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	<title>muerte &#8211; Puroperiodismo</title>
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	<description>La revista digital de Periodismo UAH.</description>
	<lastBuildDate>Tue, 20 Apr 2021 15:11:55 +0000</lastBuildDate>
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		<title>El último viaje de Marta</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/el-ultimo-viaje-de-marta/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Isidora Varela L.]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 20 Apr 2021 11:00:51 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Reportajes]]></category>
		<category><![CDATA[buen morir]]></category>
		<category><![CDATA[congreso]]></category>
		<category><![CDATA[eutanasia]]></category>
		<category><![CDATA[muerte]]></category>
		<category><![CDATA[proyecto de ley]]></category>
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					<description><![CDATA[Marta tiene artritis idiopática juvenil diagnosticada desde los 8 años y otras enfermedades más. Ha tenido que vivir lidiando con dolores que, tal como ella los define, “son horribles, del infierno”. Hoy, no ve más salida que su muerte. Aunque el Congreso discute un proyecto de ley sobre eutanasia y muerte digna que hoy se votará en la Cámara de Diputados, dice que le queda poco tiempo, que los cuidados paliativos no son opción para ella y que no aguanta más. Por eso, decidió preparar un último viaje sin retorno: sólo le falta un papel para poder irse a Suiza y someterse a un procedimiento de muerte asistida. “Es triste darte cuenta de que tienes que irte al otro lado del mundo a ponerle fin a los días de tormento con tu enfermedad porque en tu propio país no está permitido”, dice. Ésta es su historia.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3 style="text-align: center;"><em>Marta tiene artritis idiopática juvenil diagnosticada desde los 8 años y otras enfermedades más. Ha tenido que vivir lidiando con dolores que, tal como ella los define, “son horribles, del infierno”. Hoy, no ve más salida que su muerte. Aunque el Congreso discute un proyecto de ley sobre eutanasia y muerte digna que hoy se votará en la Cámara de Diputados, dice que le queda poco tiempo, que los cuidados paliativos no son opción para ella y que no aguanta más. Por eso, decidió preparar un último viaje sin retorno: sólo le falta un papel para poder irse a Suiza y someterse a un procedimiento de muerte asistida. “Es triste darte cuenta de que tienes que irte al otro lado del mundo a ponerle fin a los días de tormento con tu enfermedad porque en tu propio país no está permitido”, dice. Ésta es su historia.</em></h3>
<hr />
<p>Marta era muy pequeña cuando comenzó a sentir fuertes dolores en su cuerpo. En las piernas, las manos, en los pies. A los 8 años fue diagnosticada con artritis idiopática juvenil, una enfermedad autoinmune con la que su sistema inmunológico deja de funcionar correctamente y produce inflamación y rigidez en las articulaciones.</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Por entonces, no había especialistas en Chile que trabajaran la enfermedad con menores de edad, por lo que tuvo que ser tratada por un reumatólogo de adultos. “El tratamiento no fue el más adecuado para una niña de 8 años, así que obviamente la enfermedad fue avanzando súper rápido y, en vez de ir mejorando, me iba sintiendo peor y así fue el transcurso de mi niñez y mi adolescencia”, cuenta.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Tenía 27 años cuando le diagnosticaron polimiositis, una enfermedad crónica que afecta a los músculos y que generalmente está asociada a otras enfermedades autoinmunes. Y luego, el Síndrome de Sjögren, otra enfermedad crónica autoinmune vinculada a su artritis idiopática. Por esto, tuvieron que ponerle prótesis de cadera, en una rodilla y debían realizarle fijaciones en dos cervicales. Estuvo a punto de morir.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">-Se me cortaron los ligamentos de la cervical. Esto comenzó a progresar y necesitaba que me hicieran la fijación pronto, pero en Chile los médicos empezaron a tirarse la pelota unos con otros. Nadie se quería hacer responsable de lo que iba a pasar porque no tenía mucha chance de sobrevivir. (&#8230;) Yo tenía 0,01% de probabilidad de seguir viva y a esas alturas yo estaba en silla de ruedas y la mitad de mi cuerpo no se movía. (&#8230;) Me dijeron que me quedaban dos meses de vida -recuerda.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Cuando sus médicos tratantes la notificaron de sus pocas probabilidades de vivir, Marta se vino abajo. “Yo siempre he sido súper curiosa de la vida, a pesar de la enfermedad, de los dolores y todo, siempre he querido saber qué más va a pasar”, dice. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Si su esperanza no estaba en Chile, quizás sí allá afuera, así que empezó a buscar ayuda en otros países.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Escribió primero a </span><a href="https://www.christopherreeve.org/"><span style="font-weight: 400;">Christopher &amp; Dana Reeve Foundation</span></a><span style="font-weight: 400;">, una organización benéfica en Estados Unidos que ayuda a encontrar tratamientos y curas para la parálisis causada por lesiones de la médula espinal y trastornos neurológicos. También investigó opciones en Cuba, pero en casi todos los lugares que encontraba, las soluciones eran las mismas que en Chile, salvo una. La posible solución estaba en India; allá podría operarse. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">-Fue la opción que tomé porque era &#8216;o me muero o lo intento&#8217;. Por último, si me moría allá, lo iba a haber intentado igual, y si sobrevivía, genial. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Su viaje a India fue a principios de los 2000. Marta viajó sola, en una silla de ruedas y con ayuda para respirar. Fueron más de 24 horas de viaje hasta llegar a su destino y lograr la operación que debía fijar sus cervicales. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Llevaba dos días en India y, tras acostumbrarse al cambio de horario, comenzó a sentirse bien. Pudo pararse de la silla de ruedas y, gracias a un cercano a su familia que vivía en ese país, viajó por unos pocos días a la ciudad de Udaipur. Pudo caminar y conocer brevemente una nación y una cultura que -dice- desde pequeña le llamaban la atención.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Pero luego colapsó. Tuvieron que trasladarla en helicóptero desde su hotel hasta Nueva Delhi para operarla de urgencia en el Apollo Hospital, un recinto sanitario internacional donde llegan casos de todo el mundo con todo tipo de enfermedades. Una junta médica, tras horas de debates y conversaciones, autorizó la intervención. Marta llamó a su familia, “para hablar con ellos, quizás, por última vez”, y comenzó el procedimiento.