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	<title>Felipe Camiroaga &#8211; Puroperiodismo</title>
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	<description>La revista digital de Periodismo UAH.</description>
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		<title>Portada de LUN y tragedia en Juan Fernández: La indignación del público y el azar periodístico</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lyuba Yez]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 09 Sep 2011 14:13:42 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[cobertura]]></category>
		<category><![CDATA[Felipe Camiroaga]]></category>
		<category><![CDATA[Las Últimas Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[portada]]></category>
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					<description><![CDATA[Probablemente esta no sea la portada más irrespetuosa o polémica de <em>LUN</em>. Quizás esto se deba a que en otros casos no fue la emoción del público la que chocó con la emoción informada. O quizás el azar no estuvo del lado del diario antes y la apuesta no fue como ahora  —querámoslo o no— un acierto, por poco oportuno que parezca. Ese acierto que, en la breve portada de <em>LUN</em> en la madrugada del sábado, fue pura y dura realidad.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>Probablemente esta no sea la portada más irrespetuosa o polémica de <em>LUN</em>. Quizás esto se deba a que en otros casos no fue la emoción del público la que chocó con la emoción informada. O quizás el azar no estuvo del lado del diario antes y la apuesta no fue como ahora  —querámoslo o no— un acierto, por poco oportuno que parezca. Ese acierto que, en la breve portada de <em>LUN</em> en la madrugada del sábado, fue pura y dura realidad.</h3>
<p style="text-align: center;"><img fetchpriority="high" decoding="async" class="size-full wp-image-16032 aligncenter" title="Portada LUN y Camiroaga" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2011/09/Portada-LUN-y-Camiroaga.jpg" alt="" width="362" height="456" /></p>
<p>Lo pregunté en una de mis clases a comienzos de esta semana. Después de buscar en la web la polémica portada de <em>Las Últimas Noticias</em> que daba cuenta del “último viaje del Halcón” y que nunca vi en papel aquí en Santiago, pude conseguirla, la imprimí rápidamente, la llevé a la sala y la pegué en la pizarra. Un trocito de <em>scotch</em> sostenía la imagen de uno de los animadores más importantes de la televisión chilena y por quien muchos y muchas han llorado desde el viernes 2 de septiembre. Así, el perfil de Felipe Camiroaga quedaba expuesto ante mis alumnos y despertaba en ellos reacciones diversas: silencio total, rostros compungidos, cuchicheos indescifrables y en la mayoría, el efecto más claro de todos: indignación.</p>
<p>Esta reacción fue la que primó en las audiencias la noche del viernes, cuando <em>Las Últimas Noticias </em>publicó la portada que iría el sábado y que para muchos fue como un cachetazo que los obligaba a pensar en algo a lo que se negaban: la muerte. La trágica muerte de Felipe Camiroaga y también de las 20 personas que iban en ese avión.</p>
<blockquote><p>«¿Por qué tanta indignación? El titular apostaba a que Camiroaga estaba muerto, lo daba por hecho, basándose en la información disponible, pero sin la oficialidad que, en casos como estos, es la que brinda las certezas».</p></blockquote>
<p>Habían pasado sólo 3 horas desde la declaración oficial que las autoridades hicieran del accidente ocurrido en Juan Fernández. Desde las siete de la tarde de ese día, cuando se informaba sin muchas certezas que un avión había desaparecido, las reacciones, comentarios y especulaciones aumentaban en las redes sociales y los departamentos de prensa de los distintos medios se activaban para romper con las sospechas e informar, lo más pronto posible, sobre los nombres de los tripulantes del avión. Las fuentes de Gobierno ya anticipaban un panorama extremadamente adverso y el alcalde de la isla declaraba que era muy difícil que en una situación como ésta, sumada a las condiciones del clima y del mar, hubiera sobrevivientes.</p>
<p>En este escenario y con esa información disponible, <em>Las Últimas Noticias</em> publicó en su portal digital la portada que tanto enfureció a gran parte del público. Muchísimas personas, que en ese momento vivían aún el shock de una tragedia posible, cuestionaron la decisión de este diario “sensacionalista” —en las declaraciones de varios— e incluso llamaron a no comprarlo y muchos menos leerlo al día siguiente (y probablemente nunca más). Las redes sociales fueron la plataforma ideal para cuestionar el “pésimo periodismo que se hace en Chile” por una decisión editorial específica y confirmar, además, que son herramientas que si bien permiten opinar y discutir, se guían en muchos casos por la postura que se instala en un principio (el cuestionamiento a la portada, un lado de la vereda) y dejan fuera los matices, pues plantear la opinión contraria te deja al otro lado de la discusión y desvía las críticas hacia tu propia opinión cuando ésta no calza con la percepción general.</p>
