Opinión

Portada de LUN y tragedia en Juan Fernández: La indignación del público y el azar periodístico

Por ~ Publicado el 9 septiembre 2011

Probablemente esta no sea la portada más irrespetuosa o polémica de LUN. Quizás esto se deba a que en otros casos no fue la emoción del público la que chocó con la emoción informada. O quizás el azar no estuvo del lado del diario antes y la apuesta no fue como ahora  —querámoslo o no— un acierto, por poco oportuno que parezca. Ese acierto que, en la breve portada de LUN en la madrugada del sábado, fue pura y dura realidad.

Lo pregunté en una de mis clases a comienzos de esta semana. Después de buscar en la web la polémica portada de Las Últimas Noticias que daba cuenta del “último viaje del Halcón” y que nunca vi en papel aquí en Santiago, pude conseguirla, la imprimí rápidamente, la llevé a la sala y la pegué en la pizarra. Un trocito de scotch sostenía la imagen de uno de los animadores más importantes de la televisión chilena y por quien muchos y muchas han llorado desde el viernes 2 de septiembre. Así, el perfil de Felipe Camiroaga quedaba expuesto ante mis alumnos y despertaba en ellos reacciones diversas: silencio total, rostros compungidos, cuchicheos indescifrables y en la mayoría, el efecto más claro de todos: indignación.

Esta reacción fue la que primó en las audiencias la noche del viernes, cuando Las Últimas Noticias publicó la portada que iría el sábado y que para muchos fue como un cachetazo que los obligaba a pensar en algo a lo que se negaban: la muerte. La trágica muerte de Felipe Camiroaga y también de las 20 personas que iban en ese avión.

“¿Por qué tanta indignación? El titular apostaba a que Camiroaga estaba muerto, lo daba por hecho, basándose en la información disponible, pero sin la oficialidad que, en casos como estos, es la que brinda las certezas”.

Habían pasado sólo 3 horas desde la declaración oficial que las autoridades hicieran del accidente ocurrido en Juan Fernández. Desde las siete de la tarde de ese día, cuando se informaba sin muchas certezas que un avión había desaparecido, las reacciones, comentarios y especulaciones aumentaban en las redes sociales y los departamentos de prensa de los distintos medios se activaban para romper con las sospechas e informar, lo más pronto posible, sobre los nombres de los tripulantes del avión. Las fuentes de Gobierno ya anticipaban un panorama extremadamente adverso y el alcalde de la isla declaraba que era muy difícil que en una situación como ésta, sumada a las condiciones del clima y del mar, hubiera sobrevivientes.

En este escenario y con esa información disponible, Las Últimas Noticias publicó en su portal digital la portada que tanto enfureció a gran parte del público. Muchísimas personas, que en ese momento vivían aún el shock de una tragedia posible, cuestionaron la decisión de este diario “sensacionalista” —en las declaraciones de varios— e incluso llamaron a no comprarlo y muchos menos leerlo al día siguiente (y probablemente nunca más). Las redes sociales fueron la plataforma ideal para cuestionar el “pésimo periodismo que se hace en Chile” por una decisión editorial específica y confirmar, además, que son herramientas que si bien permiten opinar y discutir, se guían en muchos casos por la postura que se instala en un principio (el cuestionamiento a la portada, un lado de la vereda) y dejan fuera los matices, pues plantear la opinión contraria te deja al otro lado de la discusión y desvía las críticas hacia tu propia opinión cuando ésta no calza con la percepción general.

¿Por qué tanta indignación? El titular apostaba a que Camiroaga estaba muerto, lo daba por hecho, basándose en la información disponible, pero sin la oficialidad que, en casos como estos, es la que brinda las certezas. Recordemos que en tragedias anteriores, como el incendio de la cárcel de San Miguel en 2010, los periodistas dependían de la oficialidad, la desinformación fue extrema en un comienzo y la especulación siempre es perjudicial. Quizás por lo mismo, los medios —sobre todo la televisión— actuaron con cautela y siguieron las recomendaciones del ministro de Defensa y del vocero Chadwick: esperar el comunicado de la Fach y el que ellos darían una vez que los familiares de las víctimas del accidente hayan sido informados.

