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	<title>#LecturasPuroperiodismo &#8211; Puroperiodismo</title>
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	<description>La revista digital de Periodismo UAH.</description>
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		<title>«La otra voz de los 80»: primer capítulo de «Dulce Patria» de Mauricio Jürgensen #LecturasPuroperiodismo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Jürgensen]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 15 Jun 2017 20:55:15 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[#LecturasPuroperiodismo]]></category>
		<category><![CDATA[Ediciones B]]></category>
		<category><![CDATA[libro]]></category>
		<category><![CDATA[Mauricio Jurgensen]]></category>
		<category><![CDATA[música chilena]]></category>
		<category><![CDATA[periodismo musical]]></category>
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					<description><![CDATA[De la radio al papel: "Dulce Patria", el espacio de radio Cooperativa para conversar sobre música, es hoy un libro híbrido de Mauricio Jürgensen, que combina entrevistas, ensayos fotografías y anécdotas de las principales figuras de la música chilena. Publicamos acá el primer capítulo gracias a la gentileza de Ediciones B.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>De la radio al papel: «Dulce Patria», el espacio de radio Cooperativa para conversar sobre música, es hoy un libro híbrido de Mauricio Jürgensen, que combina entrevistas, ensayos fotografías y anécdotas de las principales figuras de la música chilena. Publicamos acá el primer capítulo gracias a la gentileza de Ediciones B.</h3>
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<p style="text-align: center;"><em><strong>Dulce Patria</strong></em><br />
Mauricio Jurguensen<br />
Ediciones B<br />
2017</p>
<hr />
<p style="text-align: center;"><strong>Capítulo I</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>La otra voz de los 80</strong></p>
<p>Rodolfo Herrera pasó de una carrera a ver a los niños. Estacionó su camión frente a la casa de su hermana Normandía y entró con el tiempo justo para tomarse una taza de té, conversar con los chiquillos y seguir con rumbo al sur. Contó un par de historias, atacó con ganas una marraqueta con mantequilla y cambió para siempre la vida de uno de sus sobrinos cuando preguntó a la mesa: “¿No te tinca que Manuel se vaya una semana conmigo al sur? Voy hasta Concepción, así aprovecha de conocer”.</p>
<p>Manuel García tenía 16 años cuando su tío camionero lo sacó por primera vez de su polvoriento barrio del cerro La Cruz, de Arica. “Fue un viaje iniciático y revelador de lo que quería hacer en el futuro”, recuerda el cantautor que en esa “aventura maravillosa del 86” desenfundó por primera vez su guitarra ante unos desconocidos para cantar “En un largo tour”, de Sol y Lluvia, en una peña folclórica de Maipú, hasta donde llegaron para ver a la tía Chea.</p>
<p>De vuelta a casa, el segundo de los tres hijos que tuvo Normandía Herrera con “Manuel padre”, un hombre que entre otras cosas se había ganado la vida como inspector de un colegio, decidió cambiar esa infancia pobre, esa niñez de cholguán y piso de tierra levantada detrás del morro, a punta de canciones. Un búsqueda que, a diferencia de lo que pasó con el tío Rodolfo en el 86, demoraría 19 años en llegar a destino, cuando apareció el primero de sus discos solistas llamado Pánico.</p>
<p>“Humildemente ese fue un álbum coyuntural dentro de la música chilena”, teorizaba en mayo de 2015 a poco de cerrar la gira de los diez años con que celebró ese lanzamiento. “Porque está entremedio de una generación que venía recreando la cantautoría del Canto Nuevo y la Nueva Canción (Chilena) hasta la que ideó las formas musicales urbanas que generaron una nueva escena”.</p>
<p>García, que apareció formalmente como un trovador, alcanzó a ser más bien un músico de transición entre el Canto Nuevo y la renovación de “los 2000” como miembro de Mecánica Popular. Ese fue un grupo que se mantuvo activo entre 1999 y 2004 y que electrificó una fórmula sonora de voz y guitarra que, por esos días, sobrevivía en nombres como Alexis Venegas y Francisco Villa. Todo en medio de una escena que buscaba sumarse a la moda del revival del rock clásico con escasas excepciones originales como la de Matorral. La tímida aparición solista de García, junto a las primeras versiones acústicas de Gepe y Leo Quinteros, no solo trajo de vuelta la evocadora sonoridad de las cuerdas de nylon. También tuvo que enfrentar el trauma —y la posterior sanación— de ese repertorio desnudo, de esa olvidada otra voz de los 80.</p>
<p>“Nuestra aparición fue casi ignorada en un comienzo”, recuerda García, “porque la escena musical de esa época se armaba con bandas rockeras, que era la moda de mediados del 2000. Sin embargo fuimos generando una correspondencia de diálogo entre lo que era una necesidad social y lo que queríamos hacer. Éramos cantautores, obviamente, pero ya no estábamos pensando en tocar en un pub, una peña o en un ciclo universitario como venía pasando. También queríamos sumar grandes escenarios, e ir a las radios y estar en los medios. Ahí parte lo que llamé en su momento los folk stars, es decir, músicos con raíces folcloricas, pero que integraron otros elementos musicales y también de actitud. Y eso fue lo que hizo que esta música se reinsertara en un estrato de la cultura y de la memoria”.</p>
<p><strong>—Podríamos decir entonces que Pánico supo captar una urgencia ambiental en ese Chile del 2005. ¿Quizás las ganas de un país de volver a escucharse en ese formato?</strong><br />
—Lo veo como un punto de quiebre. El primer concierto grande que se hizo de estas características fue en el Estadio Víctor Jara. Fui el director artístico de esa cita e invité a Chinoy y a Gepe. Un poco con la curiosidad de ver cómo reaccionaba el público a la guitarra nuevamente. Y ahí estábamos, Gepe con un arpa y una guitarra; Chinoy solo, y yo igual. La idea era comprobar si la gente era capaz de escuchar un tiempo largo este viejo-nuevo formato. Y no fue fácil. Me acuerdo que estábamos en camarines y que pensábamos “en qué nos metimos”. Había nervios. El único fenómeno de ese formato que habíamos visto funcionar en Chile era el de Silvio (Rodríguez), un antecedente súper importante respecto de cómo hacer un concierto grande solo con talento y una guitarra. Intentarlo de nuevo, con todo lo que significaba este repertorio, fue difícil. Pero nos sorprendió comprobar que sí habían y nos confirmó las ganas de retomar esa senda.</p>
<p>Esa mencionada escena transicional, que en la primera mitad de los dos miles se ejecutaba en lugares como El Papalote, La Máquina o Naitún, sirvió para que talentos como el de García se adiestraran en el intento de traer de vuelta el repertorio de voz y guitarra, pero con un formato atractivo. “Ya sabía cómo llenar espacios chicos, cómo armar un concierto que tuviera una impronta, algo que le entregara al público una cosa nueva. Y eso lo aprendí de Pedro Aznar. Un poco antes me habían invitado a acompañarlo en una gira por el país y ahí pude ver cómo armaba un concierto con pianista, su batero, él y dos asistentes. Cinco, siete u ocho personas a lo más. Con luces y sonido impecables, todo súper protegido por su gente, atendiendo a un montón de cosas que buscaban complacer al público. Esa especie de ética que venía del rock, pero que estaba en este caso inyectada a la cantautoría, fue algo revelador y necesario para no seguir llegando con un cable en la mano, enchufándose en un lugar ingrato, con un sonido que te entregaban tarde y la posibilidad de que se te apagara un parlante y que en el fondo a nadie le importara mucho porque todos sabían que la cosa era precaria y que la música chilena funcionaba así, y un montón de ideas que habían perpetuado eso de que hacer música de cantautor era casi como pedir limosna en la calle. Tú podías sentir muy fuerte el prejucio del público en esa época. La gente decía ‘el tipo va a venir con unos bluyines, una polerita, su chancleta y va a ser todo pueblo-pueblo’. Y como que el ojo no te dejaba escuchar. La idea entonces fue decir ‘vamos a tomar elementos de la cantautoría, pero también elementos nuevos’, porque nadie le ha dicho a la música qué se debe hacer. Porque la música es abierta y libre”.</p>
<p>Las formas de estos embrionarios folk stars derivarían en vertientes más sofisticadas o derechamente populares. El mismo García, como un Bob Dylan criollo renunciando a la canción protesta tal como hizo el estadounidense en el Festival de Newport de 1965, tomó la mayor distancia posible de la trova con un sorprendente disco de tecno y pop llamado Acuario (2012). Pero su debut solista de siete años antes sirvió para hablar de un nuevo movimiento, uno que muchos observaron como de continuación del Canto Nuevo, al menos desde la estética, y de ese repertorio interrumpido que había nacido en una peña de la Gran Avenida y en un festival del mismo nombre organizado en 1976 por el hombre de radio Ricardo García.</p>
<p><strong>La herencia</strong></p>
<p>Amaro Labra, la voz histórica de Sol y Lluvia y uno de los protagonistas de esa golpeada escena de los 80, no sabía que Manuel García se inició cantando sus canciones. Y una vez enterado rápidamente ofreció una teoría para establecer ese puente imaginario que unió a su generación con la del ariqueño. “Observo la música como un continuo y en ese continuo van apareciendo nuevas voces que, por sintonía, un lenguaje común o quizás porque están viendo las mismas cosas que vimos nosotros —y que no han cambiado tanto—, van recogiendo ese legado. Lo vengo a descubrir hoy y es muy halagador saber que Manuel cantaba nuestras canciones. Pero lo entiendo simplemente como una generación que se va nutriendo de lo que han hecho otros. Como nosotros lo hicimos en su tiempo también con el rock o la Nueva Canción Chilena. Todos nos vamos inspirando y Manuel también nos ayuda a entender que hay nuevas maneras de comunicarse. El puente entonces tiene ambas direcciones”.</p>
<p>Junto a su hermano Charles, con quien tenía un taller de serigrafía y que 25 años después saldría del grupo por diferencias ideológicas, Amaro inició la banda en la comuna de San Joaquín en 1976. Los inicios, como muchos de su generación, fueron difíciles. Porque habría que estar ciego, o ser muy sesgado ideológicamente, para no reconocer que a este puñado de cantores y conjuntos de chalecos de lana y guitarras de palo, y peñas clandestinas con velitas en las mesas y vino navegado, le sobró coraje para atreverse a enunciar lo que muy pocos estaban dispuestos a cantar. Sin embargo, Labra toma distancia y ofrece matices respecto de la sintonía musical con el Canto Nuevo, ese género anclado entre mediados de los 70 e inicios de los 80, y que los sigue ubicando a ellos como uno de sus nombres más señeros.</p>
<p>“Nosotros estamos al final de esa etapa del Canto Nuevo”, aclara. “La génesis de cómo se van construyendo canciones parte siempre desde la guitarra y desde el cantautor, eso está claro. Pero nuestra evolución como grupo fue distinta. Hay que entender que esos períodos, de comienzos de los 80, eran de mucha dispersión, porque era muy difícil reunirse. Volver a retomar las confianzas fue muy duro después de la dictadura, donde no se podía confiar en casi nadie salvo las familia o los amigos. En ese contexto, construir bandas y más aún con repertorios políticos o de observación social era algo muy complicado. Empezamos siendo una guitarra y una voz. Y luego una guitarra con un bombo. Es decir, prácticamente como trovadores. Esa es la explicación que me puedo dar del fenómeno. De cómo nace una canción tan íntima, tan de persona a persona y no de banda. Hubo que ir creciendo en esa cosa social de hacer música de manera muy adversa. Afortunadamente pudimos superar los obstáculos y consolidar una propuesta, aunque para la historia seamos del Canto Nuevo sin serlo tan nítidamente, estimo yo”.</p>
<p>García y Labra comparten una idea. Que si el Canto Nuevo no tuvo una trascendencia mayor en el tiempo no fue solo por el férreo cerco político imperante, ni por la sombra de lo que claramente era más conveniente para el establishment como el recordado boom del “pop latino”, para muchos desinformados la única música chilena relevante de ese decenio gris. Esa otra voz de los 80 quizás tampoco supo cómo ir más allá de la coyuntura generacional y convertirse en un referente de peso para nuevos músicos, como sí pasó con la Nueva Canción Chilena (Inti-Illimani, Víctor Jara, Violeta Parra), y cuyo influjo se advierte hoy con más claridad en muchos de los recientes créditos de la cantautoría local.</p>
<p>Grupos como Abril, Santiago del Nuevo Extremo y Aquelarre, y solistas como Rudy Wiedmaier, Hugo Moraga, Payo Grondona y Eduardo Peralta, entre una treintena de nombres que publicaron entre 1974 y 1982 —principalmente en sellos como Alerce—, tuvieron que renunciar tempranamente a su legítima aspiración de masividad frente a la aparición de bandas como Los Prisioneros, que canalizaron mejor el descontento ambiental a través de sus letras y, algunos años después, frente al retorno de grandes nombres como Inti-Illimani, Illapu y Quilapayún, que volvieron para recuperar el tiempo perdido y, según algunos, llevarse la gloria de la resistencia a la dictadura.</p>