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">-Fue algo muy lindo. Un equipo médico enorme hizo una oración, se tomaron todos de las manos&#8230; yo estaba muy nerviosa y pusieron música para que me relajara. Me explicaron todo lo que me harían, fue todo muy lindo. (&#8230;) Las cirugías que había tenido aquí en Chile no se comparan con la que tuve allá.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Luego de esa operación y de semanas de terapia de recuperación, Marta volvió al país caminando. “Llegué a Chile caminando y cuando me vieron, no me reconocieron en el aeropuerto porque esperaban que saliera en una silla de ruedas y salí como cualquier otro pasajero”, cuenta.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">-Fue como renacer, pero sabía que ese renacer iba a tener su tope.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Y ese tope ya llegó. Toda su recuperación se derrumbó y vinieron nuevas enfermedades, todas dolorosas. Y ahora, a sus 46 años, Marta -que no se llama Marta, pues pidió reserva de su identidad para este reportaje- ya no da más, ya no quiere más. Mientras en Chile se discute en el Congreso un proyecto de ley para legalizar la eutanasia y la muerte digna, ella siente que no puede esperar, que ya fue suficiente y que morir ya no es un riesgo, sino un derecho que ella, consciente y voluntariamente, quiere ejercer. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Y ya tiene casi todo listo para emprender sola un nuevo viaje, el último, rumbo a Suiza, donde la muerte asistida es legal. Marta sólo quiere que pase la pandemia para poder viajar y así ponerle fin a todo.       </span></p>
<h2 style="text-align: center;"><span style="font-weight: 400;">***</span></h2>
<p><span style="font-weight: 400;">El </span><a href="https://www.camara.cl/legislacion/ProyectosDeLey/tramitacion.aspx?prmID=10063&amp;prmBOLETIN=9644-11"><span style="font-weight: 400;">proyecto de ley de muerte digna y cuidados paliativos</span></a><span style="font-weight: 400;"> que está actualmente en discusión en el Congreso y que este martes 20 de abril se votará en la Cámara de Diputados y Diputadas, busca regular la asistencia médica para morir de forma digna a través de dos formas de aplicación: eutanasia y suicidio médicamente asistido.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">¿No son lo mismo? No. La eutanasia, tal como se contempla en la iniciativa legal, se define como “la administración realizada por un profesional de la salud, siempre indicada por orden y supervisión médica, de una sustancia a una persona que lo haya requerido y que cause su muerte”.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">En cambio, “la asistencia médica para morir puede comprender la prescripción y dispensación por parte de un médico de una sustancia a una persona que lo haya requerido, de manera que ésta se la pueda autoadministrar causando su propia muerte, siempre bajo supervisión médica al momento de dicha administración”. Ese es el suicidio médicamente asistido, también conocido como muerte asistida.</span></p>
<div id="attachment_30729" style="width: 758px" class="wp-caption aligncenter"><img fetchpriority="high" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-30729" class="size-full wp-image-30729" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2021/04/screencapture-docs-google-com-document-d-1Z_3xuVQoYFoNsbPT7ZdI0MCvyAaEqJhTPn9upWoLUCE-edit-1618528360313.png" alt="Cámara de Diputados y Diputadas" width="748" height="422" /><p id="caption-attachment-30729" class="wp-caption-text">Cámara de Diputados y Diputadas</p></div>
<p><span style="font-weight: 400;">Según este proyecto, quienes podrían acceder a una eventual ley de muerte digna serían pacientes que deben “haber sido diagnosticados de un problema de salud irremediable por dos médicos especialistas en la enfermedad o dolencia que motiva la solicitud”. Pero no sólo eso. Deber ser mayores de 18 años; encontrarse conscientes al momento de la solicitud; “contar con la certificación de un médico psiquiatra que señale que, al momento de la solicitud, el solicitante se encuentra en pleno uso de sus facultades mentales; y manifestar su voluntad de manera expresa, razonada, reiterada, inequívoca y libre de cualquier presión externa”.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Por lo tanto, la normativa expone que quienes podrían solicitar la eutanasia o muerte asistida, deben padecer enfermedades graves e irremediables. Y esto sucede cuando ha sido “diagnosticada de una enfermedad terminal; cuando posee una enfermedad o dolencia seria e incurable; su situación médica se caracteriza por una disminución avanzada e irreversible de sus capacidades; o su enfermedad, dolencia o la disminución avanzada e irreversible de sus capacidades le ocasiona sufrimientos físicos persistentes e intolerables y que no pueden ser aliviados en condiciones que considere aceptables”.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Tal como ocurrió con la Ley de Aborto en tres causales, en caso de aprobarse esta iniciativa, los médicos y médicas requeridas para realizar el procedimiento y que no se encuentren a favor, podrían abstenerse y presentar objeción de conciencia, derivando al paciente a otro equipo clínico no objetante.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">En el caso de Marta, si el proyecto de ley es aprobado, podría calificar para ser una beneficiaria. Sin embargo, piensa que falta mucho para que se convierta en ley. Y puede tener razón. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">La discusión actual proviene de cuatro proyectos distintos que fueron refundidos, uno </span><a href="https://www.camara.cl/legislacion/ProyectosDeLey/tramitacion.aspx?prmID=8130&amp;prmBOLETIN=7736-11"><span style="font-weight: 400;">ingresado en 2011</span></a><span style="font-weight: 400;">, </span><a href="https://www.camara.cl/legislacion/ProyectosDeLey/tramitacion.aspx?prmID=10063&amp;prmBOLETIN=9644-11"><span style="font-weight: 400;">otro en 2014</span></a><span style="font-weight: 400;"> y dos más en 2018 (boletines </span><a href="https://www.camara.cl/legislacion/ProyectosDeLey/tramitacion.aspx?prmID=12093&amp;prmBOLETIN=11577-11"><span style="font-weight: 400;">11.577-11</span></a><span style="font-weight: 400;"> y </span><a href="https://www.camara.cl/legislacion/ProyectosDeLey/tramitacion.aspx?prmID=12267&amp;prmBOLETIN=11745-11"><span style="font-weight: 400;">11745-11</span></a><span style="font-weight: 400;">), y aún no sale de su primer trámite constitucional. Y ella siente -o más bien sabe- que no le queda mucho tiempo, pues tampoco le quedan opciones de tratamiento.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Su médico tratante le comentó hace un tiempo que acceder a cuidados paliativos le ayudaría a lidiar con su dolor crónico, ya que “estamos súper limitados en cuanto a medicamentos, porque no los puedo usar todos y los que sí puedo usar, ya estoy al tope y me pueden seguir subiendo las dosis”, explica Marta. Pero los cuidados paliativos tampoco son una opción, pues la ley vigente sólo aplica para casos de pacientes oncológicos que estén en etapa terminal. Por lo tanto, en el hospital donde se atiende no los puede recibir.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Marta cree que “por lo menos, que ya exista el proyecto es un avance y va a ayudar a mucha gente. (&#8230;) Para lo lento que se mueve todo [en el Congreso], ya es gran cosa. Pero falta mucho”.</span></p>
