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	<title>Juan Cristóbal Peña &#8211; Puroperiodismo</title>
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	<description>La revista digital de Periodismo UAH.</description>
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		<title>Un perfil de Mónica González: prólogo de «Apuntes de una época feroz»</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/un-perfil-de-monica-gonzalez-prologo-de-apuntes-de-una-epoca-feroz/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Cristóbal Peña]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 27 Aug 2019 16:20:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Apuntes de una época feroz]]></category>
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		<category><![CDATA[periodismo en dictadura]]></category>
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					<description><![CDATA[El siguiente texto es un perfil escrito por Juan Cristóbal Peña, director del Departamento de Periodismo de la Universidad alberto Hurtado y editor del libro "Apuntes de una época feroz" (Hueders, 2015), una antología de textos de Mónica González, recientemente galardonada con el Premio Nacional de Periodismo en Chile.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>El siguiente texto es un perfil escrito por Juan Cristóbal Peña, director del Departamento de Periodismo de la Universidad alberto Hurtado y editor del libro «Apuntes de una época feroz» (Hueders, 2015), una antología de textos de Mónica González, recientemente galardonada con el Premio Nacional de Periodismo en Chile.</h3>
<p><em>Relacionado:<br />
<a href="https://www.puroperiodismo.cl/?p=26206" target="_blank">Cuando Mónica González entrevistó a Arturo Fontaine, exdirector de “El Mercurio”</a><br />
<a href="https://www.puroperiodismo.cl/?p=26261" target="_blank">Mónica González conversa con Beatriz Sánchez sobre sus “Apuntes de una época feroz”</a></em></p>
<p><img fetchpriority="high" decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-26209" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/11/Detalle-Apuntes-de-una-época-feroz.jpg" alt="Detalle Apuntes de una época feroz" width="1652" height="850" srcset="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/11/Detalle-Apuntes-de-una-época-feroz.jpg 1652w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/11/Detalle-Apuntes-de-una-época-feroz-800x412.jpg 800w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/11/Detalle-Apuntes-de-una-época-feroz-1024x527.jpg 1024w" sizes="(max-width: 1652px) 100vw, 1652px" /></p>
<p>Cuando la conocí, hacia el invierno de 2007, Mónica González ya era quien es: una de las periodistas ineludibles en la historia de Chile, no sólo por su trabajo en dictadura. A diferencias de muchos profesionales de su generación que destacaron en los años 80 en medios de la oposición, ella siguió haciendo periodismo en democracia.  No comenzó a trabajar en el gobierno o para empresas. Tampoco jubiló de manera anticipada, que fue lo que ocurrió con varios periodistas que no encontraron espacio en el nuevo orden. Mónica González persistió, no siempre en las mejores condiciones. Sabía que con el retorno de la democracia venía lo más difícil para el periodismo chileno, más que lo que quedaba atrás. En el nuevo escenario, los límites entre política y negocios se volvían difusos. Y sabía también que, tal como había ocurrido en dictadura, ella no sería una figura cómoda ni funcional para quienes administraban una democracia reconstruida en la medida de lo posible.</p>
<p>Yo terminaba un libro sobre el atentado de 1986 a Augusto Pinochet protagonizado por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y a última hora di con una entrevista al líder de ese comando subversivo que ella había hecho para el diario <em>El País, </em>de España, y que luego fue publicada completa en revista <em>Análisis</em>. La última entrevista a Raúl Pellegrin Friedmann, realizada en 1988, unos meses antes de que fuera asesinado junto a su pareja tras una incursión guerrillera en el sur del país. Entonces me animé a llamarla para pedirle esa entrevista. Ahora pienso que era una excusa para conocerla, porque el ejemplar de esa revista estaba en Biblioteca Nacional.</p>
<p>Me recibió en el altillo de su casa en Bellavista, con vista al cerro San Cristóbal,  rodeada de archivos y libros ordenados en estanterías y cajones. A un costado había  un escritorio cubierto de papeles apilados y dispersos. Unos meses atrás, el diario <em>Siete</em>, que había dirigido, se había visto forzado a cerrar por falta de financiamiento. El avisaje estatal en los gobiernos de centro izquierda privilegiaron a publicaciones que le eran opositoras, pero funcionales a sus intereses. Aunque el cierre del diario fue un proceso ingrato para ella, ya estaba embarcada en un nuevo proyecto llamado Centro de Investigación Periodística, Ciper, el medio más innovador y relevante de los siguientes años.</p>
<p>Mónica, que estaba convaleciente por un accidente en auto, con dificultad para desplazarse, trabajaba desde su casa en una investigación para Ciper, que aún no tenía dirección electrónica ni oficina.</p>
<p>No me conocía, pero así y todo, sin más, me recibió y confió uno de los tomos empastados de su colección de <em>Análisis</em>. Fue una presentación rápida, pero amable. Me examinó con un vistazo rápido y dijo algo que no me esperaba:</p>
<p>—Bah, eres tímido —sonrío—. Por teléfono sonabas más pretencioso.</p>
<p>No fueron más que unos pocos minutos. Me contó de su accidente en auto y me despidió, porque —dijo— tenía un montón de trabajo por delante.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>La volví a contactar en la primavera de ese mismo año. Mi libro sobre el atentado a Pinochet ya había sido publicado y quería entregarle una copia. Además, tenía una mejor excusa que la primera vez: debía devolverle el tomo empastado de <em>Análisis</em>.</p>
<p>Esta vez me citó en una pequeña oficina de la Corte Suprema. En ese entonces Ciper estaba recién arrancando y ella terminaba una asesoría para los ministros de la máxima corte de justicia. El mismo poder que tres décadas antes la había enviado a prisión por sus publicaciones, el mismo que ella había denunciado múltiples veces por negligencia y complicidad en los crímenes de la dictadura, ahora la había buscado para dar forma a un inédito proceso de transparencia y publicidad de sus actos.</p>
<p>Fue otro encuentro breve, todavía más que el anterior. Recibió el tomo de revistas y el ejemplar de mi libro, que agradeció con una sonrisa. Luego me preguntó si quería trabajar con ella en un nuevo centro de investigación. También me habló de las condiciones y yo, únicamente para guardar las formas, le dije que la propuesta me seducía mucho, pero que pronto le daría una respuesta. Al día siguiente renunciaba a mi trabajo en el diario <em>La Tercera</em> para trabajar con ella.</p>
<p>Cuento lo anterior porque es parte del origen de este libro. El tiempo en que trabajé en Ciper pude conocer el trasfondo de algunas de las historias que se reúnen en esta antología, trasfondo que a veces da para un capítulo aparte y es tanto o más dramático que la misma historia que lo origina. En ese tiempo también pude escribir crónicas o reportajes sobre la violencia política en dictadura y transición, con la perspectiva que otorga el tiempo y en condiciones de libertad editorial que difícilmente habría encontrado en otro lado.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>En un comienzo ella no estaba interesada en que alguien, quien fuera, publicara una antología de su obra. No le daba demasiado mérito a su trabajo. De hecho, cuando se lo propuse, estando ya fuera de Ciper, me comentó lo siguiente:</p>
<p>—No sé a quién podría interesarle algo así.</p>
<p>Dijo que lo pensaría. Y tiempo después, cuando comenzamos a trabajar en el proyecto, comprendí que, además de incomodarla, la idea de volver sobre esos años le dolía. Estaba orgullosa de lo que había hecho, lo está aún, por cierto, pero tras varias charlas en torno al trasfondo de las historias de las piezas reunidas comprendí, sin que me lo dijera directamente, que había una herida que no terminaba de sanar. En su caso, reportear la dictadura fue sumergirse en un campo de batalla inundado por la corrupción y la muerte; fue vivir el dolor de las víctimas, comprometerse y padecer con ellas para luego recuperar el aliento y contárselo al mundo. Ese proceso, además, estuvo acompañado de un alto costo personal.</p>
<p>Ahora que el libro está concluido, y que hemos gastado horas hablando de su trabajo en dictadura, y de lo que ocurrió antes y después de esa etapa, pienso en las víctimas. En las víctimas y en el sentido de esta profesión. En que la mejor forma de sobrellevar el pasado y de tributar a las víctimas es seguir ejerciendo un periodismo sin concesiones.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p style="text-align: left;">Numerosos periodistas se jugaron la vida y sacrificaron un cómodo y seguro estándar de vida por denunciar a una dictadura a la que pocas cosas amenazaban tanto como la prensa de oposición. En el caso de Mónica González, muchas de sus publicaciones tuvieron un impacto político al interior de la misma dictadura, impacto que además trascendió al mundo. Sus publicaciones marcaron agenda y derivaron en censura de prensa, procesos judiciales, amenazas, golpizas o encarcelamientos.</p>