<p>“Hubo mucha música que salió de Chile y que se produjo fuera del país”, explica Labra sobre un tema particularmente sensible para su historia y respecto de agrupaciones que prefiere no mencionar. “Hablo de esos grupos importantes, grandes, que estuvieron afuera en la época de la dictadura. Eso generó muchos lazos entre ellos. Y cuando vino la vuelta a los gobiernos civiles, hubo mucha más onda entre los que habían estado afuera que con nosotros que nos habíamos quedado acá. Los que se hicieron parte del gobierno también era gente que venía de afuera. Muchos de ellos no vivieron todo lo que significó la resistencia en Chile. Tenían poca vinculación con lo que pasaba acá. Eso hizo que muchos de los que estuvimos resistiendo e hicimos música en esos tiempos, no tengamos mucha relación con los que se hicieron cargo de la cultura oficial a partir de los 90. Nuestro reconocimiento viene de las personas y del pueblo. Eso está presente. He estado con los Santiago del Nuevo Extremo y hay muchos que quieren vincularse y sentirse reconocidos a través de nosotros. Gente que siente que son como nosotros. Todos los días en la calle y en los conciertos hay un reconocimiento grande por lo que hicimos y por lo que somos hasta el día de hoy. Quizás no de la elite, pero sí del pueblo-pueblo, que sabe lo que es estar arrinconado y pasarlo mal”.</p>
<p>Labra tiene un punto. Nadie dudó nunca de las buenas intenciones del movimiento ni de su coraje y pocos podrían discutir la belleza objetiva de melodías clave de este cancionero como “A mi ciudad” (1980, Santiago del Nuevo Extremo), “En un largo tour” (1980, Sol y Lluvia) y “El viaje” (1983, Schwenke &amp; Nilo). Pero en la música y, sobre todo, en el discurso del Canto Nuevo también se instaló cierta moral “lana” (que ya advertía el filoso Jorge González en su histórica “Nunca quedas mal con nadie”, de 1984 y que también denotaba ese odioso mote de la época que hablaba de estos músicos como integrantes del “Llanto Nuevo”) y una vocación por el lamento y la queja social que solo pudo sintonizar con los hombres y mujeres de esa época en particular, la misma generación que ha acusado por años el mismo olvido ingrato que parece haber tenido este repertorio.</p>
<p><strong>Karma</strong></p>
<p>Luis Le-Bert pensó en eso. En el pago de Chile y en el karma de su generación y en lo ingrato de la escena local, cuando en abril de 2015 tecleó molesto frente a su computador para decretar un nuevo fin de Santiago del Nuevo Extremo en su página de Facebook. Esto pasó solo tres meses después de que apareciera el último disco de la banda y dos desde su lanzamiento en el Teatro Cariola. Un giro doloroso que quizás se explica en su origen y en cómo hicieron su carrera. “Nosotros nacimos a la música el 77, en un momento en que la cosa del lenguaje musical y cultural era muy complicado de articular. ‘A mi ciudad’ aparece dentro de un abanico de canciones en las que buscábamos construir un lenguaje. Y la magia del tiempo nos dio la razón porque son músicas y canciones que han permanecido. Yo ando mucho en micro por Santiago y siempre me encuentro a alguien cantando una de Schwenke (&amp; Nilo) o de Santiago (del Nuevo Extremo) o de Sol y Lluvia. Y me llena de orgullo, porque nunca tuvimos más presencia que la del casete pirateado. Hasta nos ha tocado cantar canciones del Santiago en fogatas. Como si no fueran nuestras, como si le pertenecieran a otros. Y si me lo preguntas, se debe a que temas como ‘A mi ciudad’, ‘Homenaje’ y ‘Simplemente’, más allá de si son ubicadas como Canto Nuevo o Trova o el género que sea, nacieron como una respuesta a la fealdad. Y nosotros como banda y como músicos siempre antepusimos una mirada poética a la fealdad. En estos días enfrentamos algo distinto como país, pero que también duele y que es la exclusión. Cuando un niño se acerca a ti y te dice que quiere ser músico y todos los adultos presentes ponen cara de preocupación por su futuro, eso desconcierta porque ¿sabes qué? somos la capital mundial de la música y nadie lo sabe. Es cosa de revisar el camino de la cantautoría en Chile que desde el registro de la Violeta hasta hoy se ha mantenido sin pausa”.</p>
<p>El final de 2016, uno de los tantos de su carrera, no parecía cerca. Al contrario. La banda que Le-Bert inició en 1979 junto a Jorge Campos y Pedro Villagra parecía estar viviendo un reencuentro especial previo a ese último disco. Sin embargo, ninguno de ellos olvidaba su origen y el peso de haber sido hijos de esa generación. “Nosotros siempre estuvimos en el camino de la ‘no aparición’. El Santiago (del Nuevo Extremo) no apareció nunca. En ningún lado. Siempre estuvimos alejados de toda formalidad y de cualquier etiqueta. Para nosotros no hay cosa peor que te encasillen, acogerse a una forma que lo único que hace es atraparte y dejarte quieto en un lugar que se llama cajón formal. Un lugar donde no hallas cómo salir especialmente si el cajón está diseñado afuera, eso lo sabemos los arquitectos. Porque generalmente son cajones feos. Esa manera de calificar la música es siempre capitalista. Y nosotros, ya lo sabes, hemos mirado todo desde la otra vereda. La de las emociones”.</p>
<p><strong>El Café</strong></p>
<p>La de los 80 fue una época de trincheras y el Canto Nuevo tuvo la difícil misión de sobrevivir en ese campo de batalla y con escasa difusión oficial. Apenas un par de programas en la Radio Chilena, como Nuestro canto, y otro en Galaxia, llamado Hecho en Chile. Radio Umbral era otra de las escasas plataformas para el repertorio de músicos que eran entrevistados en el suplemento La Bicicleta y que itineraban por escenarios capitalinos como la Casa del Cantor, Kamarundi, la Casona de San Isidro y, sobre todo, el Café del Cerro. Este último, inaugurado el 15 de septiembre de 1982, según aclaraba su dueño Mario Navarro, se convirtió en un reducto para la escasa escena musical capitalina, pero sobre todo para el Canto Nuevo. “Andaba con los discos del Inti (Illimani) y de Rolando Alarcón bajo el brazo y se reían de mí todos los que escuchaban a Santana o lo que fuera que estuviera de moda por esos días”, rememoraba el hombre que en 1993, y después de “diez años de lucha”, decidió cerrar lo que se convirtió en un sitio histórico para la sufrida escena capitalina de los 80.</p>
<p>“Fue una década intensa y muy bonita. Se hicieron muchas cosas. Me acuerdo que para la inauguración del Café (del Cerro) tocaron Ortiga, Chamal, Antara y Gervasio que llegó de sorpresa poco antes de ganar Viña del Mar y convertirse en una estrella a nivel nacional. También hubo momentos complejos por la época y por el tipo de música que se cantaba allá. Hubo un par de atentados. Una vez dispararon perdigones contra el Café, uno pasaba por fuera y podías ver la puerta que estaba llena de marcas. Después pasó algo más grave, un atentado incendiario que si no fuera por un nochero que teníamos en ese momento se nos quema el local. Otra vez hubo un ciclo de Los días felices, de rocanrol que se hacía los días domingos. Imagínate algo más inofensivo que eso. Pero igual tiraron una bomba lacrimógena adentro del local. Pero esas fueron anécdotas, accidentes podríamos decir de una actividad que sobre todo fue musical. Y que fue mucho más allá del Canto Nuevo. Desde el comienzo tuvimos una apertura bien importante de estilos. También había rock, teatro, los jueves teníamos jazz, yo mismo iba a ver al Felo todos los fines de semana. Allá tocaron Congreso, La Ley, Fulano, Los Tres, De Kiruza. Eso sí los más populares fueron los del Canto Nuevo. Schwenke &amp; Nilo y (Eduardo) Gatti eran los top one del Café”.</p>
<p><strong>Prisioneros versus Gatti</strong></p>
<p>Entre sillas de paja, cómodas ocupadas como mesas y vasos hechos con botellas de pisco partidas por la mitad, el Café del Cerro albergó una escena y también fue territorio de uno los enfrentamientos más simbólicos de la música chilena de esa época: el del amordazado Canto Nuevo contra el deslenguado nuevo rock ochentero. Pasado y presente, templanza y arrojo que se vieron las caras una noche de marzo de 1985, pocas semanas después del terremoto que había afectado a la zona central del país y en el contexto de una cita benéfica que buscaba recaudar fondos para ir en ayuda de las víctimas del sismo. En el cartel estaban los top one: Gatti y compañía. Pero también aparecían Los Prisioneros en categoría de villanos invitados. En ese recinto sin tarima, con los músicos a la misma altura del público, González, Narea y Tapia comenzaron a tocar y de inmediato se escucharon las primeras pifias. A poco andar recibieron vasos y ceniceros como proyectiles. El abucheo era nítido, tanto que el líder de los sanmiguelinos no encontró nada mejor que dedicarle a los presentes “Nunca quedas mal con nadie”, la misma del “tu guitarra, oye imbécil barbón, se vendió al aplauso de los cursis conscientes”. El choque de públicos y repertorios nunca se hizo tan evidente como en esa cruda velada en el Café del Cerro.</p>
<p>“Nos tiraron cosas, nada tan grave o que nos pudiera haber hecho daño, pero claramente era un gesto de repudio de los fanáticos del Canto Nuevo que se sentían ofendidos con nuestra presencia”, contaba Miguel Tapia, quien tras los tambores y los platos tuvo una espléndida panorámica del accidentado choque. “Nos habían invitado a tocar porque ya estábamos haciendo cosas con Mario (Navarro, dueño del lugar), que nos había organizado unas giras al sur y otras cosas. De hecho, ya habíamos tocado en el Café del Cerro, pero esa noche fue distinta porque había una mezcla de gente muy especial. Estaban los que nos seguían a todos lados y los que siempre iban a ese lugar a escuchar a gente muy distinta a nosotros. El público duro del Café. Éramos los extraños así es que nuestros fans se pusieron adelante y los que estaban atrás, nuestros opositores, empezaron a lanzar vasos, ceniceros, servilletas y dejaron claro su disgusto por tenernos allá”.</p>
<p>La leyenda dice que Jorge González terminó a los gritos con Eduardo Gatti, pero el hombre de “Los momentos”, algo incómodo con la idea de recordar esa noche ingrata, descarta algún incidente. “Ni yo recuerdo ni muchos de los que estuvieron esa noche recuerdan lo que supuestamente Jorge (González) me habría dicho. Lo único que sé es que las veces que me lo encontré después, me hizo sentir con mucho entusiasmo su admiración por mi trabajo. Incluso poco después de lo del Café del Cerro que, efectivamente, fue una velada en que podríamos decir que se confrontaron dos generaciones y dos formas de ver la música”.</p>
<p>La teoría de Gatti sobre esa pelea que no quiere detallar tiene que ver más bien con los pecados de juventud. “Hice lo mismo en 1968 con fte Apparition. Despreciar a los que hacían folclor, a los del (festival de) San Remo, a los de la Nueva Canción (Chilena), a los que tocaban mal, etcétera. Nunca públicamente, eso sí, siempre en conversaciones entre amigos y compañeros de banda, pero también rechazaba lo que no me fuera cercano. Después me pasó de vuelta con Los Blops. Hasta Neruda nos ninguneó en público porque hacíamos rock. Entonces supongo que en los 80, en esa época que fue realmente dura para nosotros porque vivíamos endeudados y con escasas posibilidades de cantar y sobrevivir con lo que hacíamos, me tocó sufrir lo mismo a manos de grupos más jóvenes como Los Prisioneros”.</p>
<p>Tapia concuerda. “Obviamente que por nuestra juventud e ímpetu propio de la edad mirábamos mal ciertos repertorios como los del Canto Nuevo. Los encontrábamos muy suaves, pero no por una cosa estética o por cómo sonaban. Sino por la poca convicción que tenían. Porque pecaban de no ser más frontales y eso nos molestaba. Hay que considerar que, en general, eran mayores que nosotros. Nosotros quizás teníamos 18 años, un poco más, y ellos, en su mayoría, deben haber estado por la treintena, quizás más. Eso explica la distancia generacional, pero fue un momento en que se empezaron a separar aguas en ese Chile de los 80”.</p>
<p>“Pasa siempre que las nuevas generaciones de músicos intenta validarse denostando a los que vinieron antes”, coincide Gatti. “Eso existió en Chile durante mucho tiempo y no solo de parte de Los Prisioneros contra el Canto Nuevo. A mediados de los 90 también surgieron bandas que renegaban de todo lo que se había hecho antes, incluso criticando lo que en ese momento era el último repertorio de Los Prisioneros. Pero eso cambia a partir del 2000. Desde ese momento empieza a haber un reconocimiento al pasado, algo parecido a lo que sucede en Europa o en Estados Unidos donde es habitual ver a cabros jóvenes celebrando el repertorio de clásicos y tocando con ellos. Y eso es lo más sano, porque también en algún momento de la vida me tuve que tragar las papitas calientes que había tirado siendo más joven. Es raro. Somos un país tremendamente dicotómico, vivimos en una dialéctica permanente, confrontados y sin entender que existen los opuestos. O que existe un pasado que en este caso vale la pena escuchar. Y a pesar de que el reconocimiento ha venido de los más jóvenes a ciertos repertorios, en mi caso a lo que hicimos con Los Blops, siento que al Canto Nuevo y a esa escena de los 80, tan ingrata y dolorosa, todavía no se le reconoce como debería. Aunque, para qué andamos con cosas, ya es demasiado tarde”.</p>
