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	<title>Premio Nacional de Periodismo &#8211; Puroperiodismo</title>
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	<description>La revista digital de Periodismo UAH.</description>
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		<title>Un perfil de Mónica González: prólogo de «Apuntes de una época feroz»</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/un-perfil-de-monica-gonzalez-prologo-de-apuntes-de-una-epoca-feroz/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Cristóbal Peña]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 27 Aug 2019 16:20:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Apuntes de una época feroz]]></category>
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		<category><![CDATA[libros de periodismo]]></category>
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		<category><![CDATA[Mónica González]]></category>
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		<category><![CDATA[periodismo en dictadura]]></category>
		<category><![CDATA[Premio Nacional de Periodismo]]></category>
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					<description><![CDATA[El siguiente texto es un perfil escrito por Juan Cristóbal Peña, director del Departamento de Periodismo de la Universidad alberto Hurtado y editor del libro "Apuntes de una época feroz" (Hueders, 2015), una antología de textos de Mónica González, recientemente galardonada con el Premio Nacional de Periodismo en Chile.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>El siguiente texto es un perfil escrito por Juan Cristóbal Peña, director del Departamento de Periodismo de la Universidad alberto Hurtado y editor del libro «Apuntes de una época feroz» (Hueders, 2015), una antología de textos de Mónica González, recientemente galardonada con el Premio Nacional de Periodismo en Chile.</h3>
<p><em>Relacionado:<br />
<a href="https://www.puroperiodismo.cl/?p=26206" target="_blank">Cuando Mónica González entrevistó a Arturo Fontaine, exdirector de “El Mercurio”</a><br />
<a href="https://www.puroperiodismo.cl/?p=26261" target="_blank">Mónica González conversa con Beatriz Sánchez sobre sus “Apuntes de una época feroz”</a></em></p>
<p><img fetchpriority="high" decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-26209" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/11/Detalle-Apuntes-de-una-época-feroz.jpg" alt="Detalle Apuntes de una época feroz" width="1652" height="850" srcset="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/11/Detalle-Apuntes-de-una-época-feroz.jpg 1652w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/11/Detalle-Apuntes-de-una-época-feroz-800x412.jpg 800w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/11/Detalle-Apuntes-de-una-época-feroz-1024x527.jpg 1024w" sizes="(max-width: 1652px) 100vw, 1652px" /></p>
<p>Cuando la conocí, hacia el invierno de 2007, Mónica González ya era quien es: una de las periodistas ineludibles en la historia de Chile, no sólo por su trabajo en dictadura. A diferencias de muchos profesionales de su generación que destacaron en los años 80 en medios de la oposición, ella siguió haciendo periodismo en democracia.  No comenzó a trabajar en el gobierno o para empresas. Tampoco jubiló de manera anticipada, que fue lo que ocurrió con varios periodistas que no encontraron espacio en el nuevo orden. Mónica González persistió, no siempre en las mejores condiciones. Sabía que con el retorno de la democracia venía lo más difícil para el periodismo chileno, más que lo que quedaba atrás. En el nuevo escenario, los límites entre política y negocios se volvían difusos. Y sabía también que, tal como había ocurrido en dictadura, ella no sería una figura cómoda ni funcional para quienes administraban una democracia reconstruida en la medida de lo posible.</p>
<p>Yo terminaba un libro sobre el atentado de 1986 a Augusto Pinochet protagonizado por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y a última hora di con una entrevista al líder de ese comando subversivo que ella había hecho para el diario <em>El País, </em>de España, y que luego fue publicada completa en revista <em>Análisis</em>. La última entrevista a Raúl Pellegrin Friedmann, realizada en 1988, unos meses antes de que fuera asesinado junto a su pareja tras una incursión guerrillera en el sur del país. Entonces me animé a llamarla para pedirle esa entrevista. Ahora pienso que era una excusa para conocerla, porque el ejemplar de esa revista estaba en Biblioteca Nacional.</p>
<p>Me recibió en el altillo de su casa en Bellavista, con vista al cerro San Cristóbal,  rodeada de archivos y libros ordenados en estanterías y cajones. A un costado había  un escritorio cubierto de papeles apilados y dispersos. Unos meses atrás, el diario <em>Siete</em>, que había dirigido, se había visto forzado a cerrar por falta de financiamiento. El avisaje estatal en los gobiernos de centro izquierda privilegiaron a publicaciones que le eran opositoras, pero funcionales a sus intereses. Aunque el cierre del diario fue un proceso ingrato para ella, ya estaba embarcada en un nuevo proyecto llamado Centro de Investigación Periodística, Ciper, el medio más innovador y relevante de los siguientes años.</p>
<p>Mónica, que estaba convaleciente por un accidente en auto, con dificultad para desplazarse, trabajaba desde su casa en una investigación para Ciper, que aún no tenía dirección electrónica ni oficina.</p>
<p>No me conocía, pero así y todo, sin más, me recibió y confió uno de los tomos empastados de su colección de <em>Análisis</em>. Fue una presentación rápida, pero amable. Me examinó con un vistazo rápido y dijo algo que no me esperaba:</p>
<p>—Bah, eres tímido —sonrío—. Por teléfono sonabas más pretencioso.</p>
<p>No fueron más que unos pocos minutos. Me contó de su accidente en auto y me despidió, porque —dijo— tenía un montón de trabajo por delante.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>La volví a contactar en la primavera de ese mismo año. Mi libro sobre el atentado a Pinochet ya había sido publicado y quería entregarle una copia. Además, tenía una mejor excusa que la primera vez: debía devolverle el tomo empastado de <em>Análisis</em>.</p>
<p>Esta vez me citó en una pequeña oficina de la Corte Suprema. En ese entonces Ciper estaba recién arrancando y ella terminaba una asesoría para los ministros de la máxima corte de justicia. El mismo poder que tres décadas antes la había enviado a prisión por sus publicaciones, el mismo que ella había denunciado múltiples veces por negligencia y complicidad en los crímenes de la dictadura, ahora la había buscado para dar forma a un inédito proceso de transparencia y publicidad de sus actos.</p>
<p>Fue otro encuentro breve, todavía más que el anterior. Recibió el tomo de revistas y el ejemplar de mi libro, que agradeció con una sonrisa. Luego me preguntó si quería trabajar con ella en un nuevo centro de investigación. También me habló de las condiciones y yo, únicamente para guardar las formas, le dije que la propuesta me seducía mucho, pero que pronto le daría una respuesta. Al día siguiente renunciaba a mi trabajo en el diario <em>La Tercera</em> para trabajar con ella.</p>
<p>Cuento lo anterior porque es parte del origen de este libro. El tiempo en que trabajé en Ciper pude conocer el trasfondo de algunas de las historias que se reúnen en esta antología, trasfondo que a veces da para un capítulo aparte y es tanto o más dramático que la misma historia que lo origina. En ese tiempo también pude escribir crónicas o reportajes sobre la violencia política en dictadura y transición, con la perspectiva que otorga el tiempo y en condiciones de libertad editorial que difícilmente habría encontrado en otro lado.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>En un comienzo ella no estaba interesada en que alguien, quien fuera, publicara una antología de su obra. No le daba demasiado mérito a su trabajo. De hecho, cuando se lo propuse, estando ya fuera de Ciper, me comentó lo siguiente:</p>
<p>—No sé a quién podría interesarle algo así.</p>