<p>¿Por qué tanta indignación? El titular apostaba a que Camiroaga estaba muerto, lo daba por hecho, basándose en la información disponible, pero sin la oficialidad que, en casos como estos, es la que brinda las certezas. Recordemos que en tragedias anteriores, como el incendio de la cárcel de San Miguel en 2010, los periodistas dependían de la oficialidad, la desinformación fue extrema en un comienzo y la especulación siempre es perjudicial. Quizás por lo mismo, los medios —sobre todo la televisión— actuaron con cautela y siguieron las recomendaciones del ministro de Defensa y del vocero Chadwick: esperar el comunicado de la Fach y el que ellos darían una vez que los familiares de las víctimas del accidente hayan sido informados.</p>
<p>“Yo encuentro que esa portada está mal. Me da rabia”, respondió una alumna cuando le pregunté que le había parecido el viernes y qué le parecía ahora que volvía a verla. Estaba molesta y dijo que aquella noche había chequeado las impresiones de rostros de televisión, periodistas y amigos suyos en Twitter y la mayoría coincidía en que lo que el diario había hecho era una vergüenza para el periodismo. “Pero dime por qué te da rabia”, insistí. Ella se quedó callada unos segundos, esperé a que alguno de sus compañeros aportara desde su propia experiencia, pero el silencio continuaba. “¿Sabe qué?”, dijo al fin, “La verdad es que no sé por qué me da rabia, pero me molesta, así como a todos les molestó el viernes en la noche”.</p>
<p>¿Cuál podría ser el argumento o la razón para su rabia? Otra alumna quiso explicarlo un día después: “Es que el diario dio por muerto a Felipe cuando todavía no estaba confirmado, y eso está mal”. “El diario se adelantó”, dijo otro alumno. “¿Y el diario se equivocó?”, les pregunté después. Silencio y finalmente, un casi inaudible “No poh”, de alguien que temía sonar impopular.</p>
<p>Probablemente yo les parezca impopular si digo que, después de chequear los comentarios de la gente en Facebook, entré inmediatamente al sitio de LUN y vi la portada. Sinceramente, estaba predispuesta a algo extremo, vulgar, desatinado o más allá del sensacionalismo tolerable, y me encontré con este “Último vuelo del Halcón” que para muchos era tan ofensivo. ¿Por qué no me producía la misma indignación?  Ahora que he tenido días para pensarlo, creo mi reacción se debe a que, a esas alturas, yo asumía que estaban todos muertos (siempre antepongo la tragedia al milagro) y la noticia que esperaba no era la de una cantidad de sobrevivientes sino la que sigo esperando hasta hoy: que todos los cuerpos sean encontrados para que sus familias y amigos puedan despedirse como uno espera hacerlo de los que quiere. Porque ser un “desaparecido” es injusto y puede despertar esperanzas dolorosas, pues sabemos que “hasta que no lo veo, no lo creo”, y tantas otras ideas fijas que dificultan los duelos. Quizás en <em>LUN</em> pasó algo similar: ellos contaban con información existente y decidieron con esas cartas sobre la mesa. No esperaron la confirmación oficial. Apostaron a una portada según los datos conocidos hasta ese momento y cuando el sábado se confirmó que no había sobrevivientes, era un hecho que el diario había acertado. Aunque también es cierto que una decisión editorial de ese tipo no se hace lanzando una moneda al aire, porque esto no se trata de “achuntarle”.</p>
<blockquote><p>«La nuestra es una audiencia que ya se habituó alguna vez a la idea de un milagro con la experiencia de “los 33” y —por qué no— el viernes esperaba que en este accidente, esas 21 personas sobrevivieran también».</p></blockquote>
<p>Al poco rato, <em>LUN</em> cambió el título de su portada por “Desesperada búsqueda del vuelo de Camiroaga”, y publicó una carta en la cual pidió perdón a aquellos lectores que se hubieran podido sentir ofendidos o afectados por la decisión del viernes. El pecado (la antigua portada) estaba sólo en regiones y en Santiago había quedado la nueva. Una portada menos ofensiva, menos directa y también menos emocional. Lo curioso —y esto no es algo que esté resuelto— es que en un contexto de emoción pura como éste (un accidente de estas características, incertidumbre sobre sus causas, 21 desaparecidos que a las pocas horas se confirma que están muertos, rostros de televisión entre ellos), surge cierta intolerancia a la explotación de esta misma emoción desde los medios. Aquello se interpreta como una falta de respeto en algunos casos y puede activar el motor de la furia de las audiencias. Una emoción se enfrenta a la otra, la racionalidad queda guardada.</p>