<p><strong>El hachazo</strong></p>
<p>“Fue una época tremendamente difícil”, aporta Francisco Sazo, la voz histórica de Congreso. “Fue un hachazo, un golpe del que costó recuperarse. Pasados los años, te diría ya en los 80, la gente le empezó a perder el respeto a lo oficial y comienzan a coexistir ondas distintas. Al principio fue muy traumático. Yo me acuerdo de lo de Los Prisioneros y Gatti en el Café del Cerro. Jorge González dijo una cosa fantástica, algo así como ‘basta de lágrimas artesanales’, lo que era una clara provocación al establishment. Una maravilla que visto en perspectiva fue algo súper necesario. Ahora, es cierto que hubo de todo en esa época y que hubo algunos que se fueron al extranjero y que disfrutaron de cierta exposición potente. Pero hay que decir que los que se quedaron fuera del país, después del golpe, lo hicieron porque no podían entrar o si no los mataban. Víctor Jara como brutal ejemplo de eso y por suerte existió este Congreso de la Juventud de Berlín 1973 que salvó al Inti y al Quila, si no, no la cuentan. Hubo distintas maneras de quedarse y de estar en dictadura. Nosotros que éramos más hippies optamos por una mirada más de conjunto y asumiendo también, lo digo en mi caso personal, nuestra cuota de desastre respecto de lo que se había producido el 73. Hasta hoy me conmueve recordar que hubo un momento en el país en que todos hacíamos gárgaras con la palabra ‘muerte’ hasta que finalmente apareció y nos mató espiritualmente a todos. Ahí uno tiene una responsabilidad. Entonces, nos pudimos haber dedicado al pop o al rocanrol o a haber armado las maletas, pero decidimos quedarnos”. “Tuvimos que crecer muy rápido”, dice Tilo González, baterista del legendario conjunto quilpueíno. “Nosotros estábamos jipiando entre la sicodelia y el rock y de repente cayó la noche y tuvimos que tomar posiciones. Éramos cabros chicos, teníamos 21 años. Fue un golpe brutal que interrumpió todo. Afortunadamente entre la poesía y la música pudimos sobrevivir”. “Era complejo”, retoma Sazo, “había gallos que te iban a grabar, amenazas de bomba en los lugares donde ibas a tocar, controles policiales en la puerta de los conciertos, llamadas anónimas, en fin, todos los trucos que buscaban asustarte. Pero siempre pasa en estos casos que hay como dos ríos paralelos. Uno con lo que hace el régimen, el amedrentamiento, la censura, y otro río subterráneo, imparable, que tiene que ver con el curso de la vida. Con la gente que sigue comprando el pan y tratando de llevar una vida normal en la medida de lo posible. Toda esa época cansó. Cuando volvió la democracia, nuestra generación entró en una especie de agotamiento. Por eso sacamos el Aire puro (disco de 1990), porque era un momento especial y porque sentíamos que recuperábamos algo. Entiendo a los jóvenes que son muy críticos respecto de lo que pasó en esa época. La teoría de la transacción y todo. Pero el tiempo nos ha permitido mirar con más sutilezas y madurez estos compromisos. Lo importante en ese momento fue no perder la relación con el otro y en eso creo que no fallamos”.</p>
<p><strong>Prosa urbana</strong></p>
<p>El ejemplo de Congreso ilumina la irrepetible escena de fines de los 70 y gran parte de los 80 en Chile. Una postal que también se construyó con otros lenguajes más allá de la Trova y el Canto Nuevo. El del boom del pop latino y las estrellas del canto televisivo, en el apartado de lo más visible. También lo que pasó con el rock clásico de gente como Tumulto y la fusión jazzística de nombres como Quilín y Amapola. Y por último, la vanguardia vinculada a otros como Electrodomésticos y Fulano que también germinaron en la época. Particularmente generosa ha sido la mirada respecto del boom del pop latino, fenómeno discográfico que terminó mezclando frente a los dudosos criterios de la nostalgia a nombres de repertorios tan disímiles como Los Prisioneros con Cinema o Valija Diplomática con Upa!</p>
<p>Estos últimos ofrecían una buena reflexión sobre la época y las posibilidades, a diferencia del Canto Nuevo, de abordar contenido sin dramatismo. “Resulta obvio decir que nosotros no estábamos vinculados al Canto Nuevo por el tipo de música que hacíamos. Pero a pesar de estar ligados al pop tampoco tuvimos que ver con mucha de la frivolidad musical de la época”, decía Pablo Ugarte. “Nosotros veníamos de otro lado. De la universidad, las protestas y la contingencia. Y guardando como condición esa consecuencia es que perduramos. Es inevitable que se hagan rotulaciones de ciertos espacios y períodos en el tiempo que obedecen a un sector geográfico común. Decir que todos éramos pop y asumir que ese pop fue escapista y poco comprometido con lo que estaba pasando. En nuestro caso no fue así. Si bien no éramos happy pop rock, tampoco éramos un grupo contestatario. Y eso obedecía a una cosa que Mario (Planet) definió muy bien su momento: Upa! hace canciones desde la guata y sobre cosas reales. Cosas que le pasan a un joven en dictadura, que pololea o que lo echan de la pega. No hacíamos literatura ni tampoco aprovechamos la contingencia para hacer una canción sobre las protestas o los torturados. Por eso nuestros textos todavía tienen una lectura posible después de tantos años. Porque son las mismas cosas que le siguen pasando a la gente y que van a seguir pasando”.</p>
<p><strong>Construir identidad</strong></p>
<p>Pedro Foncea todavía jugaba en las inferiores de Colo Colo cuando Upa! debutaba en el céntrico teatro Cámara Negra en 1985. En rigor, llevaba seis años ocupando la banda izquierda de la cancha como una de las promesas en las juveniles del club popular y sus primeros recuerdos musicales también ilustran sobre ese Chile en dictadura. “Entrenábamos en Pedreros y el único que tenía auto para llegar hasta allá era Julio Pastén, que llegó a ser vicepresidente del Sifup. Tenía un Opel del año de la corneta que nosotros llamábamos ‘Turbo’. Un montón de cabros chicos apiñados adentro de este auto y escuchando las canciones que yo pasaba a un casete como encargado de la música”. El hombre que en 1987 formaría junto a Mario Rojas una de las bandas seminales del hip hop en Chile, De Kiruza, se armaba cintas de 60 minutos con vinilos que conseguía de grupos y solistas como Earth, Wind &amp; Fire, Stevie Wonder, Cameo y Kool &amp; fte Gang. “Tengo una teoría”, profundiza sobre ese catálogo. “Te aseguro que detrás de cada hip hopero de la actualidad, hay un padre que escuchó esta música. Te lo firmo. De otro modo no se entiende esta herencia. ¿Te has preguntado alguna vez qué tenemos que ver nosotros con el funk o el soul? ¿Qué posible vínculo existe entre nosotros y la música de Brooklyn? Ninguno. Pero en esa época lo único que los programadores podían poner en las radios era música negra y en inglés. Estoy hablando antes de Los Prisioneros y toda esa camada, porque los temas en castellano salieron de la radio y lo que entró fue todo este repertorio que era más bailable y festivo que lo anglo de otras radios como Toto, Alan Parsons, Vangelis y E.L.O. Lo veo como una bendición que surge de la maldición de haber vivido nuestra infancia en dictadura”.</p>
<p>Foncea había estudiado con los jesuitas del colegio San Ignacio El Bosque y era militante del PC cuando en 1986, después de un viaje a Brasil y Perú, conoció a Mario Rojas en un taller literario. El hijo del músico del mismo nombre que había tocado con Los Chileneros, los padres de la cueca brava, era doce años mayor que Foncea y venía llegando de Australia, Nicaragua y Nueva York. Sus mundos musicales eran distintos, casi opuestos: Foncea fanático de los ritmos afroamericanos y Rojas más cercano a la trova y el folclor. Pero ambos coincidían en algo esencial: había que recuperar la identidad y el mensaje en la música bailable. Así nace De Kiruza, grupo que es considerado junto a Los Panteras Negras y La Pozze Latina como los precursores del rap en el país. Un lenguaje que, tal como fue la tónica en la época, no fue entendido por los colegas de ese momento. “Jorge González nos daba duro”, recuerda Foncea, “decía que éramos unos hueones hippies, pero yo tampoco entendía lo que hacían Los Prisioneros.A mí no me parecía que tocaran tan bien porque a esa edad, lo reconozco, estaba muy pendiente de la calidad instrumental. De que no cualquiera podía ser músico, porque para serlo había que saber tocar y tocar bien. Quizás es una tontera visto desde la perspectiva de hoy, pero a pesar de que fue una época importante, que nos tenía a todos en cierto modo agrupados en una causa, al ser hijos de esa generación súper ideologizada y golpeada, nos dábamos duro entre nosotros”.<br />
<strong>—Quizás la idea era construir identidad a partir de lo que te distancia del otro.</strong><br />
—Cosa que hoy no existe. Es otra generación, más sana, con menos trancas. Antes era difícil. Somos hijos de una generación fracturada, un poco perdida. Al igual que en el fútbol, en la música vi perderse a unos talentos inmensos. Un poco por falta de oportunidades, pero también porque fue una época heavy y lo que nos encontramos cuando volvió la democracia fue un país en pelotas, arrasado, sin sellos, ni lugares para ensayar o tocar. Trato de recordar lo bueno, porque hace años que dejé de quejarme. Me acuerdo del 88. Nosotros habíamos sacado el primer casete y empezamos a practicar en el mismo Café del Cerro, que pocos lo saben, pero también era una sala de ensayo y de las buenas que había en esos días. Y ahí confluíamos todos. Fulano y Congreso ensayaban en la primera sala. Arriba en el segundo piso estaba La Ley y Joe Vasconcellos. En otra practicaba el Santiago del Nuevo Extremo y así. Era alucinante. Estilos distintos, ondas distintas, pero nos encontrábamos y compartíamos sin drama. Mario (Navarro, dueño del Café del Cerro) tenía unas ofertas rebuenas para el almuerzo y ahí nos topábamos todos en los comedores siempre conversando y compartiendo algo. Había una onda de respeto tremenda y también de apoyo entre nosotros. Me acuerdo de los primeros conciertos de Los Tres en el Café. Con suerte éramos cinco personas viéndolos. Yo y mi familia. Después, ya en los 90, se perdió un poco esa camaradería. Las peleas fueron otras, las platas, los sellos que empezaron a tener fuerza de nuevo, los espacios y privilegios que empezaron a tener algunos en desmedro de otros. Eso también es reflejo de que fuimos hijos de una generación interrumpida y acallada y que cuando cambiaron las cosas no todos lo manejaron tan bien, sobre todo respecto de las diferencias que existían entre nosotros.</p>
<p>Lo de los estilos y sus fronteras era todo un tema en los 80. Particularmente respecto del formato del folclor y la trova, dos géneros que bien podrían resumirse en voz y guitarra y que estaban mayoritariamente vinculados a las sensibilidades de izquierda.</p>
<p><strong>Amistades peligrosas</strong></p>
<p>Los temores respecto de estos cancioneros eran tan altos como las urgencias de las autoridades por vincularse como fuera con este repertorio. Le pasó a Fernando Ubiergo solo horas después de ganar el Festival de Viña del Mar, en febrero de 1978 y con apenas 21 años. El triunfo del porteño en la Quinta Vergara fue el punto más alto de una carrera que había iniciado recién un año y medio antes en eventos muy similares al que todavía se celebra cada mes de febrero en la Ciudad Jardín. El festival Metropolitano, el del Sol del Quilpué, el de El Quisco y el de la Primavera se anotaban entre otros triunfos mayores en el currículo previo de este cantautor, que a diferencia de los del Canto Nuevo se vinculaba más con la trova de un Joan Manuel Serrat que con la de origen cubano. Y quizás por eso, porque además se convirtió rápidamente en un fenómeno de masas con adolescentes pegando sus posters en las puertas de su piezas, despertó un incómodo interés en las autoridades de la época.</p>
<p>“Partí tocando en lugares universitarios y ante un público estudiantil”, rememora. “No había medios de comunicación interesados en difundir lo mío, excepto cuando ganaba estos festivales con la pretensión de que alguien se interesara en publicarte, pero siempre era muy mínimo. Había un sesgo y un miedo grande a la guitarra de palo, tanto que alguna vez recuerdo que me dijeron ‘me gustan las canciones, déjalas acá para que las cante alguien más en onda pop’. Lo que quiero decir es que a pesar de lo bien que suena, cada vez que ganaba un festival —y los gané todos antes de Viña—, la vida era la misma. Nada cambiaba. Por eso en la canción ‘El tiempo en las bastillas’ está mi idea temprana de que la historia la hacen los historiadores y lo que se cuenta no es necesariamente lo que sucedió. Peor aún. La historia que conocemos probablemente es una historia sesgada y es también probable que haya mmás heroísmo y amor fuera de lo que dicen los libros. En el fondo, sentía que mi carrera y mi repertorio no iban a tener el espacio que merecían tener”.</p>