<p>Dijo que lo pensaría. Y tiempo después, cuando comenzamos a trabajar en el proyecto, comprendí que, además de incomodarla, la idea de volver sobre esos años le dolía. Estaba orgullosa de lo que había hecho, lo está aún, por cierto, pero tras varias charlas en torno al trasfondo de las historias de las piezas reunidas comprendí, sin que me lo dijera directamente, que había una herida que no terminaba de sanar. En su caso, reportear la dictadura fue sumergirse en un campo de batalla inundado por la corrupción y la muerte; fue vivir el dolor de las víctimas, comprometerse y padecer con ellas para luego recuperar el aliento y contárselo al mundo. Ese proceso, además, estuvo acompañado de un alto costo personal.</p>
<p>Ahora que el libro está concluido, y que hemos gastado horas hablando de su trabajo en dictadura, y de lo que ocurrió antes y después de esa etapa, pienso en las víctimas. En las víctimas y en el sentido de esta profesión. En que la mejor forma de sobrellevar el pasado y de tributar a las víctimas es seguir ejerciendo un periodismo sin concesiones.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p style="text-align: left;">Numerosos periodistas se jugaron la vida y sacrificaron un cómodo y seguro estándar de vida por denunciar a una dictadura a la que pocas cosas amenazaban tanto como la prensa de oposición. En el caso de Mónica González, muchas de sus publicaciones tuvieron un impacto político al interior de la misma dictadura, impacto que además trascendió al mundo. Sus publicaciones marcaron agenda y derivaron en censura de prensa, procesos judiciales, amenazas, golpizas o encarcelamientos.</p>
<p style="text-align: left;">Desde que en 1984 publicara el reportaje sobre la mansión de Lo Curro, un palacio de lujos absurdos que la familia Pinochet levantó en medio de una aguda crisis económica, se transformó en una figura incómoda para la dictadura, si es que no en una amenaza. Volvía del exilio y de un receso de 11 años en el periodismo, y sin proponérselo, porque en un comienzo ella no estaba segura de su talento ni de que el periodismo fuera lo suyo, se alzó en referente. Sus reportajes y entrevistas ayudaron a contener la brutalidad y los abusos. En casos más extremos, salvaron vidas, aunque también derivaron en venganzas brutales.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>El guión es perfecto para un drama de película: en el trasfondo de los reportajes y entrevistas que componen este libro hay tragedia y heroísmo a partes iguales. El drama se inicia más o menos feliz en 1967, cuando Mónica González Mujica (Santiago, 1949) comenzó a estudiar periodismo en la Universidad de Chile y al poco tiempo, impulsada por sus maestros y su militancia en el Partido Comunista, ya trabaja en el diario <em>El Siglo</em>.</p>
<p>Sus primeros editores fueron Sergio Villegas y Guillermo Ravest, que la entrenan como reportera volante: un día en el Congreso, otro en tribunales, en sindicatos o en cuarteles policiales y en terreno, cubriendo la calamidad de turno. El periodismo todavía se aprendía más en la calle que en la academia, a la que va lo justo para aprobar los cursos y aprender de Mario Planet, director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, de quien es ayudante en la cátedra de Periodismo Interpretativo. De él asimiló el rigor y la necesidad de cultivar un archivo que se alimenta a diario, con recortes y cables y fotos de prensa. Hasta el día de hoy, de preferencia por la mañana, después de leer los diarios del país, ella selecciona y recorta las publicaciones más relevantes y otras que no lo parecen tanto, como las páginas sociales de <em>El Mercurio</em>, donde la élite política y empresarial chilena se exhibe y, de manera involuntaria, deja asomar las pistas para grandes noticias y reportajes.</p>
<p>Mario Planet, que fue corresponsal para <em>Life</em> y <em>Time</em> y dirigió los diarios <em>Las Noticias de Última Hora y La Tarde</em>, también intentó inculcarle otra cosa importante para la época. El periodismo militante —decía Planet— no es periodismo. O se hace periodismo o se milita, pero no las dos cosas a la vez.</p>
<p>Ella, sin embargo, prefería hacer las dos cosas a la vez, y lo cierto —dice  ahora— es que en ese entonces, impulsada por la convulsión de los tiempos, se sentía más militante que periodista. Su compromiso estaba con el partido y el proceso de transformaciones políticas liderado por Salvador Allende, que en noviembre de 1970 llegó a la presidencia con una coalición de partidos de izquierda y una oposición mayoritaria apoyada por Estados Unidos, cada vez más dispuesta a desestabilizar al gobierno por cualquier medio.</p>
<p>En esas condiciones, el periodismo sin banderas era muy difícil de ejercer.</p>
<p>En 1971, casada y con dos hijas, comenzó a trabajar en <em>Ahora</em>, revista de actualidad y política que editorial Quimantú lanzó ese mismo año para competir con <em>Ercilla</em>. De hecho, varios periodistas de izquierda de ese medio partieron a trabajar en <em>Ahora</em>, que dirigía Fernando Barraza y editaba Edwin Harrington, un agudo periodista de investigación que poco antes había estado a cargo del departamento de prensa de Canal 13. Harrington fue decisivo en la carrera de Mónica. No sólo la animó a escribir reportajes y a buscar en ellos una mirada y una voz propia, que hasta entonces había estado supeditada a la voz de la revolución. Una década después, con un país en dictadura, el mismo Harrington la convenció de volver al periodismo, cuando ella lo había descartado por completo.</p>
<p>La impronta de Edwin Harrington —como la de Mario Planet— está presente en una crónica testimonial de mediados de 1971 en que la autora documenta su paso dos años antes por la maternidad del Hospital del Salvador:</p>
<p style="padding-left: 60px;">Maletín en mano, la “enferma” camina por un pasillo de baldosas, frío y tétrico, hasta el baño. Mira hacia atrás, para ver a su esposo, pero él está lejos, más allá de varias puertas. Una auxiliar con delantal sucio y ondulines en la cabeza le indica con el dedo un camastro donde le aplicarán un lavado, trámite previo.</p>
<p style="padding-left: 60px;">Los dolores aumentan, y la muchacha empieza a respirar como “perrito jadeante”. Así le enseñaron en el curso de parto sin dolor. Mientras le introducen el líquido por vía anal, la chiquilla se aferra a la mano de la auxiliar; dolores profundos y desgarradores le cruzan el vientre, para después sentir un incontenible deseo de expulsar todo lo que lleva en el interior.</p>
<p style="padding-left: 60px;">La muchacha se incorpora, pero no alcanza a llegar al baño. Líquido y excrementos corren por el suelo de la pieza. La vergüenza y el dolor provocan un llanto angustioso a la parturienta. La auxiliar está furiosa. “¡Qué se ha imaginado!&#8230;”. Y enseguida: “¡Tú crees que voy a limpiarte la mierda!”. La muchacha la mira un instante, y no vacila. Una sonora cachetada corta el “diálogo”.</p>
<p>El texto aparecido en revista <em>Ahora</em> se tradujo en una querella por calumnias, la primera en la carrera de Mónica González. Pero el pleito legal no llegó muy lejos: cuando el director del Hospital del Salvador acusó a la periodista de inventarse la historia, ella exhibió la página del 27 de abril de 1969 del libro de partos del hospital, donde su nombre aparece inscrito como paciente de la unidad de maternidad. En esas condiciones nació Lorena, su primera hija. Muy distintas, como sugiere en la misma crónica, al parto de su segunda hija, Andrea, nacida dos años después en una clínica privada.</p>
<p>Puede ser distinto a todo lo que vino después, y de hecho lo es. Pero el periodismo  que ejerció en dictadura no se explica sin el periodismo ejercido desde los últimos años del gobierno de Eduardo Frei Montalva. En esos primeros años de aprendizaje hay una épica y un compromiso que guiarán todo lo que vino después. Y hay, por cierto, una vida marcada por todo lo que sobrevino con el golpe de Estado.</p>