<p>Por otro lado, no sobra decir que la nuestra es una audiencia que ya se habituó alguna vez a la idea de un milagro con la experiencia de “los 33” y —por qué no— el viernes esperaba que en este accidente, esas 21 personas sobrevivieran también. El milagro de los mineros de la mina San José es otro rasgo emocional que se suma al contexto, es un antecedente que, de una u otra manera -y más allá del fanatismo o cariño del público por Camiroaga-, instaló en muchos la posibilidad de un nuevo milagro. Le dio posibilidades a la esperanza.</p>
<p>Probablemente esta no sea la portada más irrespetuosa o polémica de <em>LUN</em>.Si miramos hacia atrás encontraremos algunos ejemplos que no trajeron consigo las disculpas del dueño del diario. Quizás esto se deba a que en otros casos no fue la emoción del público la que chocó con la emoción informada. O quizás el azar no estuvo del lado del diario antes y la apuesta no fue como ahora  —querámoslo o no— un acierto, por poco oportuno que parezca. Ese acierto que, en la breve portada de <em>LUN</em> en la madrugada del sábado, fue pura y dura realidad.</p>
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		<title>El camino de Camiroaga</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alfredo Sepúlveda]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 06 Sep 2011 20:22:41 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[David Foster Wallace]]></category>
		<category><![CDATA[Felipe Camiroaga]]></category>
		<category><![CDATA[rostro]]></category>
		<category><![CDATA[televisión]]></category>
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					<description><![CDATA[En la siguiente columna, Alfredo Sepúlveda aborda el rol de los rostros en la pantalla chica y las tensiones que surgen a partir de las lógicas de la industria. "La muerte de Felipe Camiroaga, su breve, interrumpida y eventual evolución hacia lo público y social, deja la vara alta a cualquiera que quiera seguir, y ojalá completar y definir, el complejo rol de un rostro de la industria televisiva, que es servir a dos patrones: la audiencia y las utilidades", escribe.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>En la siguiente columna, Alfredo Sepúlveda aborda el rol de los rostros en la pantalla chica y las tensiones que surgen a partir de las lógicas de la industria. «La muerte de Felipe Camiroaga, su breve, interrumpida y eventual evolución hacia lo público y social, deja la vara alta a cualquiera que quiera seguir, y ojalá completar y definir, el complejo rol de un rostro de la industria televisiva, que es servir a dos patrones: la audiencia y las utilidades», escribe.</h3>
<div id="attachment_15951" style="width: 610px" class="wp-caption alignnone"><img decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15951" class="size-full wp-image-15951" title="Felipe Camiroaga - Felipe Araos, Flickr" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2011/09/Felipe-Camiroaga-Felipe-Araos-Flickr.jpg" alt="" width="600" height="322" /><p id="caption-attachment-15951" class="wp-caption-text">Camiroaga paulatinamente se escapó del &quot;deber ser&quot; del rostro de televisión | Foto: Felipe Araos, Flickr</p></div>
<p>Supuestamente “objetiva”, investida de la seriedad que le confiere ser la parte libre de la frase “libertad de prensa”, arropada en su misión de “informar a la gente”, la industria televisiva no funciona solo en el terreno de los grandes valores, sino que forma parte de una trama emocional que la conecta con los sueños, deseos y caprichos de sus audiencias. Es quizás este último terreno su base. Es “la gente” la que durante dos décadas ha venido pronunciándose con respecto a sus figuras favoritas a través de las mediciones de rating, lo que involucra sofisticados procesos posteriores de asignación de recursos a través de pautas publicitarias, y de credibilidad de estas figuras, a través —además y entre otros— de encuestas, columnas de prensa y portadas.</p>
<p>Los “rostros” son la base de la industria de la televisión, más que la línea editorial y los departamentos de prensa. Ellos catalizan los atributos de personalidad que las empresas no tienen y las audiencias aprueban, desean y premian: belleza física y simpatía; claridad y simpleza verbal a la hora de entregar mensajes; conexión con las vicisitudes de la gente común y corriente; algún grado de exposición de la vida privada, ojalá con complejidades, problemas y defectos similares a los del común de los mortales. No hay una receta para ser rostro, desde luego, pero sin alguno de estos atributos es muy difícil transformarse en uno. Sin rostros, los canales de televisión son envases vacíos, territorios muertos, carreritas de hormigas, incitaciones a usar el control remoto para pasar a otra cosa.</p>