<p>Las bastillas de Fernando Ubiergo, como bien dice su autor, no guardaban tiempo sino arena de playa. Un generoso puñado que meses antes se había colado en sus viejos jeans Wrangler de color azul, que todos usaban arremangados en esa época, y que una calurosa tarde de diciembre de 1976, agobiado por la nostalgia del mar y la infancia perdida y la separación de sus padres, vio caer sorpresivamente sobre el piso de la pieza que arrendaba en Santiago para dictar el nacimiento de una de las más entrañables melodías de la cantautoría chilena. “Pensé ‘si el tiempo tuviera algún tipo de bolsillo, probablemente las cosas que nadie ha escrito por cualquier razón, las cosas que suceden en la vida, y que marcan a seres humanos y a pueblos enteros, están en ese lugar’. Lo escribí así porque pensaba que mi música iba a ser simplemente la que escuchaban mis amigos y mi familia. Al final de la canción digo ‘se perderá en el ruido de la gran ciudad’. Era una alusión a mi propia historia pero hoy entiendo también que sonara como una alusión al tiempo que vivíamos”.</p>
<p>Ubiergo cuenta que con “Un café para Platón”, estrenada en 1977 y con la que ganó el festival de la Primavera de ese año, y ya luego con el triunfo en Viña algunos meses después, empezó a temer una suerte de utilización de la oficialidad. “No quiero colgarme medallas por esa época”, aclara, “porque hubo gente que lo pasó realmente mal y que resistió cosas mucho peores. Hablo de gente en general, pero también de músicos y de artistas. Lo tengo muy claro. Pero lo concreto es que para mí tampoco fue sencillo. El tema es que empiezo a percibir entre ‘(Un café para) Platón’ y ‘(El tiempo en) las bastillas’ un acercamiento de la dictadura, la intención de querer aproximarse. Me empiezo a dar cuenta de cierto manoseo que me resultaba ingrato”.</p>
<p>Todavía tenía en la retina esa postal de una Quinta Vergara iluminada con las antorchas de papel de diario cuando golpearon la puerta de su pieza en el Hotel O’Higgins, a las 10 de la mañana, solo horas después de ganar el certamen. Pensó que era el desayuno o alguien con los diarios que, por cierto, pretendía recortar y guardar. Pero al abrir la puerta se encontró con dos funcionarios de cuello, corbata y bigotes. Muy gentiles, se invitaron a entrar al dormitorio y le pidieron que se vistiera rápidamente y que dejara todo tal cual. Hasta la Gaviota, que no se preocupara por nada, que lo iban a llevar y lo iban a traer de vuelta en menos de una hora. “Pinochet me quería conocer y me quise morir”, cuenta Ubiergo que se excusó con un compromiso con los medios y una falsa dolencia estomacal para sacarse de encima a unos que se fueron con cara de “yo que usted no rechazaría esta invitación”.</p>
<p>“Ahí se confirmaron todos mis temores, que efectivamente el régimen me miraba con simpatía y que necesitaban validarse con una figura como la mía”. Ante la negativa, lo que vino después fue hostilización pura. “Una vez me fueron a buscar y me interrogaron en mi casa frente a mi madre y a mis dos hermanos menores. Años después una funcionaria del registro civil me contó que había escondido mi ficha cuando la fueron a buscar los militares, solo porque a ella le gustaba mi música y no quería que me pasara nada. Son cosas que partieron con ‘(Un café para) Platón’ que tenía otras lecturas y es razonable que las tuviera porque esa canción estaba codificada. Era mi forma de escribir y todavía lo es”.</p>
<p>Especialmente complejo fue el capítulo que vive con el disco Ubiergo, de 1979, y donde se atreve a incluir un tema de Víctor Jara y dos de Silvio Rodríguez. El sello entra en pánico y los censores, todavía muy activos en ese momento, “revisan” los contenidos una y otra vez. Finalmente, el álbum aparece solo con mil copias que en ese momento, y en el contexto de una estrella mayor como la de Ubiergo, era un disparate. “Me siento orgulloso del Fernando de esa época”, concluye en tercera persona. “Y no es que me quiera arrogar todos los méritos de la resistencia ni nada por el estilo. Pero estuvo cerca, muy cerca, la garra de la autoridad y pude mantenerme al margen. Quizás perdiendo mucho, pero ganando más a la larga”.</p>
<p><strong>La leyenda de Gaete</strong></p>
<p>El Canto Nuevo y esas otras voces de los 80 fue para muchos un repertorio de batalla. Un catálogo de campaña que en la naturaleza de su origen (sacar la voz, decir lo que otros no decían) parecía traer predeterminado su propio fin. Pero hubo otras voces, como la de Mauricio Redolés, que demoraron años en describir la escena en que les tocó desarrollarse como músicos y apelando a un elemento que escaseó en gran parte de ese cancionero: la sátira y el humor.</p>
<p>El hombre del Bello barrio lo supo meses antes de que Pedro Gaete Soto, exonerado político e inspirador de la más clásica de las canciones del cantante y poeta chileno, falleciera en abril de 2012. Ahí nos enteramos todos que al mentado Gaete no lo había matado el copete, ni el carrete. A Pedro Gaete Soto lo había derribado a los 73 años un fulminante cáncer al páncreas en su casa de calle Simón Bolívar, en Ñuñoa. Redolés, compadre de años y que lo homenajeó en vida con esa canción de 1996 y del disco del mismo nombre en la que jugueteaba con las trágicas posibilidades lingüísticas que otorgaba su apellido, lo fue a ver un mes antes de que muriera. Y aunque lo encontró “ya en las últimas” se quedó con una de esas frases ingeniosas, con las que recordaba al inspirador de “¿Quién mató a Gaete?” (1996): “Estábamos tomando té y viendo las noticias y Pedro me dice: ‘así no más es la cosa, Redolés. Hasta los robles caen’”.</p>
<p>Gaete supo varios meses antes de morir que tenía cáncer, pero, terco como era, insistió en darle pelea hasta el final. Incluso fue al beneficio que se realizó a fines de enero de ese año en el Municipal de Ñuñoa (ex Teatro California) y donde Redolés, junto a otros ilustres de la golpeada movida capitalina de los 80, entonó el tema con que este hombre se convirtió en una suerte de mito para la música local. “A Gaete imposible que lo haya matado el copete, porque no tomaba”, aclara Redolés. “Al contrario, era deportista y ciclista furioso”. Pero no fue la devoción por el pedaleo lo que lo llevó a toparse con el cantante y poeta chileno. Militante del MAPU y activista cultural durante la dictadura, este hombre nacido en Puchuncaví abrió en 1975 La Casona de San Isidro, que no era una casona, ni tampoco estaba en la calle San Isidro, pero que amparada en esa ambigüedad física y geográfica sirvió para albergar a muchos de los cantantes que no tenían dónde cantar en dictadura.</p>
<p>“El local era perfecto para la semiclandestinidad de esos días”, recuerda Redolés, que en 1985 llegó a Chile tras haber vivido diez años en Inglaterra, y que poco después empezó a itinerar por distintos boliches capitalinos hasta llegar a la “Casona de Gaete”, que funcionó al lado del Cine Arte Alameda en su ubicación más recordada. “Lo debo haber conocido en un encuentro de escritores que se hizo ahí con un nombre bien derrotista: ‘Todavía Existimos’. La cosa es que tuvimos un enganche feroz con Gaete. Nos caímos bien y nos hicimos amigos. Nos reíamos mucho, porque era hospitalario y bueno para la talla. De hecho, hasta hace muy poco, cuando nos encontrábamos con alguien, siempre decía ‘este es el hueón que me cagó con la tonterita del ‘Gaete, el copete, el copete’”.</p>
<p>Redolés cuenta que se convirtió en un habitué de La Casona de San Isidro, espacio donde desfilaron Las Yeguas del Apocalipsis, de Pedro Lemebel, y Nino García y Sol y Lluvia, entre otros. Pero también tocaba en otros lados y en una de esas “arrancadas” conoció al cantautor que germinaría el compadrazgo musical entre Gaete y el hombre de Bello barrio. “Estaba tocando en una peña de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile, y uno de los invitados era un guatón con poncho del que, lamentablemente, no recuerdo el nombre, y que cantaba una canción que se llamaba ‘¿Quién mató a Solís?’. No me acuerdo cómo era el tema, pero me acuerdo que la gente le pedía a coro: ‘¿Quién mató a Solís?, ¿Quién mató a Solís?’ y la frase se me quedó pegada”.</p>
<p>Gaete tenía un “medio pollo” apellidado Solís y que en 1987 asumió como mánager del cantante y su banda, entonces llamada Viejos Curiosos. “El ‘chico’ Solís nos consiguió unas piezas que arrendaba en el mismo edificio donde estaba La Casona para que ensayáramos. Cada vez que llegaba y me los encontraba a los dos juntos, les decía ‘¿Quién mató a Solís?, ¿Quién mató a Gaete? Pero era un hueveo, no más, no había una canción ahí. Era para echar la talla”. En abril de 1994, Mauricio Redolés ya había regresado a Cueto y tenía un hijo de cinco años cuando Pedro Gaete, a esa altura un viejo amigo, anunció visita para la hora del té. “Andaba con la idea de hacer una revista. No lo veía hace tiempo y para recibirlo con algo choro, empezamos con mi hijo Sebastián a pegarle a unas ollas y a improvisar ‘¿quién mató a Gaete?, el copete, el copete, los cuetes, los cuetes’. Apenas abrimos la puerta, se la cantamos y se mató de risa. Ahí se me armó la canción en la cabeza”.</p>
<p>Para su cuarto disco, Redolés contaba con presupuesto, un contrato con Sony Music e invitados como Álvaro Henríquez, Cuti Aste y Claudio Narea. “¿Quién mató a Gaete?” fue la última de una lista de 18 canciones que formaban parte del álbum del mismo nombre, que salió a la calle en 1996. Una canción que no solo incluía guiños al compañero Gaete (exonerado tras el Golpe del 73 y dos veces detenido durante la dictadura). También mencionaba al Fondart, a Luz Casal, al diario La Cuarta y a Alfonso Murúa, compañero de celda del músico y poeta, cuando estuvo recluido en la Cárcel de Valparaíso entre 1974 y 1975. “En el fondo, Gaete no era Gaete”, explica Redolés. “Era una excusa para hablar de un país en transición, en medio de la impunidad y el desconcierto. Fue el himno de esa época y una canción de la que nunca pude despegarme”.</p>
<p>El “Redo” recordaba esta historia poco antes de un patatús que casi le quitó la vida. Una cruel paradoja para uno de los pocos que leyó a su generación y que se atrevió a describirla con humor. Eso que quizás le faltó a esa otra voz de los 80. Aunque para ser justos, como pocas veces en la historia del país, escaseaban los motivos para celebrar.</p>
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		<title>Lee un extracto del primer capítulo de «Historias de clandestinidad», de Sofía Tupper</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Sofía Tupper]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 22 Nov 2016 20:39:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<category><![CDATA[adelanto de libro]]></category>
		<category><![CDATA[dictadura]]></category>
		<category><![CDATA[investigación periodística]]></category>
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					<description><![CDATA[Durante la dictadura militar en Chile (1973-1990) hubo personas que tuvieron que abandonar sus identidades —la familia, los recuerdos, incluso sus rostros— y asumir nuevos roles, muchos con el objetivo de derrotar al régimen. Presentamos un extracto del primer capítulo de esta investigación de la periodista Sofía Tupper que recoge cuatro testimonios de personas que vivieron en la clandestinidad durante esa época. Agradecemos a Ediciones B que nos facilitó este adelanto.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>Durante la dictadura militar en Chile (1973-1990) hubo personas que tuvieron que abandonar sus identidades —la familia, los recuerdos, incluso sus rostros— y asumir nuevos roles, muchos con el objetivo de derrotar al régimen. Presentamos un extracto del primer capítulo de esta investigación de la periodista Sofía Tupper que recoge cuatro testimonios de personas que vivieron en la clandestinidad durante esa época. Agradecemos a Ediciones B que nos facilitó este adelanto.</h3>
<p><img decoding="async" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/11/historiasdeclandestinidad_portada.jpg" alt="Portada clandestinidad.indd" width="720" height="1108" class="alignnone size-full wp-image-27696" srcset="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/11/historiasdeclandestinidad_portada.jpg 720w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/11/historiasdeclandestinidad_portada-390x600.jpg 390w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/11/historiasdeclandestinidad_portada-494x760.jpg 494w" sizes="(max-width: 720px) 100vw, 720px" /></p>
<p style="text-align: center;"><strong>CAPÍTULO I</strong></p>
<p style="text-align: center;">LA ÚNICA MUJER</p>
<p>Tiene varios nombres*. En un comienzo fue Gabriela, luego Rebeca y terminó siendo Fabiola. Es una mujer sin cara, aunque todo Chile pudo verla por televisión abierta en la serie “Guerrilleros” de Chilevisión. Tras la peluca rubia y esa gruesa capa de maquillaje, se escondía ella. Es la única mujer que participó directamente en el atentado contra el dictador Augusto Pinochet el 7 de septiembre de 1986 y fue parte de múltiples operaciones realizadas por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, grupo revolucionario en el cual militó durante siete años. Sentada en un café que no tiene dirección, cuenta su historia con cautela, en voz baja, después de haber vivido clandestina por casi dos décadas.</p>
