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Testimonio de María Ahumada Ponce: “No les temí a los militares hasta que uno me apuntó entre los ojos”

Por ~ Publicado el 11 septiembre 2020

Tenía 16 años en ese entonces. Me encontraba en el liceo cuando los profesores nos dijeron que debíamos irnos a casa, que habían bombardeado La Moneda. En ese momento no sabía muy bien qué tanto cambiaría la vida de todos después de eso. Caminando por las líneas del tren, volví a casa. Mi madre y tíos, con quienes vivía, ya se estaban allí. Trabajaban en una fábrica, así que verlos tan temprano en casa era algo bastante peculiar.

Con el pasar de los días, más se notaba el miedo en la población de Renca en la que vivíamos. La frustración y posible terror de la gente era algo que se veía incluso a la hora de comprar el pan. Muchas veces me clavaron agujas o lo que sea trajeran a la mano. Se aseguraban de tener su lugar a la fuerza, aun si debían empujar a una mocosa que ni siquiera alcanzaba el metro sesenta.

Golpe - Javiera AguilarNo les tenía miedo a los militares que deambulaban por las calles. La ignorancia y desinformación es lo que en aquellas vías llenas de barro te evitaban un mal rato. Solo se sabía que se llevaban a los comunistas; si no lo eras, estabas a salvo.

No les temí hasta que uno me apuntó entre los ojos. Recuerdo el jadeo estrangulado que escapó de mi garganta cuando el arma fría se alzó en mi contra mientras sujetaba a mi madre embarazada. Las piernas me temblaron y traté de mantenerme firme mientras el pañuelo blanco se movía al compás del viento primaveral que soplaba a las tres de la mañana.

Mi madre había ocultado su embarazo por meses, y tres meses después del Golpe de estado, nació mi hermana. Era de madrugada cuando mi mamá despertó a todos en la casa con la noticia. Debía ir al hospital, así que sólo tomamos aquel paño blanco para identificarnos con los milicos que se paseaban por las líneas del tren.

Nadie la quiso acompañar. Todos estaban demasiado abrumados con el hecho de que haya ocultado su embarazo por tanto tiempo. Fui la única que se atrevió a ir con ella. Caminamos por las líneas del ferrocarril hasta toparnos con una pareja de militares que no dudaron en apuntarnos. Jamás había visto un arma, y ese día había una frente a mi rostro, sostenida por una mano fría de un hombre.

Mi mamá fue la que habló. Estaba tan asustada que no presté nada de atención a lo que dijo, pero el hombre la ayudo. Me mandó a casa, y él se encargaría de llevarla al hospital.

Siempre he supuesto que mi madre usó el nombre del sujeto que la tenía como amante, un carabinero que vivía cerca de nuestro hogar, para que la trataran bien. No creo que alguien que se alza contra su propio pueblo sea muy buena persona y se disponga siempre a ayudar al prójimo.

Mi mamá fue de las mujeres que corrió con suerte: volvió a casa con su pequeña, con mi hermana, algo que no en todas las familias se veía. Arrogante, como siempre, volvió a nuestro hogar. Nunca dio explicaciones de por qué no dijo nada. Ni siquiera se atrevió a mostrarle la niña al borracho que todos sabíamos era su padre.

Esa noche con el arma apuntándome ha sido la que más pesadillas me dejó.

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