<p style="text-align: left;">Desde que en 1984 publicara el reportaje sobre la mansión de Lo Curro, un palacio de lujos absurdos que la familia Pinochet levantó en medio de una aguda crisis económica, se transformó en una figura incómoda para la dictadura, si es que no en una amenaza. Volvía del exilio y de un receso de 11 años en el periodismo, y sin proponérselo, porque en un comienzo ella no estaba segura de su talento ni de que el periodismo fuera lo suyo, se alzó en referente. Sus reportajes y entrevistas ayudaron a contener la brutalidad y los abusos. En casos más extremos, salvaron vidas, aunque también derivaron en venganzas brutales.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>El guión es perfecto para un drama de película: en el trasfondo de los reportajes y entrevistas que componen este libro hay tragedia y heroísmo a partes iguales. El drama se inicia más o menos feliz en 1967, cuando Mónica González Mujica (Santiago, 1949) comenzó a estudiar periodismo en la Universidad de Chile y al poco tiempo, impulsada por sus maestros y su militancia en el Partido Comunista, ya trabaja en el diario <em>El Siglo</em>.</p>
<p>Sus primeros editores fueron Sergio Villegas y Guillermo Ravest, que la entrenan como reportera volante: un día en el Congreso, otro en tribunales, en sindicatos o en cuarteles policiales y en terreno, cubriendo la calamidad de turno. El periodismo todavía se aprendía más en la calle que en la academia, a la que va lo justo para aprobar los cursos y aprender de Mario Planet, director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, de quien es ayudante en la cátedra de Periodismo Interpretativo. De él asimiló el rigor y la necesidad de cultivar un archivo que se alimenta a diario, con recortes y cables y fotos de prensa. Hasta el día de hoy, de preferencia por la mañana, después de leer los diarios del país, ella selecciona y recorta las publicaciones más relevantes y otras que no lo parecen tanto, como las páginas sociales de <em>El Mercurio</em>, donde la élite política y empresarial chilena se exhibe y, de manera involuntaria, deja asomar las pistas para grandes noticias y reportajes.</p>
<p>Mario Planet, que fue corresponsal para <em>Life</em> y <em>Time</em> y dirigió los diarios <em>Las Noticias de Última Hora y La Tarde</em>, también intentó inculcarle otra cosa importante para la época. El periodismo militante —decía Planet— no es periodismo. O se hace periodismo o se milita, pero no las dos cosas a la vez.</p>
<p>Ella, sin embargo, prefería hacer las dos cosas a la vez, y lo cierto —dice  ahora— es que en ese entonces, impulsada por la convulsión de los tiempos, se sentía más militante que periodista. Su compromiso estaba con el partido y el proceso de transformaciones políticas liderado por Salvador Allende, que en noviembre de 1970 llegó a la presidencia con una coalición de partidos de izquierda y una oposición mayoritaria apoyada por Estados Unidos, cada vez más dispuesta a desestabilizar al gobierno por cualquier medio.</p>
<p>En esas condiciones, el periodismo sin banderas era muy difícil de ejercer.</p>
<p>En 1971, casada y con dos hijas, comenzó a trabajar en <em>Ahora</em>, revista de actualidad y política que editorial Quimantú lanzó ese mismo año para competir con <em>Ercilla</em>. De hecho, varios periodistas de izquierda de ese medio partieron a trabajar en <em>Ahora</em>, que dirigía Fernando Barraza y editaba Edwin Harrington, un agudo periodista de investigación que poco antes había estado a cargo del departamento de prensa de Canal 13. Harrington fue decisivo en la carrera de Mónica. No sólo la animó a escribir reportajes y a buscar en ellos una mirada y una voz propia, que hasta entonces había estado supeditada a la voz de la revolución. Una década después, con un país en dictadura, el mismo Harrington la convenció de volver al periodismo, cuando ella lo había descartado por completo.</p>
<p>La impronta de Edwin Harrington —como la de Mario Planet— está presente en una crónica testimonial de mediados de 1971 en que la autora documenta su paso dos años antes por la maternidad del Hospital del Salvador:</p>
<p style="padding-left: 60px;">Maletín en mano, la “enferma” camina por un pasillo de baldosas, frío y tétrico, hasta el baño. Mira hacia atrás, para ver a su esposo, pero él está lejos, más allá de varias puertas. Una auxiliar con delantal sucio y ondulines en la cabeza le indica con el dedo un camastro donde le aplicarán un lavado, trámite previo.</p>
<p style="padding-left: 60px;">Los dolores aumentan, y la muchacha empieza a respirar como “perrito jadeante”. Así le enseñaron en el curso de parto sin dolor. Mientras le introducen el líquido por vía anal, la chiquilla se aferra a la mano de la auxiliar; dolores profundos y desgarradores le cruzan el vientre, para después sentir un incontenible deseo de expulsar todo lo que lleva en el interior.</p>
<p style="padding-left: 60px;">La muchacha se incorpora, pero no alcanza a llegar al baño. Líquido y excrementos corren por el suelo de la pieza. La vergüenza y el dolor provocan un llanto angustioso a la parturienta. La auxiliar está furiosa. “¡Qué se ha imaginado!&#8230;”. Y enseguida: “¡Tú crees que voy a limpiarte la mierda!”. La muchacha la mira un instante, y no vacila. Una sonora cachetada corta el “diálogo”.</p>
<p>El texto aparecido en revista <em>Ahora</em> se tradujo en una querella por calumnias, la primera en la carrera de Mónica González. Pero el pleito legal no llegó muy lejos: cuando el director del Hospital del Salvador acusó a la periodista de inventarse la historia, ella exhibió la página del 27 de abril de 1969 del libro de partos del hospital, donde su nombre aparece inscrito como paciente de la unidad de maternidad. En esas condiciones nació Lorena, su primera hija. Muy distintas, como sugiere en la misma crónica, al parto de su segunda hija, Andrea, nacida dos años después en una clínica privada.</p>
<p>Puede ser distinto a todo lo que vino después, y de hecho lo es. Pero el periodismo  que ejerció en dictadura no se explica sin el periodismo ejercido desde los últimos años del gobierno de Eduardo Frei Montalva. En esos primeros años de aprendizaje hay una épica y un compromiso que guiarán todo lo que vino después. Y hay, por cierto, una vida marcada por todo lo que sobrevino con el golpe de Estado.</p>
<p>Para entonces estaba de vuelta en <em>El Siglo</em>, donde fue destinada a las páginas de economía, y era profesora auxiliar en la Escuela de Periodismo. Estaba casada, tenía dos hijas, militaba.  A los 24 años, el mundo giraba muy rápido para ella cuando ocurrió el derrumbe. Muchos de sus colegas y amigos y compañeros de partido con los que se formó fueron perseguidos, encarcelados o torturados, cuando no asesinados y hechos desaparecer. Los más afortunados sobrevivieron, como su gran amiga Gloria Alarcón, periodista política en <em>El Siglo</em>, pero ya no volvieron a ser los mismos.</p>
<p>Al conmemorarse 40 años del golpe de Estado, escribió:</p>
<p style="padding-left: 60px;">Ese martes 11 de septiembre de 1973 mi vida se partió en dos. Pude haber sido no sé qué clase de persona. Incluso una muerta en vida, como los muchos que bajo tortura hablaron y jamás se han logrado despojar de la culpa. ¡Cómo asesinaron tanto talento y vitalidad! Yo sobreviví. Soy parte de un río cuyo caudal nunca dejó de crecer… Si miro hoy hacia atrás no puedo sino sentir orgullo de esa identidad.</p>
<p>Dos años después de publicar ese texto, al recordar sus años de formación profesional, me dice: “Yo soy parte de una generación perdida. Perdida y muy privilegiada, las dos cosas, la verdad. Participamos de una época gloriosa, de experiencias hermosas y durísimas que nos marcaron de por vida. Y que nos tienen aquí haciendo lo que hacemos”.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Entonces viene el abismo. Un receso de 11 años, de no terminar de consolarse, de ganarse la vida en cosas que tienen poco y nada que ver con el periodismo. El camino que se inicia a fines de 1973 con un exilio en Francia fue una agonía permanente. Un golpe tras otro. Una noticia mala y otra peor. La historia de un chileno que llega con una tragedia propia o ajena que contar está a la orden del día.</p>
<p>Llegó a vivir a Sarcelles, en las afueras del norte de París, y trabajaba en la imprenta del mismo municipio, a cargo de la limpieza de las máquinas. Era obrera, como su padre, pero lo de ella tenía más el sentido de la urgencia. De las imprentas pasó a la administración del municipio. Pertenecía al Departamento de Compras y Mercado, veía cuentas y licitaciones, y siguió un curso de derecho comercial. Lo suyo ahora eran los números y, aunque entonces no lo sabía, sentó las bases de lo que necesitará saber años después para desentrañar las cuentas y escrituras enrevesadas de la dictadura.</p>
<p>Pese a que sus compañeros de <em>L’Humanité</em> la animaban a publicar, no se sentía en condiciones de escribir en una lengua que no era la suya. El periodismo estaba sepultado para ella.</p>
<p>Lo que sí hacía, y también servirá para lo que viene, era recoger el testimonio de chilenos que llegaban a París y habían vivido o escuchado del horror que ocurría en Chile. Recopilaba testimonios y los enviaba a Radio Moscú, donde estaba su amigo José Miguel Varas. Algunos de esos testimonios hablaban de sus propios amigos o compañeros de partido. Como el del profesor Fernando Ortiz, a quien se le perdió el rastro a plena luz del día en Santiago. Como el del periodista Carlos Berger, su compañero de escritorio en <em>El Siglo</em>, sacado de una cárcel en Calama y hecho desaparecer en el desierto. Como Fernando Barraza, director de la revista <em>Ahora</em>, torturado brutalmente hasta dejarlo sin ganas ni opción de hacer periodismo.</p>
<p>En Chile estaba en marcha una masacre y ella sentía que no podía quedarse de brazos cruzados en Francia, donde no había mucho que hacer por la causa chilena. Quería volver y volvió, con sus dos hijas, recién separada, sin un plan, sin muchos vínculos políticos, aun contraviniendo la opinión del partido. La dictadura se preparaba para perpetuarse mediante un plebiscito de fachada legal. La resistencia era mínima, para qué hablar de libertad de prensa. Dos años antes, la última dirigencia del Partido Comunista había sido exterminada, lo que significó un duro golpe a la lucha clandestina.</p>