<p>Para entonces estaba de vuelta en <em>El Siglo</em>, donde fue destinada a las páginas de economía, y era profesora auxiliar en la Escuela de Periodismo. Estaba casada, tenía dos hijas, militaba.  A los 24 años, el mundo giraba muy rápido para ella cuando ocurrió el derrumbe. Muchos de sus colegas y amigos y compañeros de partido con los que se formó fueron perseguidos, encarcelados o torturados, cuando no asesinados y hechos desaparecer. Los más afortunados sobrevivieron, como su gran amiga Gloria Alarcón, periodista política en <em>El Siglo</em>, pero ya no volvieron a ser los mismos.</p>
<p>Al conmemorarse 40 años del golpe de Estado, escribió:</p>
<p style="padding-left: 60px;">Ese martes 11 de septiembre de 1973 mi vida se partió en dos. Pude haber sido no sé qué clase de persona. Incluso una muerta en vida, como los muchos que bajo tortura hablaron y jamás se han logrado despojar de la culpa. ¡Cómo asesinaron tanto talento y vitalidad! Yo sobreviví. Soy parte de un río cuyo caudal nunca dejó de crecer… Si miro hoy hacia atrás no puedo sino sentir orgullo de esa identidad.</p>
<p>Dos años después de publicar ese texto, al recordar sus años de formación profesional, me dice: “Yo soy parte de una generación perdida. Perdida y muy privilegiada, las dos cosas, la verdad. Participamos de una época gloriosa, de experiencias hermosas y durísimas que nos marcaron de por vida. Y que nos tienen aquí haciendo lo que hacemos”.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Entonces viene el abismo. Un receso de 11 años, de no terminar de consolarse, de ganarse la vida en cosas que tienen poco y nada que ver con el periodismo. El camino que se inicia a fines de 1973 con un exilio en Francia fue una agonía permanente. Un golpe tras otro. Una noticia mala y otra peor. La historia de un chileno que llega con una tragedia propia o ajena que contar está a la orden del día.</p>
<p>Llegó a vivir a Sarcelles, en las afueras del norte de París, y trabajaba en la imprenta del mismo municipio, a cargo de la limpieza de las máquinas. Era obrera, como su padre, pero lo de ella tenía más el sentido de la urgencia. De las imprentas pasó a la administración del municipio. Pertenecía al Departamento de Compras y Mercado, veía cuentas y licitaciones, y siguió un curso de derecho comercial. Lo suyo ahora eran los números y, aunque entonces no lo sabía, sentó las bases de lo que necesitará saber años después para desentrañar las cuentas y escrituras enrevesadas de la dictadura.</p>
<p>Pese a que sus compañeros de <em>L’Humanité</em> la animaban a publicar, no se sentía en condiciones de escribir en una lengua que no era la suya. El periodismo estaba sepultado para ella.</p>
<p>Lo que sí hacía, y también servirá para lo que viene, era recoger el testimonio de chilenos que llegaban a París y habían vivido o escuchado del horror que ocurría en Chile. Recopilaba testimonios y los enviaba a Radio Moscú, donde estaba su amigo José Miguel Varas. Algunos de esos testimonios hablaban de sus propios amigos o compañeros de partido. Como el del profesor Fernando Ortiz, a quien se le perdió el rastro a plena luz del día en Santiago. Como el del periodista Carlos Berger, su compañero de escritorio en <em>El Siglo</em>, sacado de una cárcel en Calama y hecho desaparecer en el desierto. Como Fernando Barraza, director de la revista <em>Ahora</em>, torturado brutalmente hasta dejarlo sin ganas ni opción de hacer periodismo.</p>
<p>En Chile estaba en marcha una masacre y ella sentía que no podía quedarse de brazos cruzados en Francia, donde no había mucho que hacer por la causa chilena. Quería volver y volvió, con sus dos hijas, recién separada, sin un plan, sin muchos vínculos políticos, aun contraviniendo la opinión del partido. La dictadura se preparaba para perpetuarse mediante un plebiscito de fachada legal. La resistencia era mínima, para qué hablar de libertad de prensa. Dos años antes, la última dirigencia del Partido Comunista había sido exterminada, lo que significó un duro golpe a la lucha clandestina.</p>
<p>Era 1978, quizás el peor momento para volver.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Una de las primeras cosas que hizo fue visitar a Mario Planet. Su maestro, que también había partido al exilio y estaba vuelta, la animó a ejercer el periodismo. Ella decía que no podía, que cómo, se preguntaba, “si tengo los dedos crespos”. Es cierto que en ese tiempo casi no había prensa de oposición, y la poca que había estaba bajo estricto control. Pero Planet  insistía en que no la veía haciendo otra cosa. Ella, en cambio, se veía en cualquier cosa menos en el periodismo.</p>
<p>Por un aviso en el diario consiguió trabajo en Falabella, como subgerente de crédito. Era algo parecido a lo que hacía en el municipio de Sarcelles. Cuentas, balances, facturas. Trabajaba a la par con los gerentes y tenía la confianza de ellos. Pero como militaba de manera clandestina, que era la única forma de militar en esos días, y como la dictadura tenía redes de espionaje en todos lados, la información no tardó en llegar a los gerentes. La despidieron.</p>
<p>Algo similar ocurrirá en el Colegio de Constructores Civiles, donde ofició de gerente por dos años. Y luego en el Instituto Chileno Norteamericano de Cultura, donde fue directora de comunicaciones por otros dos. Donde sea que estuviera, la dictadura, de tentáculos amplios y profundos, se encargaba de alertar de su militancia.</p>
<p>No le quedaban muchas opciones. Estaba sin trabajo y el país vivía una aguda crisis económica, que derivó en revuelta social. El descontento se expresó en radios y revistas de oposición que  rozaban los límites de la censura. Mario Planet ya no estaba en este mundo para decirle que volviera al periodismo. Pero estaba Edwin Harrington, su otro maestro, que había vuelto de un exilio en México y trabajaba en un proyecto de revista llamado <em>Cauce</em>. Le propuso integrarse y ella dudó. No se tenía confianza, pero necesita trabajar y, además, necesita hacer lo que había venido a hacer a Chile: combatir una dictadura. Entonces, apremiada por las circunstancias, se decidió.</p>
<p>Eran los primeros días de 1984, días de noticias flojas, aún para un país en dictadura, y Mónica González volvía al periodismo con un reportaje sobre la mansión de Lo Curro que remecería las entrañas del régimen. Es justamente el texto que abre este volumen.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Fue tal el suceso que <em>Cauce</em> tuvo que imprimir una segunda edición de la revista, algo inédito para la época. Destacado en portada, donde se anunciaban “increíbles antecedentes sobre la faraónica mansión de Lo Curro de costo incalculable”, el reportaje echó por tierra la versión del gobierno, que poco antes había anunciado la suspensión de las obras, producto de la crisis económica. La construcción seguía viento en popa, y no sólo eso: por primera vez se revelaban detalles sabrosísimos de la decoración –lámparas de lágrimas, escaleras de mármol rojo, tinas de hidromasajes, tapices finísimos–, que a la vez perfilaban lo que la autora llamó “el difícil gusto de la señora Pinochet”.</p>
<p>A partir de entonces, Mónica González publicó un reportaje tras otro sobre la ambición de esa familia por incrementar su patrimonio. También escribió sobre violaciones a los derechos humanos, pero al menos en esta primera etapa en <em>Cauce</em>, que sería intensa y breve, las piezas de mayor impacto político trataron de corrupción. Una dimensión poco explorada de la dictadura, cuyos partidarios levantaban como gran reserva moral.</p>
<p>Como se ve en estas páginas, a la mansión de Lo Curro le siguió un reportaje sobre los negocios a costa del Estado de Julio Ponce Lerou, el yerno de Pinochet, otro sobre el patrimonio de la hija del general y un tercero sobre el origen de la casa de descanso que la familia había construido en El Melocotón, en las cercanías de Santiago. Desde ese verano no hubo respiro. Ni para ella ni para el régimen. Por primera vez la justicia admitió una querella contra el mismísimo Augusto Pinochet por fraude al Fisco. Unos días antes, el general había acusado “una campaña difamatoria contra mi persona y mi familia”.</p>
<p>No sólo fueron palabras, por cierto. <em>Cauce</em> consignó seguimientos y amenazas contra sus periodistas. También hubo burdos actos de censura. En los días previos a la aparición del reportaje de la casa de El Melocotón, el gobierno suspendió la circulación de todas las revistas que no le eran favorables. Luego permitió que volvieran a circular, pero no pasó mucho tiempo para que aparecieran con fotos censuradas, en un espacio encuadrado en blanco, por orden del jefe de zona en Estado de Emergencia.</p>