<h2 style="text-align: center;"><span style="font-weight: 400;"> ***</span></h2>
<p><span style="font-weight: 400;">Luego de esa operación en India, y su retorno a Chile caminando, Marta sabía que no podía quedarse en el país. “Mientras durara ese tiempo, ese límite, sabía que tenía que aprovecharlo al máximo. Estaba con un buen tratamiento médico y mi enfermedad se podía llevar bien, sin grandes crisis ni mucho dolor. Viajé mucho, conocí muchos lugares y a mucha gente”, cuenta.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">En 2012, mientras vivía en Inglaterra, le diagnosticaron fibromialgia (una alteración crónica que se caracteriza por dolor en zonas anatómicas definidas y que es de difícil diagnóstico). Fue entonces que entró en una crisis de la que ya no hubo vuelta atrás.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">-Todas las enfermedades que tengo implican dolor. (&#8230;) Me empecé a sentir mal, sabía que de esta crisis no iba a salir fácilmente y tuve que tomar la decisión de volver, necesitaba que alguien estuviera conmigo y me ‘cuidara’. Así que volví. Y obviamente de esa crisis no salí. Volví a usar silla de ruedas para salir, aunque en mi casa puedo caminar. (&#8230;) Hay días en que los dolores son horribles, del infierno, no se los doy a nadie. Prácticamente no duermo por los dolores, y si lo hago, duermo muy poco o duermo con pastillas, pero dentro de esa somnolencia, siempre es con dolor. Y es super agotador.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Actualmente, Marta vive en Chile junto a su madre. Cuenta que es ella quien mantiene el orden en su casa, quien cocina y limpia, ya que, debido a sus dolores, sólo puede asearse y vestirse por su cuenta. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Los medicamentos que toma no le ayudan para contener los dolores porque su cuerpo ya creó resistencia a éstos, y ya no es posible aumentar las dosis, ya que podrían provocarle consecuencias graves, como un paro cardíaco. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">-No quiero llegar al punto en que me tengan que mudar y darme de comer en la boca, porque ya lo viví una vez cuando era adolescente. No quiero terminar así. Yo ya me siento prisionera de mi cuerpo, mi mente funciona súper bien, pero mi cuerpo no, entonces estoy como en una cárcel.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Marta ve que la sociedad toma muy mal el tema de la eutanasia y la muerte asistida en el país. A su juicio, falta mucha empatía para debatir el tema y respetar lo que otras personas están viviendo. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">-Todos sacan a Dios. Y está bien, respetamos las creencias religiosas, pero también respetemos el punto de vista de otros y por lo que están pasando. Es muy fácil decir ‘no, yo estoy en contra de la eutanasia, es que Dios se va a enojar contigo’ y no sé qué más, pero, ¿te pones a pensar cómo lo está pasando esa persona? ¿En los dolores, en que no puede hacer nada, en que vive más en la Luna que en la Tierra debido a los medicamentos que toma?</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">La falta de tratamiento y de posibilidades de lograr una cura en Chile, la obligaron a buscar opciones en el extranjero. Eso sí, ya no ansiando una mejoría, sino un lugar donde una muerte digna y asistida fuera legal; un lugar para ir a morir. </span></p>
<h2 style="text-align: center;"><span style="font-weight: 400;">***</span><b> </b></h2>
<p><span style="font-weight: 400;">En el mundo hay siete países donde la eutanasia es legal. En otros casos, se legalizó la muerte asistida y, como ocurre en Estados Unidos, depende de la legislación de cada estado.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">El caso más actual es el de España, donde la eutanasia fue legalizada el pasado 18 de marzo, y entrará en vigor en junio. Pero fue Holanda el primer país que aprobó la eutanasia y la muerte asistida, convirtiéndolo en un derecho garantizado por ley desde 2002. Luego, el mismo año, se legalizó en Bélgica una ley que no distingue entre eutanasia y muerte asistida.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Siete años después se aprobó la ley de cuidados paliativos, eutanasia y muerte asistida en Luxemburgo, donde se estableció que sólo pueden acceder a ella mayores de 18 años con una enfermedad sin cura, la cual conlleve un dolor insoportable y constante.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">En Canadá, la eutanasia es legal desde 2016. Esta ley, según</span><a href="https://elpais.com/sociedad/2020/02/19/actualidad/1582115262_135029.html"><span style="font-weight: 400;"> información publicada por </span><i><span style="font-weight: 400;">El País</span></i></a><span style="font-weight: 400;">, permite acceder a una muerte digna a “mayores de edad, conscientes y competentes, con una enfermedad, discapacidad o afección graves e incurables, un declive avanzado de capacidades y sufrimiento físico o psíquico imposibles de aliviar”.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Colombia es el único país de Latinoamérica donde está regulado el derecho a una muerte digna. </span><a href="https://www.bbc.com/mundo/noticias-56423589#:~:text=Esta%20pr%C3%A1ctica%20es%20legal%20en,en%20el%20Distrito%20de%20Columbia"><span style="font-weight: 400;">Según </span><i><span style="font-weight: 400;">BBC Mundo</span></i></a><span style="font-weight: 400;">, esto ocurrió en 2014 y se requiere “tener una enfermedad en estado terminal; considerar que la vida ha dejado de ser digna producto de la enfermedad y manifestar el consentimiento de manera ‘clara, informada, completa y precisa’”.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">En Estados Unidos, la eutanasia es ilegal. Sin embargo, la muerte asistida depende de la legislación de cada estado: es legal en Oregon, Washington, los distritos de Columbia y Maine, California, Colorado, Vermont, Hawai y Nueva Jersey.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">En Australia, en 2017 entró en vigor la ley de muerte asistida en el estado de Victoria, con una cláusula que fija que si el paciente está impedido, puede pedir la intervención de un médico. Durante 2020, en Nueva Zelanda se legalizó la eutanasia para mayores de 18 años y con la autorización de dos médicos.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Y, en Suiza, a pesar de que la eutanasia es delito, la muerte asistida es legal desde el 2006. Es en este país donde Marta encontró la ayuda que necesitaba con Dignitas, una organización que ofrece acompañamiento a personas que buscan morir con dignidad.</span></p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter size-full wp-image-30730" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2021/04/screencapture-docs-google-com-document-d-1Z_3xuVQoYFoNsbPT7ZdI0MCvyAaEqJhTPn9upWoLUCE-edit-1618528499935.png" alt="eutanasia 2" width="749" height="457" /></p>
