Entrevistas

Juan Cristóbal Guarello: “El periodismo está hecho para ser olvidado”

Por ~ Publicado el 23 septiembre 2014

¿Cómo fue su incursión en la literatura tras años de periodismo? El reconocido periodista deportivo explica por qué no se documentó para escribir su novela Gente mala, sobre el caso Anfruns, un episodio que lo marcó al término de su infancia. Agotada la primera edición del libro, profundizamos en el proceso de hacer ficción para quien, rigurosamente, nunca antes la hizo.

Foto: Pamela Olate

Foto: Pamela Olate

Café Sebastián del Drugstore, once de la mañana. Juan Cristóbal Guarello tiene, a tres mesas de distancia, al que era su candidato a obtener el Premio Nacional de Literatura 2014. Germán Marín –autor de Círculo vicioso, Las cien águilas y Ola muerta, entre otros– no ha captado la presencia del periodista que lo ha destacado más que a Antonio Skármeta, quien finalmente obtuvo el galardón.

“Yo creo que debería haber un premio nacional de las relaciones públicas, el que sería para Skármeta”, dispara Guarello. “No era un mal escritor, tiene textos rescatables, pero con el tiempo se fue transformando en un mero publicador, fabricante de productos vendibles que no le importaban a nadie”.

Guarello no pasa desapercibido. Sigilosamente los presentes en el café se dan vuelta, lo observan y escuchan mientras camina, elige silla, se sienta, pone el celular sobre la mesa y pide un café con dos medialunas. Tal vez su presencia siempre es advertida. Quizás sus más de veinte años en medios de comunicación, sus cinco libros sobre fútbol chileno, su Premio Nacional de Periodismo Deportivo (2011) y su presencia en radio, prensa escrita y televisión sean las razones. O por sus “exabruptos”, como expuso el late Más vale tarde, refiriéndose a sus opiniones sobre la actualidad nacional.

O por Gente mala: su salto desde el periodismo a la ficción. El libro que relata lo que, según Guarello, sucedió entre el 3 y el 14 de junio de 1979 con Rodrigo Anfruns y sus secuestradores agotó su primera edición, con más de 2.500 ejemplares vendidos. La segunda tirada está pactada para finales de octubre, cuando se desarrolle la Feria Internacional del Libro de Santiago.

Su incursión en la literatura lo lleva, dice, “a retratar una época. Una sensación. Una atmósfera. Un mundo en que yo viví. Una parte de mi infancia”.

—¿Lo veías como algo necesario? ¿Algo que faltaba?
Algo que me faltaba a mí, no algo que le faltaba a Chile.

“LA NOVELA ESTÁ CONSTRUIDA A PARTIR DE LO QUE NO SALE EN LOS DIARIOS”

Su documentación sobre este hecho fue sin diarios, ni entrevistas o fuentes. Hacerla podía distorsionar su fin. “Iba a terminar siendo un libro periodístico con todos los problemas que trae consigo. En el fondo, si no tienes los datos no tienes nada”, afirma mientras hace el hincapié de que utilizó archivos de su biblioteca personal, como un libro de la Fuerza Aérea chilena, y material de internet.

“Yo quería hacer una novela y no un libro periodístico, por eso decidí no sumergirme tanto en el caso Anfruns, sino que hacer mi propio caso Anfruns. Que tiene conexiones con la realidad, que tiene puentes, pero que no es la realidad”.

—¿Cómo fue el paso del periodismo a la ficción?
Cuando escribes textos en narrativo, periodístico, siempre estás rozando la literatura. Entonces no fue tan difícil la transición: no fue tan violenta. No fue un giro tan abrupto sino que, de alguna manera y en algún momento, yo me había acercado a esto. Fue simplemente seguir.

—¿Qué diferencia hay en el proceso de escritura?
La más importante es que eres mucho más libre. Infinitamente más libre.

“Yo quería hacer una novela y no un libro periodístico, por eso decidí no sumergirme tanto en el caso Anfruns, sino que hacer mi propio caso Anfruns”.

—¿En qué queda recalcado?
En que puedes ficcionar con todo. Mientras que en el periodismo, rigurosamente, no deberías ficcionar con nada.

—¿A qué te aproximas con una novela que con el periodismo no?
Supongo que a la libertad creativa.

—¿En el periodismo no hay libertad creativa?
Está limitado por la historia en sí. A menos que realmente te pongas a mentir. Ahora hay un género medio mixto, que usa (Emmanuel) Carrère en El adversario, que está en el límite del periodismo y la ficción. Como que toma y exige lo mejor de ambos mundos. O sea, toda la investigación del periodismo y toda la calidad del buen narrador. Yo todavía estoy muy lejos de eso.

—¿No te aventuras?
Por lo menos en este libro no. Tal vez en otros lo intentaré. En este no tuve la intención porque decidí hacerlo libremente.

—¿Qué es más difícil? ¿El periodismo o la ficción?
Yo creo que los dos pueden ser igualmente difíciles. Depende de quién lo aborde. Ahora, un mal cuento breve puede ser tan malo como una mala nota periodística breve. Sólo que el periodismo es más desechable, está hecho para ser olvidado. Mientras que la ficción está hecha para perdurar y para tener otro tiempo de maduración y de recorrido. Tiene un recorrido más largo. El periodismo está hecho para ser leído inmediatamente, al día siguiente, a lo más a la semana siguiente si es una revista y después ya simplemente queda como archivo. Pero no queda como un objeto que tenga vida propia y que se mantenga en el tiempo.