<p>La tolerancia del régimen se colmó con la entrevista a Gustavo Leigh, defenestrado general golpista, quien criticó duramente a Pinochet y lo acusó de tener “una ambición ilimitada”, de “eliminar sistemáticamente” a personas a quienes “considera peligrosas” y de que “sólo se mantiene (en el poder) por la fuerza”. Publicada en junio de 1984, la entrevista provocó tal revuelo que su autora, Mónica González, fue detenida por orden de la jueza Marta Ossa por negarse a entregar los audios.</p>
<p>Al día siguiente, después de pasar la noche en la cárcel de San Miguel, la quinta sala de la Corte de Apelaciones reconocía el derecho de la periodista al secreto profesional y ordenaba su liberación.</p>
<p>En esos tiempos el periodismo era una profesión al límite, de un cigarrillo tras otro, de trasnoches martillando una máquina de escribir y teléfonos que suenan de madrugada para lanzar insultos y amenazas anónimas. En ese contexto la censura era lo de menos. También la cárcel. La vida pendía de un hilo con cada publicación. Cada publicación podía ser la última. Esa sensación de vulnerabilidad y temor se acrecentó a partir de ese día de fines de agosto en que un hombre de bigotes y aspecto desaliñado entró a la revista y preguntó por Mónica González. Decía ser un agente de la dictadura que quería contar todo lo que sabía y había hecho, que era mucho.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Después de cerciorarse de que ese hombre no portaba armas, Mónica González lo condujo a una oficina de la revista. Cerró la puerta por dentro y preguntó:</p>
<p style="padding-left: 60px;">—¿Qué me quiere contar usted?</p>
<p style="padding-left: 60px;">—Sobre mi trabajo actual, nada. Yo quiero hablar sobre detenidos desaparecidos.</p>
<p style="padding-left: 60px;">—¿Recuerda nombres?</p>
<p style="padding-left: 60px;">—Sí. Los hermanos Weibel Navarrete, por ejemplo…</p>
<p style="padding-left: 60px;">—Explíquese. Usted está muy nervioso y la carga emocional que ambos tenemos es grande. No será fácil este trabajo, pero es necesario que explique con detalles. Grabaremos todo y después veremos qué se publica. ¿Está de acuerdo?</p>
<p style="padding-left: 60px;">—Me da lo mismo.</p>
<p style="padding-left: 60px;">—Lo van a matar.</p>
<p style="padding-left: 60px;">—Va a suceder, pero por al menos hablé.</p>
<p>Lo que siguió fue una entrevista de varias horas en la que el agente Papudo, alias de Andrés Valenzuela Morales, contó todo lo que sabía de un organismo de inteligencia militar hasta entonces desconocido. Formado por funcionarios de la Fuerza Aérea, la Armada y Carabineros, el Comando Conjunto era una organización clandestina que rivalizaba con la Dina en la persecución de opositores, no obstante que usaba las mismas técnicas: detenciones ilegales, tortura, muerte y desaparición de personas.</p>
<p>Frente al relato de ese hombre que “olía a muerte”, la periodista no terminaba de convencerse. Temía ser objeto de una operación de los servicios de inteligencia, que la tenían en la mira y la habían amenazado por sus publicaciones. Pero a la vez el relato de Papudo era tan exacto, poblado de detalles y nombres que ella conocía, que la llevaban a confiar en que la historia del agente arrepentido era cierta, por muy inverosímil que pareciera el modo en que había surgido. Un hombre que dice ser agente se presenta un día en las oficinas de <em>Cauce</em> —calle Huérfanos, entre Morandé y Banderas— y pregunta por una tal Mónica González. En su mano trae el último ejemplar de la revista, cuyo tema de portada —el caso del robo de un banco por parte de agentes de la CNI en Calama— había sido escrito por ella. Para no creérselo. Para sospechar, sobre todo. Nunca antes un agente arrepentido había confesado los crímenes.</p>
<p>Papudo entregó nombres de agentes y víctimas, de lugares y circunstancias en las que ocurrieron las detenciones y posteriores crímenes. Algunas de las víctimas habían  sido amigos o conocidos de la periodista, que tuvo que hacer un gran esfuerzo para sobreponerse a las emociones —incluso náuseas— que le provocaba el relato.</p>
<p style="padding-left: 60px;">—¿Estaba usted realmente consciente del trabajo que hacía?</p>
<p style="padding-left: 60px;">—Sí.</p>
<p style="padding-left: 60px;">—¿Cómo pudo hacerlo?</p>
<p style="padding-left: 60px;">—Es una máquina que lo va envolviendo a uno hasta el punto de la desesperación, como me ha ocurrido a mí ahora. Sé que en este momento me estoy jugando la vida. Yo sé que quizás mi familia no me va a acompañar. Ni siquiera están de acuerdo con lo que he hecho, pero tenía que contarlo. Me sentía mal, estaba asqueado. Como le decía, quiero volver a ser civil.</p>
<p>El testimonio de Papudo era un misil de alto impacto para la dictadura, que se había empeñado en negar sistemáticamente las denuncias de violaciones a los derechos humanos. Pero no era cosa de llegar y publicar ese testimonio. Además de verificarlo, había que alertar a los familiares de las víctimas, hacer las denuncias a la justicia y resguardar la vida de Papudo, que había decidido desertar de la Fuerza Aérea, de la que era suboficial.</p>
<p>Lo que siguió fue una carrera contra el tiempo. Mientras la Vicaría de la Solidaridad iniciaba una operación para sacar del país a Papudo, la periodista trabajó en la verificación de los datos con el sociólogo José Manuel Parada, jefe de Documentación y Archivo de la misma Vicaría. También ayudó el profesor Manuel Guerrero, que ocho años antes había sido torturado por agentes del Comando Conjunto. En ese proceso surgió la constatación de que muchos de los militantes de izquierda que habían sido detenidos delataban a sus compañeros, incapaces de resistir las torturas prolongadas. Y no sólo eso: dos de ellos —Miguel Estay Reyno y René Bazoa, de militancia comunista al momento de su detención— habían terminado como agentes de la dictadura.</p>
<p>Aunque esto último era un hecho conocido por la dirigencia del Partido Comunista, nunca se había hecho público. Y menos aún, que lo hiciese un ex agente. Los máximos dirigentes del partido pidieron excluir ese capítulo del testimonio, pero la periodista —que seguía militando— se negó. Fue un quiebre definitivo. Abandonó el partido y tomó distancia de la dirigencia, encabezada por Gladys Marín.</p>
<p>Los tres meses que antecedieron a la publicación de la entrevista fueron de máxima tensión. La confesión de Papudo demoró unos pocos días en llegar a conocimiento del gobierno y de quienes hacían el trabajo sucio. La periodista recibió múltiples amenazas y su casa fue allanada. Sus dos hijas ya habían regresado a Francia. Por seguridad, Mónica González deambulaba por casas de amigos. Además había un problema adicional: para evitar que el testimonio de Papudo se diera a conocer, a comienzos de noviembre el gobierno decretó Estado de Sitio y ordenó la clausura de los medios de oposición, entre ellos <em>Cauce</em>, que despidió a todos sus periodistas.</p>
<p>Por eso la entrevista apareció en un medio extranjero. La idea original era publicarla en <em>The Washington Post</em>, pero unos días antes, ante un equívoco, llegó a manos de un periodista chileno residente en Caracas que gestionó su publicación en un diario de ese país, sin la autorización de la autora. La entrevista a Papudo apareció en <em>El Diario</em> a comienzos de diciembre de 1984, como una saga de tres entregas. La publicación comenzaba con una advertencia:</p>
<p style="padding-left: 60px;"><em>Hay fundado temor por la vida de Mónica González. Es de esperar que esa entrevista convenza a la CNI de que ya no vale la pena asesinarla.</em></p>
<p>En la CNI pensaban distinto. De hecho, la venganza no tardaría en llegar de un modo inesperado: en marzo, tres profesionales comunistas eran degollados por un comando de Carabineros. Entre las víctimas estaban Manuel Guerrero y José Manuel Parada, quienes habían colaborado en la corroboración del testimonio de Papudo. En el comando asesino participó Miguel Estay Reyno, el Fanta, mencionado por Papudo como uno de los militantes comunistas que había pasado a colaborar activamente con la persecución y muerte de opositores de izquierda.</p>
