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	<title>adelanto de libro &#8211; Puroperiodismo</title>
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	<description>La revista digital de Periodismo UAH.</description>
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	<item>
		<title>Periodismo se escribe con «R»</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/periodismo-se-escribe-con-r/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Carlos Franco]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 21 Jun 2019 14:24:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[adelanto de libro]]></category>
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		<category><![CDATA[Florencia Darrigrandi]]></category>
		<category><![CDATA[libros sobre periodismo]]></category>
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					<description><![CDATA[Esta columna es parte del libro "Reportero de datos", un manual desarrollado por los profesores Carlos Franco y Florencia Darrigrandi de la Escuela de Comunicaciones y Periodismo y Facultad de Ingeniería y Ciencias de la UAI, con la colaboración del físico Mauricio Franco, especialista en sistemas complejos en sistemas urbanos y ecología teórica. Será presentado el lunes 24 de junio a partir de las 8:30 horas en la Sala Verde de la Universidad Adolfo Ibáñez, en Presidente Errázuriz 3485, Las Condes.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>Esta columna es parte del libro «Reportero de datos», un manual desarrollado por los profesores Carlos Franco y Florencia Darrigrandi de la Escuela de Comunicaciones y Periodismo y Facultad de Ingeniería y Ciencias de la UAI, con la colaboración del físico Mauricio Franco, especialista en sistemas complejos en sistemas urbanos y ecología teórica. Será presentado el lunes 24 de junio a partir de las 8:30 horas en la Sala Verde de la Universidad Adolfo Ibáñez, en Presidente Errázuriz 3485, Las Condes.</h3>
<p><img fetchpriority="high" decoding="async" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2019/06/reportero-de-datos.jpg" alt="reportero-de-datos" width="1080" height="720" class="aligncenter size-full wp-image-29546" srcset="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2019/06/reportero-de-datos.jpg 1080w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2019/06/reportero-de-datos-800x533.jpg 800w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2019/06/reportero-de-datos-1024x683.jpg 1024w" sizes="(max-width: 1080px) 100vw, 1080px" /></p>
<p>“¿Eres fluido en R? ¿Puedes construir modelos estadísticos y escribir una copia limpia? Estamos contratando a un periodista de datos senior”. El mensaje fue posteado originalmente en inglés, a través de twitter, por <strong><em>The Economist</em></strong>, el 10 de junio de 2019. Nada de trivial en una industria en la que regularmente las ofertas de empleo vienen con requerimiento del tipo “inglés fluido”.</p>
<p>R fluido suena rarísimo si no tienes idea qué diablos es R. Pues R es un lenguaje y debemos entender que se hará cada vez más común en las aplicaciones laborales para reporteros de datos subidas a LinkedIn… o a Twitter, que es el caso que presento como ejemplo. Es un lenguaje de programación estadística, para ser más preciso.</p>
<p>¿Son solo cosas del primer mundo? ¿De medios de comunicación lejos de Chile y ajenos años luz de nuestra realidad nacional? En 2019 es muy probable que una abrumadora mayoría conteste ambas preguntas con un sí; pero no por mucho tiempo, me atrevo a decir.</p>
<p>El aviso, que llegó a mi gracias al entusiasmo de la directora de docencia de la Escuela de Comunicaciones y Periodismo de la UAI, Bárbara Fuentes, apareció en la web dos semanas después de haber tomado café con el editor de un prestigioso diario chileno cuyo nombre no revelaré porque ignoro si desea aparecer mencionado aquí.</p>
<p><em>Lo interesante es lo que me dijo:</em></p>
<p><strong>“Si me envías, para hacer la práctica, a un periodista que maneje R o Python lo contrato inmediatamente. Si por lo menos esa persona supiera hacer visualizaciones de datos en R o Python, te juro que lo contrato ahora”.</strong></p>
<p>Sí, lo primero que pensé fue en mis posibilidades laborales, porque aprendí R un año antes de esa conversación, pero el asunto va más allá del sujeto que escribe estas líneas. Se trata de visualizar que estamos en un momento clave para entender que, como digo en el título, desde ahora y cada vez más, periodismo se escribe con R.</p>
<p>R es un lenguaje de programación estadístico originado por el canadiense Robert Clifford Gentleman y el neozelandés George Ross Ihaka HACE 26 AÑOS (usé mayúsculas intencionalmente para hacer notar que, aunque el aviso de trabajo de <em>The Economist</em> es sorprendente para un periodista, puede sonar incluso gracioso para un estadístico que maneja esta herramienta desde hace un cuarto de siglo… “¡¿Tanta novedad?!” diría, probablemente).</p>
<p>Para usar palabras de Jenkins (2006) diré que R es sinónimo de “cultura participativa” e “inteligencia colectiva”. Ambos términos —que cobran valor material en nuestra vida cotidiana a través de la popular Wikipedia, nutrida día a día con el conocimiento que aportan personas de todo el mundo— sirven para explicar el corazón de cómo funciona este sistema de programación. Estadísticos de todo el mundo aportan nuevos códigos al que pueden acceder fácilmente los usuarios de R para mejorar sus análisis de datos.</p>
<p>Esta cultura participativa se traduce en “paquetes”, algo así como “complementos” que puedes buscar a través de una librería e instalar en tu computador según la necesidad que tengas. Así es que podrás encontrar paquetes para análisis demográficos, geolocalizaciones, mapas 3D, <em>text mining</em> (análisis de textos), solo por mencionar algunas cosas.</p>
<p>Tomé café con varios expertos para conocer sus puntos de vista respecto de R y Python, otro lenguaje de programación promovido por los equipos de periodismo de datos más especializados. El versus entre ambas herramientas da para escribir otro libro porque las opiniones están divididas a la hora de elegir la mejor.</p>
<p>En uno de esos cafés, el profesor Karol Suchan, Doctor en Informática de la Universidad de Orléans y académico de la UAI, comentó algo muy interesante:</p>
<p><strong>“Probablemente los programadores prefieran Python porque pueden desarrollar algoritmos y códigos con naturalidad, pero R es más útil para una persona que no necesita desarrollar sino aplicar. Aplicar códigos y algoritmos desarrollados y probados. Entonces la pregunta es ¿qué es más útil para un periodista? ¿Desarrollar algoritmos o usarlos?”</strong></p>
<p>Sin duda, usarlos. En ese sentido, hay una nueva práctica que el periodismo del mundo desarrollado está imitando de la ciencia social y para estos efectos podría ser muy útil: la reproductibilidad.</p>
<p>Tal como el padre del periodismo de datos Philip Meyer tuvo la buena idea de fusionar prácticas metodológicas de la ciencia social con el periodismo tradicional en su libro <strong><em>Precision journalism</em></strong>, publicado en 1969, cincuenta años después una buena costumbre de los científicos sociales ingresa de a poco al código de ética del periodismo.</p>
<p>La <strong>reproductibilidad </strong>es la buena costumbre de ofrecer la metodología empleada en un proceso de investigación, para que otros puedan testear dicho trabajo reproduciendo el paso a paso en cualquier parte del mundo. ¿Qué relación tiene con el famoso programa R? Mucha. Medios como <strong><em>The Washington Po</em></strong>st y <strong><em>New York Times</em></strong> publican los códigos de programación de sus reportajes de datos en la plataforma colaborativa GitHub. Tomar esos códigos y reproducirlos con bases de datos<em> made in Chile </em>podría ser una buena forma para aprender por imitación.</p>
<p>El periodismo de datos avanza a tranco firme. En el mundo ya se escribe con R… y muy pronto acá también.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Lee un extracto del primer capítulo de «Historias de clandestinidad», de Sofía Tupper</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/lee-un-extracto-del-primer-capitulo-de-historias-de-clandestinidad-de-sofia-tupper/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Sofía Tupper]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 22 Nov 2016 20:39:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[#LecturasPuroperiodismo]]></category>
		<category><![CDATA[adelanto de libro]]></category>
		<category><![CDATA[dictadura]]></category>
		<category><![CDATA[investigación periodística]]></category>
		<category><![CDATA[libro]]></category>
		<category><![CDATA[Sofía Tupper]]></category>
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					<description><![CDATA[Durante la dictadura militar en Chile (1973-1990) hubo personas que tuvieron que abandonar sus identidades —la familia, los recuerdos, incluso sus rostros— y asumir nuevos roles, muchos con el objetivo de derrotar al régimen. Presentamos un extracto del primer capítulo de esta investigación de la periodista Sofía Tupper que recoge cuatro testimonios de personas que vivieron en la clandestinidad durante esa época. Agradecemos a Ediciones B que nos facilitó este adelanto.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>Durante la dictadura militar en Chile (1973-1990) hubo personas que tuvieron que abandonar sus identidades —la familia, los recuerdos, incluso sus rostros— y asumir nuevos roles, muchos con el objetivo de derrotar al régimen. Presentamos un extracto del primer capítulo de esta investigación de la periodista Sofía Tupper que recoge cuatro testimonios de personas que vivieron en la clandestinidad durante esa época. Agradecemos a Ediciones B que nos facilitó este adelanto.</h3>
<p><img decoding="async" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/11/historiasdeclandestinidad_portada.jpg" alt="Portada clandestinidad.indd" width="720" height="1108" class="alignnone size-full wp-image-27696" srcset="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/11/historiasdeclandestinidad_portada.jpg 720w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/11/historiasdeclandestinidad_portada-390x600.jpg 390w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/11/historiasdeclandestinidad_portada-494x760.jpg 494w" sizes="(max-width: 720px) 100vw, 720px" /></p>
<p style="text-align: center;"><strong>CAPÍTULO I</strong></p>
<p style="text-align: center;">LA ÚNICA MUJER</p>
<p>Tiene varios nombres*. En un comienzo fue Gabriela, luego Rebeca y terminó siendo Fabiola. Es una mujer sin cara, aunque todo Chile pudo verla por televisión abierta en la serie “Guerrilleros” de Chilevisión. Tras la peluca rubia y esa gruesa capa de maquillaje, se escondía ella. Es la única mujer que participó directamente en el atentado contra el dictador Augusto Pinochet el 7 de septiembre de 1986 y fue parte de múltiples operaciones realizadas por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, grupo revolucionario en el cual militó durante siete años. Sentada en un café que no tiene dirección, cuenta su historia con cautela, en voz baja, después de haber vivido clandestina por casi dos décadas.</p>
<p><strong>Toma y asalto: Radio Minería</strong></p>
<p>El 1 de mayo de 1984 se celebraba el día internacional del trabajo. El Parque O’Higgins se vio desbordado de gente que pedía a gritos el fin de la dictadura. Se trataba de una nueva Jornada de Protesta Nacional, esta vez, convocada por el Comando Nacional de Trabajadores. Con gritos y lienzos en mano, se planteaba como objetivo la vuelta a la democracia, el fin del Plan Laboral y el fin de la represión, entre otras demandas.</p>