—¿A pesar de que quede como archivo?
Yo creo que como documento. Pero no sigue viviendo con la misma vibración de cuando recién fue escrito, lo que sí ocurre con la literatura. Hay libros que siguen vigentes, que siguen siendo tan poderosos como cuando fueron escritos en su momento.

—¿Cuál es tu visión sobre la cobertura que dieron los medios de comunicación al caso de Rodrigo Anfruns?
No tengo, porque, en el momento, yo era muy chico para hacer un análisis. Simplemente veía. Y hoy no fui a ver los diarios. No quise meterme en eso. De hecho la novela está construida a partir de lo que no sale en los diarios. Utilizarlos hubiese sido ruido más que nada. No me aportaba para lo que yo estaba construyendo.

—”Cuando uno escribe también lo hace de uno mismo. Es una forma de psicoanalizarse. Hay un poco de tu vida que se te va en el papel”. Palabras tuyas en el programa Mentiras Verdaderas. ¿En el periodismo también se va un poco la vida en el papel?
No, porque es mucho más funcional lo que haces. Se va dependiendo del nivel de compromiso y del tipo de nota que estás haciendo. No es lo mismo estar haciendo una gran investigación periodística donde llegas a una conclusión después de muchísimo trabajo a un reporteo habitual que no tiene mayor complejidad. No creo que haya alguien que se le vaya un poco la vida por ir a reportear una conferencia de prensa, por la entrega de premios de no sé qué cosa. Se te va un poco la vida porque pierdes energía y tiempo en algo que en verdad no es tan importante. Pero no se te va energía vital. Hay una diferencia porque, además, cuando escribes una novela o cualquier tipo de producto de ese tipo es para algo personal. Cuando haces una nota periodística para un medio no es algo personal. El medio no te pertenece. Ni siquiera te pertenece la página en la que estás escribiendo.

“SI ESTE LIBRO SIRVIERA PARA QUE REVELARAN LA VERDAD SERÍA MAGNÍFICO”

Juan Cristóbal Guarello tenía diez años cuando ocurrió el secuestro de Rodrigo Anfruns. Todos los días, para ir al colegio, pasaba por la intersección de Miguel Claro y Sucre, donde raptaron al niño. “Siempre que paso por esa esquina pienso en Anfruns”, dice.

—¿Qué valor le otorgas a ese niño en la historia de Chile?
Siento que es el fin de la infancia de toda una generación. Porque fue muy brutal y por su repercusión en los medios. Fue muy presente, muy puesto. Estuvo en todos lados. En la televisión, en las micros, en la radio, en los diarios, en las portadas, en las conversaciones. Es lo que yo trato de reflejar en la novela. De repente se empieza a transformar en una especie de fenómeno social totalizador donde no había cómo escaparse. Y para un niño ver a otro niño protagonista de esa manera es imposible no quedar traumatizado.

“Un mal cuento breve puede ser tan malo como una mala nota periodística breve. Sólo que el periodismo es más desechable, está hecho para ser olvidado”.

—Mencionaste en entrevistas que no te has reunido con familiares de Anfruns. ¿Eso se mantiene?
Sí. Lo que pasa es que hay una distancia porque al final los protagonistas son la gente mala. El niño es como una especie de ser que está ahí. Pero en el fondo no se trata de él.

—¿Esa es tu razón para no juntarte con ellos?
Sí. Además, nada que ellos me dijeran o nada de lo que les dijera iba a aportar algo. Nada de lo que yo pueda escribir en este libro es peor de lo que ellos han vivido durante treinta y cinco años. Porque no hay nada nuevo. Es más, he escuchado algunas teorías sobre la muerte y no son mejores de lo que está en el libro.

—¿Ellos no se han contactado contigo?
No. Y no creo que quieran ni creo que les interese, ni que sea bueno. Porque al final no se trata de él específicamente. Se trata de un momento de la historia de Chile y de mi visión de ese momento.

—¿Y si quisieran contactarte?
No tengo ningún problema. Yo he hablado con la hermana, una niña encantadora. Si este libro sirviera para que revelaran la verdad sería magnífico. No creo po’h, pero sería increíble que ocurriera eso. Pero no está hecho con esa intención, en absoluto.

—En la página 171 escribes: “Pero una vez más, no se habló palabra del tema. Mena sabía que Baeza sabía. Del resto de los generales pudo intuir que algo también sabían, si es que no sabían todo. Pero mientras nadie dijera nada, daba por entendido que el niño seguía moviéndose en un círculo íntimo”. ¿Sigue moviéndose ese niño?
Sí. La verdad está botada a un grupo de gente específica pero no la sabemos. Lo que queda claro es que en esto hay una pieza fallada que deslegitima toda la explicación oficial, que es que haya aparecido a cien metros de la casa, once días después. Un lugar que había sido revisado decenas de veces. Eso la deslegitima para siempre. Nunca va a ser aceptable. Nunca, porque es imposible.

—¿Qué valor le das a esa explicación?
Obvio que es un montaje. El lugar fue revisado y aparece después el niño ahí mismo. Imposible. No puede ocurrir.

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