<p>Devastada por el degollamiento de los tres militantes comunistas, a dos de los cuales  conocía de cerca, sin trabajo, con la muerte pisándole los talones, Mónica González partió a Francia en abril de 1985. Estaba a salvo, pero no bien llegó a París, donde se reencontró con sus hijas, comenzó a planear el regreso.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>A José Carrasco lo conocía desde sus tiempos de profesora de periodismo. Ella hacía clases en la Universidad de Chile y solía dejar a su hija Andrea con la secretaria de Mario Planet, que era pareja de Carrasco. En la práctica, algunas veces era Carrasco quien cuidaba a la niña mientras su mamá daba clases. Desde entonces surgió una amistad que quedó interrumpida por el exilio. Se reencontraron hacia 1984: él volvía a Chile cuando ella volvía al periodismo. A mediados del año siguiente, apenas regresó de París, él la recomendó para que trabajara en <em>Análisis</em>, la revista donde era editor internacional. Aceptó con la condición de que pudiera trabajar con Edwin Harrington, que también había sido despedido de <em>Cauce </em>tras su clausura.</p>
<p>En <em>Análisis</em>, que dirigía Juan Pablo Cárdenas, se convirtió en entrevistadora política. Y no pasó mucho tiempo antes de que volviera a golpear al corazón de la dictadura.</p>
<p>En diciembre de 1985, Mónica Madariaga, ex ministra de Justicia y de Educación, prima de Pinochet, la  buscó para hacer un mea culpa de su papel como “autora intelectual de gran parte del aparato jurídico que sostiene al régimen”. De paso, la ex ministra criticó al general Pinochet y la “obsecuencia indescriptible” de quienes lo rodeaban, incluido los gremialistas, responsables del debilitamiento absoluto del Estado mediante la degradación de las organizaciones sociales y las entidades en que se desarrollaba la vida en común. La revista agotó su edición y, al mes siguiente, “ante los insistentes pedidos del público” —según se lee en la edición del 14 de enero de 1986—,  volvió a publicar el texto.</p>
<p>Los límites de la censura otra vez estaban a prueba. De la censura y la muerte, que rondaba cada semana. Era cosa de tiempo.</p>
<p>Primero vino la clausura de <em>Análisis</em> por tres semanas, además del encarcelamiento de su director, tras una jornada de paralización nacional en julio de 1986. Y en septiembre de ese mismo año, unas horas después de que el Frente Patriótico Manuel Rodríguez atentara contra el general Pinochet y su comitiva, dejando a cinco de sus escoltas muertos y nueve heridos graves, un comando de la dictadura escogió al azar a cinco opositores de izquierda para tomarse venganza. Uno por cada escolta muerto. Entre esos cinco opositores que fueron sacados de sus casas y fusilados de madrugada estaba el periodista José Carrasco.</p>
<p>El mismo fin de semana del atentado, ocurrido un domingo 7 de septiembre, el editor internacional de <em>Análisis</em> había estado trabajando en una nueva edición de la revista, que no pudo salir a la luz. El gobierno decretó Estado de Sitio y prohibió la circulación de la mayoría de los medios de oposición. El asesinato de José Carrasco Tapia fue un golpe durísimo que se vivió en el silencio impuesto por la clausura de los medios.</p>
<p>La prohibición se extendió por seis meses. En ese tiempo, Mónica González viajó a Buenos Aires para rastrear archivos que comprometían a la DINA con el asesinato de Carlos Prats y la Operación Cóndor, que derivó en la muerte y desaparición de miles de opositores en el Cono Sur. De ese trabajo surgió un libro, <em>Bomba en una calle de Palermo</em>, que publicó con Edwin Harrington en 1987.</p>
<p>El libro, el primero de su carrera, traería repercusiones ese mismo año. En septiembre, tras una entrevista al dirigente de la Democracia Cristiana Andrés Zaldívar, la periodista fue requerida por el gobierno, que le aplicó la Ley de Seguridad Interior del Estado. La entrevista era larga y trataba diversos temas de actualidad política, pero el problema estuvo en la última pregunta, referida al general Pinochet, a quien Zaldívar calificó de “burdo, de bajo nivel intelectual y brutalmente audaz”.</p>
<p>En la siguiente edición de <em>Análisis</em> se lee que, horas antes de ser detenida, Mónica González dijo que “no se encarcela sólo a la periodista que escribió la entrevista a Andrés Zaldívar, sino a la que denunció la existencia de la casa del general en El Melocotón, a la misma que escribió el complot para asesinar al general Carlos Prats en el libro <em>Bomba en una calle de Palermo</em>”.</p>
<p>Esta vez permaneció 17 días en la cárcel de San Miguel. Quizás pudo haber salido antes, pero se negó expresamente a que su abogado pidiera la libertad condicional. Según reprodujo <em>Análisis</em>, “quiero hacer conciencia en la opinión pública y en mis propios colegas de que en Chile no se puede ejercer libremente nuestra profesión”.</p>
<p>El penúltimo día antes de quedar en libertad estuvo de cumpleaños. Celebró sus 38 junto a presas políticas y presas comunes.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Uno de los últimos reportajes que Mónica González publicó en <em>Análisis</em> trató de los bienes de la familia Pinochet. Fue publicado en octubre y noviembre de 1989, en dos números consecutivos, cinco meses antes de que la dictadura emprendiera la retirada y entregara el gobierno con una serie de condiciones. En rigor, más que un reportaje, era un especial por entregas que operaba como una despedida al hombre que afirmó que “no hay nadie que haya amasado una fortuna personal o familiar en este régimen”.</p>
<p>El reportaje comienza precisamente así, con una cita al general recogida de la prensa oficialista. Y termina con un retrato lapidario al mismo hombre, que “se prepara para atrincherarse al interior de los cuarteles”, “orgulloso, pero no tranquilo”, “en la soledad que han dejado 16 años de poder absoluto, alejado irremediablemente de sus más antiguos amigos”.</p>
<p>La dictadura se despedía y también la periodista, que clausuraba la década golpeando donde más dolía a la dictadura. Para Pinochet no había cosa más irritante que las acusaciones de corrupción. Más que las denuncias por violación a los derechos humanos. Por eso ocurrió lo que ocurrió. Ya había recibido amenazas telefónicas y le habían arrojado animales muertos al antejardín de su casa, si es que no habían matado a sus propias mascotas. Pero esto fue más serio que todo lo otro. Unas semanas después de que apareciera la última parte del reportaje, el auto de la periodista explotó frente a su casa. Había estacionado y bajado hacía cosa de minutos.</p>
<p>Para ella no hubo dudas. La bomba que casi le costó la vida era una repuesta al reportaje de los bienes de la familia Pinochet. La dictadura, que estaba en retirada, tenía sus formas de despedirse.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>La despedida fue larga, demasiado larga. La transición política chilena estuvo marcada por pactos secretos y amenazas de una dictadura que seguía latiendo en el Congreso, en el Poder Judicial y, desde luego, en las Fuerzas Armadas. Pinochet se había retirado del gobierno pero continuaba al frente del Ejército, desde donde administraba amplias cuotas de poder. En ese escenario, a partir del 11 de marzo de 1990, Mónica González llegó a trabajar al diario <em>La Nación</em>.</p>
<p>Desde esas páginas, a cargo de la unidad de investigación y las entrevistas del domingo, le tomó el pulso a la vida política de esos días. Varios de los textos de ese período están determinados por la coyuntura del momento, que a menudo pone a prueba la frágil democracia. Pero hay otros, recopilados en este libro, que miran los hechos en perspectiva y vienen a recapitular lo ocurrido en el pasado reciente.</p>