<p>Era 1978, quizás el peor momento para volver.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Una de las primeras cosas que hizo fue visitar a Mario Planet. Su maestro, que también había partido al exilio y estaba vuelta, la animó a ejercer el periodismo. Ella decía que no podía, que cómo, se preguntaba, “si tengo los dedos crespos”. Es cierto que en ese tiempo casi no había prensa de oposición, y la poca que había estaba bajo estricto control. Pero Planet  insistía en que no la veía haciendo otra cosa. Ella, en cambio, se veía en cualquier cosa menos en el periodismo.</p>
<p>Por un aviso en el diario consiguió trabajo en Falabella, como subgerente de crédito. Era algo parecido a lo que hacía en el municipio de Sarcelles. Cuentas, balances, facturas. Trabajaba a la par con los gerentes y tenía la confianza de ellos. Pero como militaba de manera clandestina, que era la única forma de militar en esos días, y como la dictadura tenía redes de espionaje en todos lados, la información no tardó en llegar a los gerentes. La despidieron.</p>
<p>Algo similar ocurrirá en el Colegio de Constructores Civiles, donde ofició de gerente por dos años. Y luego en el Instituto Chileno Norteamericano de Cultura, donde fue directora de comunicaciones por otros dos. Donde sea que estuviera, la dictadura, de tentáculos amplios y profundos, se encargaba de alertar de su militancia.</p>
<p>No le quedaban muchas opciones. Estaba sin trabajo y el país vivía una aguda crisis económica, que derivó en revuelta social. El descontento se expresó en radios y revistas de oposición que  rozaban los límites de la censura. Mario Planet ya no estaba en este mundo para decirle que volviera al periodismo. Pero estaba Edwin Harrington, su otro maestro, que había vuelto de un exilio en México y trabajaba en un proyecto de revista llamado <em>Cauce</em>. Le propuso integrarse y ella dudó. No se tenía confianza, pero necesita trabajar y, además, necesita hacer lo que había venido a hacer a Chile: combatir una dictadura. Entonces, apremiada por las circunstancias, se decidió.</p>
<p>Eran los primeros días de 1984, días de noticias flojas, aún para un país en dictadura, y Mónica González volvía al periodismo con un reportaje sobre la mansión de Lo Curro que remecería las entrañas del régimen. Es justamente el texto que abre este volumen.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Fue tal el suceso que <em>Cauce</em> tuvo que imprimir una segunda edición de la revista, algo inédito para la época. Destacado en portada, donde se anunciaban “increíbles antecedentes sobre la faraónica mansión de Lo Curro de costo incalculable”, el reportaje echó por tierra la versión del gobierno, que poco antes había anunciado la suspensión de las obras, producto de la crisis económica. La construcción seguía viento en popa, y no sólo eso: por primera vez se revelaban detalles sabrosísimos de la decoración –lámparas de lágrimas, escaleras de mármol rojo, tinas de hidromasajes, tapices finísimos–, que a la vez perfilaban lo que la autora llamó “el difícil gusto de la señora Pinochet”.</p>
<p>A partir de entonces, Mónica González publicó un reportaje tras otro sobre la ambición de esa familia por incrementar su patrimonio. También escribió sobre violaciones a los derechos humanos, pero al menos en esta primera etapa en <em>Cauce</em>, que sería intensa y breve, las piezas de mayor impacto político trataron de corrupción. Una dimensión poco explorada de la dictadura, cuyos partidarios levantaban como gran reserva moral.</p>
<p>Como se ve en estas páginas, a la mansión de Lo Curro le siguió un reportaje sobre los negocios a costa del Estado de Julio Ponce Lerou, el yerno de Pinochet, otro sobre el patrimonio de la hija del general y un tercero sobre el origen de la casa de descanso que la familia había construido en El Melocotón, en las cercanías de Santiago. Desde ese verano no hubo respiro. Ni para ella ni para el régimen. Por primera vez la justicia admitió una querella contra el mismísimo Augusto Pinochet por fraude al Fisco. Unos días antes, el general había acusado “una campaña difamatoria contra mi persona y mi familia”.</p>
<p>No sólo fueron palabras, por cierto. <em>Cauce</em> consignó seguimientos y amenazas contra sus periodistas. También hubo burdos actos de censura. En los días previos a la aparición del reportaje de la casa de El Melocotón, el gobierno suspendió la circulación de todas las revistas que no le eran favorables. Luego permitió que volvieran a circular, pero no pasó mucho tiempo para que aparecieran con fotos censuradas, en un espacio encuadrado en blanco, por orden del jefe de zona en Estado de Emergencia.</p>
<p>La tolerancia del régimen se colmó con la entrevista a Gustavo Leigh, defenestrado general golpista, quien criticó duramente a Pinochet y lo acusó de tener “una ambición ilimitada”, de “eliminar sistemáticamente” a personas a quienes “considera peligrosas” y de que “sólo se mantiene (en el poder) por la fuerza”. Publicada en junio de 1984, la entrevista provocó tal revuelo que su autora, Mónica González, fue detenida por orden de la jueza Marta Ossa por negarse a entregar los audios.</p>
<p>Al día siguiente, después de pasar la noche en la cárcel de San Miguel, la quinta sala de la Corte de Apelaciones reconocía el derecho de la periodista al secreto profesional y ordenaba su liberación.</p>
<p>En esos tiempos el periodismo era una profesión al límite, de un cigarrillo tras otro, de trasnoches martillando una máquina de escribir y teléfonos que suenan de madrugada para lanzar insultos y amenazas anónimas. En ese contexto la censura era lo de menos. También la cárcel. La vida pendía de un hilo con cada publicación. Cada publicación podía ser la última. Esa sensación de vulnerabilidad y temor se acrecentó a partir de ese día de fines de agosto en que un hombre de bigotes y aspecto desaliñado entró a la revista y preguntó por Mónica González. Decía ser un agente de la dictadura que quería contar todo lo que sabía y había hecho, que era mucho.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Después de cerciorarse de que ese hombre no portaba armas, Mónica González lo condujo a una oficina de la revista. Cerró la puerta por dentro y preguntó:</p>
<p style="padding-left: 60px;">—¿Qué me quiere contar usted?</p>
<p style="padding-left: 60px;">—Sobre mi trabajo actual, nada. Yo quiero hablar sobre detenidos desaparecidos.</p>
<p style="padding-left: 60px;">—¿Recuerda nombres?</p>
<p style="padding-left: 60px;">—Sí. Los hermanos Weibel Navarrete, por ejemplo…</p>
<p style="padding-left: 60px;">—Explíquese. Usted está muy nervioso y la carga emocional que ambos tenemos es grande. No será fácil este trabajo, pero es necesario que explique con detalles. Grabaremos todo y después veremos qué se publica. ¿Está de acuerdo?</p>
<p style="padding-left: 60px;">—Me da lo mismo.</p>
<p style="padding-left: 60px;">—Lo van a matar.</p>
<p style="padding-left: 60px;">—Va a suceder, pero por al menos hablé.</p>
<p>Lo que siguió fue una entrevista de varias horas en la que el agente Papudo, alias de Andrés Valenzuela Morales, contó todo lo que sabía de un organismo de inteligencia militar hasta entonces desconocido. Formado por funcionarios de la Fuerza Aérea, la Armada y Carabineros, el Comando Conjunto era una organización clandestina que rivalizaba con la Dina en la persecución de opositores, no obstante que usaba las mismas técnicas: detenciones ilegales, tortura, muerte y desaparición de personas.</p>
<p>Frente al relato de ese hombre que “olía a muerte”, la periodista no terminaba de convencerse. Temía ser objeto de una operación de los servicios de inteligencia, que la tenían en la mira y la habían amenazado por sus publicaciones. Pero a la vez el relato de Papudo era tan exacto, poblado de detalles y nombres que ella conocía, que la llevaban a confiar en que la historia del agente arrepentido era cierta, por muy inverosímil que pareciera el modo en que había surgido. Un hombre que dice ser agente se presenta un día en las oficinas de <em>Cauce</em> —calle Huérfanos, entre Morandé y Banderas— y pregunta por una tal Mónica González. En su mano trae el último ejemplar de la revista, cuyo tema de portada —el caso del robo de un banco por parte de agentes de la CNI en Calama— había sido escrito por ella. Para no creérselo. Para sospechar, sobre todo. Nunca antes un agente arrepentido había confesado los crímenes.</p>
<p>Papudo entregó nombres de agentes y víctimas, de lugares y circunstancias en las que ocurrieron las detenciones y posteriores crímenes. Algunas de las víctimas habían  sido amigos o conocidos de la periodista, que tuvo que hacer un gran esfuerzo para sobreponerse a las emociones —incluso náuseas— que le provocaba el relato.</p>
<p style="padding-left: 60px;">—¿Estaba usted realmente consciente del trabajo que hacía?</p>
<p style="padding-left: 60px;">—Sí.</p>
<p style="padding-left: 60px;">—¿Cómo pudo hacerlo?</p>
<p style="padding-left: 60px;">—Es una máquina que lo va envolviendo a uno hasta el punto de la desesperación, como me ha ocurrido a mí ahora. Sé que en este momento me estoy jugando la vida. Yo sé que quizás mi familia no me va a acompañar. Ni siquiera están de acuerdo con lo que he hecho, pero tenía que contarlo. Me sentía mal, estaba asqueado. Como le decía, quiero volver a ser civil.</p>