<p>Según los organizadores de la manifestación, la convocatoria bordeó las 250 mil personas y aunque las cifras oficiales hablaron de 100 mil asistentes (incluso el periodista de TVN Rafael Kittsteiner, famoso por su obsecuencia con Pinochet, dijo en pantalla que “apenas 5.000 personas llegaron a la concentración”), se hizo evidente el hastío generalizado del pueblo. Junto a esa oposición pública, que citaba a concentraciones, llamaba a paros nacionales y tenía caras visibles que hablaban con frecuencia en los pocos medios contrarios a la dictadura, había otra, radical, armada, organizada desde el Partido Comunista. Se trataba del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, brazo armado del PC, cuya creación se había implementado luego de un largo análisis donde participaron los principales líderes del partido, todos en el exilio. En 1980 el histórico secretario general del Partido Comunista chileno, Luis Corvalán, en un difundido discurso, había declarado la legitimidad de la lucha armada y en los siguientes  tres años se fue configurando el aparato militar que resultó en un grupo de guerrilla urbana listo para actuar en nuestro país. Esto rompía la historia del PCCH, que desde su fundación había desdeñado la vía armada y fue durante el gobierno de Salvador Allende uno de los bastiones de la legalidad, en oposición al MIR y a la combativa del Partido Socialista (los llamado Elenos).** La estrategia se llamó “Política de guerra popular de las masas”, sus comandantes eran hombres con experiencia en combate en Nicaragua y con entrenamiento militar en Cuba y países de Europa Oriental. La tropa fue reclutada en Chile: trabajadores, estudiantes, profesionales. Todos ellos hastiados de la dictadura, ahogados por la crisis económica que entraba en su tercer año sin señales de mejora y con el convencimiento de que no había negociación o salida política posible a la grave crisis nacional.</p>
<p>Entre aquellos que fueron reclutados, estaba ella. Delgada, morena, menuda, ojos oscuros almendrados y de pelo negro intenso.</p>
<p>El 7 de junio de 1984 participó en su primera operación. Se acuarteló, junto al resto del grupo operativo, en el Lomitón de Providencia con Tobalaba, justo frente a la Radio Minería. Tenían que esperar a las siete de la tarde para entrar en acción. Por mientras, pidieron sándwiches y café para todos los combatientes, pero ella estaba tan nerviosa que apenas pudo con un sorbo de bebida. Su jefe le llevó una peluca. Era de pelo largo, tono castaño claro. Entró al baño con disimulo y se la probó. Parada frente al espejo quedó aún más nerviosa  al comprobar que su apariencia no cambiaba en lo absoluto, pero al salir, sus compañeros, todos hombres, le aseguraron que estaba irreconocible. Faltaban pocos minutos para actuar  y recién se enteraba de cuál sería su misión.</p>
<p>Ese día un contingente del FPMR se tomó Radio Minería. Fernando Larenas, conocido como “Salomón”, jefe operativo de Santiago y del destacamento,*** dirigía la primera operación de propaganda armada que contemplaba, paralelamente, tomar la antena de la misma radioemisora ubicada  en La Florida. Se interrumpió la trasmisión de un partido de fútbol que se jugaba en el Estadio Nacional, para dar paso a una proclama que llamaba al pueblo chileno, en plena dictadura, a no permitir más abusos. “Es la hora de terminar con este régimen de hambre, miseria y terror. Ha llegado la hora de decir basta (…) luchar con renovada fuerza, empleando todos los medios que podamos, incluidas las armas”, decía la grabación.</p>
<p>Fabiola fue parte de un montaje perfecto, a través del cual lograron que les abrieran las puertas de Radio Minería, sin siquiera vacilar. Iba de la mano con Fernando, simulando ser su pareja. Puso la cara más triste que pudo mientras él suplicaba que los dejaran dar un aviso de utilidad pública. “Se nos perdió nuestro hijito de dos años”, explicaba con la voz compungida. El recepcionista no dudó en hacerlos pasar cuando notó que no venían solos. Todo los combatientes armados,  con subametralladoras y pistolas, coparon el lugar en cosa de minutos, reduciendo a los periodistas y a todo el personal y llevándolos al casino de la radio. Todos estaban en el suelo, mientras la proclama salía al aire.</p>
<p>“Yo no abrí la boca porque de los nervios, probablemente, habría tartamudeado. Ingresamos, me quedé en el hall y observé. Iba sin armas, porque habría sido irresponsable, dada mi inexperiencia. Cuando tenían todo controlado, la persona destinada a poner el casete lo hizo y, en ese momento, Fernando me dice que me retire”.</p>
<p>Un auto la esperaba estacionado justo a la entrada. Nunca supo cómo se llamaba el chofer, pero tenía claro que era el jefe de logística de Santiago. Entró al auto y lo primero que hizo fue sacarse la peluca. Apenas cruzaron palabra en el camino. Estaba desbordada, con la adrenalina en las nubes, así que se bajó en Plaza Italia y caminó sola rumbo a su casa, intentando calmarse.</p>
<p>“Apenas llegué, prendí la radio y lo que había sucedido era noticia en todas las estaciones. Hablaban de un ataque a Radio Minería y mientras escuchaba, sentía que describían otra operación, distinta a la cual yo había participado. Si bien es cierto se utilizó la violencia, porque había que juntar a un montón de gente, no fue como lo contaban ellos. Se llevaban armas en función de amedrentar, pero no se disparó ni se pegaron culatazos ni nada por el estilo, porque además el personal de la radio reaccionó muy bien, no se hicieron los <em>choros</em>, porque en el fondo no iban a arriesgar el pellejo por algo que no les pertenecía”.</p>
<p>Se desplomó sobre su cama, como un bulto pesado y cerró los ojos, pero no pudo quedarse dormida. Escuchaba cómo su madre y su hermanos comentaban lo sucedido, pero era evidente que no sospechaban de ella. Al otro día, en la micro escuchó que la gente también comentaba. Quería decir que había estado ahí, pero no lo hizo. La discreción que tendría en adelante fue su mejor arma de guerra.</p>
<hr />
<p><em>* La entrevistada ha pedido resguardar su identidad real.</p>
<p>** El mismo Luis Corvalán reconoció en sus memorias <em>De lo vivido y lo peleado </em>(LOM, 1999), que el llamado a la lucha armada fue un proceso “con muchas contradicciones en la Comisión Política (…) No se llegó a una posición única y eso le restó mucha fuerza a esta política”.</p>
<p>*** Unidad de combate especial del FPMR, creada por el comandante Raúl Pellegrin, la que tenía por misión llevar a cabo las primeras acciones armadas del grupo guerrillero.</em></p>
<p><strong>Otros adelantos de libros:</strong><br />
<a href="https://www.puroperiodismo.cl/?p=27497" target="_blank">“Incendio en la Torre 5. Las 81 muertes que Gendarmería quiere olvidar”</a>, de Tania Tamayo.<br />
<a href="https://www.puroperiodismo.cl/?p=27247" target="_blank">“El secreto del submarino. La historia mejor guardada de la Armada de Chile”</a>, de Daniel Avendaño y Mauricio Palma</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Lee los dos primeros capítulos de «Incendio en la Torre 5. Las 81 muertes que Gendarmería quiere olvidar»</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/lee-los-dos-primeros-capitulos-de-incendio-en-la-torre-5-las-81-muertes-que-gendarmeria-quiere-olvidar/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Tania Tamayo]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Oct 2016 17:50:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[#LecturasPuroperiodismo]]></category>
		<category><![CDATA[adelanto de libro]]></category>
		<category><![CDATA[cárcel]]></category>
		<category><![CDATA[Cárcel San Miguel]]></category>
		<category><![CDATA[cobertura de tragedias]]></category>
		<category><![CDATA[Ediciones B]]></category>
		<category><![CDATA[investigación periodística]]></category>
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		<category><![CDATA[Tania Tamayo]]></category>
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					<description><![CDATA[La madrugada del 8 de diciembre de 2010 un incendio en la cárcel de San Miguel terminó con la vida de 81 personas. Durante dos años la periodista Tania Tamayo entrevistó a más de treinta personas, revisó documentos y tuvo conversaciones con autoridades, sobrevivientes y bomberos. Su investigación es un descenso al mundo carcelario: el negocio de las concesiones, la precariedad de la vida —tanto de reclusos como gendarmes— y la displicencia de la justicia para encontrar culpables. Agradecemos a Ediciones B que nos facilitó los dos primeros capítulos de su libro que será lanzado el domingo 30 de octubre, a las 17:30 horas, en la Feria Internacional del Libro de Santiago.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>La madrugada del 8 de diciembre de 2010 un incendio en la cárcel de San Miguel terminó con la vida de 81 personas. Durante dos años la periodista Tania Tamayo entrevistó a más de treinta personas, revisó documentos y tuvo conversaciones con autoridades, sobrevivientes y bomberos. Su investigación es un descenso al mundo carcelario: el negocio de las concesiones, la precariedad de la vida —tanto de reclusos como gendarmes— y la displicencia de la justicia para encontrar culpables. Agradecemos a Ediciones B que nos facilitó los dos primeros capítulos de su libro que será lanzado el domingo 30 de octubre, a las 17:30 horas, en la Feria Internacional del Libro de Santiago. » <a href="https://www.puroperiodismo.cl/?page_id=21341" target="_blank"><strong>Suscríbete a nuestro boletín mensual</strong></a>.</h3>
<p><img decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-27498" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/10/incendioenlatorre5_portada.jpg" alt="incendioenlatorre5_portada" width="667" height="1080" srcset="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/10/incendioenlatorre5_portada.jpg 667w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/10/incendioenlatorre5_portada-371x600.jpg 371w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/10/incendioenlatorre5_portada-469x760.jpg 469w" sizes="(max-width: 667px) 100vw, 667px" /></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Contienda de peces gordos</strong></p>
<p>Desde el ala norte se escuchó que le habían pegado al <em>Taita Mario</em>, que se movieron camas, que hubo forcejeos. El <em>Cho</em><em>colo </em>también gritó. “¡Me metieron mano!”. Un puntazo con arma blanca. Desde lejos se veía que peleaban otros también: <em>el </em><em>Bryan</em>, <em>el Cototo</em>, <em>el Monstruo Julián</em>. Todos, dicen, de la población José María Caro. Los del grupo de la pieza uno se refugiaron allí, junto a otros dos internos avezados de los cuchillos. <em>El Diego Portugués, </em>hábil con las lanzas como nadie y tan asiduo a las riñas que ya había sufrido la pérdida de medio riñón; y el <em>María de los Perros, </em>amante de los animales y privado de libertad reiteradas veces desde la adolescencia. Ambos renombrados personajes del piso, los que tras ser acorralados se parapetaron, y comenzó la batalla con estoques que se acrecentó con un cruce de una litera de tres camas en la zona de la puerta.</p>
<p>El grupo del <em>Chocolo </em>había logrado encerrar a los otros. Sin embargo, el infierno comenzaría segundos después. El reo denominado <em>el Aguja</em>, Juan Escanilla Leiva, junto <em>al Alan</em>, Alan Ñanco Soto, los dos de la pieza cuatro, tomaron un cilindro de gas y lo transformaron en lanzallamas. “Se te acabó la playa”, fue uno de los últimos gritos de batalla mientras por el hueco del metal avanzaba el gas. En el momento se sintió un fuerte golpe en una lata y el sonido de la válvula del cilindro que junto a la llama —cuentan— fue disminuyendo con el tiempo.</p>
<p>Lo primero que prendieron fue un colchón de litera que los atrapados pudieron atravesar con sus lanzas y botar hacia adelante separándolo de la estructura, pero el colchón nuevamente fue ingresado a la pieza chica por <em>el Aguja, el Alan </em>y los otros. Y en cosa de segundos, adentro y fuera se prendieron las cortinas, las sábanas, los cables de conexiones hechizas y todo el material de plástico que había en el sector y que comenzaba a caer como líquido hirviendo en el cuerpo de los detenidos.</p>