<p><strong>Toma y asalto: Radio Minería</strong></p>
<p>El 1 de mayo de 1984 se celebraba el día internacional del trabajo. El Parque O’Higgins se vio desbordado de gente que pedía a gritos el fin de la dictadura. Se trataba de una nueva Jornada de Protesta Nacional, esta vez, convocada por el Comando Nacional de Trabajadores. Con gritos y lienzos en mano, se planteaba como objetivo la vuelta a la democracia, el fin del Plan Laboral y el fin de la represión, entre otras demandas.</p>
<p>Según los organizadores de la manifestación, la convocatoria bordeó las 250 mil personas y aunque las cifras oficiales hablaron de 100 mil asistentes (incluso el periodista de TVN Rafael Kittsteiner, famoso por su obsecuencia con Pinochet, dijo en pantalla que “apenas 5.000 personas llegaron a la concentración”), se hizo evidente el hastío generalizado del pueblo. Junto a esa oposición pública, que citaba a concentraciones, llamaba a paros nacionales y tenía caras visibles que hablaban con frecuencia en los pocos medios contrarios a la dictadura, había otra, radical, armada, organizada desde el Partido Comunista. Se trataba del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, brazo armado del PC, cuya creación se había implementado luego de un largo análisis donde participaron los principales líderes del partido, todos en el exilio. En 1980 el histórico secretario general del Partido Comunista chileno, Luis Corvalán, en un difundido discurso, había declarado la legitimidad de la lucha armada y en los siguientes  tres años se fue configurando el aparato militar que resultó en un grupo de guerrilla urbana listo para actuar en nuestro país. Esto rompía la historia del PCCH, que desde su fundación había desdeñado la vía armada y fue durante el gobierno de Salvador Allende uno de los bastiones de la legalidad, en oposición al MIR y a la combativa del Partido Socialista (los llamado Elenos).** La estrategia se llamó “Política de guerra popular de las masas”, sus comandantes eran hombres con experiencia en combate en Nicaragua y con entrenamiento militar en Cuba y países de Europa Oriental. La tropa fue reclutada en Chile: trabajadores, estudiantes, profesionales. Todos ellos hastiados de la dictadura, ahogados por la crisis económica que entraba en su tercer año sin señales de mejora y con el convencimiento de que no había negociación o salida política posible a la grave crisis nacional.</p>
<p>Entre aquellos que fueron reclutados, estaba ella. Delgada, morena, menuda, ojos oscuros almendrados y de pelo negro intenso.</p>
<p>El 7 de junio de 1984 participó en su primera operación. Se acuarteló, junto al resto del grupo operativo, en el Lomitón de Providencia con Tobalaba, justo frente a la Radio Minería. Tenían que esperar a las siete de la tarde para entrar en acción. Por mientras, pidieron sándwiches y café para todos los combatientes, pero ella estaba tan nerviosa que apenas pudo con un sorbo de bebida. Su jefe le llevó una peluca. Era de pelo largo, tono castaño claro. Entró al baño con disimulo y se la probó. Parada frente al espejo quedó aún más nerviosa  al comprobar que su apariencia no cambiaba en lo absoluto, pero al salir, sus compañeros, todos hombres, le aseguraron que estaba irreconocible. Faltaban pocos minutos para actuar  y recién se enteraba de cuál sería su misión.</p>
<p>Ese día un contingente del FPMR se tomó Radio Minería. Fernando Larenas, conocido como “Salomón”, jefe operativo de Santiago y del destacamento,*** dirigía la primera operación de propaganda armada que contemplaba, paralelamente, tomar la antena de la misma radioemisora ubicada  en La Florida. Se interrumpió la trasmisión de un partido de fútbol que se jugaba en el Estadio Nacional, para dar paso a una proclama que llamaba al pueblo chileno, en plena dictadura, a no permitir más abusos. “Es la hora de terminar con este régimen de hambre, miseria y terror. Ha llegado la hora de decir basta (…) luchar con renovada fuerza, empleando todos los medios que podamos, incluidas las armas”, decía la grabación.</p>
<p>Fabiola fue parte de un montaje perfecto, a través del cual lograron que les abrieran las puertas de Radio Minería, sin siquiera vacilar. Iba de la mano con Fernando, simulando ser su pareja. Puso la cara más triste que pudo mientras él suplicaba que los dejaran dar un aviso de utilidad pública. “Se nos perdió nuestro hijito de dos años”, explicaba con la voz compungida. El recepcionista no dudó en hacerlos pasar cuando notó que no venían solos. Todo los combatientes armados,  con subametralladoras y pistolas, coparon el lugar en cosa de minutos, reduciendo a los periodistas y a todo el personal y llevándolos al casino de la radio. Todos estaban en el suelo, mientras la proclama salía al aire.</p>
<p>“Yo no abrí la boca porque de los nervios, probablemente, habría tartamudeado. Ingresamos, me quedé en el hall y observé. Iba sin armas, porque habría sido irresponsable, dada mi inexperiencia. Cuando tenían todo controlado, la persona destinada a poner el casete lo hizo y, en ese momento, Fernando me dice que me retire”.</p>
<p>Un auto la esperaba estacionado justo a la entrada. Nunca supo cómo se llamaba el chofer, pero tenía claro que era el jefe de logística de Santiago. Entró al auto y lo primero que hizo fue sacarse la peluca. Apenas cruzaron palabra en el camino. Estaba desbordada, con la adrenalina en las nubes, así que se bajó en Plaza Italia y caminó sola rumbo a su casa, intentando calmarse.</p>
<p>“Apenas llegué, prendí la radio y lo que había sucedido era noticia en todas las estaciones. Hablaban de un ataque a Radio Minería y mientras escuchaba, sentía que describían otra operación, distinta a la cual yo había participado. Si bien es cierto se utilizó la violencia, porque había que juntar a un montón de gente, no fue como lo contaban ellos. Se llevaban armas en función de amedrentar, pero no se disparó ni se pegaron culatazos ni nada por el estilo, porque además el personal de la radio reaccionó muy bien, no se hicieron los <em>choros</em>, porque en el fondo no iban a arriesgar el pellejo por algo que no les pertenecía”.</p>
<p>Se desplomó sobre su cama, como un bulto pesado y cerró los ojos, pero no pudo quedarse dormida. Escuchaba cómo su madre y su hermanos comentaban lo sucedido, pero era evidente que no sospechaban de ella. Al otro día, en la micro escuchó que la gente también comentaba. Quería decir que había estado ahí, pero no lo hizo. La discreción que tendría en adelante fue su mejor arma de guerra.</p>
<hr />
<p><em>* La entrevistada ha pedido resguardar su identidad real.</p>
<p>** El mismo Luis Corvalán reconoció en sus memorias <em>De lo vivido y lo peleado </em>(LOM, 1999), que el llamado a la lucha armada fue un proceso “con muchas contradicciones en la Comisión Política (…) No se llegó a una posición única y eso le restó mucha fuerza a esta política”.</p>
<p>*** Unidad de combate especial del FPMR, creada por el comandante Raúl Pellegrin, la que tenía por misión llevar a cabo las primeras acciones armadas del grupo guerrillero.</em></p>
<p><strong>Otros adelantos de libros:</strong><br />
<a href="https://www.puroperiodismo.cl/?p=27497" target="_blank">“Incendio en la Torre 5. Las 81 muertes que Gendarmería quiere olvidar”</a>, de Tania Tamayo.<br />
<a href="https://www.puroperiodismo.cl/?p=27247" target="_blank">“El secreto del submarino. La historia mejor guardada de la Armada de Chile”</a>, de Daniel Avendaño y Mauricio Palma</p>
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			</item>
		<item>
		<title>Lee los dos primeros capítulos de «Incendio en la Torre 5. Las 81 muertes que Gendarmería quiere olvidar»</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/lee-los-dos-primeros-capitulos-de-incendio-en-la-torre-5-las-81-muertes-que-gendarmeria-quiere-olvidar/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Tania Tamayo]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Oct 2016 17:50:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<category><![CDATA[Tania Tamayo]]></category>
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					<description><![CDATA[La madrugada del 8 de diciembre de 2010 un incendio en la cárcel de San Miguel terminó con la vida de 81 personas. Durante dos años la periodista Tania Tamayo entrevistó a más de treinta personas, revisó documentos y tuvo conversaciones con autoridades, sobrevivientes y bomberos. Su investigación es un descenso al mundo carcelario: el negocio de las concesiones, la precariedad de la vida —tanto de reclusos como gendarmes— y la displicencia de la justicia para encontrar culpables. Agradecemos a Ediciones B que nos facilitó los dos primeros capítulos de su libro que será lanzado el domingo 30 de octubre, a las 17:30 horas, en la Feria Internacional del Libro de Santiago.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>La madrugada del 8 de diciembre de 2010 un incendio en la cárcel de San Miguel terminó con la vida de 81 personas. Durante dos años la periodista Tania Tamayo entrevistó a más de treinta personas, revisó documentos y tuvo conversaciones con autoridades, sobrevivientes y bomberos. Su investigación es un descenso al mundo carcelario: el negocio de las concesiones, la precariedad de la vida —tanto de reclusos como gendarmes— y la displicencia de la justicia para encontrar culpables. Agradecemos a Ediciones B que nos facilitó los dos primeros capítulos de su libro que será lanzado el domingo 30 de octubre, a las 17:30 horas, en la Feria Internacional del Libro de Santiago. » <a href="https://www.puroperiodismo.cl/?page_id=21341" target="_blank"><strong>Suscríbete a nuestro boletín mensual</strong></a>.</h3>
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<p style="text-align: center;"><strong>Contienda de peces gordos</strong></p>
<p>Desde el ala norte se escuchó que le habían pegado al <em>Taita Mario</em>, que se movieron camas, que hubo forcejeos. El <em>Cho</em><em>colo </em>también gritó. “¡Me metieron mano!”. Un puntazo con arma blanca. Desde lejos se veía que peleaban otros también: <em>el </em><em>Bryan</em>, <em>el Cototo</em>, <em>el Monstruo Julián</em>. Todos, dicen, de la población José María Caro. Los del grupo de la pieza uno se refugiaron allí, junto a otros dos internos avezados de los cuchillos. <em>El Diego Portugués, </em>hábil con las lanzas como nadie y tan asiduo a las riñas que ya había sufrido la pérdida de medio riñón; y el <em>María de los Perros, </em>amante de los animales y privado de libertad reiteradas veces desde la adolescencia. Ambos renombrados personajes del piso, los que tras ser acorralados se parapetaron, y comenzó la batalla con estoques que se acrecentó con un cruce de una litera de tres camas en la zona de la puerta.</p>
<p>El grupo del <em>Chocolo </em>había logrado encerrar a los otros. Sin embargo, el infierno comenzaría segundos después. El reo denominado <em>el Aguja</em>, Juan Escanilla Leiva, junto <em>al Alan</em>, Alan Ñanco Soto, los dos de la pieza cuatro, tomaron un cilindro de gas y lo transformaron en lanzallamas. “Se te acabó la playa”, fue uno de los últimos gritos de batalla mientras por el hueco del metal avanzaba el gas. En el momento se sintió un fuerte golpe en una lata y el sonido de la válvula del cilindro que junto a la llama —cuentan— fue disminuyendo con el tiempo.</p>
<p>Lo primero que prendieron fue un colchón de litera que los atrapados pudieron atravesar con sus lanzas y botar hacia adelante separándolo de la estructura, pero el colchón nuevamente fue ingresado a la pieza chica por <em>el Aguja, el Alan </em>y los otros. Y en cosa de segundos, adentro y fuera se prendieron las cortinas, las sábanas, los cables de conexiones hechizas y todo el material de plástico que había en el sector y que comenzaba a caer como líquido hirviendo en el cuerpo de los detenidos.</p>
<p>—Está mi hermano, loco, déjenlo salir —gritaba <em>el Palito </em>que con un cuchillo en cada mano trataba de hacer entrar en razón a sus amigos—. Me van a matar a mi hermano, conchesumadre.</p>
<p>El interno Víctor lo escribió así en su relato del día siguiente en un cuaderno que guarda hasta hoy como tesoro:</p>
<p>Y prendio [sic] el fuego y a punta de lansa [sic] se empeso [sic] a llevar a cabo la tragedia. Cada vez encendían mas cosas: frazadas, colchones, ropa, biombos. Y lo peor fue el lanzallamas en nuestro piso todos gritábamos: <em>loko no </em><em>peleen, conversen a lo vio, se van a matar entre ustedes</em>. Era algo que se había salido de control y se empesaba [sic] a incendiar el piso completo.</p>
<p>En la penúltima pieza del ala sur, un <em>perquin, </em>llamado Rasputín, informaba a los otros que permanecían acostados que afuera de la <em>carreta </em>había gente encapuchada encendiendo balones de gas. “¡Hay un <em>machuca’o </em>prendiendo fuego con una capucha amarilla!”. Esa alerta sirvió para que el resto reaccionara y saltara de los camarotes al suelo tratando de salvarse.</p>