<h2 style="text-align: center;"><span style="font-weight: 400;">***</span><b> </b></h2>
<p><span style="font-weight: 400;">“</span><i><span style="font-weight: 400;">Dignitas: Vivir con dignidad y morir con dignidad</span></i><span style="font-weight: 400;">”, fue lo que Marta leyó en </span><a href="http://www.dignitas.ch/?lang=en"><span style="font-weight: 400;">la página web de la fundación</span></a><span style="font-weight: 400;"> cuando la encontró en internet. Llamó su atención enseguida. Estuvo días revisando la información que entregaban en el portal web, hasta que decidió escribirles y contarles de su caso. Recibió una respuesta al día siguiente.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Dignitas es una organización suiza que tiene como objetivo “asegurar una vida y una muerte digna a sus miembros y permitir que otras personas se beneficien de estos valores”.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Según datos de su página web, Dignitas cuenta con más de 7.100 miembros de 69 países diferentes. También es parte de la Federación Mundial de Sociedades por el Derecho a Morir (WFRtDS) y Right to Die Europe (RtDE).</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Al no tener el dinero suficiente para hacerse socia de la fundación, desde Dignitas le señalaron que eso no sería problema. Le pidieron acreditar su situación socioeconómica y, luego de eso, le anunciaron que su proceso sería gratuito. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Así, comenzó un camino de acompañamiento en un proceso donde, en Suiza, Marta encontraría una muerte digna. Un proceso de papeleos, cartas certificadas y correos electrónicos que, actualmente, la tienen esperando un último certificado, el cual le entregaría la “luz verde” -como Marta la llama- para poder viajar a realizar el procedimiento.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">-Al tener esa luz verde, es como una salida de emergencia: lo tienes asegurado y puedes tomarla cuando quieras (&#8230;). Les puedo decir que viajo en tal fecha, o puedo esperar porque aún no estoy lista. Es tener la opción.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Sin embargo, dice que este no sería su caso. Marta viajaría pronto.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">-Mis dolores son demasiado fuertes, no puedo usar morfina porque no tengo tolerancia, casi todos esos opioides no los puedo usar, estoy muy limitada en cuanto a medicamentos. (&#8230;) A los dolores de la artritis idiopática estoy acostumbrada y los sé manejar bien, pero los de la polimiositis y la fibromialgia, que son más ‘nuevos’ en el fondo, me cuesta más manejarlos. Entonces, es una tortura y se pasa de verdad muy mal.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Cuando tomó esta decisión, al principio no quería comentarle a su familia. Había pensado en contarles los días antes de partir, pero desde Dignitas le dijeron que ellos tenían que saberlo. Le explicaron que era más bien por temas de que Marta no se sentiría bien el día de la partida si su familia no sabía lo que haría, y que para sus cercanos sería también muy doloroso enterarse después de lo sucedido. Marta tuvo que tomarse un tiempo, pero accedió.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Un día, estaba junto a su madre y su hermano, y en la televisión comienzan a escuchar una noticia sobre la eutanasia. Su madre dice que apoyaba la eutanasia porque “se daba cuenta que era gente que estaba sufriendo, que lo necesitaba”, cuenta Marta. Y ahí, mientras hablaban del tema, les contó.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Entre lágrimas, y la llegada de una noticia que no esperaban, el hermano de Marta y su madre le dijeron que sí, que la apoyaban en su decisión.</span></p>
<h2 style="text-align: center;"><span style="font-weight: 400;">***</span></h2>
<p><span style="font-weight: 400;">Actualmente, Marta y su madre se encuentran juntando dinero para costear los últimos gastos que deben realizar para terminar el proceso. Su madre es su principal ayuda en temas económicos, pero en su último viaje, no la acompañará. Marta ya decidió que viajará sola a Suiza, y mientras revisa pasajes y lugares donde hospedarse, la embarga un sentimiento de tristeza e impotencia. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">-Es triste darte cuenta de eso, de pensar que tienes que irte al otro lado del mundo a ponerle fin a los días de tormento con tu enfermedad porque en tu propio país no está permitido. (&#8230;) Ni siquiera te puedes ir a un país donde hablan tu idioma. Más encima te vas a tener que morir hablando en otro idioma. Es como entre fuerte, triste, doloroso.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Mientras espera a que los trámites que le faltan estén listos, y le den su “luz verde” para decidir la fecha de partida, Marta prepara su último viaje sabiendo que ya no volverá. ¿Qué ocurrirá después? También lo tiene resuelto. Sus cenizas las recibirá un amigo suyo y las llevará al lugar del planeta que más le gusta: India.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<h5><strong><i>*El nombre real de Marta fue modificado para proteger su identidad.</i></strong></h5>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>«Historias Extremas» de Federico Bianchini: periodismo al filo de la muerte</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/historias-extremas-de-federico-bianchini-periodismo-al-filo-de-la-muerte/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Tamy Palma]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 05 Nov 2014 15:28:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Anfibia]]></category>
		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Federico Bianchini]]></category>
		<category><![CDATA[Historias extremas]]></category>
		<category><![CDATA[muerte]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.puroperiodismo.cl/?p=25293</guid>

