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Testimonio de Mónica Díaz: “Fue en ese momento que me miró y me dijo: ‘¿Acaso usted no sabía que las mujeres no deben usar pantalones?’”

Por ~ Publicado el 11 septiembre 2020

Habían pasado unas semanas ya desde el 11 de septiembre, una o dos a lo más. Para entonces, yo tenía unos 23 o 24 años, por ahí. Ya estábamos en dictadura y había toque de queda todos los días, al principio como a las seis de la tarde, después fue subiendo la hora.

Venía saliendo de Radiadores Lobo, que era como un lugar donde arreglaban autos o partes para autos que quedaba cerquita de mi casa en Avenida La Paz. Yo ahí vivía, en la misma avenida. Aún no nos cambiábamos a Pedro de Valdivia con tu tata.

Mónica Díaz

Mónica Díaz junto a su hijo

Eran un poco pasadas las seis de la tarde y ya estaba corriendo el toque de queda cuando me pilló la hora devolviéndome para la casa. Recuerdo que andaba vestida con pantalones y una polera. Iba caminando cuando un milico que estaba escondido detrás de una palmera salió y me llamó.

No estaba sólo, había otros milicos junto a él y estaban todos escondidos detrás de esa misma palmera, esperando quizá qué cosa. Andaban todos con “metralladoras”, todavía me acuerdo bien. Parece que también andaban con la cara pintada, tenían unas rayas negras. Los otros se quedaron ahí mientras el militar que me había llamado, se acercó.

Era un cabro flaco, joven, no debe haber tenido más de unos 30 o 32 años. Me preguntó qué andaba haciendo y por qué estaba afuera a esa hora. Le respondí que ya me iba para la casa y que me quedaba poco. Fue en ese momento que me miró y me dijo: “¿Acaso usted no sabía que las mujeres no deben usar pantalones?”

No entendí bien lo que me decía, hasta lo que pasó después. Me hizo sacármelos. Me bajó los pantalones y mientras lo hacía, me toqueteó entera, por todas partes, todo el cuerpo. Le faltaron manos para tocarme. Me puse a llorar al tiro y ahí mismo, mientras él lo hacía, hasta que me sacó los pantalones. Nadie me defendió porque nadie podía hacer nada contra ellos, hacían lo que querían porque eran los dueños y señores del país.

Cuando me soltó, me devolví corriendo y llorando a la casa, en puros calzones porque él se quedó con mis pantalones. Llegué y corrí al segundo piso a ver a mi hijo, que estaba acostado y durmiendo, el Lalito chico. Me vio llorando y corrió a abrazarme: “¿Qué te pasó mamita?”, me preguntó. Le conté lo que me había pasado, estaba muy asustada. Lloramos los dos juntos.

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