<p>El testimonio de Papudo era un misil de alto impacto para la dictadura, que se había empeñado en negar sistemáticamente las denuncias de violaciones a los derechos humanos. Pero no era cosa de llegar y publicar ese testimonio. Además de verificarlo, había que alertar a los familiares de las víctimas, hacer las denuncias a la justicia y resguardar la vida de Papudo, que había decidido desertar de la Fuerza Aérea, de la que era suboficial.</p>
<p>Lo que siguió fue una carrera contra el tiempo. Mientras la Vicaría de la Solidaridad iniciaba una operación para sacar del país a Papudo, la periodista trabajó en la verificación de los datos con el sociólogo José Manuel Parada, jefe de Documentación y Archivo de la misma Vicaría. También ayudó el profesor Manuel Guerrero, que ocho años antes había sido torturado por agentes del Comando Conjunto. En ese proceso surgió la constatación de que muchos de los militantes de izquierda que habían sido detenidos delataban a sus compañeros, incapaces de resistir las torturas prolongadas. Y no sólo eso: dos de ellos —Miguel Estay Reyno y René Bazoa, de militancia comunista al momento de su detención— habían terminado como agentes de la dictadura.</p>
<p>Aunque esto último era un hecho conocido por la dirigencia del Partido Comunista, nunca se había hecho público. Y menos aún, que lo hiciese un ex agente. Los máximos dirigentes del partido pidieron excluir ese capítulo del testimonio, pero la periodista —que seguía militando— se negó. Fue un quiebre definitivo. Abandonó el partido y tomó distancia de la dirigencia, encabezada por Gladys Marín.</p>
<p>Los tres meses que antecedieron a la publicación de la entrevista fueron de máxima tensión. La confesión de Papudo demoró unos pocos días en llegar a conocimiento del gobierno y de quienes hacían el trabajo sucio. La periodista recibió múltiples amenazas y su casa fue allanada. Sus dos hijas ya habían regresado a Francia. Por seguridad, Mónica González deambulaba por casas de amigos. Además había un problema adicional: para evitar que el testimonio de Papudo se diera a conocer, a comienzos de noviembre el gobierno decretó Estado de Sitio y ordenó la clausura de los medios de oposición, entre ellos <em>Cauce</em>, que despidió a todos sus periodistas.</p>
<p>Por eso la entrevista apareció en un medio extranjero. La idea original era publicarla en <em>The Washington Post</em>, pero unos días antes, ante un equívoco, llegó a manos de un periodista chileno residente en Caracas que gestionó su publicación en un diario de ese país, sin la autorización de la autora. La entrevista a Papudo apareció en <em>El Diario</em> a comienzos de diciembre de 1984, como una saga de tres entregas. La publicación comenzaba con una advertencia:</p>
<p style="padding-left: 60px;"><em>Hay fundado temor por la vida de Mónica González. Es de esperar que esa entrevista convenza a la CNI de que ya no vale la pena asesinarla.</em></p>
<p>En la CNI pensaban distinto. De hecho, la venganza no tardaría en llegar de un modo inesperado: en marzo, tres profesionales comunistas eran degollados por un comando de Carabineros. Entre las víctimas estaban Manuel Guerrero y José Manuel Parada, quienes habían colaborado en la corroboración del testimonio de Papudo. En el comando asesino participó Miguel Estay Reyno, el Fanta, mencionado por Papudo como uno de los militantes comunistas que había pasado a colaborar activamente con la persecución y muerte de opositores de izquierda.</p>
<p>Devastada por el degollamiento de los tres militantes comunistas, a dos de los cuales  conocía de cerca, sin trabajo, con la muerte pisándole los talones, Mónica González partió a Francia en abril de 1985. Estaba a salvo, pero no bien llegó a París, donde se reencontró con sus hijas, comenzó a planear el regreso.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>A José Carrasco lo conocía desde sus tiempos de profesora de periodismo. Ella hacía clases en la Universidad de Chile y solía dejar a su hija Andrea con la secretaria de Mario Planet, que era pareja de Carrasco. En la práctica, algunas veces era Carrasco quien cuidaba a la niña mientras su mamá daba clases. Desde entonces surgió una amistad que quedó interrumpida por el exilio. Se reencontraron hacia 1984: él volvía a Chile cuando ella volvía al periodismo. A mediados del año siguiente, apenas regresó de París, él la recomendó para que trabajara en <em>Análisis</em>, la revista donde era editor internacional. Aceptó con la condición de que pudiera trabajar con Edwin Harrington, que también había sido despedido de <em>Cauce </em>tras su clausura.</p>
<p>En <em>Análisis</em>, que dirigía Juan Pablo Cárdenas, se convirtió en entrevistadora política. Y no pasó mucho tiempo antes de que volviera a golpear al corazón de la dictadura.</p>
<p>En diciembre de 1985, Mónica Madariaga, ex ministra de Justicia y de Educación, prima de Pinochet, la  buscó para hacer un mea culpa de su papel como “autora intelectual de gran parte del aparato jurídico que sostiene al régimen”. De paso, la ex ministra criticó al general Pinochet y la “obsecuencia indescriptible” de quienes lo rodeaban, incluido los gremialistas, responsables del debilitamiento absoluto del Estado mediante la degradación de las organizaciones sociales y las entidades en que se desarrollaba la vida en común. La revista agotó su edición y, al mes siguiente, “ante los insistentes pedidos del público” —según se lee en la edición del 14 de enero de 1986—,  volvió a publicar el texto.</p>
<p>Los límites de la censura otra vez estaban a prueba. De la censura y la muerte, que rondaba cada semana. Era cosa de tiempo.</p>
<p>Primero vino la clausura de <em>Análisis</em> por tres semanas, además del encarcelamiento de su director, tras una jornada de paralización nacional en julio de 1986. Y en septiembre de ese mismo año, unas horas después de que el Frente Patriótico Manuel Rodríguez atentara contra el general Pinochet y su comitiva, dejando a cinco de sus escoltas muertos y nueve heridos graves, un comando de la dictadura escogió al azar a cinco opositores de izquierda para tomarse venganza. Uno por cada escolta muerto. Entre esos cinco opositores que fueron sacados de sus casas y fusilados de madrugada estaba el periodista José Carrasco.</p>
<p>El mismo fin de semana del atentado, ocurrido un domingo 7 de septiembre, el editor internacional de <em>Análisis</em> había estado trabajando en una nueva edición de la revista, que no pudo salir a la luz. El gobierno decretó Estado de Sitio y prohibió la circulación de la mayoría de los medios de oposición. El asesinato de José Carrasco Tapia fue un golpe durísimo que se vivió en el silencio impuesto por la clausura de los medios.</p>
<p>La prohibición se extendió por seis meses. En ese tiempo, Mónica González viajó a Buenos Aires para rastrear archivos que comprometían a la DINA con el asesinato de Carlos Prats y la Operación Cóndor, que derivó en la muerte y desaparición de miles de opositores en el Cono Sur. De ese trabajo surgió un libro, <em>Bomba en una calle de Palermo</em>, que publicó con Edwin Harrington en 1987.</p>
<p>El libro, el primero de su carrera, traería repercusiones ese mismo año. En septiembre, tras una entrevista al dirigente de la Democracia Cristiana Andrés Zaldívar, la periodista fue requerida por el gobierno, que le aplicó la Ley de Seguridad Interior del Estado. La entrevista era larga y trataba diversos temas de actualidad política, pero el problema estuvo en la última pregunta, referida al general Pinochet, a quien Zaldívar calificó de “burdo, de bajo nivel intelectual y brutalmente audaz”.</p>
<p>En la siguiente edición de <em>Análisis</em> se lee que, horas antes de ser detenida, Mónica González dijo que “no se encarcela sólo a la periodista que escribió la entrevista a Andrés Zaldívar, sino a la que denunció la existencia de la casa del general en El Melocotón, a la misma que escribió el complot para asesinar al general Carlos Prats en el libro <em>Bomba en una calle de Palermo</em>”.</p>
<p>Esta vez permaneció 17 días en la cárcel de San Miguel. Quizás pudo haber salido antes, pero se negó expresamente a que su abogado pidiera la libertad condicional. Según reprodujo <em>Análisis</em>, “quiero hacer conciencia en la opinión pública y en mis propios colegas de que en Chile no se puede ejercer libremente nuestra profesión”.</p>
<p>El penúltimo día antes de quedar en libertad estuvo de cumpleaños. Celebró sus 38 junto a presas políticas y presas comunes.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Uno de los últimos reportajes que Mónica González publicó en <em>Análisis</em> trató de los bienes de la familia Pinochet. Fue publicado en octubre y noviembre de 1989, en dos números consecutivos, cinco meses antes de que la dictadura emprendiera la retirada y entregara el gobierno con una serie de condiciones. En rigor, más que un reportaje, era un especial por entregas que operaba como una despedida al hombre que afirmó que “no hay nadie que haya amasado una fortuna personal o familiar en este régimen”.</p>
<p>El reportaje comienza precisamente así, con una cita al general recogida de la prensa oficialista. Y termina con un retrato lapidario al mismo hombre, que “se prepara para atrincherarse al interior de los cuarteles”, “orgulloso, pero no tranquilo”, “en la soledad que han dejado 16 años de poder absoluto, alejado irremediablemente de sus más antiguos amigos”.</p>
<p>La dictadura se despedía y también la periodista, que clausuraba la década golpeando donde más dolía a la dictadura. Para Pinochet no había cosa más irritante que las acusaciones de corrupción. Más que las denuncias por violación a los derechos humanos. Por eso ocurrió lo que ocurrió. Ya había recibido amenazas telefónicas y le habían arrojado animales muertos al antejardín de su casa, si es que no habían matado a sus propias mascotas. Pero esto fue más serio que todo lo otro. Unas semanas después de que apareciera la última parte del reportaje, el auto de la periodista explotó frente a su casa. Había estacionado y bajado hacía cosa de minutos.</p>