<p>Al frente, los que gritaban y se apegaban a las ventanas para respirar entre las celosías de metal, se desmayaban de a poco por la inhalación de los gases y caían con sus cuerpos sobre los de sus compañeros. Ahí estaban el <em>Henry</em>, <em>el Ampolleta</em>, <em>el Ale</em>, <em>el Jorgito</em>, <em>el Churreja</em>. Los últimos dos habían tenido hace unas horas una pequeña discusión porque el <em>Churreja, </em>sin pedir permiso, había prestado un equipo de música, propiedad del <em>Jorgito</em>, al <em>Ricky </em>de la pieza sur.</p>
<p>Dentro del baño sur los internos se pisaban unos a otros y cuerpo a cuerpo luchaban por conseguir acercarse a alguna llave desde donde saliera un hilo de agua. Hubo quienes entraron gateando y otros que ya en el lugar se estiraban acostados entre la pileta y las duchas. Se revolcaban, se quemaban con el agua, ahora caliente, que se había juntado como una piscina en el suelo de cerámica. Los que estaban en las piezas, al ver llegar a los gendarmes, se asustaron sin pensar que era una ayuda. Corrieron hacia el fondo creyendo que los iban a castigar por participar en la gresca. “¡Vienen los pacos!”, gritaban. Y muy pocos se acercaron a la entrada.</p>
<p>Un sobreviviente del cuarto sur describió que al salir vio mucho humo negro y que por eso se tiró al piso. Que había olor a gas. Que encontró una bacinica y metió la cabeza. Que cuando llegaron los funcionarios, uno de ellos trató de abrir los candados, pero el candado de arriba fue imposible. Que otro gendarme metió su bota haciendo palanca y el primero gritó que empujaran la reja. Que con algunos reclusos hicieron fuerza en la parte inferior de las latas. Que en la parte de arriba el fierro de la reja estaba de color rojo. Encendido, incandescente.</p>
<p>El gendarme que generaría el espacio y que luego lloraría en el juicio al recordar lo ocurrido era Cesar Gómez Antipe. Después de que el cabo Bravo intentara hacer funcionar el equipo IFEX contraincendios desde la escalera tres veces y que el teniente Hormazábal ocupara en dos ocasiones el extintor, Veroíza —que posteriormente pasaría todo un día hospitalizado por la fuerte exposición al calor— entregaba las llaves del manojo a Gómez. El manojo era grueso y tenía doce llaves. Gómez encontró el cartón que decía “4”, pero al acercarse al candado e introducir por completo la llave, tras varios intentos esta no giró. El calor ya impedía respirar.</p>
<p>Ahí ordenó:</p>
<p>—¡Péguenle <em>pata’ </em>a la reja!</p>
<p>—Échenle las camas encima —gritaban otros funcionarios hacia adentro.</p>
<p>Y en uno de esos tantos intentos Gómez visualizó un movimiento en la parte inferior de la reja, gracias al cual algunos internos pudieron salir. El primero fue Fernando Panaguirre, seguido por Jaime Hernández. No obstante, un recluso que venía atrás no pudo pasar por el espacio de 20 centímetros que quedó entre puerta y puerta. Por eso retrocedió para que salieran Patricio Bastías, Nicolás Cáceres y Juan Carlos Ramírez. Ese hombre solo salió horas después sin vida y cubierto de hollín.</p>
<p>La estrategia de embriagar a los avezados del colectivo, cual táctica de guerra para luego expulsarlos, había llevado a los dos bandos a la muerte. Las peleas con arma blanca en recintos penitenciarios nunca dejarían de existir. Solo en los tres años siguientes (de 2011 a 2014), de 563 muertes en las cárceles chilenas, 290 serían por enfermedad, 79 por suicidio y 194 por riña. Hoy los porcentajes no varían.</p>
<hr />
<p style="text-align: center;"><strong>Códigos de penal</strong></p>
<p>El siete de diciembre de 2010, día anterior a la tragedia, se realizó en ese piso y esa torre un allanamiento a las 15.30 horas. Inspecciones que se intensificaban en el mes de diciembre por los feriados, las fiestas de fin de año y la recordada fuga de cuatro integrantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez en helicóptero el 31 de diciembre de 1996. Con ese objetivo, los internos del Centro de Detención Preventiva de San Miguel (CDP de San Miguel) eran bajados en forma rápida y reducidos por los guardias en columnas al medio del patio.</p>
<p>La Unidad de Seguridad Especial Penitenciaria (USEP) no vendría ese día con sus uniformes especiales y sus perros, pues aquello era solicitado solamente cuando el procedimiento se realizaba en una torre completa.</p>
<p>En aquel allanamiento, a cargo del teniente Eduardo Medel, encargado de la cruceta —nombre que se les daba a las torres por su forma de cruz—, se encontraron 40 litros de chicha en un balde dentro del baño, 16 estoques de distintas dimensiones y dos teléfonos celulares en el pasillo. No había <em>chips </em>ni carcasas de teléfonos como otras veces. Y nada comparado a los uniformes de Gendarmería descubiertos en la torre tres, un par de meses atrás, dentro de las tazas turcas de los baños. Un hallazgo que dejó a los vigilantes con la idea de una fuga inminente y la necesidad de remodelar los baños con inodoros normales, un cambio que estaba en pleno proceso y tenía la escalera caracol de la torre cinco inutilizada, llena de materiales de construcción. Además, trascendía una información de carácter “informal” sobre la tenencia de armas de fuego a manos de la población penal.</p>
<p>Pero, aunque esa tarde se incautaran varias especies, en la noche del siete de diciembre y la madrugada del día ocho los teléfonos no dejaron de funcionar en el piso, y la chicha y la pasta base continuaron pasando de mano en mano.</p>
<p>Los presos “del cuarto” tenían estrategias, similares a las del resto del penal. Una era el llamado <em>correo</em>, mecanismo gracias al cual se trasladaban conchos de <em>pájaro verde </em>(bebida alcohólica hecha con fruta y útiles de carpintería que necesitaba por lo menos 15 días de fermentación), cigarros y lanzas. A través de cordones, tiras de género o pitillas, subían y bajaban el elemento prohibido. Pero la estrategia más conocida era la del <em>pelotazo</em>, una bola envuelta en scotch que contenía teléfonos, sierras de diez centímetros para hacer los cuchillos, droga, dinero, dibujos de los hijos o cartas de amor. También chicota, la pastilla conocida como “píldora del olvido”.</p>
<p>Víctor, recuerda: “Todo dependía de la calidad del pelotero. Este se tenía que parar en la calle Frankfurt, cerca de nuestra cancha, y tirar el <em>pelotazo</em>. De esos <em>pelotazos </em>no todos llegaban. Algunos volaban con mucha fuerza y pasaban de largo al patio de la torre cuatro, mientras que otros eran interceptados por los pacos. De un total de diez <em>pelotazos</em>, uno podía alcanzar cuatro, apenas”. Aún así, si no tenían suerte con recibir el envío, los mismos reos compraban en el interior de la cárcel tres pedazos de sierra por diez mil pesos para hacer cuchillos.</p>
<p>Con las herramientas subían a las piezas, cortaban los fierros de los camarotes, medían el arma de acuerdo a la cantidad de baldosas (tres o cuatro), las marcaban en el suelo y terminaban de afilar, demorándose un día en eso. Finalmente, le adherían al cuchillo un palo de dos por dos centímetros de ancho y con ello se transformaba en lanza. Si no quedaba apretada, el fierro afilado se amarraba con elásticos de calzoncillos.</p>
<p>La vida en el CDP de San Miguel tenía mañas y códigos. Si había que armar cuchillos era porque siempre podía ser necesario <em>agarrarse a tajos </em>después de que se cerraban las rejas y se pasaba la última cuenta a las 17.00 o 17.30 horas. Los problemas se solucionaban en el momento. Si alguno no tenía el valor de pelear, iba a venir un amigo suyo y lo iba a <em>tajear </em>por <em>poco vivo. </em>El mundo era de los <em>vivos </em>en San Miguel y la limpieza, también. “Limpieza es viveza” se le decía al <em>perquin </em>para que hiciera la pega. Que hiciera las camas, que ordenara los <em>camaros, </em>que limpiara el baño. El dueño del <em>perquin </em>no podía dar muestras de suciedad. Tenía que oler bien, usar ropa de marca, mantener un buen ambiente.</p>
<p>“El <em>perquin </em>te hacía de todo. También le podías llamar ‘hijo’ y él te podía decir ‘papi’ o ‘tío’. Te traía los platos con la <em>cagá </em>de comida del <em>rancho </em>(palabra con la que se denomina la comida entregada por el Estado en prisión). Te cocinaba, o el <em>hueón </em>se echaba la culpa si venían los pacos y te encontraban algo escondido. Pero no era gratis. Había que alimentarlo y vestirlo, porque nunca andaban con plata: no los iba a ver nadie. Lo más seguro es que los <em>perquins </em>estaban ahí por <em>vo</em><em>laos</em>, por andar en la calle <em>paveando</em>. Entonces siempre estaban agradecidos. Yo quería a mi <em>perquin</em>”, asegura Roberto, otro de los sobrevivientes.</p>
<p>Los que saben de estadísticas carcelarias entienden que las fichas de clasificación de los reclusos no siempre daban cuenta de la realidad. Que un reo tuviese, dentro de la Unidad Penal, más infracciones o castigos que otro en los papeles, no significaba que fuera peligroso. A veces eran sus jefes o dueños quienes cometían las infracciones y el <em>perquin </em>asumía la culpa.</p>
<p>Cuando el <em>rancho </em>llegaba a la reja en fondos de comida hirviendo, el <em>perquin </em>se acercaba con los platos y se lo llevaba a los demás que esperaban en las <em>carretas. </em>“Nosotros le sacábamos la <em>tumba </em>(carne) al plato y con eso nos hacíamos algo mejor. O las papas. Cocinábamos tallarines con salsa. Cazuela. Algo rico. Por último, freíamos todo y le poníamos ensalada. Nadie se comía el <em>rancho</em>”, reconoce José, sobreviviente del ala norte. En general, la comida fiscal traía “sopas de misterio”, aseguran. Sopas con fideos, verdura o papas. Todo recocido.</p>
<p>Porque comer comida de cárcel era y sigue siendo de poco estatus. Que el <em>rancho </em>lo comieran los que <em>no sonaban en el piso</em>, los que tenían <em>poca ficha </em>y no <em>buena ficha, </em>como se le denominaba al <em>choro</em>, al más <em>vivo</em>. Comer <em>rancho </em>implicaba que ningún familiar les ingresaba comida o no había dinero para comprar en las <em>movidas </em>con los presos que trabajaban en el casino, que vendían a escondidas los kilos de porotos, tallarines, arroz y carne. Por eso el <em>choro </em>acogía a quienes tenían “buena situación”, porque este recibía más encomiendas y así alimentaba a los demás y a sus jefes.</p>
<p>Las <em>casas </em>o <em>carretas </em>—espacios en los que se organizan los reos para vivir— estaban separados por sábanas, frazadas fiscales, forro de colchones fiscales celestes, y toallas, afirmadas en cordeles. Así se juntaban grupos por amistad, por barrios, poblaciones o afinidad. Y cuando no había cocinilla con balón de gas, se quemaban zapatillas o ropa, todo lo que fuera combustible, en un fogón. La espuma de los colchones tenía además la utilidad de funcionar como papel higiénico, aunque con esto se tapara el alcantarillado. Los gendarmes se quejaban con ellos, pero nunca hubo cambios de conducta.</p>
<p>En la noche se jugaba a las cartas mientras tomaban mate. Algunos apostaban con billetes. Sobre esas jornadas, Roberto, uno más de los sobrevivientes del incendio, describe: “Generalmente era tranquilo, no hacíamos tantos carretes, más bien compartir. Porque pa’ carretear tenías que preparar la chicha como tres semanas y, si te la pillaban antes, el copete <em>se iba en cana</em>, o sea, se lo llevaba el paco y ahí uno perdía no más. Pero sí poníamos música fuerte o veíamos tele. Jugábamos carta hasta bien tarde”.</p>
<p>Ahí se conversaba sobre las parejas, sobre las peleas con ellas. Se decían “andabai con el carro”, “andai con el trineo”, “andai con el trineo salvaje”. Si habían hablado con las novias y discutían, lo otros se burlaban. “Quedaste bravo con la bruja”, en son de broma. Pero si se veía alguna riña el tono de la discusión cambiaba, porque además de cuchillos, se manejaban cilindros de gas en casi todas las <em>casas, </em>cilindros que eran comprados con el sistema regulado de Economato, aprobado por el jefe interno, el director regional y admitido a nivel nacional por la institución. Aún cuando en el cuarto piso de la torre cinco de San Miguel el uso de los balones en peleas no se daba por primera vez.</p>
<p>Para eso se mandaba a un <em>perquin </em>al patio de carga con el balón de gas vacío y tras el pago de 5.900 pesos por uno de cinco kilos o 10.900 pesos por uno de once, el interno volvía con combustible para cocinar. Práctica criticada por riesgosa, al igual que el uso de parafina dentro de las celdas porque facilitaba los levantamientos en los penales. En los motines, los internos también se <em>monreaban. </em>Ese término significaba amarrar las rejas con cables y paños para que Gendarmería no pudiera ingresar. También introducir palos de fósforos en los candados. Mientras que para transformar el balón en un “soplete” solo había que adherir una manguera o tubo a la válvula y prender la punta con un encendedor. Lo otro era lanzar el balón completo en medio del fuego por si soltaba gas y aumentar así el tamaño de la hoguera.</p>