<p>—Está mi hermano, loco, déjenlo salir —gritaba <em>el Palito </em>que con un cuchillo en cada mano trataba de hacer entrar en razón a sus amigos—. Me van a matar a mi hermano, conchesumadre.</p>
<p>El interno Víctor lo escribió así en su relato del día siguiente en un cuaderno que guarda hasta hoy como tesoro:</p>
<p>Y prendio [sic] el fuego y a punta de lansa [sic] se empeso [sic] a llevar a cabo la tragedia. Cada vez encendían mas cosas: frazadas, colchones, ropa, biombos. Y lo peor fue el lanzallamas en nuestro piso todos gritábamos: <em>loko no </em><em>peleen, conversen a lo vio, se van a matar entre ustedes</em>. Era algo que se había salido de control y se empesaba [sic] a incendiar el piso completo.</p>
<p>En la penúltima pieza del ala sur, un <em>perquin, </em>llamado Rasputín, informaba a los otros que permanecían acostados que afuera de la <em>carreta </em>había gente encapuchada encendiendo balones de gas. “¡Hay un <em>machuca’o </em>prendiendo fuego con una capucha amarilla!”. Esa alerta sirvió para que el resto reaccionara y saltara de los camarotes al suelo tratando de salvarse.</p>
<p>Al frente, los que gritaban y se apegaban a las ventanas para respirar entre las celosías de metal, se desmayaban de a poco por la inhalación de los gases y caían con sus cuerpos sobre los de sus compañeros. Ahí estaban el <em>Henry</em>, <em>el Ampolleta</em>, <em>el Ale</em>, <em>el Jorgito</em>, <em>el Churreja</em>. Los últimos dos habían tenido hace unas horas una pequeña discusión porque el <em>Churreja, </em>sin pedir permiso, había prestado un equipo de música, propiedad del <em>Jorgito</em>, al <em>Ricky </em>de la pieza sur.</p>
<p>Dentro del baño sur los internos se pisaban unos a otros y cuerpo a cuerpo luchaban por conseguir acercarse a alguna llave desde donde saliera un hilo de agua. Hubo quienes entraron gateando y otros que ya en el lugar se estiraban acostados entre la pileta y las duchas. Se revolcaban, se quemaban con el agua, ahora caliente, que se había juntado como una piscina en el suelo de cerámica. Los que estaban en las piezas, al ver llegar a los gendarmes, se asustaron sin pensar que era una ayuda. Corrieron hacia el fondo creyendo que los iban a castigar por participar en la gresca. “¡Vienen los pacos!”, gritaban. Y muy pocos se acercaron a la entrada.</p>
<p>Un sobreviviente del cuarto sur describió que al salir vio mucho humo negro y que por eso se tiró al piso. Que había olor a gas. Que encontró una bacinica y metió la cabeza. Que cuando llegaron los funcionarios, uno de ellos trató de abrir los candados, pero el candado de arriba fue imposible. Que otro gendarme metió su bota haciendo palanca y el primero gritó que empujaran la reja. Que con algunos reclusos hicieron fuerza en la parte inferior de las latas. Que en la parte de arriba el fierro de la reja estaba de color rojo. Encendido, incandescente.</p>
<p>El gendarme que generaría el espacio y que luego lloraría en el juicio al recordar lo ocurrido era Cesar Gómez Antipe. Después de que el cabo Bravo intentara hacer funcionar el equipo IFEX contraincendios desde la escalera tres veces y que el teniente Hormazábal ocupara en dos ocasiones el extintor, Veroíza —que posteriormente pasaría todo un día hospitalizado por la fuerte exposición al calor— entregaba las llaves del manojo a Gómez. El manojo era grueso y tenía doce llaves. Gómez encontró el cartón que decía “4”, pero al acercarse al candado e introducir por completo la llave, tras varios intentos esta no giró. El calor ya impedía respirar.</p>
<p>Ahí ordenó:</p>
<p>—¡Péguenle <em>pata’ </em>a la reja!</p>
<p>—Échenle las camas encima —gritaban otros funcionarios hacia adentro.</p>
<p>Y en uno de esos tantos intentos Gómez visualizó un movimiento en la parte inferior de la reja, gracias al cual algunos internos pudieron salir. El primero fue Fernando Panaguirre, seguido por Jaime Hernández. No obstante, un recluso que venía atrás no pudo pasar por el espacio de 20 centímetros que quedó entre puerta y puerta. Por eso retrocedió para que salieran Patricio Bastías, Nicolás Cáceres y Juan Carlos Ramírez. Ese hombre solo salió horas después sin vida y cubierto de hollín.</p>
<p>La estrategia de embriagar a los avezados del colectivo, cual táctica de guerra para luego expulsarlos, había llevado a los dos bandos a la muerte. Las peleas con arma blanca en recintos penitenciarios nunca dejarían de existir. Solo en los tres años siguientes (de 2011 a 2014), de 563 muertes en las cárceles chilenas, 290 serían por enfermedad, 79 por suicidio y 194 por riña. Hoy los porcentajes no varían.</p>
<hr />
<p style="text-align: center;"><strong>Códigos de penal</strong></p>
<p>El siete de diciembre de 2010, día anterior a la tragedia, se realizó en ese piso y esa torre un allanamiento a las 15.30 horas. Inspecciones que se intensificaban en el mes de diciembre por los feriados, las fiestas de fin de año y la recordada fuga de cuatro integrantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez en helicóptero el 31 de diciembre de 1996. Con ese objetivo, los internos del Centro de Detención Preventiva de San Miguel (CDP de San Miguel) eran bajados en forma rápida y reducidos por los guardias en columnas al medio del patio.</p>
<p>La Unidad de Seguridad Especial Penitenciaria (USEP) no vendría ese día con sus uniformes especiales y sus perros, pues aquello era solicitado solamente cuando el procedimiento se realizaba en una torre completa.</p>
<p>En aquel allanamiento, a cargo del teniente Eduardo Medel, encargado de la cruceta —nombre que se les daba a las torres por su forma de cruz—, se encontraron 40 litros de chicha en un balde dentro del baño, 16 estoques de distintas dimensiones y dos teléfonos celulares en el pasillo. No había <em>chips </em>ni carcasas de teléfonos como otras veces. Y nada comparado a los uniformes de Gendarmería descubiertos en la torre tres, un par de meses atrás, dentro de las tazas turcas de los baños. Un hallazgo que dejó a los vigilantes con la idea de una fuga inminente y la necesidad de remodelar los baños con inodoros normales, un cambio que estaba en pleno proceso y tenía la escalera caracol de la torre cinco inutilizada, llena de materiales de construcción. Además, trascendía una información de carácter “informal” sobre la tenencia de armas de fuego a manos de la población penal.</p>
<p>Pero, aunque esa tarde se incautaran varias especies, en la noche del siete de diciembre y la madrugada del día ocho los teléfonos no dejaron de funcionar en el piso, y la chicha y la pasta base continuaron pasando de mano en mano.</p>
<p>Los presos “del cuarto” tenían estrategias, similares a las del resto del penal. Una era el llamado <em>correo</em>, mecanismo gracias al cual se trasladaban conchos de <em>pájaro verde </em>(bebida alcohólica hecha con fruta y útiles de carpintería que necesitaba por lo menos 15 días de fermentación), cigarros y lanzas. A través de cordones, tiras de género o pitillas, subían y bajaban el elemento prohibido. Pero la estrategia más conocida era la del <em>pelotazo</em>, una bola envuelta en scotch que contenía teléfonos, sierras de diez centímetros para hacer los cuchillos, droga, dinero, dibujos de los hijos o cartas de amor. También chicota, la pastilla conocida como “píldora del olvido”.</p>
<p>Víctor, recuerda: “Todo dependía de la calidad del pelotero. Este se tenía que parar en la calle Frankfurt, cerca de nuestra cancha, y tirar el <em>pelotazo</em>. De esos <em>pelotazos </em>no todos llegaban. Algunos volaban con mucha fuerza y pasaban de largo al patio de la torre cuatro, mientras que otros eran interceptados por los pacos. De un total de diez <em>pelotazos</em>, uno podía alcanzar cuatro, apenas”. Aún así, si no tenían suerte con recibir el envío, los mismos reos compraban en el interior de la cárcel tres pedazos de sierra por diez mil pesos para hacer cuchillos.</p>
<p>Con las herramientas subían a las piezas, cortaban los fierros de los camarotes, medían el arma de acuerdo a la cantidad de baldosas (tres o cuatro), las marcaban en el suelo y terminaban de afilar, demorándose un día en eso. Finalmente, le adherían al cuchillo un palo de dos por dos centímetros de ancho y con ello se transformaba en lanza. Si no quedaba apretada, el fierro afilado se amarraba con elásticos de calzoncillos.</p>
<p>La vida en el CDP de San Miguel tenía mañas y códigos. Si había que armar cuchillos era porque siempre podía ser necesario <em>agarrarse a tajos </em>después de que se cerraban las rejas y se pasaba la última cuenta a las 17.00 o 17.30 horas. Los problemas se solucionaban en el momento. Si alguno no tenía el valor de pelear, iba a venir un amigo suyo y lo iba a <em>tajear </em>por <em>poco vivo. </em>El mundo era de los <em>vivos </em>en San Miguel y la limpieza, también. “Limpieza es viveza” se le decía al <em>perquin </em>para que hiciera la pega. Que hiciera las camas, que ordenara los <em>camaros, </em>que limpiara el baño. El dueño del <em>perquin </em>no podía dar muestras de suciedad. Tenía que oler bien, usar ropa de marca, mantener un buen ambiente.</p>
<p>“El <em>perquin </em>te hacía de todo. También le podías llamar ‘hijo’ y él te podía decir ‘papi’ o ‘tío’. Te traía los platos con la <em>cagá </em>de comida del <em>rancho </em>(palabra con la que se denomina la comida entregada por el Estado en prisión). Te cocinaba, o el <em>hueón </em>se echaba la culpa si venían los pacos y te encontraban algo escondido. Pero no era gratis. Había que alimentarlo y vestirlo, porque nunca andaban con plata: no los iba a ver nadie. Lo más seguro es que los <em>perquins </em>estaban ahí por <em>vo</em><em>laos</em>, por andar en la calle <em>paveando</em>. Entonces siempre estaban agradecidos. Yo quería a mi <em>perquin</em>”, asegura Roberto, otro de los sobrevivientes.</p>
<p>Los que saben de estadísticas carcelarias entienden que las fichas de clasificación de los reclusos no siempre daban cuenta de la realidad. Que un reo tuviese, dentro de la Unidad Penal, más infracciones o castigos que otro en los papeles, no significaba que fuera peligroso. A veces eran sus jefes o dueños quienes cometían las infracciones y el <em>perquin </em>asumía la culpa.</p>
<p>Cuando el <em>rancho </em>llegaba a la reja en fondos de comida hirviendo, el <em>perquin </em>se acercaba con los platos y se lo llevaba a los demás que esperaban en las <em>carretas. </em>“Nosotros le sacábamos la <em>tumba </em>(carne) al plato y con eso nos hacíamos algo mejor. O las papas. Cocinábamos tallarines con salsa. Cazuela. Algo rico. Por último, freíamos todo y le poníamos ensalada. Nadie se comía el <em>rancho</em>”, reconoce José, sobreviviente del ala norte. En general, la comida fiscal traía “sopas de misterio”, aseguran. Sopas con fideos, verdura o papas. Todo recocido.</p>
<p>Porque comer comida de cárcel era y sigue siendo de poco estatus. Que el <em>rancho </em>lo comieran los que <em>no sonaban en el piso</em>, los que tenían <em>poca ficha </em>y no <em>buena ficha, </em>como se le denominaba al <em>choro</em>, al más <em>vivo</em>. Comer <em>rancho </em>implicaba que ningún familiar les ingresaba comida o no había dinero para comprar en las <em>movidas </em>con los presos que trabajaban en el casino, que vendían a escondidas los kilos de porotos, tallarines, arroz y carne. Por eso el <em>choro </em>acogía a quienes tenían “buena situación”, porque este recibía más encomiendas y así alimentaba a los demás y a sus jefes.</p>
<p>Las <em>casas </em>o <em>carretas </em>—espacios en los que se organizan los reos para vivir— estaban separados por sábanas, frazadas fiscales, forro de colchones fiscales celestes, y toallas, afirmadas en cordeles. Así se juntaban grupos por amistad, por barrios, poblaciones o afinidad. Y cuando no había cocinilla con balón de gas, se quemaban zapatillas o ropa, todo lo que fuera combustible, en un fogón. La espuma de los colchones tenía además la utilidad de funcionar como papel higiénico, aunque con esto se tapara el alcantarillado. Los gendarmes se quejaban con ellos, pero nunca hubo cambios de conducta.</p>