<p>Para ella no hubo dudas. La bomba que casi le costó la vida era una repuesta al reportaje de los bienes de la familia Pinochet. La dictadura, que estaba en retirada, tenía sus formas de despedirse.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>La despedida fue larga, demasiado larga. La transición política chilena estuvo marcada por pactos secretos y amenazas de una dictadura que seguía latiendo en el Congreso, en el Poder Judicial y, desde luego, en las Fuerzas Armadas. Pinochet se había retirado del gobierno pero continuaba al frente del Ejército, desde donde administraba amplias cuotas de poder. En ese escenario, a partir del 11 de marzo de 1990, Mónica González llegó a trabajar al diario <em>La Nación</em>.</p>
<p>Desde esas páginas, a cargo de la unidad de investigación y las entrevistas del domingo, le tomó el pulso a la vida política de esos días. Varios de los textos de ese período están determinados por la coyuntura del momento, que a menudo pone a prueba la frágil democracia. Pero hay otros, recopilados en este libro, que miran los hechos en perspectiva y vienen a recapitular lo ocurrido en el pasado reciente.</p>
<p>En esta línea se inscribe el testimonio de Sola Sierra, histórica dirigente de la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, que relata la angustia y tenacidad de quien perdió a su esposo y dedicó una vida a su búsqueda, aún cuando con el correr del tiempo estuvo consciente de que era una labor estéril. En la contraparte está el relato de la Flaca Alejandra, alias de Marcia Merino, ex militante del MIR que tras ser detenida y torturada se convirtió en colaboradora de la DINA. Como escribe la autora, se trata de un testimonio que va a contracorriente de “un país que se resiste a entender lo que fue verdaderamente el infierno que creó la DINA en sus campos de detenidos”.</p>
<p>En este período desfilan varios de los personajes más renombrados de la vida pública. Sean de izquierda o de derecha, son explorados siempre en una dimensión que trenza lo político y lo humano. Así, mientras Isabel Allende Bussi se lamenta de no haber sido consciente de la depresión que motivó el suicidio de su hermana Tati, el ex director de <em>El Mercurio</em>, Arturo Fontaine, llega a decir que cuando se ocupa un puesto como ése,  “uno se ve rodeado de muchos halagos y pierde un poco el sentido de la autocrítica y la modestia”.</p>
<p>Mónica González no fue una figura cómoda para quienes sustentaron la dictadura. De eso no hay duda. Pero tampoco lo fue para quienes administraban el gobierno en un contexto de democracia tutelada. De ahí que a principios de 1994, cuando Eduardo Frei Ruiz Tagle asumió la presidencia, renunciara a <em>La Nación</em>. Las nuevas autoridades políticas le ofrecieron la dirección del diario de gobierno, pero bajo condiciones que no estuvo dispuesta a asumir.</p>
<p>Ese acto de independencia marcó el cierre de una etapa. La misma que documenta este libro, que reúne piezas publicadas entre 1984 y 1993. El conjunto incluye voces emblemáticas del período, pero también otras más anónimas, las que no pasaron a la historia. Una muestra de la condición humana, con sus infinitos grados de altruismo y mezquindad, de valor y cobardía. Al sumergirnos en las cloacas del pasado, se devela cómo el sistema político-económico instaurado por la dictadura militar impactó en el cuerpo de miles de compatriotas. Por momentos, la lectura de estas páginas provoca un sudor frío en nuestras espaldas. Es la señal del miedo y el dolor. También, la señal de que estamos vivos.</p>
<hr />
<p><img decoding="async" class="aligncenter size-full wp-image-26210" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/11/Portada-de-Apuntes-de-una-época-feroz.jpg" alt="Portada de Apuntes de una época feroz" width="800" height="1315" srcset="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/11/Portada-de-Apuntes-de-una-época-feroz.jpg 800w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/11/Portada-de-Apuntes-de-una-época-feroz-365x600.jpg 365w, https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/11/Portada-de-Apuntes-de-una-época-feroz-462x760.jpg 462w" sizes="(max-width: 800px) 100vw, 800px" /></p>
<p style="text-align: center;"><strong><em>Apuntes de una época feroz</em></strong><br />
Mónica González<br />
Editorial Hueders<br />
2015</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Anatomía de un malo</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/anatomia-de-un-malo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Cristóbal Peña]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 12 Jun 2015 20:23:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Ediciones UDP]]></category>
		<category><![CDATA[Leila Guerriero]]></category>
		<category><![CDATA[Los malos]]></category>
		<category><![CDATA[Manuel Contreras]]></category>
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					<description><![CDATA[¿Cómo se construye la historia de un personaje cuyo nombre y apodo —Manuel “Mamo” Contreras— evoca los episodios más oscuros de la dictadura en Chile? Juan Cristóbal Peña es uno de los autores de <em>Los malos</em> (Ediciones UDP, 2015), libro editado por Leila Guerriero que reúne a una selección de los personajes más siniestros de Latinoamérica. En este breve escrito Peña recuerda los intercambios de correos con su editora y condensa su encuentro con el Mamo, una bestia que descansa, en su celda de Punta Peuco. » <a href="http://www.puroperiodismo.cl/?p=25828" title="Adelanto: “Manuel Contreras. Por un camino de sombras”, perfil de Juan Cristóbal Peña incluido en “Los malos”" target="_blank">Lee un adelanto del perfil</a>.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>¿Cómo se construye la historia de un personaje cuyo nombre y apodo —Manuel “Mamo” Contreras— evoca los episodios más oscuros de la dictadura en Chile? Juan Cristóbal Peña es uno de los autores de <em>Los malos</em> (Ediciones UDP, 2015), libro editado por Leila Guerriero que reúne a una selección de los personajes más siniestros de Latinoamérica. En este breve escrito Peña recuerda los intercambios de correos con su editora y condensa su encuentro con el Mamo, una bestia que descansa, en su celda de Punta Peuco. » <a href="https://www.puroperiodismo.cl/?p=25828" title="Adelanto: “Manuel Contreras. Por un camino de sombras”, perfil de Juan Cristóbal Peña incluido en “Los malos”" target="_blank">Lee un adelanto del perfil</a>. </h3>
<div id="attachment_25839" style="width: 1310px" class="wp-caption alignnone"><img decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-25839" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/06/malos.jpg" alt="&quot;Los malos&quot;, editado por Leila Guerriero (Ediciones UDP, 2015)." width="1300" height="700" class="size-full wp-image-25839" /><p id="caption-attachment-25839" class="wp-caption-text">«Los malos», editado por Leila Guerriero (Ediciones UDP, 2015).</p></div>
<p>En septiembre de 2013, Leila me escribió para invitarme a formar parte del libro de los malos. Una galería de perfiles del horror vista a través de “los más malos entre los malos” de Latinoamérica, definió en ese primer correo electrónico. “Torturadores, violadores, narcos tremendos, pedófilos seriales, dictadores, traficantes de personas, gente siniestra y oscura, malos inapelables”.</p>
<p>Malos que retorcieran la guata. Malos como el natre.</p>
<p>Pero luego de afinar la propuesta, en el mismo correo, se apresuró en aclarar que, aunque serían malos inapelables, el libro no buscaba el lugar común de la condena. Menos si se trataba de personajes sobre quienes se había escrito bastante, la mayoría de las veces con un tono de indignación y denuncia. Había que diseccionar al malo, explicarlo en su complejidad, interrogar a su madre, esposa, hijos, nietos, amigos, colegas, amantes y, claro, a sus víctimas y al mismo malo, si era posible.</p>
<p>Hacerlo humano, no humanizarlo. Verlo de cerca para luego tomar distancia, sin consideraciones retóricas. Nada de “deditos levantados ni periodistas golpeándose el pecho como justicieros”, advirtió ella.</p>
<blockquote><p>Aunque lúcido, estaba solo y a mal traer. El Mamo en su otoño, de ojos nublados, un hilo de voz y huesos que sobresalen entre las carnes. El Mamo en su purgatorio.</p></blockquote>
<p>Elegir al malo no fue difícil. Manuel Contreras Sepúlveda, el Mamo, que dirigió la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), carga con la mayoría de los tres mil y tantos muertos que dejó la dictadura en Chile. Y no sólo eso. Como sabía que el peligro estaba en casa, espió y chantajeó a jueces, militares, empresarios, funcionarios de gobierno y hombres de sus propias filas. También mató a algunos de ellos. Un malo entre los malos.</p>
<p>En eso calificaba de sobra para el libro. Eso estaba documentado y, por cierto, había que contarlo. Lo difícil estaba en lo otro. En conocer cómo se forma un psicópata y de qué está compuesto. En explorar en su vida íntima para reconocer brotes de bondad. El Mamo dirigía una máquina de exterminio, pero tenía perros a los que besuqueaba al llegar a casa y nietos que alegraban los almuerzos de domingo.</p>
<p>Un mes después del primer correo, luego de revisar archivos y libros, de conversar el tema con amigos, le escribí para decirle que lo haría. Y de vuelta, después de decirme que todo saldría muy bien, ella me recordó que era necesario “rodear su entorno”, ya no sólo con familiares, amigos y colegas, sino además, por qué no, “con el tipo que le vendía la verdura”.</p>
