El pasado y el presente del GAM: el primer centro de operaciones de la dictadura.


Por Macarena Espinoza y Bruno Morales

Cuando éramos niños y pasábamos por fuera del Centro Gabriela Mistral, o GAM, veíamos este enorme edificio de cobre y tratábamos de imaginarnos qué había ahí. Los adultos nos decían que era un lugar con historia y nos contaban anécdotas de cuando se juntaban en ese recinto con sus amigos.

No fue hasta que, varios años más tarde, comprendimos el verdadero significado que tenía para nuestros padres y abuelos. 

El GAM –hoy remodelado por completo– no siempre se llamó así. Fue inicialmente construido durante el gobierno de la Unidad Popular para ser la sede de la Tercera Conferencia Mundial de Comercio y Desarrollo de las Naciones Unidas, la UNCTAD III. Ese nombre tenía al principio, cuando se inauguró en abril de 1972. Con un récord de velocidad, el colosal edificio y la torre de 23 pisos que lo acompaña estuvo listo en apenas 275 días. Después del evento, se convirtió en un centro de encuentro, con comedores comunes que facilitaban la reunión entre personas. Los almuerzos y el café eran accesibles para casi cualquiera que llegara allí y era un espacio seguro para reunirse entre amigos o agrupaciones políticas; en definitiva, un lugar para el pueblo chileno. Fue entonces que lo rebautizaron como Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), aunque eso duró poco. 

Después del golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 y la destrucción de La Moneda por los bombardeos y el asedio de las Fuerzas Armadas, el ex Edificio UNCTAD fue ocupado por la Junta Militar y convertido en su primera central de operaciones, esta vez bajo el nombre Edificio Diego Portales. Ahí operaron hasta 1981 el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo, ambos ejercidos por la misma Junta que encabezó el general Augusto Pinochet tras el cierre del Congreso Nacional. Fue ahí donde se tomaron las decisiones que llevaron a la política de represión y exterminio con la que el régimen impuso a la fuerza su nuevo modelo.

Con el regreso de la democracia –salvo por la torre que pasó a ser sede del Ministerio de Defensa y que en 2017 quedó en desuso–, el inmueble se volvió a convertir en otra cosa: esta vez, en un un centro de conferencias y convenciones tanto públicas como privadas y, para cada elección, en el centro oficial de cómputos del Ministerio del Interior. 

Antes de conocer toda esta información, creíamos que su fachada tenía ese aspecto vanguardista dadas las influencias artísticas de los años setenta; sin embargo, no fue así. En 2006 se quemó por una falla eléctrica y cuatro años después, cuando el gobierno de Michelle Bachelet lo reinauguró como centro cultural y artístico, completamente remodelado, volvió a llamarse GAM, nombre que mantiene hasta hoy. 

¿Qué queda ahí de lo que había antes del golpe de estado? Difícil saberlo a primera vista. Salimos del metro y lo primero que vimos fue un mural morado desde el cual nos miraban unos ojos femeninos con unas flores rojas que caen como lágrimas. Había vendedores que ofrecían comida vegana, queques de marihuana y accesorios para pipas. Caminamos hacia la  entrada sur, donde nos encontramos con una pequeña feria con puestos individuales de madera. 

Quienes atienden son en su mayoría hombres de la tercera edad. El que está más cercano a la puerta vende unas figuras talladas en hojas de palma y antigüedades. Otro tiene a la venta máquinas de escribir, entre otros adornos de cerámica como los que suelen tener las abuelas juntando polvo en los estantes. Más allá había un vendedor de cámaras análogas, con una vitrina llena de ellas, algunas más profesionales que otras, con correas bonitas y con sus lentes de repuesto. Las observamos un rato, mientras les enseñaba a unas mujeres a usar una que estaban comprando. Los siguientes puestos son todos de libros usados. 