<p>En la noche se jugaba a las cartas mientras tomaban mate. Algunos apostaban con billetes. Sobre esas jornadas, Roberto, uno más de los sobrevivientes del incendio, describe: “Generalmente era tranquilo, no hacíamos tantos carretes, más bien compartir. Porque pa’ carretear tenías que preparar la chicha como tres semanas y, si te la pillaban antes, el copete <em>se iba en cana</em>, o sea, se lo llevaba el paco y ahí uno perdía no más. Pero sí poníamos música fuerte o veíamos tele. Jugábamos carta hasta bien tarde”.</p>
<p>Ahí se conversaba sobre las parejas, sobre las peleas con ellas. Se decían “andabai con el carro”, “andai con el trineo”, “andai con el trineo salvaje”. Si habían hablado con las novias y discutían, lo otros se burlaban. “Quedaste bravo con la bruja”, en son de broma. Pero si se veía alguna riña el tono de la discusión cambiaba, porque además de cuchillos, se manejaban cilindros de gas en casi todas las <em>casas, </em>cilindros que eran comprados con el sistema regulado de Economato, aprobado por el jefe interno, el director regional y admitido a nivel nacional por la institución. Aún cuando en el cuarto piso de la torre cinco de San Miguel el uso de los balones en peleas no se daba por primera vez.</p>
<p>Para eso se mandaba a un <em>perquin </em>al patio de carga con el balón de gas vacío y tras el pago de 5.900 pesos por uno de cinco kilos o 10.900 pesos por uno de once, el interno volvía con combustible para cocinar. Práctica criticada por riesgosa, al igual que el uso de parafina dentro de las celdas porque facilitaba los levantamientos en los penales. En los motines, los internos también se <em>monreaban. </em>Ese término significaba amarrar las rejas con cables y paños para que Gendarmería no pudiera ingresar. También introducir palos de fósforos en los candados. Mientras que para transformar el balón en un “soplete” solo había que adherir una manguera o tubo a la válvula y prender la punta con un encendedor. Lo otro era lanzar el balón completo en medio del fuego por si soltaba gas y aumentar así el tamaño de la hoguera.</p>
<p>En las mañanas, la vida comenzaba temprano con la cuenta. Entraban los gendarmes, los internos salían de las <em>carretas </em>y se volvían un número. Una ficha pequeña de cartón con un timbre del Gobierno de Chile se completaba con el número de internos de cada colectivo, de cada piso, de cada torre. Luego, los que participaban de la escuela municipal “Hugo Morales Bizama”, que funcionaba dentro de la cárcel, se levantaban. De los que murieron en el incendio, 19 privados de libertad estudiaban en ella.</p>
<p>El alcalde de la comuna, Julio Palestro, el mismo ocho de diciembre después de la tragedia, comunicó a los medios que lamentaba “la muerte de los 19 alumnos de la escuela municipal”, pero inmediatamente a ello afirmó que desde el 2000 estaba haciendo gestiones con los vecinos para trasladar el recinto penal de su comuna “por la delincuencia”.</p>
<p>El edil Palestro se refería a la escuela que funcionaba de lunes a viernes, con ciclos y capacitaciones en la mañana y, en la tarde con dos primeros niveles (de 1º a 4º básico), cuatro segundos (de 5º a 6º) y cuatro terceros (de 7º a 8º). Eran 303 alumnos en total, con cinco profesores, un jefe de la Unidad Técnico Pedagógica (UTP) y un director de Escuela. El CDP en total albergaba 1.956 prisioneros el día del incendio y su capacidad era de algo más de 700. No hubo forma de esconder el hacinamiento aquel día.</p>
<p><strong>Artículos relacionados:</strong><br />
<a href="https://www.puroperiodismo.cl/?p=10300">Incendio en cárcel de San Miguel: No es fácil ser periodista, tampoco ser espectador</a>, por Lyuba Yez.<br />
<a href="https://www.puroperiodismo.cl/?p=10288" target="_blank">El incendio en la TV: ¿dónde están los editores?</a>, por Andrea Vial.</p>
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		<title>Lee el primer capítulo de «El secreto del submarino. La historia mejor guardada de la Armada de Chile»</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Daniel Avendaño y Mauricio Palma]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 06 Sep 2016 19:10:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<category><![CDATA[Armada de Chile]]></category>
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		<category><![CDATA[investigación periodística]]></category>
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					<description><![CDATA[Sucedió en la bahía de Valparaíso, un viernes 10 de septiembre de 1976: el destructor Portales notó una vibración que hacía presumir que un submarino estaba en los alrededores. Después los buques Cochrane y Serrano detectarían un segundo objetivo subacuático. Ninguno era chileno. Ninguno respondía. La Armada chilena emprendió el ataque mientras los testigos suponían que se trataba de un ejercicio naval en el contexto de la operación Unitas. Cuarenta años después, "El secreto del submarino. La historia mejor guardada de la Armada de Chile" busca explicar lo que realmente sucedió aquella mañana. Agradecemos a Ediciones B la gentileza de compartir el primer capítulo de la investigación realizada por Daniel Avendaño y Mauricio Palma.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>Sucedió en la bahía de Valparaíso, un viernes 10 de septiembre de 1976: el destructor Portales notó una vibración que hacía presumir que un submarino estaba en los alrededores. Después los buques Cochrane y Serrano detectarían un segundo objetivo subacuático. Ninguno era chileno. Ninguno respondía. La Armada chilena emprendió el ataque mientras los testigos suponían que se trataba de un ejercicio naval en el contexto de la operación Unitas. Cuarenta años después, «El secreto del submarino. La historia mejor guardada de la Armada de Chile» busca explicar lo que realmente sucedió aquella mañana. Agradecemos a Ediciones B la gentileza de compartir el primer capítulo de la investigación realizada por Daniel Avendaño y Mauricio Palma.</h3>
<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/09/submarino_portada.jpg" alt="Portada Submarino.indd" width="1080" height="1664" class="alignnone size-full wp-image-27253" srcset="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/09/submarino_portada.jpg 1080w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/09/submarino_portada-389x600.jpg 389w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2016/09/submarino_portada-493x760.jpg 493w" sizes="auto, (max-width: 1080px) 100vw, 1080px" /></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Capítulo I</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>¡HUNDAN!</strong></p>
<p>Jorge Sepúlveda Haugen es ingeniero, docente universitario y desde los quince años le han contado una historia controvertida y espectacular. La fuente para él es irrefutable: su padre, un connotado oficial de la Armada de Chile quien, junto con alcanzar los más altos cargos navales, llegó a ser uno de los integrantes de la poderosa junta de gobierno a fines de los ochenta. Como hijo, Jorge sabe que su papá no miente. Nunca lo ha hecho. Por eso es que un día lo convence de que le cuente otra vez el relato que tantas veces escuchó, pero esta vez frente a una grabadora. En cuarenta minutos, el vicealmirante Jorge Sepúlveda Ortiz narra con detalle lo ocurrido durante el segundo fin de semana de septiembre de 1976 frente a las costas de Valparaíso.</p>
<p>“Íbamos a posiciones para juntarnos con Unitas&#8230; y fue saliendo del puerto cuando tuvimos contacto. Efectivamente, el movimiento indicaba que era un submarino y me mantuve pegado a eso. Muchos no me creían”.</p>
<p>Sepúlveda Ortiz era entonces comandante del destructor Portales, uno de los catorce buques de guerra que a mediados de los setenta componían la escuadra chilena. “Los contactos, a la larga, fueron dos. Uno se arrancó en dirección noroeste y el otro seguía adentro de la bahía. Vinieron aviones de Quintero y también tuvieron contacto con sensores especiales”.</p>
<p>Aquella conversación entre padre e hijo terminó convirtiéndose en un testimonio invaluable. Sepúlveda Ortiz, quien ha escrito libros y es miembro honorario de la Academia de Historia Naval, es un hombre confiable. Como jefe de estado mayor llegó a ser el brazo derecho del almirante José Toribio Merino y también uno de los testigos privilegiados de las últimas horas del poder militar en La Moneda. Sin embargo, sea desde su hogar en el tranquilo balneario de Concón, o bien desde el lejano Aysén, hasta donde llegó hace algunas décadas con el propósito de colonizar la zona, prefiere que aquella grabación sea el único registro de la increíble jornada que le tocó vivir.</p>
<p>La mañana del viernes 10 de septiembre de 1976, Sepúlveda Ortiz y los doscientos hombres que estaban a su mando en el destructor Portales, se levantaron más temprano que de costumbre. La razón era simple: debían zarpar desde Valparaíso con rumbo al puerto de Talcahuano a participar en una nueva versión de la Operación Unitas, ese juego de guerra entre la poderosa Armada norteamericana y sus similares de Latinoamérica que cumplía dieciséis años de tradición.</p>
<p>El día estaba planificado en todos sus detalles. A las 7.00 de la mañana se dio el toque de diana Quince minutos más tarde, subieron los ciento treinta kilos de pan para los <em>ranchos </em>del viaje. A las 9.45 el Portales zarpó del puerto, activando sus sonares, dispositivos que a través de impulsos se convierten en los ojos del buque bajo la superficie.</p>
<p>Pero la calma duró solo dieciocho minutos.</p>
<p>A las 10.03 uno de los sonaristas del buque detectó un eco metálico de proporciones, una vibración que hacía presumir que un submarino rondaba en las cercanías.</p>
<p>La información llegó inmediatamente hasta el comandante Sepúlveda, cuyo talante sereno cambió bruscamente. Sabía que sus hombres no fallaban y él, un experto en electrónica, se había preocupado personalmente de instruirlos. Acto seguido, ordenó silencio total y su mirada se fijó en los aparatos. No podían ser los sumergibles chilenos: el Simpson estaba atracado en Valparaíso; el O’Brien iba camino a Talcahuano y el Hyatt aún no zarpaba desde Inglaterra. Todos esperaron el diagnóstico de su comandante. En pocos segundos, los peores augurios se hicieron reales: la anchura angular, el efecto hidrofónico, el ruido metálico y el efecto Doppler confirmaban la primera lectura de sonar.</p>
<p>“Es un submarino”, dijo Sepúlveda y sus palabras se deslizaron como un hielo entre los miembros de la tripulación. Inmediatamente el comandante ordenó contactar a las otras naves de la escuadra nacional. A partir de ese momento, la bitácora del Portales comenzó a escribirse copiosa y presurosamente, registrando cada detalle de lo que en pocas horas se transformaría en una jornada imborrable.</p>
<p>A las 10.29 de esa mañana Sepúlveda ordenó el alistamiento en primer grado. Desde ese instante, sus hombres debían cubrir sus puestos y prepararse para cualquier evento. El Portales era un antiguo destructor estadounidense, activo desde la Segunda Guerra Mundial y cuya última participación bélica había sido a fines de los sesenta en la Bahía de Tonkin, Vietnam, bajo el nombre de USS Douglas. Aquel viernes de septiembre de 1976, ahora con bandera chilena y signado con el número 17, volvía a prepararse para el combate.</p>
<p>En los minutos siguientes, los sonaristas del destructor Zenteno, que contaba con instrumentos más precisos, confirmaron la presencia de un submarino desconocido. Lo que quedaba de calma se esfumó cuando los buques Cochrane y Serrano detectaron una segunda nave no identificada bajo el mar. Muchos pensaron estar ad portas de un impensado ataque al principal puerto chileno. Mientras tanto, el operador sonarista del Portales informaba detalladamente al segundo comandante, Gustavo Marín Wilkins, los reiterados cambios de rumbo y de velocidad que realizaba el objeto subacuático.</p>