<p>“No me preocupa en absoluto que se haya publicado una biblioteca entera sobre el personaje”, escribió. “Lo que necesitamos saber es quién es este tipo, qué clase de cabeza produce las cosas que produjo, cómo es su vida más allá de todo eso”.</p>
<p>Al final, después de varios correos electrónicos y cerca de nueve meses de trabajo, no di con el tipo que le vendía verdura. Pero sí con su hijo, su secretaria, su mozo, su abogado, su amigo, su antiguo compañero de armas y con el mismo Mamo, que me recibió en su celda de Punta Peuco y me hizo sentarme al pie de su cama, porque ese cuartito de tres por cuatro no tenía más lugar para recibir una visita. Aunque lúcido, estaba solo y a mal traer. El Mamo en su otoño, de ojos nublados, un hilo de voz y huesos que sobresalen entre las carnes. El Mamo en su purgatorio, rodeaba de unos pocos libros (todos de no ficción), un televisor, un cristo, un tacho con el logo de la DINA y muchas fotos. Fotos de él mismo, de sus padres y de sus nietos reunidos en una collage donde saludan al abuelo en el día de su cumpleaños.</p>
<p>Ahí estaba —está— el hombre. Lo que asoma cuando la bestia descansa.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Adelanto: «Manuel Contreras. Por un camino de sombras», perfil del libro «Los malos»</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/adelanto-manuel-contreras-por-un-camino-de-sombras-perfil-de-juan-cristobal-pena-incluido-en-los-malos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Cristóbal Peña]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 12 Jun 2015 15:49:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[adelanto de libro]]></category>
		<category><![CDATA[dictadura]]></category>
		<category><![CDATA[Ediciones UDP]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Cristóbal Peña]]></category>
		<category><![CDATA[Leila Guerriero]]></category>
		<category><![CDATA[Manuel Contreras]]></category>
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					<description><![CDATA[En la DINA —la policía política de Pinochet— no se movía una hoja sin que su jefe, Manuel Contreras, lo supiera. Ahí el Mamo estableció un "mecanismo de relojería" no sólo para seguir los pasos de los opositores a la dictadura, sino que también para prevenir posibles amenazas internas al poder absoluto de Pinochet. Este perfil es parte del libro <a href="http://www.ediciones.udp.cl/los-malos-leila-guerriero/" target="_blank"><em>Los malos</em></a> (Ediciones UDP), editado por la argentina Leila Guerriero. Agradecemos la autorización de la editorial para publicar un extracto de ese artículo: un pasaje sobre la cercana relación de Contreras con una de sus secretarias, la Chany.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>En la DINA —la policía política de Pinochet— no se movía una hoja sin que su jefe, Manuel Contreras, lo supiera. Ahí el Mamo estableció un «mecanismo de relojería» no sólo para seguir los pasos de los opositores a la dictadura, sino que también para prevenir posibles amenazas internas al poder absoluto de Pinochet. Este perfil es parte del libro <a href="http://www.ediciones.udp.cl/los-malos-leila-guerriero/" target="_blank"><em>Los malos</em></a> (Ediciones UDP), editado por la argentina Leila Guerriero. Agradecemos la autorización de la editorial para publicar un extracto de ese artículo: un pasaje sobre la cercana relación de Contreras con una de sus secretarias, la Chany. » <a href="https://www.puroperiodismo.cl/?p=25838" title="Anatomía de un malo" target="_blank">Lee «Anatomía de un malo»</a>.</h3>
<div id="attachment_25831" style="width: 818px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-25831" class="size-full wp-image-25831" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/06/mamo_channy.jpg" alt="Manuel Contreras y Adriana Rivas, la &quot;Chany&quot;. Foto: Memoria Viva" width="808" height="502" /><p id="caption-attachment-25831" class="wp-caption-text">Manuel Contreras y Adriana Rivas, la Chany. Foto: <a href="http://www.memoriaviva.com/criminales/criminales_r/rivas_gonzalez_adriana_elcira.htm" target="_blank">Memoria Viva</a></p></div>
<p>La foto es en colores y muestra al Mamo tomado del brazo por la Chany, una de sus secretarias de confianza, devenida en agente. Es una foto de mediados de los 70. Ambos miran a la cámara y sonríen dichosos, como dos buenos amigos. Ella, flaca y morena, lleva una falda escocesa en blanco y negro y una blusa de color crema con escote. Él viste un ambo celeste, del mismo color que la sombra de ojos de ella, y ambas cosas, el traje y la sombra de ojos, hacen juego con esa coqueta corbata de rombos azules y grises que luce el jefe de la DINA. Un jefe bonachón, sonriente y bien alimentado, que exhibe la complacencia de quien ha llegado a fin de mes con las tareas hechas.</p>
<p>—La DINA no era lo que dicen que era —se queja Adriana Rivas González, la Chany, que está conectada a Skype desde su casa en Sydney.</p>
<p>En su memoria, la DINA era algo como lo que aparece en esa foto: una oficina pública como cualquier otra, con horarios, papeleos y ambiente de camaradería. La Chany se queja, todavía más en este día de marzo de 2014 cuando la televisión australiana acaba de exhibir un reportaje sobre su caso: una secretaria que tiene pedido de extradición de la justicia chilena por formar parte de la brigada que exterminó a una dirigencia completa del Partido Comunista de su país: la Brigada Lautaro, una de las más crueles de la DINA.</p>
<p>—¿Que cómo estoy? Cómo voy a estar, imagínate: en ese reportaje mostraron mi foto, mi casa, todo, todo de mí, que no tengo nada que ver con todo eso de que se me acusa.</p>
<p>Para la Chany todo comenzó a fines de 1973, cuando el Mamo, por orden de Pinochet, se trasladó a la Academia de Guerra, en Santiago, y empezó a diseñar lo que iba a ser la DINA, una policía política que, como cualquier policía, requería personal técnico y administrativo. De ahí que en esas fechas, un grupo de oficiales del ejército llegara al Instituto Manpower de Santiago para reclutar a cuatro o cinco estudiantes de secretariado. La Chany dice que eligieron a las mejores, seleccionadas mediante una entrevista personal y una prueba que rindieron en la Academia de Guerra. Días después, un ex agente me dirá en reserva que es cierto que se eligió a las mejores secretarias, pero también a las más jóvenes y agraciadas de toda una generación.</p>
<p>En ese pequeño grupo estaba Nélida Gutiérrez, la secretaria que el Mamo se reservó para sí una vez que la DINA fue fundada oficialmente en 1974. Nélida se distinguía de las otras. Era ocho o 10 años mayor, más dama que las otras, más señora, explica la Chany:—Tú sabes de lo que hablo: la Nélida era elegante y con clase, y con la clase se nace o no se nace, esa es la verdad… ¿Bonita, dices? Yo diría que sí: una mujer amable a la vista.</p>
<p>A diferencia de la Chany y las otras secretarias, Nélida Gutiérrez no hizo el curso de Inteligencia en Tejas Verdes, curso que estaba a cargo de Ingrid Olderock, la oficial de Carabineros especialista en entrenar perros para violar prisioneros. Nélida, ya se sabe, era de otra clase, y por esas fechas estaba casada y tenía dos hijas. Tampoco pasó por la Escuela Nacional de Inteligencia de Maipú, como sí lo hizo la Chany. El trato especial que el Mamo le dio a su secretaria personal se notó en esa oficina privada del segundo piso del cuartel general de la DINA, en la calle Belgrado, en el centro de la capital, que le reservó al lado de la suya. Todas las demás compartían oficina.</p>
<blockquote><p>El mecanismo de relojería montado por el Mamo empezaba en su propia oficina, mediante un estricto control interno de su personal. Para saber lo que hacían y conversaban sus agentes de mayor confianza, procuró que unos vigilaran a otros.</p></blockquote>
<p>La del Mamo, por cierto, era más amplia que cualquier otra. Al fondo, un escritorio con varios teléfonos —negro, verde, rojo— y un puño forjado en hierro que era el emblema de la DINA. Una licorera con licores importados, una caja fuerte, un gabinete para guardar papeles, dos sillones en torno a una mesa de centro y un gran mueble que contenía un televisor con conexión directa al edificio Diego Portales, que Pinochet usó como sede de gobierno en los primeros años de dictadura. Como en las películas de espías de esos años, el Mamo y Pinochet hablaban y se veían las caras en directo.</p>
<p>Lo que no estaba a la vista era un privado, dentro de su misma oficina, donde había un baño y un catre de campaña. Allí guardaba dos maletas con ropa limpia, para partir de viaje en el momento que fuera necesario. Una con ropa de invierno, otra de verano.</p>
<p>Todos los días, de mañana, el Mamo pasaba a buscar a Pinochet por su casa y se trasladaba con él hasta el edificio Diego Portales, donde desayunaban. Ese era el momento en que el jefe de la DINA desplegaba todo su encanto. El tema no eran sólo los opositores y grupos de izquierda, que pronto estuvieron bajo control. Tanto o más peligrosos eran los militares y altos funcionarios de gobierno que podían amenazar el poder absoluto de Pinochet. A ellos, más que a nadie, había que mantener a raya. Por eso, Contreras se ocupó de pinchar sus teléfonos y espiar sus movimientos. Y por eso, también, se ganó enemigos dentro de la misma dictadura. Había una carpeta para cada persona importante, y esas carpetas, que contenían secretos profesionales y de alcoba, eran su seguro de supervivencia: Manuel Contreras, dice el destituido capitán Carlos Vergara, era un maestro de la extorsión, un conspirador de libro.</p>
<p>El Mamo se hizo imprescindible. Un guardia personal de Pinochet y de sí mismo: cuidando las espaldas de su jefe, cuidaba sus propias espaldas. Si no descubría un plan para atentar contra el dictador o su familia, se lo inventaba. Y como Pinochet era un hombre desconfiado, receloso de su propia sombra, necesitaba a una persona como el Mamo que, además, se ganó la confianza y amistad de Lucía Hiriart, la esposa de Pinochet. “Un amigo de la casa”, lo definió Gonzalo Vial, ex ministro y biógrafo del dictador.</p>