<p>En las mañanas, la vida comenzaba temprano con la cuenta. Entraban los gendarmes, los internos salían de las <em>carretas </em>y se volvían un número. Una ficha pequeña de cartón con un timbre del Gobierno de Chile se completaba con el número de internos de cada colectivo, de cada piso, de cada torre. Luego, los que participaban de la escuela municipal “Hugo Morales Bizama”, que funcionaba dentro de la cárcel, se levantaban. De los que murieron en el incendio, 19 privados de libertad estudiaban en ella.</p>
<p>El alcalde de la comuna, Julio Palestro, el mismo ocho de diciembre después de la tragedia, comunicó a los medios que lamentaba “la muerte de los 19 alumnos de la escuela municipal”, pero inmediatamente a ello afirmó que desde el 2000 estaba haciendo gestiones con los vecinos para trasladar el recinto penal de su comuna “por la delincuencia”.</p>
<p>El edil Palestro se refería a la escuela que funcionaba de lunes a viernes, con ciclos y capacitaciones en la mañana y, en la tarde con dos primeros niveles (de 1º a 4º básico), cuatro segundos (de 5º a 6º) y cuatro terceros (de 7º a 8º). Eran 303 alumnos en total, con cinco profesores, un jefe de la Unidad Técnico Pedagógica (UTP) y un director de Escuela. El CDP en total albergaba 1.956 prisioneros el día del incendio y su capacidad era de algo más de 700. No hubo forma de esconder el hacinamiento aquel día.</p>
<p><strong>Artículos relacionados:</strong><br />
<a href="https://www.puroperiodismo.cl/?p=10300">Incendio en cárcel de San Miguel: No es fácil ser periodista, tampoco ser espectador</a>, por Lyuba Yez.<br />
<a href="https://www.puroperiodismo.cl/?p=10288" target="_blank">El incendio en la TV: ¿dónde están los editores?</a>, por Andrea Vial.</p>
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			</item>
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		<title>Lee el primer capítulo de «El secreto del submarino. La historia mejor guardada de la Armada de Chile»</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/adelanto-lee-el-primer-capitulo-de-el-secreto-del-submarino-la-historia-mejor-guardada-de-la-armada-de-chile/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Daniel Avendaño y Mauricio Palma]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 06 Sep 2016 19:10:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[#LecturasPuroperiodismo]]></category>
		<category><![CDATA[adelanto de libro]]></category>
		<category><![CDATA[Armada de Chile]]></category>
		<category><![CDATA[Daniel Avendaño]]></category>
		<category><![CDATA[investigación periodística]]></category>
		<category><![CDATA[libro]]></category>
		<category><![CDATA[Mauricio Palma]]></category>
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					<description><![CDATA[Sucedió en la bahía de Valparaíso, un viernes 10 de septiembre de 1976: el destructor Portales notó una vibración que hacía presumir que un submarino estaba en los alrededores. Después los buques Cochrane y Serrano detectarían un segundo objetivo subacuático. Ninguno era chileno. Ninguno respondía. La Armada chilena emprendió el ataque mientras los testigos suponían que se trataba de un ejercicio naval en el contexto de la operación Unitas. Cuarenta años después, "El secreto del submarino. La historia mejor guardada de la Armada de Chile" busca explicar lo que realmente sucedió aquella mañana. Agradecemos a Ediciones B la gentileza de compartir el primer capítulo de la investigación realizada por Daniel Avendaño y Mauricio Palma.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>Sucedió en la bahía de Valparaíso, un viernes 10 de septiembre de 1976: el destructor Portales notó una vibración que hacía presumir que un submarino estaba en los alrededores. Después los buques Cochrane y Serrano detectarían un segundo objetivo subacuático. Ninguno era chileno. Ninguno respondía. La Armada chilena emprendió el ataque mientras los testigos suponían que se trataba de un ejercicio naval en el contexto de la operación Unitas. Cuarenta años después, «El secreto del submarino. La historia mejor guardada de la Armada de Chile» busca explicar lo que realmente sucedió aquella mañana. Agradecemos a Ediciones B la gentileza de compartir el primer capítulo de la investigación realizada por Daniel Avendaño y Mauricio Palma.</h3>
<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/09/submarino_portada.jpg" alt="Portada Submarino.indd" width="1080" height="1664" class="alignnone size-full wp-image-27253" srcset="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/09/submarino_portada.jpg 1080w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/09/submarino_portada-389x600.jpg 389w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/09/submarino_portada-493x760.jpg 493w" sizes="auto, (max-width: 1080px) 100vw, 1080px" /></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Capítulo I</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>¡HUNDAN!</strong></p>
<p>Jorge Sepúlveda Haugen es ingeniero, docente universitario y desde los quince años le han contado una historia controvertida y espectacular. La fuente para él es irrefutable: su padre, un connotado oficial de la Armada de Chile quien, junto con alcanzar los más altos cargos navales, llegó a ser uno de los integrantes de la poderosa junta de gobierno a fines de los ochenta. Como hijo, Jorge sabe que su papá no miente. Nunca lo ha hecho. Por eso es que un día lo convence de que le cuente otra vez el relato que tantas veces escuchó, pero esta vez frente a una grabadora. En cuarenta minutos, el vicealmirante Jorge Sepúlveda Ortiz narra con detalle lo ocurrido durante el segundo fin de semana de septiembre de 1976 frente a las costas de Valparaíso.</p>
<p>“Íbamos a posiciones para juntarnos con Unitas&#8230; y fue saliendo del puerto cuando tuvimos contacto. Efectivamente, el movimiento indicaba que era un submarino y me mantuve pegado a eso. Muchos no me creían”.</p>
<p>Sepúlveda Ortiz era entonces comandante del destructor Portales, uno de los catorce buques de guerra que a mediados de los setenta componían la escuadra chilena. “Los contactos, a la larga, fueron dos. Uno se arrancó en dirección noroeste y el otro seguía adentro de la bahía. Vinieron aviones de Quintero y también tuvieron contacto con sensores especiales”.</p>
<p>Aquella conversación entre padre e hijo terminó convirtiéndose en un testimonio invaluable. Sepúlveda Ortiz, quien ha escrito libros y es miembro honorario de la Academia de Historia Naval, es un hombre confiable. Como jefe de estado mayor llegó a ser el brazo derecho del almirante José Toribio Merino y también uno de los testigos privilegiados de las últimas horas del poder militar en La Moneda. Sin embargo, sea desde su hogar en el tranquilo balneario de Concón, o bien desde el lejano Aysén, hasta donde llegó hace algunas décadas con el propósito de colonizar la zona, prefiere que aquella grabación sea el único registro de la increíble jornada que le tocó vivir.</p>
<p>La mañana del viernes 10 de septiembre de 1976, Sepúlveda Ortiz y los doscientos hombres que estaban a su mando en el destructor Portales, se levantaron más temprano que de costumbre. La razón era simple: debían zarpar desde Valparaíso con rumbo al puerto de Talcahuano a participar en una nueva versión de la Operación Unitas, ese juego de guerra entre la poderosa Armada norteamericana y sus similares de Latinoamérica que cumplía dieciséis años de tradición.</p>
<p>El día estaba planificado en todos sus detalles. A las 7.00 de la mañana se dio el toque de diana Quince minutos más tarde, subieron los ciento treinta kilos de pan para los <em>ranchos </em>del viaje. A las 9.45 el Portales zarpó del puerto, activando sus sonares, dispositivos que a través de impulsos se convierten en los ojos del buque bajo la superficie.</p>
<p>Pero la calma duró solo dieciocho minutos.</p>
<p>A las 10.03 uno de los sonaristas del buque detectó un eco metálico de proporciones, una vibración que hacía presumir que un submarino rondaba en las cercanías.</p>
<p>La información llegó inmediatamente hasta el comandante Sepúlveda, cuyo talante sereno cambió bruscamente. Sabía que sus hombres no fallaban y él, un experto en electrónica, se había preocupado personalmente de instruirlos. Acto seguido, ordenó silencio total y su mirada se fijó en los aparatos. No podían ser los sumergibles chilenos: el Simpson estaba atracado en Valparaíso; el O’Brien iba camino a Talcahuano y el Hyatt aún no zarpaba desde Inglaterra. Todos esperaron el diagnóstico de su comandante. En pocos segundos, los peores augurios se hicieron reales: la anchura angular, el efecto hidrofónico, el ruido metálico y el efecto Doppler confirmaban la primera lectura de sonar.</p>
<p>“Es un submarino”, dijo Sepúlveda y sus palabras se deslizaron como un hielo entre los miembros de la tripulación. Inmediatamente el comandante ordenó contactar a las otras naves de la escuadra nacional. A partir de ese momento, la bitácora del Portales comenzó a escribirse copiosa y presurosamente, registrando cada detalle de lo que en pocas horas se transformaría en una jornada imborrable.</p>
<p>A las 10.29 de esa mañana Sepúlveda ordenó el alistamiento en primer grado. Desde ese instante, sus hombres debían cubrir sus puestos y prepararse para cualquier evento. El Portales era un antiguo destructor estadounidense, activo desde la Segunda Guerra Mundial y cuya última participación bélica había sido a fines de los sesenta en la Bahía de Tonkin, Vietnam, bajo el nombre de USS Douglas. Aquel viernes de septiembre de 1976, ahora con bandera chilena y signado con el número 17, volvía a prepararse para el combate.</p>
<p>En los minutos siguientes, los sonaristas del destructor Zenteno, que contaba con instrumentos más precisos, confirmaron la presencia de un submarino desconocido. Lo que quedaba de calma se esfumó cuando los buques Cochrane y Serrano detectaron una segunda nave no identificada bajo el mar. Muchos pensaron estar ad portas de un impensado ataque al principal puerto chileno. Mientras tanto, el operador sonarista del Portales informaba detalladamente al segundo comandante, Gustavo Marín Wilkins, los reiterados cambios de rumbo y de velocidad que realizaba el objeto subacuático.</p>
<p>Desde el centro de telecomunicaciones apostado en tierra, varios suboficiales monitoreaban los llamados entre los puentes de mando de los buques de la escuadra chilena. La urgencia era tal que algunos mensajes ni siquiera alcanzaban a ser codificados. Se despachaban como iban llegando. A esa altura no cabían dudas: las aguas territoriales estaban siendo vulneradas.</p>
<p>El jefe de la escuadra nacional, vicealmirante Hugo Castro Jiménez, solicitó instrucciones directas al almirante Merino, máxima autoridad naval del país y miembro de la junta militar. En la víspera del tercer aniversario del golpe de Estado que había derrocado al presidente Allende, los marinos chilenos estaban preparados para que ocurriese algún tipo de sabotaje. Las posibilidades eran muchas, pero jamás imaginaron un ataque submarino. Aquello no estaba en los cálculos de nadie.</p>
<p>“Ordene inmediatamente un zafarrancho de combate. Cérquenlos y si no se identifican, atáquenlos con todos los buques que sean necesarios. ¡Hundan al submarino!”, determinó Merino.</p>
<p>En un primer momento no fueron pocos los que pensaron que el <em>contacto </em>desconocido podría corresponder al submarino nuclear USS Gato, integrante de la flotilla estadounidense de la Operación Unitas. Ante eso, la Armada chilena no tardó en consultar a los norteamericanos por su ubicación.</p>
<p>“No somos nosotros. Estamos a varias millas de Valparaíso”, fue la escueta respuesta del grupo de Tarea 138 al mando del contralmirante James Sagerholm, un experto en guerra antisubmarina y quien por razones de seguridad se negó a entregar las coordenadas exactas de su nave. De hecho, se encontraban en el sur con más de 1.500 hombres repartidos entre los destructores USS Macdonough y el USS Davis, la fragata USS Thomas C. Hart y el poderoso USS Gato. Estaban a la espera para iniciar el ejercicio conjunto, sin embargo, los acontecimientos en la rada de Valparaíso obligaron a cambiar drásticamente la agenda del día.*</p>
<p>Descartado el submarino Gato, desde los altoparlantes de los buques chilenos se escuchó la sirena que ordenaba el zafarrancho de combate. Por los pasillos y cubiertas de las naves, los oficiales entregaban órdenes presurosas. Por primera vez los jóvenes marinos chilenos se enfrentaban a una situación de guerra real.</p>
<p>El alto mando ordenó que las fragatas Condell y Lynch, recién llegadas al país, se alejaran rápidamente del teatro de operaciones y así impedir que fueran objetivos de las naves infiltradas. Les siguieron los destructores Williams, Riveros y los cruceros Prat y Latorre. Al submarino Simpson le instruyeron no moverse. Se quedaría atracado al puerto. Solo cuatro embarcaciones permanecerían en la rada de Valparaíso para dar caza a la nave intrusa. Al Portales se le uniría el Zenteno, el Serrano y el Cochrane. Desde ese momento, estos tres últimos destructores adoptarían sus nombres de guerra: Delfín, Oporto y Congo, respectivamente. Al mando del operativo quedó el comandante con mayor antigüedad en la bahía y cuyo buque había detectado el primer eco metálico enemigo: el capitán de navío Jorge Sepúlveda Ortiz. La misión era iniciar una cacería para dar con el primer sumergible detectado, el cual se esforzaba por huir en dirección noroeste y cuyos movimientos eran seguidos atentamente por los sonaristas chilenos. A la segunda nave infiltrada se le perdió rápidamente la pista.</p>