<p>Desde el centro de telecomunicaciones apostado en tierra, varios suboficiales monitoreaban los llamados entre los puentes de mando de los buques de la escuadra chilena. La urgencia era tal que algunos mensajes ni siquiera alcanzaban a ser codificados. Se despachaban como iban llegando. A esa altura no cabían dudas: las aguas territoriales estaban siendo vulneradas.</p>
<p>El jefe de la escuadra nacional, vicealmirante Hugo Castro Jiménez, solicitó instrucciones directas al almirante Merino, máxima autoridad naval del país y miembro de la junta militar. En la víspera del tercer aniversario del golpe de Estado que había derrocado al presidente Allende, los marinos chilenos estaban preparados para que ocurriese algún tipo de sabotaje. Las posibilidades eran muchas, pero jamás imaginaron un ataque submarino. Aquello no estaba en los cálculos de nadie.</p>
<p>“Ordene inmediatamente un zafarrancho de combate. Cérquenlos y si no se identifican, atáquenlos con todos los buques que sean necesarios. ¡Hundan al submarino!”, determinó Merino.</p>
<p>En un primer momento no fueron pocos los que pensaron que el <em>contacto </em>desconocido podría corresponder al submarino nuclear USS Gato, integrante de la flotilla estadounidense de la Operación Unitas. Ante eso, la Armada chilena no tardó en consultar a los norteamericanos por su ubicación.</p>
<p>“No somos nosotros. Estamos a varias millas de Valparaíso”, fue la escueta respuesta del grupo de Tarea 138 al mando del contralmirante James Sagerholm, un experto en guerra antisubmarina y quien por razones de seguridad se negó a entregar las coordenadas exactas de su nave. De hecho, se encontraban en el sur con más de 1.500 hombres repartidos entre los destructores USS Macdonough y el USS Davis, la fragata USS Thomas C. Hart y el poderoso USS Gato. Estaban a la espera para iniciar el ejercicio conjunto, sin embargo, los acontecimientos en la rada de Valparaíso obligaron a cambiar drásticamente la agenda del día.*</p>
<p>Descartado el submarino Gato, desde los altoparlantes de los buques chilenos se escuchó la sirena que ordenaba el zafarrancho de combate. Por los pasillos y cubiertas de las naves, los oficiales entregaban órdenes presurosas. Por primera vez los jóvenes marinos chilenos se enfrentaban a una situación de guerra real.</p>
<p>El alto mando ordenó que las fragatas Condell y Lynch, recién llegadas al país, se alejaran rápidamente del teatro de operaciones y así impedir que fueran objetivos de las naves infiltradas. Les siguieron los destructores Williams, Riveros y los cruceros Prat y Latorre. Al submarino Simpson le instruyeron no moverse. Se quedaría atracado al puerto. Solo cuatro embarcaciones permanecerían en la rada de Valparaíso para dar caza a la nave intrusa. Al Portales se le uniría el Zenteno, el Serrano y el Cochrane. Desde ese momento, estos tres últimos destructores adoptarían sus nombres de guerra: Delfín, Oporto y Congo, respectivamente. Al mando del operativo quedó el comandante con mayor antigüedad en la bahía y cuyo buque había detectado el primer eco metálico enemigo: el capitán de navío Jorge Sepúlveda Ortiz. La misión era iniciar una cacería para dar con el primer sumergible detectado, el cual se esforzaba por huir en dirección noroeste y cuyos movimientos eran seguidos atentamente por los sonaristas chilenos. A la segunda nave infiltrada se le perdió rápidamente la pista.</p>
<p>Como una manada acorralando a su víctima, los cuatro destructores comenzaron a cercar a la nave espía que, según los datos arrojados por los sonares, se mantenía en la bahía porteña, en posición frontal a la Universidad Técnica Federico Santa María. El comandante Sepúlveda instruyó que usaran el teléfono submarino para comunicarse con los intrusos y así lograr su identificación.</p>
<p>“¡Atención. Usted está en aguas territoriales chilenas. Identifíquese y aflore!”, ordenó uno de los suboficiales chilenos a bordo del Portales.</p>
<p>No hubo respuesta.</p>
<p>Sepúlveda, cuyo buque se encontraba justo sobre la nave infiltrada, ordenó nuevamente silencio total para escuchar hasta el mínimo ruido de movimiento metálico bajo el mar. Con las máquinas detenidas, la tripulación del Portales únicamente atinaba a dirigir sus miradas hacia el suelo de la nave. Solo se oían las respiraciones entrecortadas.</p>
<p>La noticia del operativo en las costas de Valparaíso llegó rápidamente hasta la embajada chilena en Lima.</p>
<p>Allí, el consejero de la legación diplomática Demetrio Infante fue testigo directo del contacto telefónico entre las armadas de ambos países. Los chilenos querían tener la certeza absoluta de que ningún submarino peruano hubiese penetrado los límites marítimos nacionales. Ante la negativa de la Marina de Guerra del Perú, la determinación del alto mando chileno, a cargo del almirante Merino, seguía adelante: hundir a la nave espía.</p>
<p>A las 13.00 horas en punto comenzó el ataque: bombas erizos y de profundidad salieron desde los destructores chilenos. En la bitácora del Portales se detalló minuto a minuto la carga arrojada, también los contactos de sonar que desaparecían una y otra vez, los cuales ponían en duda la efectividad de las bombas erizo lanzadas por estas naves: casi ninguna explotó. Pese a ello, el estruendo de las bombas de profundidad se prolongó por más de tres horas.</p>
<p>A las 16.49 se decidió ir más allá. Desde el destructor Zenteno se dispararon los primeros torpedos. Doce minutos más tarde, se repitió la acción. A las 17.10 los sonaristas perdieron el contacto con el sumergible, entonces se ordenó detener las máquinas para disipar las estelas y así dar curso al primer plan de rebusca. No se encontró nada hasta las 17.55, cuando nuevamente las pantallas identificaron a la nave y continuó el ataque, esta vez desde el Cochrane, tal como lo había hecho en la Segunda Guerra Mundial, cuando fue parte de la flota estadounidense y se hizo conocido por derribar aviones kamikaze.</p>
<p>Los buques chilenos no dejaban respirar al submarino espía. En cosa de minutos, la rada de Valparaíso se convirtió en un infernal teatro de operaciones, apenas previsto en ejercicios proyectados en la Academia de Guerra Naval.</p>
<p>Al estallar, los barriles explosivos provocaron torres de agua que alcanzaron los diez metros de altura, un verdadero espectáculo presenciado por miles de porteños y viñamarinos, quienes veían con ingenuidad estos <em>ejercicios </em>tan cerca de la playa.</p>
<p>Una acción de esta magnitud hizo que muchos marinos actuaran con ímpetu. Un joven subteniente a bordo del destructor Zenteno se fracturó su pierna al atascársele en el sistema mecánico de las cargas de profundidad. Cerró sus ojos, apretó sus dientes y a pesar del dolor, logró despejar los rieles. Aquel buque, construido a mediados de la década del cuarenta y que se había integrado a la Armada chilena en 1974, lanzó toda su artillería de profundidad, suficiente para aniquilar a cualquier acorazado que intentara infiltrarse en la bahía de Valparaíso.</p>
<p>Pero no solo en las aguas se libraba esta batalla. En los pasillos del imponente edificio que alberga la actual comandancia en jefe de la Armada, frente a la Plaza Sotomayor de Valparaíso, los oficiales corrían de un lugar a otro. Más de alguno pensó en una posible invasión. Por ello se hizo imperioso armar el mapa de los hechos. El jefe de estado mayor de la Primera Zona Naval, Arturo Silva Cañas, tomó el teléfono y llamó hasta el Fuerte Papudo, emplazado en ese entonces justo sobre el Club de Yates de Recreo, en Viña del Mar. No había mejor lugar para presenciar los hechos que estaban acaeciendo.**</p>
<p>“Aló, oficial. Habla su jefe de estado mayor. Infórmeme de todas las posiciones que están realizando los destructores. Aquí estoy imposibilitado de observar lo que sucede. ¡Usted será mis ojos!”, ordenó Silva Cañas. Al otro lado del teléfono, un joven oficial respondió afirmativamente y se dedicó a comunicar cada uno de los movimientos de las naves chilenas hasta bien avanzada la noche.</p>
<p>Algo similar ocurría en las demás reparticiones de la Armada. En la Escuela de Armamentos, ubicada en ese entonces en la recta Las Salinas, ruta que une Viña del Mar con el conspicuo balneario de Reñaca, los jóvenes cadetes que a esa hora se encontraban en clases debieron abandonar las salas y comenzaron a correr por los pasillos. Vestidos con tenida de combate y armados con fusiles de asalto, fueron ubicados a lo largo de toda la zona costera, desde Recreo hasta Concón. En cosa de minutos construyeron trincheras. La oficialidad temía un desembarco anfibio desde las naves espías, por lo que era necesaria toda la fuerza para impedir una posible invasión enemiga. Durante tres largos días, los jóvenes atrincherados en las arenas chilenas apuntaron sus fusiles hacia el Pacífico. Temían lo peor.</p>
<p>Por su parte, la Fuerza Aérea de Chile despachó desde la base aérea de Quintero, a 48 kilómetros al norte de Valparaíso, nueve aviones de guerra antisubmarina Grumman, los cuales lanzaron al mar sus sonoboyas, cilindros que al impactar el agua, comenzaron a transmitir las señales acústicas de sus hidrófonos. Estos de inmediato detectaron la presencia de la nave espía e iniciaron vuelos en círculo por la zona roja.</p>
<p>El asedio explosivo bajo el mar continuaba en la bahía de Valparaíso, pero de un momento a otro, los sonaristas comenzaron a detectar que cada vez la velocidad del submarino disminuía. Para los expertos, era una señal clara de que se encontraba averiado.</p>
<p>Durante esa tarde, el almirante José Toribio Merino recibió en su despacho a la totalidad del cuerpo de almirantes encabezados por el canciller Patricio Carvajal, quienes, según reportan las notas de prensa de la época, fueron a saludarlo en la víspera de su tercer aniversario al mando de la Armada. Poco después, Merino también fue visitado por el ministro de Defensa, el general Herman Brady. Es decir, mantuvo reuniones con su círculo más cercano de poder y donde —no es difícil pensar— los saludos y parabienes quedaron en segundo plano. A las 20.00 horas, el almirante cerró la jornada laboral con una ceremonia en que entregó la condecoración Gran Estrella al Mérito Militar al comandante de operaciones navales de la Armada argentina, vicealmirante Luis María  Mendía.</p>
<p>Mientras tanto, continuaba el intenso bombardeo en la rada porteña y a las 20.13 horas, cuando ya oscurecía, el mercante peruano Tacna fue misteriosamente autorizado  a zarpar desde la bahía de Valparaíso. Dos horas más tarde, a las 22.30, la tripulación a bordo del destructor Portales fue alertada por una vibración creciente: los marinos que se encontraban en la proa del buque, como también los equipos sonares de la nave, detectaron el ruido de un motor que se acercaba presurosamente.</p>
<p>“¡Contacto hidrofónico de torpedo!”, gritó el sonarista. Todo indicaba que al verse cercados por los buques, desde el submarino espía decidieron abrirse paso con un proyectil. El comandante Sepúlveda ordenó una maniobra de zigzag para eludirlo. Los marinos en cubierta alcanzaron a escuchar el motor del torpedo que rozó la proa del destructor chileno. Algunos cayeron al suelo. El proyectil siguió en dirección oeste y no dio con ningún objetivo hasta agotar su combustible y caer al fondo cenagoso de la bahía. Aquel torpedo era la más clara señal de que la batalla naval en Valparaíso estaba desatada: nuevas bombas de profundidad, erizos y torpedos reanimaron el infierno bajo el mar.</p>
<p>Ya de madrugada, mientras cientos de marinos chilenos a bordo de los destructores parecían vivir su noche más larga, los conscriptos asentados en la base naval de Talcahuano continuaban con un intenso trabajo logístico. La orden era trasladar la mayor cantidad de municiones desde los arsenales hasta el aeropuerto Carriel Sur de Concepción. Allí esperaba un avión Hércules al que subieron el armamento rumbo a Valparaíso.</p>