<p>Según se lee en <em>Doña Lucía</em>, el libro de la periodista chilena Alejandra Matus sobre la esposa de Pinochet, el Mamo se hizo tan querido y necesario que en 1978, cuando a Pinochet no le quedó otra que mandarlo a retiro ante la presión de Estados Unidos por el atentado que la DINA había ejecutado en Washington dos años antes contra el ex canciller Orlando Letelier, Lucía Hiriart visitó al Mamo en su casa, en señal de desagravio, y luego, en señal de protesta contra su marido, no regresó a la suya en dos semanas. El general tuvo que pedir la mediación de un obispo para hacer entrar en razón a su esposa.</p>
<p>Lucía Hiriart era implacable con aquellos oficiales del ejército que engañaban a sus esposas, quizás no tanto por su fervoroso catolicismo sino porque ella misma era engañada. Tenía su propia red de informantes, de seguro proporcionada por el Mamo, y ningún adúltero de uniforme se salvaba de ser llamado a retiro o destituido de su cargo. Ninguno, a excepción del propio jefe de la DINA. Porque el mecanismo de relojería montado por el Mamo empezaba en su propia oficina, mediante un estricto control interno de su personal. Para saber lo que hacían y conversaban sus agentes de mayor confianza, procuró que unos vigilaran a otros. Y procuró hacerles saber a todos que, como alguna vez dijo Pinochet, en la DINA tampoco se movía una hoja sin que el jefe lo supiera. El respeto se cultivaba con dosis equitativas de miedo y recompensas. Según la Chany, el Mamo se preocupó de mantener un ambiente de camaradería y de asegurar las mejores condiciones para su personal. Aguinaldos, servicios de salud, cabañas de verano, premios. Era común que, después de algún operativo de relieve, los agentes fueran recompensados con un viaje de placer junto a sus esposas o amantes, daba igual, mientras no se enterara doña Lucía.</p>
<p>Un ex agente de la DINA me dirá que el Mamo era particularmente vanidoso del poder que ostentaba. Fue él mismo quien recibió en su oficina de calle Belgrado a las tres militantes de izquierda que, después de permanecer varios meses bajo custodia de la DINA, sometidas a torturas, fueron integradas de manera formal como agentes —con sueldo, credencial y beneficios—, bajo un estricto control. Marcia Merino, una de esas tres mujeres, contó a la justicia que, por alguna razón, en la DINA las prisioneras “eran propiedad” del agente que había practicado la detención. También contó de esa reunión realizada en mayo de 1975, en las oficinas del cuartel general de calle Belgrado, en la que el Mamo, recibiendo por separado a las tres, “hace una larga disertación sobre ex guerrilleros que pasan a colaborar con organismos de seguridad de otros países”. Las tres mujeres quedaron alojadas en un departamento de las torres San Borja, a pocas cuadras del cuartel general. Y a partir de ese momento, según el mismo testimonio, fue común que el Mamo y sus hombres se dejaran caer en ese departamento tras la jornada de trabajo. Llevaban “comida y mucho trago”, testificó Marcia Merino, apuntando un detalle: el jefe de la DINA hacía “insinuaciones amorosas” a las tres.</p>
<p>La Chany dice que no vio nada de eso. Admite que el hombre tenía su genio, que cada tanto lo escuchaba gritarle a algún agente. Pero a puertas cerradas, en confianza, dice que era una buena persona, capaz de ayudar a un ser humano en problemas, como lo hizo con ella cuando su padre tuvo un lío de dinero que lo llevó a la cárcel.</p>
<p>—Le voy a estar agradecida por siempre por eso —me dice Chany—. Yo no sabía qué hacer con el problema que tenía, estaba desesperada, don Manuel me vio llorando y me preguntó: <em>Qué te pasa, Negra, ¿algún problema? Ven a mi oficina y cuéntame</em>, y yo fui a su oficina y le conté lo que estaba pasando con mi papá. Él no me dejó terminar. <em>Entiendo, entiendo</em>, me dijo, <em>quédate tranquila, yo te voy a ayudar</em>, y ese mismo día me volvió a llamar a su oficina y me entregó un sobre con dinero. Yo no sabía qué decir. Imagínate. Al final le dije que no sabía cómo se lo iba a pagar y él me dijo: <em>Anda tranquila, Negrita, ¿quién te está diciendo que me lo pagues?</em></p>
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		<title>«El mejor periodismo chileno 2014»: presentación de Cristóbal Peña</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/el-mejor-periodismo-chileno-2014-presentacion-de-cristobal-pena/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Cristóbal Peña]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 24 Apr 2015 15:42:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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					<description><![CDATA[Compartimos el texto de presentación escrito por el director de la Escuela de Periodismo de la UAH para el libro <em>El mejor periodismo chileno</em> que reúne los trabajos <a href="http://www.puroperiodismo.cl/?p=25681" title="Reportaje sobre martillero Jorge Valdivia (“Sábado”) y serie El juez, la víctima y el victimario (Chilevisión), ganadores PPE 2014" target="_blank">ganadores y finalistas</a> del Premio Periodismo de Excelencia 2014.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>Compartimos el texto de presentación escrito por el director de la Escuela de Periodismo de la UAH para el libro <em>El mejor periodismo chileno</em> que reúne los trabajos <a href="https://www.puroperiodismo.cl/?p=25681" title="Reportaje sobre martillero Jorge Valdivia (“Sábado”) y serie El juez, la víctima y el victimario (Chilevisión), ganadores PPE 2014" target="_blank">ganadores y finalistas</a> del Premio Periodismo de Excelencia 2014.</h3>
<div id="attachment_25700" style="width: 1310px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-25700" class="size-full wp-image-25700" src="https://www.puroperiodismo.cl/wp-content/uploads/2015/04/libroppe2014.jpg" alt="El libro &quot;El mejor periodismo chileno 2014&quot; estará disponible en librerías desde la próxima semana." width="1300" height="864" /><p id="caption-attachment-25700" class="wp-caption-text">El libro «El mejor periodismo chileno 2014» estará disponible en librerías desde la próxima semana.</p></div>
<p>Cuando este libro está próximo a entrar a imprenta, en el país cunde una sensación de desplome. De agotamiento y hastío, una sensación de fin de ciclo motivada por casos de corrupción que han dejado al descubierto vínculos perversos entre grupos de interés político y económico. Como en esa clásica película de terror en que los muertos emergen de las tumbas para devorar carne fresca, algo que permanecía bajo tierra, en descomposición, que se alimenta de los vivos, ha  salido a la luz pública. Muertos al acecho de los vivos. Muertos vivos que representan un fin de mundo pero también un inicio. La oportunidad de algo nuevo.</p>
<p>Esa es la sensación que constatan los hechos recientes. Asistimos a un final, y como en todos los finales de la historia, el periodismo tiene un rol protagónico que cumplir.</p>
<p>Es cierto. Nuestra transición política ha estado llena de falsos finales. Finales simulados, fallidos, aparentes. Muchos de quienes comenzamos a trabajar en máquina de escribir y presenciamos ese supuesto fin de ciclo que fue el retorno a la democracia, representado por esa escena memorable en que Aylwin se calza la banda presidencial que segundos antes lucía Pinochet, coincidimos ahora en que ese no fue un punto de clausura definitivo en nuestra historia; quizás, cuanto más, como en algunas películas tramposas, fue un final de suspenso, un pie forzado que dejó abierta la oportunidad para segundas y terceras partes, cada una más difícil de creer que la otra.</p>
<p>Como sea, lo que está ocurriendo hoy parece ser un punto de inflexión, efervescente, tenso, crítico: un momento en que el periodismo de excelencia se hace más necesario que nunca. Después de un periodo de letargo, de quejas y adversidades, este oficio parece haber vuelto a ser un arma de poder y, me atrevería a decir, de respeto. Un arma peligrosa para quienes se han empeñado en ostentar posiciones de privilegio que derivan en abusos.</p>
<p>En un país como el nuestro, que exhibe altos grados de inequidad, la ciudadanía demanda a gritos un buen periodismo. Honesto, profundo, independiente. Un periodismo que retrate las injusticias y transparente los factores que las expliquen. Que cuestione sin concesiones, pero a la vez, que lo haga de manera responsable, fundada, sin más intereses que el ánimo de informar.</p>
<blockquote><p>«Lo que está ocurriendo hoy parece ser un punto de inflexión, efervescente, tenso, crítico: un momento en que el periodismo de excelencia se hace más necesario que nunca».</p></blockquote>
<p>A luz de los trabajos compilados en este libro, se puede afirmar que el periodismo está haciendo su trabajo.</p>
<p>En su décimo segunda versión, el Premio Periodismo de Excelencia (PPE) recibió 416 postulaciones. De estas resultaron 22 piezas finalistas y ganadoras que fueron seleccionadas por un jurado independiente y plural, de reconocida trayectoria. La muestra es diversa. En este libro están representados los grandes temas que marcaron el año, temas que en su mayoría definen la cara menos amable del país: abusos de poder, conflictos de interés, desigualdad social. Están los temas que retratan el momento que vivimos y los grandes personajes, a veces  amables, la mayoría de las veces incómodos: Nicanor Parra, Pedro Lemebel, la Desideria.</p>