					<description><![CDATA[El dolor, la desolación y la urgencia son los tópicos de <em>Historias Extremas</em> (Editorial Ceibo), el libro de crónicas del periodista y editor de la revista <a href="http://www.revistaanfibia.com/"><em>Anfibia</em></a>, Federico Bianchini. Algunas son escritas en tercera persona; otras, relatadas por el protagonista, pero siempre cumpliendo el objetivo: "Narrar experiencias de gente que coqueteó con la muerte", como nos cuenta el autor a través de un correo electrónico. El libro se lanzará el jueves 6 de noviembre en la Feria Internacional del Libro de Santiago (Filsa). Aquí tres preguntas con el autor y, más abajo, un adelanto del libro.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>El dolor, la desolación y la urgencia son los tópicos de <em>Historias Extremas</em> (Editorial Ceibo), el libro de crónicas del periodista y editor de la revista <a href="http://www.revistaanfibia.com/"><em>Anfibia</em></a>, Federico Bianchini. Algunas son escritas en tercera persona; otras, relatadas por el protagonista, pero siempre cumpliendo el objetivo: «Narrar experiencias de gente que coqueteó con la muerte», como nos cuenta el autor a través de un correo electrónico. El libro se lanzará el jueves 6 de noviembre en la Feria Internacional del Libro de Santiago (<a href="http://www.ceiboproducciones.cl/wp-content/uploads/2014/10/InvHistoriasExtremasFILSA-2014.jpg" target="_blank">descarga invitación</a>). Aquí tres preguntas con el autor y, más abajo, un adelanto del libro.</h3>
<div id="attachment_25296" style="width: 1310px" class="wp-caption alignnone"><img decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-25296" class="size-full wp-image-25296" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2014/11/Federico.jpg" alt="Foto gentileza Federico Bianchini." width="1300" height="867" /><p id="caption-attachment-25296" class="wp-caption-text">Foto gentileza Federico Bianchini.</p></div>
<p><strong>—¿Cómo fue la selección temática de las historias reunidas?</strong><br />
Las crónicas en <em>Historias Extremas</em> fueron hechas a lo largo de varios años. La idea era contar situaciones de gente que por deporte, placer o azar se encuentra en una situación límite. Relatar el mundo de los llamados “deportes extremos”, de forma que pudiera interesarle a personas que están lejos de ese mundo. De alguna u otra manera, todos estamos cerca del miedo a la muerte, el peligro y la urgencia. Sólo que en este tipo de escenarios (montañas, ríos, mares) y carreras (de más de cien kilómetros de distancia o que incluyen diferentes disciplinas como esquí o kayak) esa distancia se acorta, la intensidad se profundiza. Algunas de las historias están escritas en tercera persona, otras en primera. Después de varias entrevistas traté de armar, con las voces de los personajes, un relato que con tensión narrativa describiera esas horas de adrenalina.</p>
<p><strong>—¿Los textos eran entrevistas particulares o siempre los pensaste en crónicas como material de libro?</strong><br />
Los textos fueron pensados de manera independiente. Creo que eso sirvió para detenerme con sigilo en cada uno. De otra manera, estimo, no habría podido terminar el libro (pero eso solamente por una incapacidad personal).</p>
<p><strong>—El tipo de relato está muy vinculado al vértigo de la ficción y rapidez de autores mexicanos como Fadanelli o Cristina Rivera Garza. ¿Qué tan cercano a eso estás?</strong><br />
Supongo que debo estar influenciado. No creo que por ellos porque, lamentablemente, no los he leído. Con Fadanelli me crucé una madrugada en el baño de un bar de Distrito Federal. Yo entraba y él volvía de los mingitorios. Lo saludé de palabra, pero no nos dimos la mano por razones obvias.</p>
<hr />
<h2>La historia de un rescate</h2>
<p><em>(Locura y pasión en la cima del mundo)</em></p>
<h3>Resignaron su récord para salvar la vida de otro alpinista. La polémica detrás del oxígeno que algunos se niegan a usar aun al borde de la muerte, y los 50 mil dólares que puede costar la conquista del Everest. Los mellizos de la montaña y los códigos que se manejan en el más extremo de los deportes.</h3>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignright  wp-image-25297" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2014/11/Tapa-Historias-Extremas.jpg" alt="Tapa Historias Extremas" width="441" height="662" /></p>
<p>En la foto se ve el cielo nepalés veteado por nubes difusas, el desnivel de la montaña, la nieve, lo áspero de las rocas: la inmensidad del Himalaya. Se ve, en primer plano, de espaldas, a un hombre, con una enorme mochila gris, una campera roja y botas con crampones, que mira hacia un punto no tan lejano en dirección a la cima. Y más allá, donde termina la nieve y aparecen las rocas, se ve también un bulto amarillo.</p>
<p>En la foto no se ve que ese bulto amarillo es un alpinista que hace dieciséis horas espera que alguien lo ayude. Estática, la imagen no muestra que el hombre de espaldas, que hace un día subió al Everest, que hace menos de tres horas salvó de la muerte a una pareja, va a rescatar, también, al alpinista de campera amarilla. No se ve, tampoco, lo que vendrá después: las denuncias por abandono de persona, el sentimiento de culpa de quienes no pudieron ayudar, las peleas, las notas a los argentinos heroicos, el debate por el uso de oxígeno, de corticoides, las amputaciones, la discusión sobre si esto sigue siendo un deporte o si todo se transformó ya en un negocio inmenso.</p>
<p>Y sin embargo, esta foto, que no podrá ser publicada por un acuerdo entre rescatado y rescatistas, dice mucho más de lo que muestra. Dice que hay cosas que se cuentan y otras que quedan allá arriba, enterradas en la montaña.</p>
<p>El domingo 22 de mayo, alrededor de las dos y media de la mañana, camino a la cima del monte Lhotse, en Nepal, el andaluz Manuel “Lolo” González se dio cuenta de que no tenía su piqueta. Volvió a la carpa a buscarla. Cuando retomó el sendero sintió de golpe unas irrefrenables ganas de ir al baño. La falta de inodoro a ocho mil metros de altura y el traje preparado para soportar vientos de cien kilómetros por hora hicieron que la cotidiana acción demorara más de lo previsto. Sus compañeros de cordada siguieron subiendo. Él llegó a la cumbre a las tres y media de la tarde.</p>
<p>Lolo se acuerda de que en la cima de la montaña se sacó una foto con el iraní Mahdi Amidi. Se acuerda de que el hombre le dijo que prefería esperar a una pareja de españoles que habían quedado retrasados; que empezó a bajar tranquilo, disfrutando del paisaje. Se acuerda de que a las siete de la tarde armó el teléfono satelital, llamó al campamento base, pidió que le llevaran agua caliente. Después, no se acuerda de nada más. En realidad, se acuerda de los sueños que, cree, hicieron que se moviera, que caminara en medio de la noche helada. De esas cuatro alucinaciones por las que hoy está vivo.</p>
<p>Una. Sobre la ladera de la montaña hay casas incrustadas en la nieve. Desde las puertas se asoman nepaleses que le hablan, le dicen que siga, le indican el camino.</p>
<p>Dos. Tres guardaparques vienen a pedirle ayuda. Dicen que se les rompió el auto. Lolo hace un llamado por teléfono y, al rato, llegan tres hombres que arreglan el problema: le ofrecen alcanzarlo a algún lugar. Él responde “no”: prefiere quedarse por ahí.</p>
<blockquote><p>El frío es como el fuego: avanza sobre la piel y quema, deja ampollas de primero, segundo, tercer grado. Si el frío llega al hueso, no queda opción, habrá que amputar.</p></blockquote>