<p>La importancia de los rostros es clave hoy para la industria televisiva. Hace años que la frontera entre contenido de “producción” (para acompañar y entretener) y de “prensa” (para informar y ayudar a los ciudadanos a tomar decisiones) se ha resquebrajado en toda su línea, y ha dado paso a una televisión centrada en la comunicación de emociones y estados de ánimo. La televisión es por naturaleza reacia al pensamiento abstracto y adicta a la imagen concreta y a las emociones, desde que existen las teleseries y Don Francisco preguntaba si disparaba él o el concursante. Lo ha sido mucho más en los últimos años, cuando la imagen emotiva ha gobernado nuestras pantallas casi sin contrapeso. “¿Qué es lo que usted siente?” debe ser la pregunta número uno en los matinales y debe tener una incidencia fuerte en las entrevistas que realizan los departamentos de prensa.</p>
<p>En este escenario emocional, reforzado en apenas un año por cuatro grandes episodios catastróficos: terremoto, mineros, cárcel y el accidente aéreo en Juan Fernández, el rostro es el mejor vehículo comunicacional que los canales tienen: una suerte de espejo que devuelve a la audiencia la imagen de sus propias emociones.</p>
<p>Ser rostro no es fácil. Hay pocos y los canales de televisión remuneran en consecuencia. David Foster Wallace, en su célebre <a href="http://www.liberatormagazine.com/community/showthread.php?tid=1077" target="_blank">ensayo sobre la televisión</a>, los describía así:</p>
<div class="cita">Solo una cierta y muy rara especie de persona… puede “ser apta para soportar la mirada de millones”… Una total ausencia de alergia a las miradas. Es heroico en una manera contemporánea. Da miedo y es fuerte. Es también, desde luego, una actuación, una impresión contrabandeada: porque tienes que ser anormalmente autoconciente y con autocontrol como para aparecer frente a las cámaras como alguien a quien no están mirando. La autoconciente apariencia de una no-autoconciencia es la gran ilusión de la sala de espejos que es la televisión.</div>
<p>Ojo: la última parte de lo que propone Foster Wallace es fácil: fingir que no están mirando. Es la primera la difícil: saber que sí están mirando… millones. Hay que conectar con esos millones. Esa conexión con las emociones que nutren a la industria televisiva tiene que tener algún grado de realidad. La cámara capta de inmediato las mentiras, y acaso esa sea la explicación del sistema de castas de las celebridades que, en su parte baja, tiene a los participantes de realities –malos para pretender que nadie mira, buenos para demostrar que son mirados–, y en la alta a los conocidos de siempre, impecables para actuar en forma natural.</p>
<p>Es evidente que no estamos hablando aquí de Gandhis, Tolstois o Teresas de Calcuta. Los rostros van con felicidad a las campañas publicitarias, e invitan, quiéranlo o no, a personas a cumplir sueños que aparentemente cuestan nada, hasta que llega la cuenta del crédito “blando”. Las empresas que contratan rostros para sus campañas, por su parte, capitalizan de esta manera el capital social alcanzado por sus contratados en la televisión.</p>
<p>Es evidente, también, que esa conexión con las audiencias, que ese “acompañar” que la industria televisiva proclama con tanta alegría, no resuelve la vida social ni ciudadana. Por más que quiera el ojo de la televisión no puede posarse en muchos lugares al mismo tiempo: debe elegir uno y ese uno debe traer rating. El “rol social” de la industria televisiva, si es que existe, no alcanza a reemplazar al rol del Estado y las instituciones, pero esto no se afirma con demasiada frecuencia ni en la industria… ni en las organizaciones sociales o públicas. Considerando que la mejor de las causas sociales debe competir –y derrotar– a otras causas para llegar a ocupar la pantalla, la visión crítica que existe sobre el rol social de la TV como industria es poco extensa.</p>
<p>El rostro es un engranaje, al fin y al cabo, de un negocio. Su trabajo, como el de cualquier empleado en cualquier empresa comercial, está orientado a maximizar las utilidades del dueño.</p>
<blockquote><p>«No sabremos qué hizo que Camiroaga tuviera estos acotados gestos de riesgo político, esta toma de posición excéntrica con respecto a su rol de rostro, o al libreto que ese rol tiene. Como sea, desde afuera parece que Camiroaga recogió la sensibilidad social del momento: un singular viaje en el que es la audiencia la que influencia al rostro y en el que el rostro está de acuerdo con que así sea».</p></blockquote>