<p>Como una manada acorralando a su víctima, los cuatro destructores comenzaron a cercar a la nave espía que, según los datos arrojados por los sonares, se mantenía en la bahía porteña, en posición frontal a la Universidad Técnica Federico Santa María. El comandante Sepúlveda instruyó que usaran el teléfono submarino para comunicarse con los intrusos y así lograr su identificación.</p>
<p>“¡Atención. Usted está en aguas territoriales chilenas. Identifíquese y aflore!”, ordenó uno de los suboficiales chilenos a bordo del Portales.</p>
<p>No hubo respuesta.</p>
<p>Sepúlveda, cuyo buque se encontraba justo sobre la nave infiltrada, ordenó nuevamente silencio total para escuchar hasta el mínimo ruido de movimiento metálico bajo el mar. Con las máquinas detenidas, la tripulación del Portales únicamente atinaba a dirigir sus miradas hacia el suelo de la nave. Solo se oían las respiraciones entrecortadas.</p>
<p>La noticia del operativo en las costas de Valparaíso llegó rápidamente hasta la embajada chilena en Lima.</p>
<p>Allí, el consejero de la legación diplomática Demetrio Infante fue testigo directo del contacto telefónico entre las armadas de ambos países. Los chilenos querían tener la certeza absoluta de que ningún submarino peruano hubiese penetrado los límites marítimos nacionales. Ante la negativa de la Marina de Guerra del Perú, la determinación del alto mando chileno, a cargo del almirante Merino, seguía adelante: hundir a la nave espía.</p>
<p>A las 13.00 horas en punto comenzó el ataque: bombas erizos y de profundidad salieron desde los destructores chilenos. En la bitácora del Portales se detalló minuto a minuto la carga arrojada, también los contactos de sonar que desaparecían una y otra vez, los cuales ponían en duda la efectividad de las bombas erizo lanzadas por estas naves: casi ninguna explotó. Pese a ello, el estruendo de las bombas de profundidad se prolongó por más de tres horas.</p>
<p>A las 16.49 se decidió ir más allá. Desde el destructor Zenteno se dispararon los primeros torpedos. Doce minutos más tarde, se repitió la acción. A las 17.10 los sonaristas perdieron el contacto con el sumergible, entonces se ordenó detener las máquinas para disipar las estelas y así dar curso al primer plan de rebusca. No se encontró nada hasta las 17.55, cuando nuevamente las pantallas identificaron a la nave y continuó el ataque, esta vez desde el Cochrane, tal como lo había hecho en la Segunda Guerra Mundial, cuando fue parte de la flota estadounidense y se hizo conocido por derribar aviones kamikaze.</p>
<p>Los buques chilenos no dejaban respirar al submarino espía. En cosa de minutos, la rada de Valparaíso se convirtió en un infernal teatro de operaciones, apenas previsto en ejercicios proyectados en la Academia de Guerra Naval.</p>
<p>Al estallar, los barriles explosivos provocaron torres de agua que alcanzaron los diez metros de altura, un verdadero espectáculo presenciado por miles de porteños y viñamarinos, quienes veían con ingenuidad estos <em>ejercicios </em>tan cerca de la playa.</p>
<p>Una acción de esta magnitud hizo que muchos marinos actuaran con ímpetu. Un joven subteniente a bordo del destructor Zenteno se fracturó su pierna al atascársele en el sistema mecánico de las cargas de profundidad. Cerró sus ojos, apretó sus dientes y a pesar del dolor, logró despejar los rieles. Aquel buque, construido a mediados de la década del cuarenta y que se había integrado a la Armada chilena en 1974, lanzó toda su artillería de profundidad, suficiente para aniquilar a cualquier acorazado que intentara infiltrarse en la bahía de Valparaíso.</p>
<p>Pero no solo en las aguas se libraba esta batalla. En los pasillos del imponente edificio que alberga la actual comandancia en jefe de la Armada, frente a la Plaza Sotomayor de Valparaíso, los oficiales corrían de un lugar a otro. Más de alguno pensó en una posible invasión. Por ello se hizo imperioso armar el mapa de los hechos. El jefe de estado mayor de la Primera Zona Naval, Arturo Silva Cañas, tomó el teléfono y llamó hasta el Fuerte Papudo, emplazado en ese entonces justo sobre el Club de Yates de Recreo, en Viña del Mar. No había mejor lugar para presenciar los hechos que estaban acaeciendo.**</p>
<p>“Aló, oficial. Habla su jefe de estado mayor. Infórmeme de todas las posiciones que están realizando los destructores. Aquí estoy imposibilitado de observar lo que sucede. ¡Usted será mis ojos!”, ordenó Silva Cañas. Al otro lado del teléfono, un joven oficial respondió afirmativamente y se dedicó a comunicar cada uno de los movimientos de las naves chilenas hasta bien avanzada la noche.</p>
<p>Algo similar ocurría en las demás reparticiones de la Armada. En la Escuela de Armamentos, ubicada en ese entonces en la recta Las Salinas, ruta que une Viña del Mar con el conspicuo balneario de Reñaca, los jóvenes cadetes que a esa hora se encontraban en clases debieron abandonar las salas y comenzaron a correr por los pasillos. Vestidos con tenida de combate y armados con fusiles de asalto, fueron ubicados a lo largo de toda la zona costera, desde Recreo hasta Concón. En cosa de minutos construyeron trincheras. La oficialidad temía un desembarco anfibio desde las naves espías, por lo que era necesaria toda la fuerza para impedir una posible invasión enemiga. Durante tres largos días, los jóvenes atrincherados en las arenas chilenas apuntaron sus fusiles hacia el Pacífico. Temían lo peor.</p>
<p>Por su parte, la Fuerza Aérea de Chile despachó desde la base aérea de Quintero, a 48 kilómetros al norte de Valparaíso, nueve aviones de guerra antisubmarina Grumman, los cuales lanzaron al mar sus sonoboyas, cilindros que al impactar el agua, comenzaron a transmitir las señales acústicas de sus hidrófonos. Estos de inmediato detectaron la presencia de la nave espía e iniciaron vuelos en círculo por la zona roja.</p>
<p>El asedio explosivo bajo el mar continuaba en la bahía de Valparaíso, pero de un momento a otro, los sonaristas comenzaron a detectar que cada vez la velocidad del submarino disminuía. Para los expertos, era una señal clara de que se encontraba averiado.</p>
<p>Durante esa tarde, el almirante José Toribio Merino recibió en su despacho a la totalidad del cuerpo de almirantes encabezados por el canciller Patricio Carvajal, quienes, según reportan las notas de prensa de la época, fueron a saludarlo en la víspera de su tercer aniversario al mando de la Armada. Poco después, Merino también fue visitado por el ministro de Defensa, el general Herman Brady. Es decir, mantuvo reuniones con su círculo más cercano de poder y donde —no es difícil pensar— los saludos y parabienes quedaron en segundo plano. A las 20.00 horas, el almirante cerró la jornada laboral con una ceremonia en que entregó la condecoración Gran Estrella al Mérito Militar al comandante de operaciones navales de la Armada argentina, vicealmirante Luis María  Mendía.</p>
<p>Mientras tanto, continuaba el intenso bombardeo en la rada porteña y a las 20.13 horas, cuando ya oscurecía, el mercante peruano Tacna fue misteriosamente autorizado  a zarpar desde la bahía de Valparaíso. Dos horas más tarde, a las 22.30, la tripulación a bordo del destructor Portales fue alertada por una vibración creciente: los marinos que se encontraban en la proa del buque, como también los equipos sonares de la nave, detectaron el ruido de un motor que se acercaba presurosamente.</p>
<p>“¡Contacto hidrofónico de torpedo!”, gritó el sonarista. Todo indicaba que al verse cercados por los buques, desde el submarino espía decidieron abrirse paso con un proyectil. El comandante Sepúlveda ordenó una maniobra de zigzag para eludirlo. Los marinos en cubierta alcanzaron a escuchar el motor del torpedo que rozó la proa del destructor chileno. Algunos cayeron al suelo. El proyectil siguió en dirección oeste y no dio con ningún objetivo hasta agotar su combustible y caer al fondo cenagoso de la bahía. Aquel torpedo era la más clara señal de que la batalla naval en Valparaíso estaba desatada: nuevas bombas de profundidad, erizos y torpedos reanimaron el infierno bajo el mar.</p>
<p>Ya de madrugada, mientras cientos de marinos chilenos a bordo de los destructores parecían vivir su noche más larga, los conscriptos asentados en la base naval de Talcahuano continuaban con un intenso trabajo logístico. La orden era trasladar la mayor cantidad de municiones desde los arsenales hasta el aeropuerto Carriel Sur de Concepción. Allí esperaba un avión Hércules al que subieron el armamento rumbo a Valparaíso.</p>
<p><strong>El nuevo bombardeo del 11</strong></p>
<p>Una intensa llovizna abrió la mañana del sábado 11 de septiembre de 1976. La persistente garúa obligó a la Escuela Naval de Valparaíso a trasladar la ceremonia de condecoraciones desde el patio de honor a los comedores. La mayoría de éstas eran para oficiales y suboficiales que tres años antes habían actuado en el golpe militar contra la Unidad Popular. Fue una celebración paradójica, pues en medio de la entrega de medallas, todos comentaban lo que sucedía a escasos metros, en la bahía de Valparaíso.</p>
<p>Desde el destructor Serrano lanzaron sucesivos ataques hasta que a las 11.00 horas, tripulantes del Cochrane avistaron un salvavidas que flotaba. Algunos supusieron que sería el primer resto náufrago y la confirmación del hundimiento del submarino espía, pero las dudas se disiparon al recogerlo: pertenecía a la Gobernación Marítima local.</p>
<p>El contacto del sonar se mantenía en forma intermitente y en ocasiones mostraba desplazamientos lentos, hasta que a las 17.06 ocurrió un hecho insólito: el pesquero particular María Teresa, bajo el mando de un oficial naval, pasó su red por el sitio de contacto del sonar hasta que ésta se quedó atascada con una fuerte resistencia. La orden que vino fue clara: que no se moviera hasta que el remolcador Gálvez llegara con su equipo de televisión submarino. Solo dos horas más tarde la red se desenganchó y al atracar notaron que la malla se había atascado con restos náufragos. En las siguientes horas, la intensidad de los contactos disminuiría y los destructores se dedicarían infructuosamente a la  rebusca.</p>
<p>Las dudas estaban instaladas. No se despejarían en décadas.</p>
<p>¿Qué había ocurrido? ¿Lograron las naves infiltradas evadir el intenso fuego o las cargas de los destructores chilenos sepultaron para siempre a los submarinos enemigos?</p>
<p>Han pasado cuatro décadas y en algunos círculos navales este incidente es conocido extraoficialmente como la Batalla del Marga Marga. Muchos exmiembros de la Armada de Chile optan por no referirse al tema. Quizás prefieren olvidar que en 1976 las fronteras navales del territorio fueron vulneradas en sus propias narices. O bien podría tratarse de un secreto de Estado al más alto nivel y cuyos testigos hasta hoy se escudan en un silencio forzado.</p>
<p>En el transcurso de esta investigación fueron varios los antiguos altos oficiales navales chilenos quienes, con diversos protagonismos en el operativo, literalmente cortaron el teléfono o se negaron a hablar. En los años posteriores a 1976, las distintas versiones siguieron cultivándose discretamente en los pasillos navales y en el fragor de conversaciones de bar. La historia se convirtió en leyenda. Algunos podrán pensar que se trató solo de un rumor alimentado por la oficialidad naval, con el propósito de levantar el espíritu de la marinería y así, dejar en claro que ningún extranjero violará los más de cuatro mil kilómetros soberanos. Si bien resulta un tema complejo, los años ayudan a destrabar un relato que pudo haber marcado la bitácora del régimen militar de Augusto Pinochet.</p>
<p>En cualquier caso, aquello que comenzó como un simple rumor es, en realidad, uno de los episodios navales más espectaculares y controvertidos de la historia chilena reciente y también un pasaje desconocido de la Guerra Fría latinoamericana. Un hecho que bien pudo terminar en una guerra.</p>
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<p><em>* Durante la XVII versión de operación Unitas (1976), la Armada de los Estados Unidos realizó ejercicios conjuntos con las fuerzas navales de Brasil, Chile, Perú, Colombia, Venezuela y Uruguay.</em></p>
<p><em>** Ubicado en el barrio viñamarino de Recreo, el Fuerte Papudo tenía una superficie de 3,7 hectáreas de terreno, las cuales fueron enajenadas por la institución naval, dando paso en la actualidad a un moderno complejo inmobiliario de cinco torres llamado “Gran Océano”.</em></p>
<p><em>*** Durante la dictadura militar argentina (1976-1983), Luis María Mendía ocupó el tercer cargo de más alta jerarquía de la Armada de ese país. Fue condenado por delitos de lesa humanidad y se le atribuyó ser el autor ideológico de los denominados “vuelos de la muerte”, consistentes en arrojar desde aviones a los opositores políticos hacia el mar. Murió el 13 de mayo de 2007, a los 83 años, mientras cumplía arresto domiciliario.</em></p>
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