<p>Tres. Un sherpa le pregunta por un nuevo hotel que han abierto en la zona. Caminan juntos, suben por la pendiente hasta llegar a una moderna construcción. Más tarde, otro sherpa. También busca el hotel. Él lo acompaña. Luego, una mujer. Lolo va con ella pero protesta, se pregunta qué pasa que todo el mundo viene a preguntarle, hoy, dónde diablos queda ese lugar.</p>
<p>Cuatro. Camina en la nieve, un rato largo, hasta llegar al campo base. Sin embargo, ahí, no hay nada. Piensa: han quitado las tiendas, han sacado todo. Está amaneciendo y él está cansado. Piensa: me voy a tumbar un poquito, con buena luz, seguro, encuentro el campamento. Se acuesta a dormir. Allí, en un rato, lo encontrarán los argentinos: Damián Benegas y Matías “Matoco” Erroz.</p>
<p>Pero no todavía, porque a Damián le faltan seis horas para llegar a esa altura: ahora está en su campamento, junto con su compañero Matoco, descansando luego de hacer cumbre en el Everest. El objetivo siguiente es subir al Lhotse (8.516 metros) y al Nuptse (7.861 metros), hacer las tres cumbres sucesivas y lograr, así, un récord; pero entra una llamada de radio: es su hermano mellizo, Willie, desde el campo base, que le dice que hay un problema.</p>
<p>—Sé que una persona no llegó al campo cuatro: está perdida. Del resto de la expedición, cinco o seis españoles, no se sabe nada.</p>
<p>Y como si algo se le hubiera encendido dentro, Damián se pregunta qué hacer. Trata de averiguar dónde pudo perderse el hombre. Si salió a tal hora, si llegó a la cumbre, si la última comunicación satelital la tuvo… y después no se sabe nada más: debería estar acá.</p>
<p>Cuando todo haya pasado, varios de los alpinistas que estuvieron esa noche en la montaña saldrán a defenderse de las críticas por haber abandonado a un compañero, por haber dejado morir a una persona. Aclararán que ellos no fueron juntos. Dirán que eran escaladores independientes, que no estaban todos en el mismo grupo. El español Lolo, que será rescatado por los argentinos, comparte carpa con Juanjo Garra y con Juanito Oiarzabal. Garra, en declaraciones a una revista española confesará haberse sentido mal por la situación. “Me duele no haber tenido la fuerza y el coraje para ir por él. Desde el campo base nos dijeron que bajásemos, pero ésa no es excusa”. Oiarzabal, en cambio, dirá: “Yo iba solo, compartiendo el permiso de la expedición con algunos alpinistas que conocía. Pero nuestra responsabilidad colectiva se acababa en el campo base. A partir de allí comenzaba la responsabilidad personal”.</p>
<p>Aún falta para eso. Damián y su compañero Matoco recién salen a buscar al hombre que está perdido. Sin embargo, cuando ven a lo lejos una mancha amarilla, escuchan más cerca los gritos de ayuda: el resto de la expedición. Primero, lo urgente. Luego, deciden, irán por el cadáver. Dentro de una carpa encuentran a dos españoles: la burgalesa Isabel García y el vizcaíno Roberto Rodrigo: él, muy mal. Ciego, ¿con edema cerebral?, y con los dedos negros. El frío es como el fuego: avanza sobre la piel y quema, deja ampollas de primero, segundo, tercer grado. Si el frío llega al hueso, no queda opción, habrá que amputar.</p>
<p>Aunque ahora eso no se piensa, porque lo que hace Damián es sacarse la máscara de oxígeno, para dárselas. Ellos, no entienden demasiado, le preguntan quién es. Les explica: les va a pasar la máscara, vino a rescatarlos. Y ellos, entonces, dicen que no. Y Damián: “¡Estoy acá arriesgando mi vida por ustedes! ¡Ya se murió otra persona en esta montaña, no quiero que se muera nadie más!”. Pero los españoles insisten. La verdad, oxígeno ellos prefieren no tomar.</p>
<p>En 1978, después de que el italiano Reinhold Messner demostrara que el cuerpo humano soporta un ascenso al Everest sin ayuda, empezó la polémica. Y a pesar de que el oxígeno está clínicamente exigido para quienes suben a más de 7.000 metros; de que la Agencia Mundial Antidopaje no lo considera doping; de que éste no es un deporte reglado (no hay puntos, controles ni clasificación), en algunos lugares como el País Vasco, donde empresas y gobiernos financian a sus deportistas, el hecho de ponerse la mascarilla unos segundos puede significar la pérdida del patrocinio. Que aunque uno haya llegado a lo más alto de la montaña, otros escaladores digan que no, que esa cumbre no cuenta. La polémica existe. Y los que se oponen a esta rigidez se preguntan por qué entonces la dexametasona, un fuerte corticoide, que los españoles usan cuando sienten que no dan más, que están entrando en edema cerebral, no es doping. Y dicen también que quienes hablan de la pureza de la escalada dependen de expediciones comerciales que usan oxígeno: que suben primero y ponen cuerdas fijas que ellos, después, van a usar en silencio.</p>
<p>Hoy, sentado en la oficina de un negocio de ropa de un shopping de Buenos Aires, un mes después del rescate, el mate en la mano, Damián Benegas dice que en ese momento, en esa carpa, no era él. Era un ser desensibilizado tratando de salvar a otra persona. Era una máquina de reaccionar. “A veces pienso: pobre flaco el español. Pero yo tenía enfrente dos personas que no querían ser ayudadas”.</p>
<p>Además de deshidratación, la falta de oxígeno puede provocar cambios en los parámetros sanguíneos, daños en los pulmones, el nervio óptico, el cerebro. Puede hacer que el corazón de una persona, de un segundo a otro, deje de latir.</p>
<p>Escribe en su blog el español Roberto Rodrigo la crónica del rescate; él ciego, los dedos congelados: “Son argentinos. Llegan a la tienda y nos dicen que vienen a rescatarnos. A mí me colocan directamente una bombona de oxígeno (mira por dónde, yo que siempre he estado en contra de llevar oxígeno, incluso de emergencia… pero en las circunstancias en las que estoy creo que me puede ayudar a salir de aquí) y me vendan los ojos totalmente. A Isa también le quieren poner el oxígeno pero ella no quiere ya que dice que no lo necesita, se encuentra bien. Prefiere que me lo pongan a mí. La verdad es que ella estaba cansada después de tantas horas bajando, pero la conozco y sé que podía salir de allí sin él; de hecho así lo hace. Un argentino se enfada y arremete contra ella diciendo bastantes burradas (los nervios son traidores y malos consejeros, así que no le doy más importancia)”.</p>
<p>Un sherpa sube y ayuda a Roberto Rodrigo, ciego, con congelamientos en manos y pies a bajar hasta el campo dos, donde lo vendría a buscar un helicóptero. Isabel García baja con el iraní Mahdi Amidi.</p>
<p>A través de la radio Willie, que está junto con otras personas en el campamento base coordinando el rescate, le dice a Damián: “Bueno, ahora, antes de ir a buscar el cuerpo, descansá, comé algo”. Y Damián, que ahora ceba un mate caliente, dice que a su hermano le presta atención hasta un momento. “Estoy a ocho mil metros. Dejame hacer las cosas tranquilo”.</p>