“Yo encuentro que esa portada está mal. Me da rabia”, respondió una alumna cuando le pregunté que le había parecido el viernes y qué le parecía ahora que volvía a verla. Estaba molesta y dijo que aquella noche había chequeado las impresiones de rostros de televisión, periodistas y amigos suyos en Twitter y la mayoría coincidía en que lo que el diario había hecho era una vergüenza para el periodismo. “Pero dime por qué te da rabia”, insistí. Ella se quedó callada unos segundos, esperé a que alguno de sus compañeros aportara desde su propia experiencia, pero el silencio continuaba. “¿Sabe qué?”, dijo al fin, “La verdad es que no sé por qué me da rabia, pero me molesta, así como a todos les molestó el viernes en la noche”.

¿Cuál podría ser el argumento o la razón para su rabia? Otra alumna quiso explicarlo un día después: “Es que el diario dio por muerto a Felipe cuando todavía no estaba confirmado, y eso está mal”. “El diario se adelantó”, dijo otro alumno. “¿Y el diario se equivocó?”, les pregunté después. Silencio y finalmente, un casi inaudible “No poh”, de alguien que temía sonar impopular.

Probablemente yo les parezca impopular si digo que, después de chequear los comentarios de la gente en Facebook, entré inmediatamente al sitio de LUN y vi la portada. Sinceramente, estaba predispuesta a algo extremo, vulgar, desatinado o más allá del sensacionalismo tolerable, y me encontré con este “Último vuelo del Halcón” que para muchos era tan ofensivo. ¿Por qué no me producía la misma indignación?  Ahora que he tenido días para pensarlo, creo mi reacción se debe a que, a esas alturas, yo asumía que estaban todos muertos (siempre antepongo la tragedia al milagro) y la noticia que esperaba no era la de una cantidad de sobrevivientes sino la que sigo esperando hasta hoy: que todos los cuerpos sean encontrados para que sus familias y amigos puedan despedirse como uno espera hacerlo de los que quiere. Porque ser un “desaparecido” es injusto y puede despertar esperanzas dolorosas, pues sabemos que “hasta que no lo veo, no lo creo”, y tantas otras ideas fijas que dificultan los duelos. Quizás en LUN pasó algo similar: ellos contaban con información existente y decidieron con esas cartas sobre la mesa. No esperaron la confirmación oficial. Apostaron a una portada según los datos conocidos hasta ese momento y cuando el sábado se confirmó que no había sobrevivientes, era un hecho que el diario había acertado. Aunque también es cierto que una decisión editorial de ese tipo no se hace lanzando una moneda al aire, porque esto no se trata de “achuntarle”.

“La nuestra es una audiencia que ya se habituó alguna vez a la idea de un milagro con la experiencia de “los 33” y —por qué no— el viernes esperaba que en este accidente, esas 21 personas sobrevivieran también”.

Al poco rato, LUN cambió el título de su portada por “Desesperada búsqueda del vuelo de Camiroaga”, y publicó una carta en la cual pidió perdón a aquellos lectores que se hubieran podido sentir ofendidos o afectados por la decisión del viernes. El pecado (la antigua portada) estaba sólo en regiones y en Santiago había quedado la nueva. Una portada menos ofensiva, menos directa y también menos emocional. Lo curioso —y esto no es algo que esté resuelto— es que en un contexto de emoción pura como éste (un accidente de estas características, incertidumbre sobre sus causas, 21 desaparecidos que a las pocas horas se confirma que están muertos, rostros de televisión entre ellos), surge cierta intolerancia a la explotación de esta misma emoción desde los medios. Aquello se interpreta como una falta de respeto en algunos casos y puede activar el motor de la furia de las audiencias. Una emoción se enfrenta a la otra, la racionalidad queda guardada.

Por otro lado, no sobra decir que la nuestra es una audiencia que ya se habituó alguna vez a la idea de un milagro con la experiencia de “los 33” y —por qué no— el viernes esperaba que en este accidente, esas 21 personas sobrevivieran también. El milagro de los mineros de la mina San José es otro rasgo emocional que se suma al contexto, es un antecedente que, de una u otra manera -y más allá del fanatismo o cariño del público por Camiroaga-, instaló en muchos la posibilidad de un nuevo milagro. Le dio posibilidades a la esperanza.

Probablemente esta no sea la portada más irrespetuosa o polémica de LUN.Si miramos hacia atrás encontraremos algunos ejemplos que no trajeron consigo las disculpas del dueño del diario. Quizás esto se deba a que en otros casos no fue la emoción del público la que chocó con la emoción informada. O quizás el azar no estuvo del lado del diario antes y la apuesta no fue como ahora  —querámoslo o no— un acierto, por poco oportuno que parezca. Ese acierto que, en la breve portada de LUN en la madrugada del sábado, fue pura y dura realidad.

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