<p>En esta línea se inscribe el testimonio de Sola Sierra, histórica dirigente de la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, que relata la angustia y tenacidad de quien perdió a su esposo y dedicó una vida a su búsqueda, aún cuando con el correr del tiempo estuvo consciente de que era una labor estéril. En la contraparte está el relato de la Flaca Alejandra, alias de Marcia Merino, ex militante del MIR que tras ser detenida y torturada se convirtió en colaboradora de la DINA. Como escribe la autora, se trata de un testimonio que va a contracorriente de “un país que se resiste a entender lo que fue verdaderamente el infierno que creó la DINA en sus campos de detenidos”.</p>
<p>En este período desfilan varios de los personajes más renombrados de la vida pública. Sean de izquierda o de derecha, son explorados siempre en una dimensión que trenza lo político y lo humano. Así, mientras Isabel Allende Bussi se lamenta de no haber sido consciente de la depresión que motivó el suicidio de su hermana Tati, el ex director de <em>El Mercurio</em>, Arturo Fontaine, llega a decir que cuando se ocupa un puesto como ése,  “uno se ve rodeado de muchos halagos y pierde un poco el sentido de la autocrítica y la modestia”.</p>
<p>Mónica González no fue una figura cómoda para quienes sustentaron la dictadura. De eso no hay duda. Pero tampoco lo fue para quienes administraban el gobierno en un contexto de democracia tutelada. De ahí que a principios de 1994, cuando Eduardo Frei Ruiz Tagle asumió la presidencia, renunciara a <em>La Nación</em>. Las nuevas autoridades políticas le ofrecieron la dirección del diario de gobierno, pero bajo condiciones que no estuvo dispuesta a asumir.</p>
<p>Ese acto de independencia marcó el cierre de una etapa. La misma que documenta este libro, que reúne piezas publicadas entre 1984 y 1993. El conjunto incluye voces emblemáticas del período, pero también otras más anónimas, las que no pasaron a la historia. Una muestra de la condición humana, con sus infinitos grados de altruismo y mezquindad, de valor y cobardía. Al sumergirnos en las cloacas del pasado, se devela cómo el sistema político-económico instaurado por la dictadura militar impactó en el cuerpo de miles de compatriotas. Por momentos, la lectura de estas páginas provoca un sudor frío en nuestras espaldas. Es la señal del miedo y el dolor. También, la señal de que estamos vivos.</p>
<hr />
<p><img decoding="async" class="aligncenter size-full wp-image-26210" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/11/Portada-de-Apuntes-de-una-época-feroz.jpg" alt="Portada de Apuntes de una época feroz" width="800" height="1315" srcset="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/11/Portada-de-Apuntes-de-una-época-feroz.jpg 800w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/11/Portada-de-Apuntes-de-una-época-feroz-365x600.jpg 365w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/11/Portada-de-Apuntes-de-una-época-feroz-462x760.jpg 462w" sizes="(max-width: 800px) 100vw, 800px" /></p>
<p style="text-align: center;"><strong><em>Apuntes de una época feroz</em></strong><br />
Mónica González<br />
Editorial Hueders<br />
2015</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Sergio Campos: “Los dueños de los medios siempre van a actuar con un sesgo que va más allá de lo profesional”</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Natalia Zamorano]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 16 Aug 2016 14:57:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[concentración de medios]]></category>
		<category><![CDATA[Cooperativa]]></category>
		<category><![CDATA[dictadura]]></category>
		<category><![CDATA[libertad de expresión]]></category>
		<category><![CDATA[libros]]></category>
		<category><![CDATA[Premio Nacional de Periodismo]]></category>
		<category><![CDATA[radio]]></category>
		<category><![CDATA[Sergio Campos]]></category>
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					<description><![CDATA[“El diario de Cooperativa está llamando” o “usted tiene derecho a saber la verdad, y la verdad está en los hechos” son dos de las frases que inmediatamente identifican a una de las voces emblemáticas del periodismo radial. Sergio Campos, quien al ritmo de los tambores de Cooperativa pasó a ser parte del inconsciente colectivo, ha decidido compartir sus memorias en el libro “La voz de la radio está llamando” (Aguilar, 2016) donde relata episodios, reflexiones y experiencia personales que se mezclan con el desarrollo informativo de los durísimos años de la dictadura, su vida como docente y un análisis político de la actualidad.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>“El diario de Cooperativa está llamando” o “usted tiene derecho a saber la verdad, y la verdad está en los hechos” son dos de las frases que inmediatamente identifican a una de las voces emblemáticas del periodismo radial. Sergio Campos, quien al ritmo de los tambores de Cooperativa pasó a ser parte del inconsciente colectivo, ha decidido compartir sus memorias en el libro “La voz de la radio está llamando” (Aguilar, 2016) donde relata episodios, reflexiones y experiencia personales que se mezclan con el desarrollo informativo de los durísimos años de la dictadura, su vida como docente y un análisis político de la actualidad. » En Ciper puedes leer el <a href="http://ciperchile.cl/2016/06/10/la-voz-de-la-radio-esta-llamando/" target="_blank">primer capítulo del libro</a>.</h3>
<div id="attachment_27137" style="width: 1090px" class="wp-caption alignnone"><img decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-27137" class="wp-image-27137 size-full" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/08/Sergio-Campos-Foto-radio-Cooperativa.jpg" alt="Sergio Campos - Foto radio Cooperativa" width="1080" height="721" srcset="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/08/Sergio-Campos-Foto-radio-Cooperativa.jpg 1080w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/08/Sergio-Campos-Foto-radio-Cooperativa-800x534.jpg 800w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/08/Sergio-Campos-Foto-radio-Cooperativa-1024x684.jpg 1024w" sizes="(max-width: 1080px) 100vw, 1080px" /><p id="caption-attachment-27137" class="wp-caption-text">Sergio Campos. Foto: Radio Cooperativa.</p></div>
<p>Entre los capítulos más íntimos y pocos conocidos de la vida del locutor se encuentra el relato del tenso interrogatorio en uno de los centros de reclusión y tortura, donde pretendían confesara la activa participación del senador socialista Erich Schnake, el general Bachelet y otros dirigentes políticos de la radio acusados de conspirar contra la fuerzas armadas luego de trasmitir el último discurso de Salvador Allende; memorias dedicadas a amigos y conocidos a quienes ayudó a escapar del país, crimines que tocaron su más cercano círculo social y que debió trasmitir estoicamente tras el micrófono. Una época oscura para la democracia de nuestro país, donde  la radio no solo era una de los pocos canales fidedignos de información, sino también un lugar donde se utilizaban estrategias comunicacionales para salvaguardar la vida de quienes eran detenidos y desparecidos.</p>
<p>Campos nos recibe en las oficinas de Cooperativa en el barrio Yungay. Rodeado de libros y documentos, el periodista matutino dice que el trabajo en TV Senado es más tranquilo que el ajetreado ritmo radial, otro de los trabajos que compatibiliza con su otra gran pasión, la docencia. Como profesor y periodista, Sergio  detalla los alcances de su libro, analizando las falencias de los consorcios comunicacionales, la censura y la lucha por informar como un valor inherente en el periodismo.</p>
<p><strong>—Más que enfocarse en el terror de los acontecimientos durante la dictadura, sus memorias parecieran centrarse en la incertidumbre, en el miedo de no poder informar lo que estaba sucediendo.</strong><br />