<blockquote><p>Cuando en la montaña un alpinista encuentra un cadáver, se acerca y lo ata a una piedra, para que el viento no lo vuele, la nieve no lo tape, para que no se convierta en un desaparecido más.</p></blockquote>
<p>Veinte grados bajo cero de temperatura, vientos de cuarenta kilómetros por hora, Damián, campera de duvet, máscara de oxígeno, movimientos lentos como los de un astronauta, vuelve a ver a unas diez cuadras hacia arriba, lo que supone es un cuerpo muerto. La foto que no será publicada.</p>
<p>Cuando en la montaña un alpinista encuentra un cadáver, se acerca y lo ata a una piedra, para que el viento no lo vuele, la nieve no lo tape, para que no se convierta en un desaparecido más. “No hay nada peor para una familia que no saber qué pasó. Desconocer dónde está el cuerpo es no tener un final. Entonces uno suele ir, poner un clavo en la roca, y sacar una foto”, dice Damián.</p>
<p>Entonces sube y lo ve tirado, en posición fetal, y piensa en una película de terror. Por radio, se comunica con Willie, le pregunta cómo se llama esta persona. Y Willie, desde el campamento base, dice: Lolo. Y Damián piensa: voy a gritar y si no se mueve, al menos, los malos espíritus van a alejarse. Y Grita: ¡Lolo! Y el cuerpo, la mancha amarilla, a unos cien metros de él, se estremece y entonces él dice: “¡Shit!”. Porque ahora es cuando realmente las cosas se complican. A más de ocho mil metros de altura, una cuadra son diez cuadras, un paso son diez pasos y si uno se saca la mascarilla de oxígeno y no se mueve lento, como si estuviera actuando, es probable que nada salga bien.</p>
<p>—Willie, ¿Y ahora qué hacemos?</p>
<p>Y Willie, a dos meses de aquel día, sentado en una oficina de un canal de televisión, dice que el escenario es como el que se le plantea a un bombero frente a un incendio. Está apagando las llamas en el primer piso y le avisan que en el cuarto hay una vieja, sola, con su gato: nadie quiere meterse dentro de ese fuego. Cualquiera tiene un miedo atroz. El cansancio de haber hecho cumbre en el Everest el día anterior, el estrés, la poca comida (barras energizantes, mucho mate), las veinte horas que faltaban hasta llegar abajo con una persona viva, sin máscaras de oxígeno, sin una camilla. “Si el rescate no se puede hacer, no se hace. La persona quedará ahí arriba”, dice Willie aunque también dice que si uno toma la decisión de meterse en el fuego, después, es casi imposible volver atrás.</p>
<p>Su hermano Damián, que subió la escalera con las llamas bajo los pies, cree que no existe un código de montaña. Dice que el respeto hacia la vida es uno, que se cumple ahí, en una ruta o en el medio de un valle. “Hubo personas que me dijeron: qué bajón que al final no pudiste terminar la expedición, llegar a la cima de esas tres montañas. Y mi respuesta fue que salvamos tres vidas. Y que las tres cumbres van a seguir ahí, pienso que pueden esperarme”.</p>
<p>—Esperá un poco. No te acerques. Pensá bien lo que vas a hacer —dice Willie, desde lejos, ahora preocupado.</p>
<p>Damián, desoyendo a su hermano, se acerca a Lolo. Le habla, le pregunta cómo está. El español, todavía confundido, pide dexametasona.</p>
<p>—No te pongas abajo, ni al lado. Trabajá desde arriba. No te ates a él, que si se cae te lleva. ¿Ok? Anclenlo a una roca. Tenés hasta las cuatro de la tarde, Damián. Estén donde estén, el rescate termina a las cuatro y ustedes vuelven. No largués el oxígeno. No me importa: no largues el oxígeno.</p>
<p>Lolo abre los ojos y durante unos segundos no entiende dónde está. No siente las piernas, piensa que se cayó, que las tiene quebradas. Matoco consigue atarlo a una roca. Ahora, tienen que trasladarlo 150 metros hacia la izquierda. ¿Cómo? Como sea.</p>
<p>Damián, el mate en la mano, recuerda que de a ratos miraba atrás, se fijaba si su rescatado seguía vivo. “Che, Lolo, ¿estás bien? Y si no me decía nada: ya está, buenísimo, lo dejamos acá, mañana lo buscarán. Pero siempre estaba ahí; atento. Incluso preguntándonos cómo estábamos nosotros”.</p>
<p>Y hoy, el sobreviviente dice que si alguien que no practica este deporte, que no conoce de qué va la historia, ve cómo se arrastra a un rescatado en el medio de la montaña, puede pensar cualquier cosa. “Puede parecer que es violencia injustificada. Pero si para que reaccione hay que darle dos tortazos, habrá que dárselos”.</p>
<p>Pasó. En febrero de 2009, el canal 7 de Mendoza emitió una filmación del rescate fallido del guía Federico Campagnini en el Aconcagua. Los diarios hablaron de crueldad, el Gobierno provincial echó al jefe de la patrulla, el padre del guía dijo que a su hijo lo dejaron morir. “El video fue una edición de cinco minutos de un proceso que duró dieciséis horas”, dice Willie Benegas, que estuvo en el rescate. Y dice que los contextos son distintos, que no se puede analizar una situación con los parámetros de otra. Que no todo es tan simple. Que el rescatista tiene que ser directo, frío, mantener alta la adrenalina, estar en actitud de enojado. Que si se sacara un guante para limpiarle la nieve de la cabeza al rescatado y el guante se volara, habría que amputar, como mínimo, uno o dos dedos.</p>
<p>“Hasta que llegamos a la cuerda fija, Damián me daba unos empellones, unos empujones para arriba que eran increíbles —dice por teléfono Manuel Lolo González—. Pero no estuvo mal. Sin esos gritos, dándome besos, yo no iba a reaccionar”.</p>
<p>Antes de tomar el mate, Damián dice que Lolo quería vivir. Que parecía un borracho caminando en una calle desierta: se paraba y de nuevo al piso, pero que puso todo. Lo que tenía y más.</p>
<p>“Yo estaba seguro que si no llegaba hasta el último aliento, me quedaba ahí —dice Lolo—. En un rescate no podés poner en peligro la vida de los rescatadores por salvar a una persona que, en cierta medida, ya está muerta”. Esa persona, moribunda, era él. Y por su actitud, por la ayuda de Damián, de Matoco, de Willie, por varias cosas más, pudo sobrevivir y hoy está, según dice, eternamente agradecido. Sin embargo, no cree que Damián y Willie sean héroes. “Son buena gente. En la montaña no hay héroes. Hay personas que se juegan la vida por ayudar a alguien con un problema. Si uno los compara con gente de ciudad, son héroes. Pero nuestra escala de valores es distinta”.</p>
<p>Dicen varios que Lolo tuvo mucha suerte. Que se salvó porque el accidente lo tuvo en una montaña llena de expediciones comerciales como el Everest-Lhotse (comparten campo base), donde había gente como Damián y Willie Benegas, que acompañaban a unos clientes. Dicen otros que la situación ya es insostenible. Y que todo se convirtió en un gran negocio. Pese a los costos, durante algunos meses en el campamento base coinciden más de 500 alpinistas.</p>
<p>Para subir al Everest hay que pagar un permiso al gobierno de Nepal de 10 mil dólares, hay que pagar el oxígeno (la botella de cuatro litros comprimidos, que dura de tres a seis horas, cuesta 1200 dólares), hay que pagarles a los sherpas. Si uno sube solo, el presupuesto oscila entre 30 mil y 40 mil dólares. Si uno contrata a una expedición, entre 40 mil y 50 mil. “La montaña ha perdido su esencia. Lo peor es que la masificación y el ritmo impuesto por los intereses de las expediciones que llevan clientes hace imposible poder practicar otra clase de alpinismo”, comentó Juanito Oiarzabal a la revista española Desnivel.</p>