<p>En una <a href="http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2011/09/05/por-que-camiroaga-es-mejor-que-don-francisco/" target="_blank">columna en <em>El Mostrador</em></a>, Felipe Saleh da cuenta de cómo Felipe Camiroaga, tras más de veinte años de carrera en televisión, había empezado a comprometerse públicamente con causas, había dado a conocer su posición política –apoyó públicamente al entonces candidato Eduardo Frei– y hasta había <a href="http://www.youtube.com/watch?v=DNUJMKsG01Y" target="_blank">interpelado por televisión</a> al ministro del interior con ocasión de la construcción de la central termoeléctrica de Barrancones. Un acontecimiento así, que yo recuerde, no había ocurrido nunca, con ningún gobierno. Y especulo que no le puede haber caído bien al gobierno. El último acto político conocido que tuvo fue <a href="http://www.eldinamo.cl/eldinamo_media/el-dia-que-felipe-camiroaga-apoyo-al-movimiento-estudiantil/" target="_blank">apoyar al movimiento estudiantil</a>.</p>
<p>No hay registros de prensa de por qué Camiroaga hizo estas cosas. No lo explicó. Pero es interesante dar cuenta de cómo estos últimos episodios de la carrera de Felipe Camiroaga —interrumpida por la fatalidad, el error humano o la desprolijidad mecánica, no lo sabemos aún— se escapan del “deber ser” rostro, y ciertamente de la “jurisprudencia” obtenida a partir de las actuaciones profesionales y públicas de otros rostros chilenos. Bolocco se casó con Menem y Morandé animaba los cumpleaños de Pinochet, es cierto, pero de alguna manera estas acciones eran marginales a la sensibilidad social del momento y representaban más bien opciones personales que venían en el ADN de los rostros. Araneda es políticamente neutro. Lo mismo se puede afirmar de Elfenbein, Cárcamo y Viñuela. Los rostros femeninos, como Tomicic o De Morás, tampoco están ligados a causas que impliquen tomar opción o correr riesgos.</p>
<p>No sabremos qué hizo que Camiroaga tuviera estos acotados gestos de riesgo político, esta toma de posición excéntrica con respecto a su rol de rostro, o al libreto que ese rol tiene. Como sea, desde afuera parece que Camiroaga recogió la sensibilidad social del momento: un singular viaje en el que es la audiencia la que influencia al rostro y en el que el rostro está de acuerdo con que así sea.</p>
<p>El recuerdo de la carrera de Camiroaga ha quedado, por el momento, cubierto de las velas de la emocionalidad, del recuerdo de su bonhomía y de su simpatía, todos estos atributos verdaderos y valiosos, pero que no alcanzan el fondo de la industria televisiva. Porque me da la impresión que Camiroaga había puesto su atención en un lugar que está más allá del me gusta o del no me gusta, de la simpatía o la antipatía, del caer bien o caer mal, de la ternura de Zafrada y del “¿cómo se siente?”, para iniciar un camino quizás político: lo que es innegable es que abrazó causas y se comprometió. No estoy diciendo, ciertamente, que estaba en lo correcto al tomar estas opciones: quede eso para que otros analicen. Tampoco estoy diciendo que fue, o quiso ser, un subversivo de la televisión. Lo que me interesa recalcar es que el rey de las emociones acaso estaba un poco cansado de ellas, y comenzaba a mirar hacia las razones.</p>
<p>En el marco de TVN, un canal de origen público, pero de comportamiento comercial, estos no son trozos de maní. TVN no ha resuelto su tensión entre ser una empresa adicta al rating —como todos los canales con los que compite— y ser el canal “de todos los chilenos”. Más allá de los estándares éticos —que los tiene, pero también su competencia posee—, ¿en qué se diferencia de canales de índole comercial, que tienen comportamientos similares “en la salud y en la enfermedad”? ¿Qué quiere decir “televisión pública” en 2011, revolución digital y empoderamiento ciudadano mediante? En esos pequeños episodios, algo caóticos, creo que el fallecido animador respondió un poco a esas preguntas: un canal público no puede ignorar la dimensión política de la vida en sociedad, no puede actuar “neutro”, no puede pretender que la vida social está en las tandas comerciales. Estuviera uno de acuerdo o no con las causas que Camiroaga promovió —y digamos que en sus propios programas se vieron poco—, no puede ignorar que esas causas existen.</p>
<p>En un marco de una industria televisiva volcada a las emociones, no solo a raíz de esta catástrofe, sino por definición, es sumamente difícil que los rostros televisivos asuman posturas marginales a la industria. Mal que mal, son empleados del sistema. La muerte de Felipe Camiroaga, su breve, interrumpida y eventual evolución hacia lo público y social, deja la vara alta a cualquiera que quiera seguir, y ojalá completar y definir, el complejo rol de un rostro de la industria televisiva, que es servir a dos patrones: la audiencia y las utilidades.</p>
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