1290" title="portada" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2009/04/portada.jpg" alt="" width="500" height="378" srcset="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2009/04/portada.jpg 609w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2009/04/portada-300x227.jpg 300w" sizes="auto, (max-width: 500px) 100vw, 500px" /></a></p>
<p>William Langewiesche, corresponsal internacional de la revista Vanity Fair, publica reportajes en profundidad desde 2006. Antes fue corresponsal durante 15 años para la revista Atlantic Monthly.</p>
<p>Langewiesche fue el único periodista acreditado para acceder a las áreas restringidas que rodeaban a las Torres Gemelas. Con ese material, escribió para el Atlantic una serie de tres reportajes titulada “American Ground: Unbuilding The World Trade Center”, y luego publicó un libro homónimo. Ha ganado en dos oportunidades el National Magazine Award –la más alta distinción para el periodismo en revistas de Estados Unidos- en el 2002, con “The Crash of EgyptAir 990” sobre la tragedia aérea donde murieron 217 personas y en 2007 con “Rules of Engagement” sobre el asesinato de 24 civiles cometido por fuerzas navales americanas en Irak. Además, ha sido finalista todos los años desde 1999.</p>
<p>Ha publicado seis libros de no-ficción. Sahara Unveiled: A Journey Across the Desert (1996), Cutting for Sign (Pantheon, 1994), Inside the Sky: A Meditation on Flight (Pantheon, 1998), American Ground: Unbuilding the World Trade Center (Farrar, Straus and Giroux, 2002), The Outlaw Sea: A World of Freedom, Chaos, and Crime (Farrar, Straus and Giroux, 2004), y The Atomic Bazaar: Dispatches from the Underground World of Nuclear Trafficking (Farrar, Straus and Giroux, 2008).</p>
<p>Langewiesche nació en Estados Unidos en 1955. Se graduó de la Universidad de Stanford con el título de antropólogo. Además de viajar y escribir, otra de sus grandes pasiones es volar. Hijo de un destacado piloto estadounidense, la primera vez que condujo un avión apenas tenía 15 años.</p>
<p>Las muchas horas de vuelo que tiene en el cuerpo no solo le permiten acumular experiencia en el aire, sino también escribir memorables reportajes sobre tragedias áreas.</p>
<p>William Langewiesche viene a Chile a fines de abril, a la ceremonia de entrega del Premio Periodismo de Excelencia. También dictará una clase magistral sobre cómo se construye una historia dentro del ciclo “Prensa y Calidad” organizado por la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado. Las inscripciones para este seminario están abiertas en: <a href="mailto:ppe@uahurtado.cl">ppe@uahurtado.cl</a></p>
<p>Lea en español su reportaje <a href="http://periodismo.uahurtado.cl/ppe/download/Reglas de Combate Langewiesche.pdf">«Reglas de combate»</a>, sobre la matanza de civiles iraquíes en 2005.</p>
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