<p>Y sin embargo, más allá de la rentabilidad, del buen negocio, detrás de todos esos números, hay otra cosa que impulsa a estos hombres: algo que Manuel Lolo González llama “un veneno”; algo que llevó a que los dos mellizos criados como pescadores marisqueros en la Península Valdés leyeran y leyeran libros de alpinismo y escalasen la chimenea de su casa, y viajaran hasta llegar a la cumbre de la montaña más alta del mundo para pensar, luego, a cuál subirían después. Eso que permitiría entender la respuesta de Isabel García, luego de que Juanjo Garra y su grupo le dijeran que, a esa hora, seguir subiendo era arriesgado: llegaremos a toda costa. Eso que explicaría que después de estar 43 días en cama un hombre como el vizcaíno Roberto Rodrigo escriba en su blog: “Mi intervención se aceleró debido a una infección y después de amputarme todos los dedos de los pies, no puedo sino pensar que soy muy afortunado: los médicos consiguieron salvarme los apoyos de los diez metatarsianos”. Que otro hombre como Lolo, mientras es arrastrado en medio de la nieve, sienta envidia de quien lo arrastra, por pensar que está haciendo un admirable trabajo de rescate. Que este mismo hombre, después de haber pasado dieciséis horas delirando a más de ocho mil metros de altura, de haber perdido el dedo gordo del pie izquierdo, una falange y media del segundo, otra falange del tercero, tenga dudas sobre cómo va a reaccionar cuando vuelva a pararse frente a una montaña de más de ocho mil metros. Porque, dice, sin ninguna duda, va a volver a pararse frente a una de esas montañas.</p>
<p>Detrás de los números, el negocio, la solidaridad y la culpa, los golpes y los gritos, el oxígeno y las amputaciones, hay otra cosa.</p>
<p>Detrás, está eso que no todos llaman pasión.</p>
<p><em>Esta nota fue publicada en la revista Brando en septiembre de 2011.</em></p>
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			</item>
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		<title>El azar en las muertes del  Hospital Félix Bulnes</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/el-azar-en-las-muertes-del-hospital-felix-bulnes/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Puroperiodismo]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 11 Aug 2009 19:54:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[azar]]></category>
		<category><![CDATA[muerte]]></category>
		<category><![CDATA[salud]]></category>
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					<description><![CDATA[<strong>Por Osvaldo Ferreiro Poch</strong>

Las recientes noticias en relación al Hospital Félix Bulnes, con el lamentable deceso de dos madres y la extracción de su útero en el caso de otras dos (según mi conocimiento no especializado), me mueven a plantear algunas reflexiones. Por cierto, la situación ocurrida es de suma importancia (nada más grave que la pérdida de vidas humanas y, doblemente, de jóvenes madres con hijos), pero no se puede afirmar que necesariamente ha ocurrido algo especial, por sobre la situación de salud que el sistema actual chileno provee.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" class="size-full wp-image-2129 alignright" title="felix-bulnes-cerda" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2009/08/felix-bulnes-cerda.jpg" alt="felix-bulnes-cerda" width="238" height="167" /></a><em>Por Osvaldo Ferreiro Poch*</em></p>
<p>Las recientes noticias en relación al Hospital Félix Bulnes, con el lamentable deceso de dos madres y la extracción de su útero en el caso de otras dos (según mi conocimiento no especializado), me mueven a plantear algunas reflexiones. Por cierto, la situación ocurrida es de suma importancia (nada más grave que la pérdida de vidas humanas y, doblemente, de jóvenes madres con hijos), pero no se puede afirmar que necesariamente ha ocurrido algo especial, por sobre la situación de salud que el sistema actual chileno provee.</p>
<p>He tenido conocimiento que en todo el país, se producen alrededor de 40 fallecimientos anuales por razones técnicamente similares desde el punto de vista médico. Por ello, todavía no es descartable del todo que lo ocurrido en el Hospital Félix Bulnes sea parte de una (mala) racha, producida principalmente por el azar.</p>
<p>Para entender dicha afirmación, imaginemos una moneda que supondremos balanceada (con igual chance o probabilidad de salir “cara” o “sello”). En una moneda tal, la probabilidad de obtener “cara”, y también “sello”, es 0.5. Si lanzáramos la moneda 40 veces, “esperaríamos” observar 20 “caras” y 20 “sellos” (aunque estrictamente ello sólo debiera ocurrir para un número grandísimo de lanzamientos).  En todo caso, es muy probable que obtengamos un número de “caras” cercano a 20 (quizás 18, 19, 20, 21ó 22 “caras”). Esperaríamos que las apariciones de las “caras” estén espaciadas a lo largo de los 40 lanzamientos. Sin embargo, todos sabemos por experiencia personal, que a veces ocurre la aparición de 3,   4, 5 ó más “caras” consecutivas, sin constituir este hecho una señal irrefutable de que “algo anormal” o “especial” ha sucedido con la moneda. Dicha situación puede darse sin que la moneda haya dejado de ser “balanceada”.</p>
<p>Por cierto, si observamos una “racha” de “caras”, es lógico que pongamos la moneda bajo sospecha e investigación de que pueda no estar “balanceada” (en el caso comentado, corresponde a la correcta decisión de iniciar una investigación que se está desarrollando en el hospital mencionado); no obstante, lo que no está avalado todavía por la situación real, es saltar a conclusiones relacionadas con eventuales problemas de manejo de medicamentos o malas prácticas médicas. Como vemos, podría tratarse sólo de una “mala” racha, sin haber nada sustancial en términos de los tratamientos habituales en los casos de ese tipo.</p>
<p>Un problema de fondo, y sobre el que no he escuchado ninguna discusión, es cómo podemos disminuir la tasa de fallecimientos y daños irreparables a las personas por esta situación clínica en el país, incluyendo el Hospital Félix Bulnes. Chile no parece estar obteniendo una muy buena nota al respecto. Y no me vengan una vez más con el cuentito de siempre, de que “somos el país latinoamericano con la menor tasa de fallecimientos por ese cuadro clínico” (aunque lo fuéramos).</p>
<p>Es este tipo de investigaciones las que podríamos pedirle a la prensa, junto con considerar siempre el tema estadístico al momento de informar hechos que se enmarcan en números y frecuencias.</p>
<p><strong>*Profesor Facultad de Economía y Negocios<br />
Profesor Carrera de Periodismo<br />
Universidad Alberto Hurtado</strong></p>
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