Bueno, siempre estuvimos en una situación de incertidumbre porque uno distinguía los tres tipos de censura: la censura previa, la censura represiva y la autocensura. La censura represiva estaba marcada por la arbitrariedad del sensor que decía «no, esta foto no», «este texto no», pero si cambiabas el sensor representante de la misma autoridad, él elegía otra foto y otro texto. Era algo absolutamente arbitrario, no existía una norma, solo la aplicación de la autoridad mediante la fuerza para censurar, eso producía mucha incertidumbre. Por otra parte, estaba la censura previa que impedía publicar determinados contenidos, ya sea en fotografías, en videos, en sonidos o en texto… la tercera era la autocensura, es decir, yo no publicaba “esto” porque me puede pasar algo. O no publico “esto” porque puede afectar al medio de comunicación, porque podían suprimir los avisos, porque podían clausurarnos. Una censura muy subjetiva pero muy potente porque no se sabía en qué momento podía actuar. Todo estaba marcado por la incertidumbre y esa incertidumbre tenía distintos matices, en un momento determinado podían clausurarte para siempre, la suspensión del canal de información era lo más grave, pero también estaba en peligro la vida de las personas, desde la prisión hasta la tortura, como el asesinato de periodistas que ocurrió en muchos casos.</p>
<p><strong>—En ese sentido, a usted lo detuvieron, lo interrogaron e incluso lo amenazaron de muerte. ¿Se podían dimensionar los riesgos que implicaba reportear en ese momento? ¿Acaso tuvo un plan b?</strong><br />
No, el trabajo en radio, y lo mismo en televisión, es un trabajo que se mueve bajo el concepto de la inmediatez y la instantaneidad. Entonces, uno estaba preocupado de hacer la representación de la realidad —que es la tarea del periodismo— más que andar midiendo riesgos o circunstancias que pudieran ocasionar algún traspié en ese sentido. Era un trabajo muy acucioso, responsable, riguroso, pero al mismo tiempo con el riesgo en una especie de convivencia de vida permanente…</p>
<p><strong>—Eso nunca le impidió realizar su trabajo.</strong><br />
Por supuesto que no.</p>
<p><strong>—Hubo detenciones y crímenes de conocidos y amigos, como Manuel Guerrero, uno de los profesores y dirigentes asesinados en dictadura. ¿Cómo consiguió transmitir en vivo la información sin involucrarse emocionalmente con la noticia?</strong><br />
Uno está emocionalmente involucrado, pero  tiene dos alternativas: seguir adelante con la tarea porque significa cumplir con una responsabilidad con la audiencia y la otra, encerrarse en sí mismo y padecer el dolor que significan esos hechos. Yo creo que ahí también hay un elemento que tiene que ver con resiliencia, esa capacidad que uno tiene de poder asimilar ese dolor y al mismo tiempo saber que es mucho más importante poder comunicar a la opinión pública cuáles son los elementos y los hechos que rodean un acontecimiento que tiene connotaciones tan trágicas.</p>
<p><strong>—Sin embargo, muchos periodistas abandonaron esa responsabilidad y desinformaron o entregaron información falsa. ¿Es necesario que los medios de comunicación realicen un mea culpa?</strong><br />
Bueno, especialmente el Mercurio nunca ha dado un mea culpa, ellos justificaron todas las atrocidades de la dictadura, y el silencio que hasta hoy día mantienen significa que ellos consideran que estuvo bien lo que se hizo. Estoy hablando de la línea editorial del diario en una circunstancia que abarca un periodo grande de la historia, 17 años. Naciones Unidas condenó a la dictadura durante todo ese tiempo por violaciones reiteradas a los derechos humanos y eso te revela el contraste entre este silencio cómplice con una realidad concreta que un organismo es capaz de revelar y dejar plasmado para la historia. En el documental “El diario de Agustín” uno puede ver cuál es el trasfondo de esa responsabilidad, de desinformar y al mismo tiempo de mentir con una realidad que se tenía a mano.</p>
<p><strong>—Considerando casos como la querella de la presidenta Bachelet contra la revista Qué Pasa o la Ley Mordaza, ¿cree que en Chile existe actualmente la censura? </strong><br />
Son elementos que forman parte del sistema democrático donde muchas veces hay autocensura, se inhiben de informar o se informa con sesgo. Por ejemplo, en el caso de la revista Qué Pasa hubo un sesgo informativo. Si bien una de las personas, implicadas en el caso Caval, hace una serie de declaraciones sabiendo que la están grabando, la revista solamente captura parte de esa información, es decir, no la pone en contexto, entonces ahí no está claro si hay una manipulación o una autocensura de la información porque se implican en los asertos a la Presidenta de la República. Considero que eso constituye una falta de rigor periodístico, pero al mismo tiempo considero que la querella contra la revista Qué Pasa no tiene ningún sentido en un sistema democrático. Era mucho más plausible que se criticara lo que estoy señalando que plantear una querella. En el fondo lo que se hace es trasladar la responsabilidad final a los tribunales de justicia y eso crea un ambiente enrarecido con respecto a cuál es el nivel de la libertad de expresión y el derecho de la información que existe en Chile. Existe una autocensura que funciona en los medios.</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-27140" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/08/sergiocampos_frase1.png" alt="sergiocampos_frase1" width="1080" height="810" srcset="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/08/sergiocampos_frase1.png 1080w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/08/sergiocampos_frase1-800x600.png 800w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/08/sergiocampos_frase1-1013x760.png 1013w" sizes="auto, (max-width: 1080px) 100vw, 1080px" /></p>
<p><strong>—En su libro usted escribe: “Hay ciertos sectores interesados en tener medios de comunicación para controlar contenidos e instalar determinadas agendas, lo que va más allá del periodismo en sí, puesto que la idea es copar una cuota de poder en los medios de comunicación”. ¿Es la concentración de medios la nueva amenaza para el ejercicio del periodismo? </strong><br />
Constituye una amenaza evidente. Por un parte grandes grupos empresariales que adquieren medios de comunicación, no lo hacen por negocios, sino con el propósito de influir en la opinión pública con su opinión editorial, una mirada que no tiene que ver con el sentido de servicio que deben cumplir los medios de comunicación, el servicio de informar e informar verazmente y con rigor acerca de todos los temas y todas las instancias. Eso se ve vulnerado con la concentración de medios que forma parte de los grupos empresariales que no buscan tener retribuciones económicas sino que pretenden influir en la opinión pública sin explicitarlo. Muchas veces uno ve que hay crónicas o reportajes que se publican en ciertos medios de comunicación y que incluyen la opinión editorial en esos contenidos, lo que es un violación flagrante de la ética periodística porque la opinión de los comunicadores debe estar en los artículos de opinión o en las notas editoriales y no de contrabando en las informaciones que se entregan a las audiencias.</p>
<p><strong>—En ese caso, ¿cree que hace falta una legislación que regule la concentración de medios?</strong><br />
Debería existir una legislación. El Colegio de Periodistas lo está propiciando, pero al mismo tiempo —con respecto a la fórmula que emplean los medios— debería existir una autorregulación y esa regulación debería contar con la participación activa de los periodistas. Hoy día están separados del ente empresarial todos los ejecutivos de los medios de comunicación, del conjunto de los periodistas. Eso no tiene mucho sentido porque los que hacen el contenido de los medios son los periodistas. Entonces, si los periodistas no participan en un proceso de autorregulación no tiene sentido que lo hagan los dueños de los medios. Los dueños de los medios siempre van a estar actuando con un sesgo que va más allá de lo profesional.</p>
<p><strong>—A eso se refiere cuando afirma que “si no hay reflexión en los periodistas, hay desinformación en las audiencias”. Pero, ¿cómo podemos compatibilizar tal rigurosidad con la inmediatez que exigen los editores y la sobreinformación de las redes sociales?</strong><br />