<p><strong>El nuevo bombardeo del 11</strong></p>
<p>Una intensa llovizna abrió la mañana del sábado 11 de septiembre de 1976. La persistente garúa obligó a la Escuela Naval de Valparaíso a trasladar la ceremonia de condecoraciones desde el patio de honor a los comedores. La mayoría de éstas eran para oficiales y suboficiales que tres años antes habían actuado en el golpe militar contra la Unidad Popular. Fue una celebración paradójica, pues en medio de la entrega de medallas, todos comentaban lo que sucedía a escasos metros, en la bahía de Valparaíso.</p>
<p>Desde el destructor Serrano lanzaron sucesivos ataques hasta que a las 11.00 horas, tripulantes del Cochrane avistaron un salvavidas que flotaba. Algunos supusieron que sería el primer resto náufrago y la confirmación del hundimiento del submarino espía, pero las dudas se disiparon al recogerlo: pertenecía a la Gobernación Marítima local.</p>
<p>El contacto del sonar se mantenía en forma intermitente y en ocasiones mostraba desplazamientos lentos, hasta que a las 17.06 ocurrió un hecho insólito: el pesquero particular María Teresa, bajo el mando de un oficial naval, pasó su red por el sitio de contacto del sonar hasta que ésta se quedó atascada con una fuerte resistencia. La orden que vino fue clara: que no se moviera hasta que el remolcador Gálvez llegara con su equipo de televisión submarino. Solo dos horas más tarde la red se desenganchó y al atracar notaron que la malla se había atascado con restos náufragos. En las siguientes horas, la intensidad de los contactos disminuiría y los destructores se dedicarían infructuosamente a la  rebusca.</p>
<p>Las dudas estaban instaladas. No se despejarían en décadas.</p>
<p>¿Qué había ocurrido? ¿Lograron las naves infiltradas evadir el intenso fuego o las cargas de los destructores chilenos sepultaron para siempre a los submarinos enemigos?</p>
<p>Han pasado cuatro décadas y en algunos círculos navales este incidente es conocido extraoficialmente como la Batalla del Marga Marga. Muchos exmiembros de la Armada de Chile optan por no referirse al tema. Quizás prefieren olvidar que en 1976 las fronteras navales del territorio fueron vulneradas en sus propias narices. O bien podría tratarse de un secreto de Estado al más alto nivel y cuyos testigos hasta hoy se escudan en un silencio forzado.</p>
<p>En el transcurso de esta investigación fueron varios los antiguos altos oficiales navales chilenos quienes, con diversos protagonismos en el operativo, literalmente cortaron el teléfono o se negaron a hablar. En los años posteriores a 1976, las distintas versiones siguieron cultivándose discretamente en los pasillos navales y en el fragor de conversaciones de bar. La historia se convirtió en leyenda. Algunos podrán pensar que se trató solo de un rumor alimentado por la oficialidad naval, con el propósito de levantar el espíritu de la marinería y así, dejar en claro que ningún extranjero violará los más de cuatro mil kilómetros soberanos. Si bien resulta un tema complejo, los años ayudan a destrabar un relato que pudo haber marcado la bitácora del régimen militar de Augusto Pinochet.</p>
<p>En cualquier caso, aquello que comenzó como un simple rumor es, en realidad, uno de los episodios navales más espectaculares y controvertidos de la historia chilena reciente y también un pasaje desconocido de la Guerra Fría latinoamericana. Un hecho que bien pudo terminar en una guerra.</p>
<hr />
<p><em>* Durante la XVII versión de operación Unitas (1976), la Armada de los Estados Unidos realizó ejercicios conjuntos con las fuerzas navales de Brasil, Chile, Perú, Colombia, Venezuela y Uruguay.</em></p>
<p><em>** Ubicado en el barrio viñamarino de Recreo, el Fuerte Papudo tenía una superficie de 3,7 hectáreas de terreno, las cuales fueron enajenadas por la institución naval, dando paso en la actualidad a un moderno complejo inmobiliario de cinco torres llamado “Gran Océano”.</em></p>
<p><em>*** Durante la dictadura militar argentina (1976-1983), Luis María Mendía ocupó el tercer cargo de más alta jerarquía de la Armada de ese país. Fue condenado por delitos de lesa humanidad y se le atribuyó ser el autor ideológico de los denominados “vuelos de la muerte”, consistentes en arrojar desde aviones a los opositores políticos hacia el mar. Murió el 13 de mayo de 2007, a los 83 años, mientras cumplía arresto domiciliario.</em></p>
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		<title>Adelanto: «Manuel Contreras. Por un camino de sombras», perfil del libro «Los malos»</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Cristóbal Peña]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 12 Jun 2015 15:49:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[adelanto de libro]]></category>
		<category><![CDATA[dictadura]]></category>
		<category><![CDATA[Ediciones UDP]]></category>
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					<description><![CDATA[En la DINA —la policía política de Pinochet— no se movía una hoja sin que su jefe, Manuel Contreras, lo supiera. Ahí el Mamo estableció un "mecanismo de relojería" no sólo para seguir los pasos de los opositores a la dictadura, sino que también para prevenir posibles amenazas internas al poder absoluto de Pinochet. Este perfil es parte del libro <a href="http://www.ediciones.udp.cl/los-malos-leila-guerriero/" target="_blank"><em>Los malos</em></a> (Ediciones UDP), editado por la argentina Leila Guerriero. Agradecemos la autorización de la editorial para publicar un extracto de ese artículo: un pasaje sobre la cercana relación de Contreras con una de sus secretarias, la Chany.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>En la DINA —la policía política de Pinochet— no se movía una hoja sin que su jefe, Manuel Contreras, lo supiera. Ahí el Mamo estableció un «mecanismo de relojería» no sólo para seguir los pasos de los opositores a la dictadura, sino que también para prevenir posibles amenazas internas al poder absoluto de Pinochet. Este perfil es parte del libro <a href="http://www.ediciones.udp.cl/los-malos-leila-guerriero/" target="_blank"><em>Los malos</em></a> (Ediciones UDP), editado por la argentina Leila Guerriero. Agradecemos la autorización de la editorial para publicar un extracto de ese artículo: un pasaje sobre la cercana relación de Contreras con una de sus secretarias, la Chany. » <a href="https://www.puroperiodismo.cl/?p=25838" title="Anatomía de un malo" target="_blank">Lee «Anatomía de un malo»</a>.</h3>
<div id="attachment_25831" style="width: 818px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-25831" class="size-full wp-image-25831" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/06/mamo_channy.jpg" alt="Manuel Contreras y Adriana Rivas, la &quot;Chany&quot;. Foto: Memoria Viva" width="808" height="502" /><p id="caption-attachment-25831" class="wp-caption-text">Manuel Contreras y Adriana Rivas, la Chany. Foto: <a href="http://www.memoriaviva.com/criminales/criminales_r/rivas_gonzalez_adriana_elcira.htm" target="_blank">Memoria Viva</a></p></div>
<p>La foto es en colores y muestra al Mamo tomado del brazo por la Chany, una de sus secretarias de confianza, devenida en agente. Es una foto de mediados de los 70. Ambos miran a la cámara y sonríen dichosos, como dos buenos amigos. Ella, flaca y morena, lleva una falda escocesa en blanco y negro y una blusa de color crema con escote. Él viste un ambo celeste, del mismo color que la sombra de ojos de ella, y ambas cosas, el traje y la sombra de ojos, hacen juego con esa coqueta corbata de rombos azules y grises que luce el jefe de la DINA. Un jefe bonachón, sonriente y bien alimentado, que exhibe la complacencia de quien ha llegado a fin de mes con las tareas hechas.</p>
<p>—La DINA no era lo que dicen que era —se queja Adriana Rivas González, la Chany, que está conectada a Skype desde su casa en Sydney.</p>
<p>En su memoria, la DINA era algo como lo que aparece en esa foto: una oficina pública como cualquier otra, con horarios, papeleos y ambiente de camaradería. La Chany se queja, todavía más en este día de marzo de 2014 cuando la televisión australiana acaba de exhibir un reportaje sobre su caso: una secretaria que tiene pedido de extradición de la justicia chilena por formar parte de la brigada que exterminó a una dirigencia completa del Partido Comunista de su país: la Brigada Lautaro, una de las más crueles de la DINA.</p>
<p>—¿Que cómo estoy? Cómo voy a estar, imagínate: en ese reportaje mostraron mi foto, mi casa, todo, todo de mí, que no tengo nada que ver con todo eso de que se me acusa.</p>
<p>Para la Chany todo comenzó a fines de 1973, cuando el Mamo, por orden de Pinochet, se trasladó a la Academia de Guerra, en Santiago, y empezó a diseñar lo que iba a ser la DINA, una policía política que, como cualquier policía, requería personal técnico y administrativo. De ahí que en esas fechas, un grupo de oficiales del ejército llegara al Instituto Manpower de Santiago para reclutar a cuatro o cinco estudiantes de secretariado. La Chany dice que eligieron a las mejores, seleccionadas mediante una entrevista personal y una prueba que rindieron en la Academia de Guerra. Días después, un ex agente me dirá en reserva que es cierto que se eligió a las mejores secretarias, pero también a las más jóvenes y agraciadas de toda una generación.</p>
<p>En ese pequeño grupo estaba Nélida Gutiérrez, la secretaria que el Mamo se reservó para sí una vez que la DINA fue fundada oficialmente en 1974. Nélida se distinguía de las otras. Era ocho o 10 años mayor, más dama que las otras, más señora, explica la Chany:—Tú sabes de lo que hablo: la Nélida era elegante y con clase, y con la clase se nace o no se nace, esa es la verdad… ¿Bonita, dices? Yo diría que sí: una mujer amable a la vista.</p>
<p>A diferencia de la Chany y las otras secretarias, Nélida Gutiérrez no hizo el curso de Inteligencia en Tejas Verdes, curso que estaba a cargo de Ingrid Olderock, la oficial de Carabineros especialista en entrenar perros para violar prisioneros. Nélida, ya se sabe, era de otra clase, y por esas fechas estaba casada y tenía dos hijas. Tampoco pasó por la Escuela Nacional de Inteligencia de Maipú, como sí lo hizo la Chany. El trato especial que el Mamo le dio a su secretaria personal se notó en esa oficina privada del segundo piso del cuartel general de la DINA, en la calle Belgrado, en el centro de la capital, que le reservó al lado de la suya. Todas las demás compartían oficina.</p>
<blockquote><p>El mecanismo de relojería montado por el Mamo empezaba en su propia oficina, mediante un estricto control interno de su personal. Para saber lo que hacían y conversaban sus agentes de mayor confianza, procuró que unos vigilaran a otros.</p></blockquote>
<p>La del Mamo, por cierto, era más amplia que cualquier otra. Al fondo, un escritorio con varios teléfonos —negro, verde, rojo— y un puño forjado en hierro que era el emblema de la DINA. Una licorera con licores importados, una caja fuerte, un gabinete para guardar papeles, dos sillones en torno a una mesa de centro y un gran mueble que contenía un televisor con conexión directa al edificio Diego Portales, que Pinochet usó como sede de gobierno en los primeros años de dictadura. Como en las películas de espías de esos años, el Mamo y Pinochet hablaban y se veían las caras en directo.</p>
<p>Lo que no estaba a la vista era un privado, dentro de su misma oficina, donde había un baño y un catre de campaña. Allí guardaba dos maletas con ropa limpia, para partir de viaje en el momento que fuera necesario. Una con ropa de invierno, otra de verano.</p>