Después de comprar “El proceso”, de Franz Kafka, seguimos de largo hacia la Plaza Central, donde lo más notorio es un enorme pez de mimbre que cae desde un vitral que cubre todo el sector. Ahí hay bancas –bastante heladas al sentarse, por cierto–, en las que las personas pueden detenerse a descansar o conversar. En una de ellas había un grupo sentado en círculo, haciendo alguna especie de meditación frente a la fachada de ambas salas. Colgaban pendones que invitaban a distintas actividades culturales durante este mes. En teatro presentaban la obra “Estuario al fin del mundo”, en danza ofrecían el espectáculo “Develar” y, en música se llevaría a cabo el “Concierto Instituto de Música UC”.

Plaza Central de GAM. (FOTO: Bruno Morales)

Actual Plaza Central de GAM. (FOTO: Bruno Morales)

Bajando la mirada un poco, pudimos notar que junto a la casilla de informaciones para turistas, había una tienda de vinos caros, probablemente dedicada a los visitantes extranjeros. Dentro de ella no había nadie más que los vendedores. Al lado, una pequeña sala –que no supimos diferenciar entre una exposición de artes plásticas o una tienda de souvenirs– también estaba vacía. 

Cuando entramos a la Sala B, notamos que la luminosidad era mucho menor que en el exterior. Frente había una escalera hecha totalmente de cobre, igual que la fachada del edificio que mira hacia la Alameda. 

Más adelante nos encontramos con la Librería del GAM. En la vitrina se veían cosas poco comunes, como libros ilustrados, mucha poesía y ensayos políticos. Ingresamos para ver qué había de interesante. Vimos una estantería muy colorida llena de libros con dibujos asiáticos. Entonces se nos acercó una vendedora.

–Hola, buenas tardes. ¿Qué desean mirar? –nos dijo, muy sonriente.

Andamos recolectando información para escribir una crónica. Queremos ver qué temática nos ofrece este lugar. 

–Ah, perfecto – contestó un tanto extrañada–. Síganme por acá.

Lo primero que nos mostró fue el estante con dibujos asiáticos.

–La Librería del GAM cuenta con la mayor colección de literatura japonesa en Santiago. Más adelante tenemos literatura latinoamericana con varios premios en literatura, y por acá tenemos libros de fotografía, hechos en Chile y escritos en Estados Unidos o en Europa. 

Al rato, decidimos retirarnos de la librería. Preguntamos por la biblioteca. 

–Suban por las escaleras hasta el tercer piso, o pueden usar el ascensor también. Ahí solo está la Bibliogam –nos dijo la persona encargada en el stand de Informaciones. 

Mientras subíamos por el ascensor, alcanzamos a ver el costado de la Torre Villavicencio, esa de 23 pisos; el último estandarte en pie de lo que era el Edificio Diego Portales y su vieja historia. Es evidente su estado de abandono.  Desde que en en 2017 el Ministerio de Defensa lo entregó a Bienes Nacionales, cayó en desuso, y así sigue desde entonces. Su fachada de cemento y sus ventanas se notan sucias, aunque a sus alrededores se ven zonas verdes. El paso está restringido al público; una lástima.

A la entrada de la biblioteca dejamos nuestras cosas con un guardia y, al adentrarnos, descubrimos un gran salón que albergaba múltiples mesas para estudiar. Vimos sillas y mesones para dedicarse a la lectura, y junto a las paredes había corridas de libreros con varios ejemplares de danza, cine, literatura clásica, pintura, teatro y más. 

Al final de la jornada fuimos por una merienda al Café Público, en el primer piso del GAM, una cafetería espaciosa, con luz cálida y de estética minimalista, donde no entran los sonidos de afuera. Pedimos, cada uno, un café americano con tres sopaipillas. Todo lo demás en la carta eran platos demasiado elaborados. Nuestro pedido costó $4.100. Cuando nos llegó la cuenta a la mesa fue una gran sorpresa. El café era un concentrado servido en un vaso que parecía para tomar tequila. Pedimos que le echaran un poco más de agua.