Uno no se puede escudar en la inmediatez o la instantaneidad porque tienes que prepararte lo suficiente como para enfrentar el compromiso de aportar en el desarrollo del relato, datos que sean precisos, que tengan el rigor periodístico y que provengan de fuentes que son altamente confiables y verificables. Cuando haces una nota y la transmites a los pocos instantes tienes que tener el mismo rigor que un periodista con cierta experiencia, teniendo fuentes en las que puedes confiar, aquellas que te dan la certeza de que lo que estás entregando es real.</p>
<p><strong>—En ese sentido, usted cree que las redes sociales más que ser un aporte representan una desventaja, ¿no?</strong><br />
Una perversión que existe hoy día es pensar que las redes sociales son las fuentes que te entregan la verdad. Las redes sociales son un referente, forman parte de la realidad y te pueden incentivar a investigar un hecho determinado, eso nadie lo puede negar, pero las redes sociales no son la primera y única fuente de información. Eso es un error muy grave. Creo que cuando los periodistas dan a conocer una información proveniente de las redes sociales como única fuente, se está vulnerando la confianza de la audiencia y eso es grave.</p>
<p><strong>—En sus memorias también trata temas de actualidad, analiza la lucha educacional, el desencanto con la política y la desigualdad. ¿Cree que el proceso democrático nos quedó debiendo?</strong><br />
La democracia en Chile es un proceso como el que Carlos Huneeus describe en su libro «La democracia semisoberana». No existe una democracia que haya alcanzo la madurez y la soberanía que se requiere en un país que tenga democracia plena. Por ejemplo, recién hoy día estamos legislando sobre la transparencia, sobre las situaciones irregulares que se han presentado de este matrimonio perverso entre la política y el dinero, recién estamos discutiendo estas maniobras que se han hecho para abultar las pensiones de gendarmería. Algo que en el fondo significa propiciar una sociedad donde el norte no es la equidad sino la desigualdad. Esas situaciones nos revelan que falta mucho camino todavía por recorrer, tanto en transparencia como en la equidad, un fenómeno que debería preocuparnos a todos nosotros en todos los ámbitos de la vida, en especial al periodismo.</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-27141" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/08/sergiocampos_portada.png" alt="sergiocampos_portada" width="729" height="1080" srcset="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/08/sergiocampos_portada.png 729w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/08/sergiocampos_portada-405x600.png 405w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/08/sergiocampos_portada-513x760.png 513w" sizes="auto, (max-width: 729px) 100vw, 729px" /></p>
<p style="text-align: center;"><em><strong>La voz de la radio está llamando</strong></em><br />
Sergio Campos<br />
Aguilar<br />
2016</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Alipio Vera recibe el Premio Nacional de Periodismo 2013</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/alipio-vera-recibe-el-premio-nacional-de-periodismo-2013/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Puroperiodismo]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 06 Sep 2013 14:41:48 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Alipio Vera]]></category>
		<category><![CDATA[Mónica González]]></category>
		<category><![CDATA[Premio Nacional de Periodismo]]></category>
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					<description><![CDATA[El reportero de Canal 13 se impuso frente a candidaturas como la de Mónica González, directora de <em>Ciper</em>, y de Héctor Soto, de <em>La Tercera</em>, dos nombres que sonaron antes del anuncio del galardón.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>El reportero de Canal 13 se impuso frente a candidaturas como la de Mónica González, directora de <em>Ciper</em>, y de Héctor Soto, de <em>La Tercera</em>, dos nombres que sonaron antes del anuncio del galardón.</h3>
<div class="storify"><iframe src="//storify.com/puroperiodismo/alipio-vera-recibe-el-premio-nacional-de-periodism/embed?header=false&#038;border=false" width="100%" height=750 frameborder=no allowtransparency=true></iframe><script src="//storify.com/puroperiodismo/alipio-vera-recibe-el-premio-nacional-de-periodism.js?header=false&#038;border=false"></script><noscript>[<a href="//storify.com/puroperiodismo/alipio-vera-recibe-el-premio-nacional-de-periodism" target="_blank">View the story «Alipio Vera recibe el Premio Nacional de Periodismo 2013» on Storify</a>]</noscript></div>
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		<title>Sergio Campos es galardonado con el Premio Nacional de Periodismo 2011</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/sergio-campos-es-galardonado-con-el-premio-nacional-de-periodismo-2011/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Patricio Contreras]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 01 Sep 2011 19:39:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Cooperativa]]></category>
		<category><![CDATA[Premio Nacional de Periodismo]]></category>
		<category><![CDATA[Sergio Campos]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.puroperiodismo.cl/?p=15890</guid>

					<description><![CDATA[El jurado destacó "su brillante, permanente y dilatada trayectoria en el periodismo radial".]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>El jurado presidido por el Ministro de Educación destacó «su brillante, permanente y dilatada trayectoria en el periodismo radial, junto a su lúcida y resuelta defensa de la libertad de expresión».</h3>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignright size-full wp-image-15891" title="Sergio Campos" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2011/09/Sergio-Campos.jpg" alt="" width="250" height="200" />El periodista y profesor normalista Sergio Campos Ulloa ha sido <a href="http://www.mineduc.cl/index2.php?id_contenido=15877&amp;id_portal=1&amp;id_seccion=10" target="_blank">galardonado con el Premio Nacional de Periodismo 2011</a>. El jurado, presidido por el Ministro de Educación, Felipe Bulnes, decidió otorgarle el reconocimiento por unanimidad, tomando en consideración «su brillante, permanente y dilatada trayectoria en el periodismo radial, junto a su lúcida y resuelta defensa de la libertad de expresión», además de «la confianza y la credibilidad que ha logrado concitar en la ciudadanía».</p>
<p>Hace más de tres décadas que Sergio Campos conduce «El Diario de Cooperativa», en la radio homónima, se ha desempeñado como académico en distintas universidades —actualmente lo hace en el Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile— y su trayectoria ha sido reconocida en innumerables ocasiones.</p>
<p>Campos recibirá 16 millones de pesos y una pensión vitalicia que supera los 700 mil pesos mensuales.</p>
<h4>«Es un reconocimiento no sólo personal, sino también a Cooperativa»</h4>
<p>Poco después de recibir el Premio, Campos conversó con sus compañeros de radio <em>Cooperativa </em>y destacó el trabajo grupal que la emisora ha realizado en el país. A continuación pueden escuchar el diálogo:</p>
<p><object id="idFlashAudio20110901141636" classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="400" height="50" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=7,0,0,0" name="idFlashAudio20110901141636"><param name="movie" value="http://www.cooperativa.cl/prontus_nots/flash/_PlayerAudio.swf" /><param name="play" value="true" /><param name="loop" value="true" /><param name="quality" value="high" /><param name="wmode" value="transparent" /><param name="flashvars" value="xml=http://www.cooperativa.cl/prontus_media/site/artic/20110901/xmlpub/20110901141636.xml&amp;start=stop&amp;vol=90&amp;noutils=true" /><param name="base" value="http://www.cooperativa.cl" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="400" height="50" src="http://www.cooperativa.cl/prontus_nots/flash/_PlayerAudio.swf" wmode="transparent" flashvars="xml=http://www.cooperativa.cl/prontus_media/site/artic/20110901/xmlpub/20110901141636.xml&amp;start=stop&amp;vol=90&amp;noutils=true" quality="high" loop="true" play="true" pluginspage="http://www.macromedia.com/shockwave/download/index.cgi?P1_Prod_Version=ShockwaveFlash"></embed></object></p>
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