<p>Todos los días, de mañana, el Mamo pasaba a buscar a Pinochet por su casa y se trasladaba con él hasta el edificio Diego Portales, donde desayunaban. Ese era el momento en que el jefe de la DINA desplegaba todo su encanto. El tema no eran sólo los opositores y grupos de izquierda, que pronto estuvieron bajo control. Tanto o más peligrosos eran los militares y altos funcionarios de gobierno que podían amenazar el poder absoluto de Pinochet. A ellos, más que a nadie, había que mantener a raya. Por eso, Contreras se ocupó de pinchar sus teléfonos y espiar sus movimientos. Y por eso, también, se ganó enemigos dentro de la misma dictadura. Había una carpeta para cada persona importante, y esas carpetas, que contenían secretos profesionales y de alcoba, eran su seguro de supervivencia: Manuel Contreras, dice el destituido capitán Carlos Vergara, era un maestro de la extorsión, un conspirador de libro.</p>
<p>El Mamo se hizo imprescindible. Un guardia personal de Pinochet y de sí mismo: cuidando las espaldas de su jefe, cuidaba sus propias espaldas. Si no descubría un plan para atentar contra el dictador o su familia, se lo inventaba. Y como Pinochet era un hombre desconfiado, receloso de su propia sombra, necesitaba a una persona como el Mamo que, además, se ganó la confianza y amistad de Lucía Hiriart, la esposa de Pinochet. “Un amigo de la casa”, lo definió Gonzalo Vial, ex ministro y biógrafo del dictador.</p>
<p>Según se lee en <em>Doña Lucía</em>, el libro de la periodista chilena Alejandra Matus sobre la esposa de Pinochet, el Mamo se hizo tan querido y necesario que en 1978, cuando a Pinochet no le quedó otra que mandarlo a retiro ante la presión de Estados Unidos por el atentado que la DINA había ejecutado en Washington dos años antes contra el ex canciller Orlando Letelier, Lucía Hiriart visitó al Mamo en su casa, en señal de desagravio, y luego, en señal de protesta contra su marido, no regresó a la suya en dos semanas. El general tuvo que pedir la mediación de un obispo para hacer entrar en razón a su esposa.</p>
<p>Lucía Hiriart era implacable con aquellos oficiales del ejército que engañaban a sus esposas, quizás no tanto por su fervoroso catolicismo sino porque ella misma era engañada. Tenía su propia red de informantes, de seguro proporcionada por el Mamo, y ningún adúltero de uniforme se salvaba de ser llamado a retiro o destituido de su cargo. Ninguno, a excepción del propio jefe de la DINA. Porque el mecanismo de relojería montado por el Mamo empezaba en su propia oficina, mediante un estricto control interno de su personal. Para saber lo que hacían y conversaban sus agentes de mayor confianza, procuró que unos vigilaran a otros. Y procuró hacerles saber a todos que, como alguna vez dijo Pinochet, en la DINA tampoco se movía una hoja sin que el jefe lo supiera. El respeto se cultivaba con dosis equitativas de miedo y recompensas. Según la Chany, el Mamo se preocupó de mantener un ambiente de camaradería y de asegurar las mejores condiciones para su personal. Aguinaldos, servicios de salud, cabañas de verano, premios. Era común que, después de algún operativo de relieve, los agentes fueran recompensados con un viaje de placer junto a sus esposas o amantes, daba igual, mientras no se enterara doña Lucía.</p>
<p>Un ex agente de la DINA me dirá que el Mamo era particularmente vanidoso del poder que ostentaba. Fue él mismo quien recibió en su oficina de calle Belgrado a las tres militantes de izquierda que, después de permanecer varios meses bajo custodia de la DINA, sometidas a torturas, fueron integradas de manera formal como agentes —con sueldo, credencial y beneficios—, bajo un estricto control. Marcia Merino, una de esas tres mujeres, contó a la justicia que, por alguna razón, en la DINA las prisioneras “eran propiedad” del agente que había practicado la detención. También contó de esa reunión realizada en mayo de 1975, en las oficinas del cuartel general de calle Belgrado, en la que el Mamo, recibiendo por separado a las tres, “hace una larga disertación sobre ex guerrilleros que pasan a colaborar con organismos de seguridad de otros países”. Las tres mujeres quedaron alojadas en un departamento de las torres San Borja, a pocas cuadras del cuartel general. Y a partir de ese momento, según el mismo testimonio, fue común que el Mamo y sus hombres se dejaran caer en ese departamento tras la jornada de trabajo. Llevaban “comida y mucho trago”, testificó Marcia Merino, apuntando un detalle: el jefe de la DINA hacía “insinuaciones amorosas” a las tres.</p>
<p>La Chany dice que no vio nada de eso. Admite que el hombre tenía su genio, que cada tanto lo escuchaba gritarle a algún agente. Pero a puertas cerradas, en confianza, dice que era una buena persona, capaz de ayudar a un ser humano en problemas, como lo hizo con ella cuando su padre tuvo un lío de dinero que lo llevó a la cárcel.</p>
<p>—Le voy a estar agradecida por siempre por eso —me dice Chany—. Yo no sabía qué hacer con el problema que tenía, estaba desesperada, don Manuel me vio llorando y me preguntó: <em>Qué te pasa, Negra, ¿algún problema? Ven a mi oficina y cuéntame</em>, y yo fui a su oficina y le conté lo que estaba pasando con mi papá. Él no me dejó terminar. <em>Entiendo, entiendo</em>, me dijo, <em>quédate tranquila, yo te voy a ayudar</em>, y ese mismo día me volvió a llamar a su oficina y me entregó un sobre con dinero. Yo no sabía qué decir. Imagínate. Al final le dije que no sabía cómo se lo iba a pagar y él me dijo: <em>Anda tranquila, Negrita, ¿quién te está diciendo que me lo pagues?</em></p>
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		<title>Adelanto del libro «La vida breve de José Huenante. Historia del primer detenido desaparecido en democracia»</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Puroperiodismo]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 13 May 2013 17:21:48 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[adelanto de libro]]></category>
		<category><![CDATA[Ceibo]]></category>
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		<category><![CDATA[investigación periodística]]></category>
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					<description><![CDATA[La investigación del periodista Nicolás Binder aborda la desaparición de Huenante, un joven de 16 años cuyo paradero se perdió tras ser detenido por carabineros en septiembre de 2005.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>La investigación del periodista Nicolás Binder, editada por <a href="http://www.ceiboproducciones.cl/" target="_blank">Ceibo</a>, aborda la desaparición de Huenante, un joven de 16 años cuyo paradero se perdió tras ser detenido por carabineros en septiembre de 2005, en la ciudad de Puerto Montt.</h3>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignright size-full wp-image-22232" title="La vida breve de José Huenante" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2013/05/La-vida-breve-de-José-Huenante.jpg" alt="" width="300" height="432" />Nicolás Binder investigó la historia de José Huenante durante un año, conversó con familiares y amigos, además de fiscales, carabineros y abogados. Fue un exhaustivo trabajo en torno al destino del llamado «primer detenido desaparecido en democracia».</p>
<p>«Pero, ¿quién es José Huenante Huenante?», se pregunta Faride Zerán en una reseña del libro. «¿Cuál fue el destino de un joven de origen mapuche, pobre, en el Chile de la transición a comienzos del siglo 21, cuando las demandas de justicia, dignidad e igualdad de oportunidades se erigen como necesidades urgentes y desatendidas?»</p>
<p>En un <a href="http://www.theclinic.cl/2013/04/24/que-fue-de-jose-huenante-el-primer-detenido-desaparecido-en-democracia/" target="_blank">artículo de <em>The Clinic</em></a>, donde entrevistan al autor del libro, se profundiza en el historial de impunidad que los casos de derechos humanos han tenido en la capital de la Región de Los Lagos.</p>
<p>Precisamente, Nicolás Binder (1988) creció en Puerto Montt y el 2007 se trasladó a Santiago para estudiar periodismo en la Universidad de Chile. Luego realizó su práctica profesional en el programa Contacto de <em>Canal 13</em> y trabajó en Radio Universidad de Chile como productor de «El Estudiantazo», un programa sobre las movilizaciones estudiantiles.</p>
<p><em>La vida breve de José Huenante</em>, de la Colección Periodista José Carrasco Tapia, es su memoria de título. El libro se lanzará el lunes 13 de mayo a las 18:30 horas en la Casa Central de la Universidad de Chile.</p>
<p>Acá presentamos un adelanto de la publicación.</p>
<hr />
<h4>TESTIMONIOS CLAVES</h4>
<p>La señora Angélica era vecina de la población Vicuña Mackenna desde sus inicios, a fines de los años noventa. Era dueña de casa. Llegó a Puerto Montt con su familia desde Punta Arenas. Vivía con dos de sus hijos: Álvaro, que era el segundo de tres, y con el menor, que todavía era un niño.</p>
<p>Esa noche, se suponía que Angélica y Álvaro verían juntos una película, pero él todavía no aparecía, por lo que ella estaba levantada, esperándolo, como cualquier madre preocupada de su hijo. La película ya había pasado, pero a ella no le importaba, solo sabía que se iba a desvelar toda la noche hasta ver a su hijo de regreso, sano y salvo en el hogar. Para eso miraría televisión, pero siempre atenta a su ventana. Su living estaba organizado de tal forma que ella, sentada en su sillón, tenía al televisor de frente y a su derecha una gran ventana con vista hacia el oriente, hacia el pasaje Seis, la plaza de juegos y la avenida Vicuña Mackenna.</p>
<p>Pasada las cuatro de la mañana, lo único que sintonizaba a esa hora el televisor de Angélica era el canal 6,La Red. Ya esa hora lo único que transmitía era  «Call TV»: un programa de llamadas eróticas con señoritas vestidas de diferentes y sugerentes formas. Un programa que Angélica nunca veía.</p>
<p>Y Álvaro aún no llegaba.</p>
<p>A las 4:06, el sargento Canobra y el cabo Ibarra tenían que reanudar su ronda después de dejar al ebrio, Carlos, a cargo de sus amigos Negro y Yoni. Pero antes de continuar, percibieron unos gritos de desorden provenientes desde el interior del sitio eriazo, en las panderetas frente al pasaje Cuatro, por lo que decidieron ingresar a la población.</p>
<p>Doblaron a la derecha por Arturo Narváez, pasando al lado de José, que continuaba solo en la calle, pero no se dieron cuenta de su presencia. Al llegar a la esquina con la casita verde, doblaron nuevamente a la derecha en vía Mediterráneo.  A mitad de cuadra, Canobra e Ibarra escucharon más gritos e insultos, provenientes desde el sitio eriazo, por lo que los dos se bajaron con linternas para inspeccionar la zona.</p>
<p>A oscuras entre las panderetas, uno de los chicos dela Antonio Varas, el Carlos o el Yoni, según Sombra, le había preguntado al resto si alguna vez habían hecho la «guerra» a los carabineros. Los demás respondieron que no, por lo que para no quedar mal decidieron declarar una batalla: empezaron a insultarlos y lanzarles piedras.</p>
<p>Al recibir el ataque, Canobra e Ibarra rápidamente se replegaron. Volvieron al RP-1372 y dieron la vuelta por Nueva Tres hasta llegar nuevamente a la esquina con Vicuña Mackenna. En este trayecto, el 1372 se comunicó con CENCO. Segúnla Tarjetade Procedimiento Policial n° 6343, el sargento Canobra llamó a las 04:17 para solicitar cooperación. CENCO procedió a enviar a los dispositivos RP-1373 y Z-1139 para prestar ayuda.</p>
<p>Al ver que los carabineros no estaban, los demás jóvenes salieron de entre las panderetas y corrieron hacia la casita verde. A los pocos minutos se percataron que venía un camión de Carabineros desde la población Socovesa, por lo que inmediatamente arrancaron hacia el liceo Benjamín Vicuña Mackenna, por vía Mediterráneo. Sin embargo, no todos corrieron hacia el liceo: Carlos seguía durmiendo dentro del sitio eriazo y Nelson seguía escondido entre las panderetas. Lo único que quería era volver a su casa en el pasaje Seis, a dos pasajes de distancia.</p>