<p>El del martillero es caso aparte. El hombre que abrió la caja de pandora en que terminó convertido el caso Penta fue perfilado de manera ejemplar por Rodrigo Fluxá, Carla Mandiola y Carla Ruiz, en momentos en que el escándalo recién asomaba y la historia de su detonador -un personaje oscuro, provenientes de los más bajos fondos, donde el lumpen convive con ex agentes de la dictadura- aún permanecía en las sombras. <em>El último golpe del martillero</em>, como se titula este perfil que obtuvo el primer lugar del PPE, es una perfecta representación de las miserias que conviven con las más altas esferas de un poder corrupto.</p>
<p>Esta “síntesis de buena escritura, reporteo profundo e impacto en la agenda pública”, según definición del jurado del PPE, es una pieza ejemplar pero de ninguno modo excepcional en la producción de 2014. Fueron los medios los que ventilaron de manera sistemática los pormenores del caso Penta. Y si hubo intentos por frenar éste y otros casos que se han derivado del mismo, la prensa se ocupó de ejercer presión para que algo así no ocurriera. La prensa, demandada por una opinión pública cada vez más exigente.</p>
<p>El país está cambiando y el periodismo está siendo tanto reflejo como motor de esos cambios. Es un buen momento para ejercer el periodismo. Un momento privilegiado y desafiante. Afuera están pasando cosas importantes que reclaman ser contadas. ¿Alguien más se anima a cubrir la noche de los muertos vivientes?</p>
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		<title>Zamudio y el oficio del periodista</title>
		<link>https://www.puroperiodismo.cl/zamudio-y-el-oficio-del-periodista/</link>
					<comments>https://www.puroperiodismo.cl/zamudio-y-el-oficio-del-periodista/#comments</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Juan Cristóbal Peña]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 08 May 2014 19:22:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Daniel Zamudio]]></category>
		<category><![CDATA[homofobia]]></category>
		<category><![CDATA[Rodrigo Fluxá]]></category>
		<category><![CDATA[Solos en la noche]]></category>
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					<description><![CDATA[El siguiente texto corresponde a la presentación que Juan Cristóbal Peña hizo del libro <em>Solos en la noche</em>, de Rodrigo Fluxá, un trabajo que, a su juicio, ha estado envuelto en una serie de malentendidos sobre su contenido y el rol del periodismo. "Rodrigo Fluxá ha hecho su trabajo, ha ejercido el periodismo y le ha resultado tremendamente bien. Ha comprendido la dimensión de la tragedia de Zamudio y la de esos cuatro brutos que le dieron muerte".]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>El siguiente texto corresponde a la presentación que Juan Cristóbal Peña hizo del libro <em>Solos en la noche</em>, de Rodrigo Fluxá, un trabajo que, a su juicio, ha estado envuelto en una serie de malentendidos sobre su contenido y el rol del periodismo. «Rodrigo Fluxá ha hecho su trabajo, ha ejercido el periodismo y le ha resultado tremendamente bien. Ha comprendido la dimensión de la tragedia de Zamudio y la de esos cuatro brutos que le dieron muerte».</h3>
<p><img loading="lazy" decoding="async" src="http://static.quepasa.cl/20140501/1935963.jpg" width="250" height="379" class="alignright" /></p>
<p>La polémica generada por la aparición del libro de Daniel Zamudio —polémica artificial, absurda, oportunista— me ha llevado a recordar a Janet Malcolm y su libro <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/El_periodista_y_el_asesino" target="_blank"><i>El periodista y el asesino</i></a>, que trata del pleito legal entre Joe McGinniss, el periodista, y Jeffrey MacDonald, el asesino. Ocurre que McDonald, un médico condenado por matar a su esposa y sus dos hijas pequeñas, es contactado por McGinniss, un periodista que le propone escribir un libro en el que se compromete a limpiar su nombre. El periodista se hace amigo del asesino, o hace como que se hace amigo del asesino para conseguir su colaboración y confianza. Jura que lo cree inocente y una buena persona. Pero cuando finalmente el libro es publicado, el asesino se lleva una decepción. El libro del periodista no hace más que ratificar que McDonald, el médico, es un asesino.</p>
<p>Pues bien, el asunto es que Janet Malcolm, la autora del libro que trata el caso del periodista y el asesino, desmenuza el pleito judicial y en el camino descubre que varios de los miembros del jurado, personas comunes y corrientes, nada más lejos de un intelectual, declaran sentir antipatía por los periodistas, no obstante que reconocen no haber leído un diario, y menos un libro, en muchísimo tiempo.</p>
<p>Me temo que estamos en presencia de un caso similar.</p>
<p>En los últimos días hemos visto y escuchado a gente que manifiesta su antipatía y desaprobación por lo que dice —o supuestamente dice— el libro, en circunstancias de que los oportunos detractores de este libro simplemente no lo han leído, apenas han conocido un adelanto del mismo, quizás ni eso.</p>
<p>Es cierto: <i>Solos en la noche</i> presenta una faceta poco amable y poco condescendiente de Daniel Zamudio. Una faceta que no es cómoda para los amigos y familiares de Zamudio. Una faceta que familiares y amigos hubieran preferido olvidar, esconder debajo de la alfombra o dentro del clóset. Pero lo que no parece haber quedado claro en esta polémica es que para estos efectos el periodista, en el sentido genérico y profesional del término, no es amigo ni familiar de nadie. El periodista, sobre todo cuando ejerce en terrenos sensibles, no debería tener amigos, solo fuentes, más todavía en un caso como este, en que hay de por medio un asunto de interés público y en el que es necesario levantar la alfombra y ventilar el clóset.</p>
<blockquote><p>Fluxá tiene el mérito de haber ido más allá de los estereotipos y los eslóganes, más allá de las apariencias y los clichés, y todo eso, que suele despertar animosidades, es lo que hace o debe hacer un periodista cuando se toma en serio su trabajo.</p></blockquote>
<p>Esto nos introduce en el primer gran hallazgo de este libro, y de alguna forma, en su principal línea argumental. Daniel Zamudio estaba lejos de ser un muchacho perfecto. Y más todavía, como nos enteramos por este trabajo, jamás le interesó el movimiento homosexual.</p>
<p>Lo primero es muchísimo más importante que lo segundo, aunque ambas cosas están íntimamente relacionadas.</p>
<p>El libro de Rodrigo Fluxá despoja a Zamudio de la categoría de ícono gay, lo desacraliza de una cierta santificación mártir que lo elevó a la categoría de estatua angelical de la comunidad gay, un lugar en el que, ya sabemos, Zamudio jamás se hubiera sentido cómodo, si es que no lo hubiera rechazado. Y en este ejercicio de desacralización Zamudio deja de ser una estatua de bronce, una animita kitsch, para convertirse en un ser humano de carne y hueso. Con flaquezas, debilidades, contradicciones y vicios a cuesta. Un muchacho encantador, una dulzura de muchacho, pero con problemas de afectividad, hijo de una violenta y degradante desigualdad.</p>
<p>En este sentido sí, sólo en este sentido, valga la consigna: Daniel Zamudio somos todos.</p>
<p>El Daniel Zamudio real, el Zamudio de carne hueso, y no la esquelita pop de las minorías, nos habla de un país a medias. Nos habla de nuestras miserias, de nuestros complejos y mezquindades, como cuando Zamudio se obnubila con el confort y la aparente belleza del barrio alto y reniega de su clase, de su familia, de sus orígenes.</p>
<p>Más que un ícono de la igualdad sexual, a partir de este libro Daniel Zamudio es un ícono de la desigualdad y el maltrato.</p>
<p>En este contexto se entiende que la brutal paliza sufrida por Zamudio a manos de cuatro brutos desalmados haya sido un último capítulo de una cadena de tragedias que se inició muchos antes de ese día de marzo de 2012 en el parque San Borja de Santiago.</p>
<p>Y claro, la tragedia también alcanza a sus victimarios, pues por el libro nos enteramos también de que esos cuatro nazis de utilería que le dieron muerte arrastran una vida tanto o más maltratada que la de Zamudio. De cualquier modo, esta tragedia colectiva no desmerece en absoluto la brutalidad y el sinsentido del crimen. Ni menos, por cierto, atenúa la culpabilidad de los asesinos.</p>
<p>Rodrigo Fluxá tiene el mérito de haber ido más allá de los estereotipos y los eslóganes, más allá de las apariencias y los clichés, y todo eso, que suele despertar animosidades, es lo que hace o debe hacer un periodista cuando se toma en serio su trabajo.</p>
<p>Recuerdo a una colega periodista de un antiguo trabajo que se encontraba a mi lado cuando debió llamar a un político. Esta colega escribía un perfil sobre ese mismo político al que no lo caracterizaba la honradez ni menos la probidad. Pues cuando el político contestó el teléfono y se enteró de qué iba el llamado, quiso saber una cosa de la periodista: Cuéntame una cosa, preguntó el político, lo que estás haciendo es un perfil positivo o un perfil negativo. Y la colega periodista, muy hábil, muy rápida, muy sincera, contestó: Ni positivo ni negativo, lo que estoy haciendo es un perfil profesional.</p>
<p>Pues bien, tengo la impresión de que en este caso se han malentendido las cosas. Se ha malentendido el contenido del libro, muy probablemente porque no se lo ha leído. Y también se ha malentendido el oficio del periodismo. Rodrigo Fluxá ha hecho su trabajo, ha ejercido el periodismo y le ha resultado tremendamente bien. Ha comprendido la dimensión de la tragedia de Zamudio y la de esos cuatro brutos que le dieron muerte.</p>
<p>Y hay otra cosa. Además de revelar los claroscuros de Zamudio, de dar cuenta de las circunstancias que lo llevaron a la muerte, el autor de este libro trata con mucho cariño a Daniel Zamudio. Lo trata como a un ser humano, ni más ni menos.</p>
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