<p>La señora Angélica seguía con su televisor encendido. Mientras tenía un ojo puesto en el programa y el otro en la ventana, de pronto vio aparecer a un joven desde Vicuña Mackenna que doblaba a la derecha en dirección a su pasaje por la calle contigua a la pequeña plaza. Lo primero que pensó fue en su hijo Álvaro, pero el joven al que veía desde su ventana andaba con un pantalón claro y polerón oscuro y corría algo lento. Inmediatamente se dio cuenta que no era su hijo, pero siguió observando. Ahora el joven llegaba al pasaje Seis con la esquina de la plaza y se detenía por unos segundos. Se tambaleaba. Para Angélica era evidente que la persona estaba ebria. El joven se recompuso y continuó su huida por el pasaje Seis, en dirección a Arturo Narváez, hacia el sitio eriazo. Inmediatamente después de perder al joven de vista, miró de nuevo hacia Vicuña Mackenna: ahora se asomaba por la avenida una patrulla Nissan V-16 con su baliza y sus luces apagadas. Doblaba por el mismo pasaje colindante a la plaza y después nuevamente en el pasaje Seis en dirección hacia Arturo Narváez, hacia el sitio eriazo.</p>
<p>Angélica no tenía dudas. El joven que acababa de ver corriendo huía de esa patrulla que lo perseguía. Pero ya no importaba, el susto inicial de que se tratara de su hijo Álvaro se disipó en un instante. Ahora estaba tranquila, aunque todavía escuchaba los ladridos de los perros que se alejaban al mismo tiempo que se alejaban el joven y el Nissan V-16 de la policía.</p>
<p>Nelson estaba solo en el sitio eriazo. El RP-1372 se había ido y los demás arrancaban hacia el liceo al final de vía Mediterráneo. Pero él estaba a pasos de su casa. Se disponía a volver, cuando de pronto vio a José corriendo por Arturo Narváez en dirección a la casita verde y, detrás de él, una patrulla Nissan V-16 persiguiéndolo. En cuestión de segundos, observó que el mismo vehículo le hizo una encerrona a José en la entrada al pasaje Tres; que se bajaron dos funcionarios, lo agarraron y lo arrojaron con fuerza al interior del móvil por la puerta posterior izquierda. José había sido detenido. Entonces, Nelson vio a la patrulla salir rápidamente por el pasaje Tres y doblar hacia la izquierda en Osvaldo Wistuba, en dirección a Vicuña Mackenna.  Y de ahí le perdió de vista a la patrulla.</p>
<p>Fue la última vez que vio a José.</p>
<p>Nelson y la señora Angélica declararon ala PDIpor primera vez el diez y once de noviembre de 2005, respectivamente. Nelson situó su testimonio pasadas las 02:30 horas. La señora Angélica situó el suyo cerca de las cuatro de la madrugada. Por todos los registros policiales queda claro que la redada ocurrió entre las 04:10 y las 04:30 de la mañana. La señora Angélica, si bien vio un Nissan V-16 con los colores institucionales de Carabineros, no pudo identificar a qué comisaría correspondía. En cambio, Nelson sí alcanzó a identificar a la patrulla: él claramente observó a José ser detenido por un Nissan V-16 dela Segunda Comisaría.Sin embargo, Nelson también afirmó que la primera patrulla que vieron, antes del apedreo, también era un vehículo dela Segunda Comisaría, aunque luego quedó establecido que la primera patrulla era en realidad el RP-1372 dela Quinta Comisaría, ya que era esa patrulla la que había acudido al lugar por el llamado de una vecina. Pero en su declaración había otro detalle relevante, tal vez el más importante de toda esta historia: la patrulla dela Segunda Comisaríaque detuvo a José era la misma patrulla que había sido apedreada minutos antes. O sea, en realidad Nelson habría visto al RP-1372 dela Quinta Comisaríadetener a José y llevárselo en dirección desconocida.</p>
<p>¿Cómo podemos estar seguros de que efectivamente Nelson vio al 1372 detener a José? Si Nelson se equivocó al identificar a la primera que vio, el 1372, como perteneciente ala Segunda Comisaría, ¿es posible que se haya equivocado en afirmar que la patrulla apedreada fue la misma que detuvo a José? Por supuesto que es posible que se haya equivocado, pero para aclarar esta interrogante es necesario analizar si José efectivamente pudo ser detenido por la patrulla 1372 de Canobra e Ibarra.</p>
<p>Esa noche, según toda la información de los libros de guardia y de población, no participaría en la redada ninguna patrulla dela Segunda Comisaría.</p>
<h4>RP-1372</h4>
<p>Desde ese instante, nadie más volvió a ver a José.</p>
<p>Todos los funcionarios policiales que participaron esa noche en el procedimiento declararían más adelante que nadie vio a José y menos que fuera detenido. Los dieciséis funcionarios de las patrullas 1372, 1373, 1375, pertenecientes ala Quinta, más el camión Z-1139 dela Segunda, declararían primero -en noviembre de 2005- en una investigación interna de Carabineros y algunos de ellos ante la fiscalía. Volverían a declarar años después, en una nueva investigación interna de mayo de 2008. Ningún carabinero ha afirmado hasta el día de hoy haber visto a José en el procedimiento del 3 de septiembre.</p>
<p>Los cinco jóvenes que estuvieron esa noche con José -Negro, Yoni, Sombra, Nelson y Pablo-, entregarían sus primeros testimonios a Investigaciones entre septiembre y noviembre de2005. Apesar de las inevitables diferencias existentes en cinco relatos sobre una noche de alcohol y persecución, los cinco jóvenes coinciden en haber visto a José antes de que empezaran los piedrazos. Todos concuerdan también en lo siguiente: nadie vio a José correr hacia el liceo. Nadie vio a José correr hacia la cancha. Nadie vio después a José esconderse en el pantano a un costado de la carretera. Aparte del relato de Nelson, Sombra es el único que mencionó en una declaración haber visto a José corriendo por calle Arturo Narváez.</p>
<p>En los meses posteriores a la investigación, varias personas declararían haber visto a José después del 3 de septiembre. Incluso algunos declararían haber presenciado su asesinato por individuos sin ninguna relación con carabineros. Todos esos testimonios serían descartados, menos las versiones de la señora Angélica y de Nelson. Por lo tanto, ¿qué es lo concreto respecto a lo ocurrido con José esa noche? A partir de las declaraciones de los cuatro chicos, sin contar el relato de Nelson, se establece lo siguiente: Primero, José fue visto por todos antes del apedreo. Segundo, nadie vio a José lanzar piedras. Tercero, José no escapó con el grupo hacia el liceo y menos hacia la carretera.</p>
<p>Entonces, ¿por qué José no huyó con los demás después del apedreo? La respuesta más lógica resulta ser la más obvia: porque no estaba en ese momento con ellos. ¿Por qué José no estaría con ellos en ese momento? Porque, según Nelson, al ver una patrulla estacionada en Vicuña Mackenna, antes de los piedrazos, José decidió irse a su casa. Era entendible, estaba a un pasaje de distancia.</p>
<p>Si José se iba a su casa, pero la señora Angélica lo vio a él correr por  avenida Vicuña Mackenna desde Arturo Narváez y después de vuelta hacia Arturo Narváez pero por el pasaje Seis, entonces surge un par de dudas. Primero, ¿por qué arrancaría José? Segundo: ¿por qué escaparía en dirección opuesta, hacia la avenida, y no hacia su pasaje? Si José no estaba con los demás lanzando piedras, entonces tenía que seguir en Arturo Narváez entre el pasaje Seis y el pasaje Cinco. Y a pesar de su estado etílico, tuvo que darse cuenta de una patrulla pasando al lado suyo y después ser apedreada. Por lo tanto, es posible que, después de ver un carro de carabineros y una «guerra» iniciada contra ellos, José arrancara en dirección opuesta a lo que estaba viendo. De lo contrario, ¿por qué otro motivo podría haber arrancado hacia Vicuña Mackenna? ¿Por qué arrancaría hacia el otro lado en vez de hacia su casa? Tal vez porque estaba ebrio, confundido, solo y sin saber hacia dónde tenía que correr. O tal vez sabía dónde estaba parado y decidió correr hacia la avenida para arrancar en dirección opuesta a donde estaba la patrulla, que se encontraba en vía Mediterráneo cerca de la casita verde, a mitad de cuadra.</p>
<p>Lo que es cierto es que se perdió el rastro de José en Arturo Narváez, donde estaba el sitio eriazo. Si la señora Angélica lo vio doblar en Vicuña Mackenna hacia el pasaje Seis en la plaza de juegos, entonces José necesariamente tuvo que venir primero desde la esquina de Vicuña Mackenna con Arturo Narváez, porque es la calle que viene después de la pequeña plaza frente a la casa de Angélica, cuando se sube en dirección hacia el nororiente. Y por lo tanto, José dobló ahí mismo, en la plaza, porque era la primera calle para darse una vuelta y llegar de nuevo al sitio eriazo. Y la única patrulla que se encontraba en el sitio, antes de que empezara la redada, era la 1372 del sargento Canobra y del cabo Ibarra, la que había sido apedreada y que había solicitado los refuerzos. Ellos, como dirían en todas sus declaraciones posteriores, al replegarse y pedir ayuda, volverían a la esquina de Vicuña Mackenna con Arturo Narváez y Nueva Tres para esperar el arribo de más patrullas. Ellos dirían que en ningún momento de la noche vieron a José. Pero a partir de los primeros testimonios, lo único que se puede concluir es que José desapareció antes de que llegaran los demás refuerzos.</p>
<p>El RP-1372 era el único carro que se encontraba en el lugar, estacionado en Arturo Narváez con Vicuña Mackenna, antes de la redada. Si la señora Angélica vio a José ser perseguido por una patrulla, entonces él tuvo que pasar sí o sí por la esquina de Arturo Narváez con Vicuña Mackenna, y junto a Canobra e Ibarra.</p>
<p>Si Nelson se equivocó al identificar la patrulla que detuvo a José como la misma que había sido apedreada, de todas formas la patrulla que vio detener a José debió ser la misma patrulla que Angélica vio doblar en Vicuña Mackenna persiguiéndolo. Por lo tanto, el RP-1372 estacionado en la esquina de Nueva Tres con Vicuña Mackenna tuvo que darse cuenta de un joven siendo perseguido por una patrulla. Pero Canobra e Ibarra dirían que no vieron nada.</p>
<p>Sabemos que Nelson cometió un error en su primera declaración al afirmar que vio dos veces una patrulla dela Segunda Comisaría.La primera vez fue cuando vio una patrulla detenida en la esquina antes de que se escondieran en el sitio eriazo y le tiraran piedras. Esa primera patrulla que vio era en realidad el RP-1372 del sargento Canobra y del cabo Ibarra, perteneciente ala Quinta Comisaría, que atendía a Carlos, Yoni y Negro. Por lo tanto, si Nelson erraba en identificar la primera vez que veía esa patrulla, entonces pudo equivocarse nuevamente el identificar el Nissan V-16 que detuvo a José como vehículo dela Segunda Comisaría.Si identificó a la patrulla que detuvo a José como la misma que fue apedreada, entonces vio de nuevo al carro 1372. Pero si se equivocó en este punto, entonces esa noche Nelson pudo ver a cualquier patrulla detener a José, no necesariamente una perteneciente ala Segunda. Ysignifica también que el 1372, si no detuvo a José, entonces tuvo que ver a un Nissan V-16 con colores de Carabineros perseguir a José Huenante, porque José y el auto tuvieron que pasar frente a ellos.</p>
<p>En una democracia, no es normal que agentes del Estado te detengan arbitrariamente mientras estás en la calle, ya sea tendido, sentado, caminando o corriendo. Por lo tanto, ¿por qué sería detenido José? Sería detenido por encontrarse en el lugar equivocado en el momento equivocado. La patrulla que lo detendría, al verlo cerca del sitio eriazo, tuvo que pensar que era uno de los que había lanzado piedras. Pero eso no era así, ya que nadie vio a José lanzar piedras. Pero existe una pregunta más relevante, tal vez la más importante: si José fue detenido por carabineros, ¿por qué, hasta el día de hoy, continúa desaparecido?</p>
<p>Cuando eran pasadas las cuatro de la madrugada del sábado 3 de septiembre y Nelson observaba a José ser detenido, la pregunta todavía no importaba. Nadie se imaginaba que José no volvería a ser visto. Menos le importaba a Nelson, que a esa hora lo único que quería era volver a su casa. Un deseo que de inmediato se daría cuenta le sería imposible cumplir en ese momento: la población se empezaba a llenar de carabineros.</p>
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