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Entre cenizas y tinta: la investigación de Javier Osuna sobre los hornos crematorios en Colombia

Por ~ Publicado el 2 diciembre 2016

Por Laura Tatiana Rojas y Camila Aranaga Hernández. Osuna es el autor de “Me hablarás del fuego. Los hornos de la infamia”, una desgarradora investigación sobre las centenas de víctimas —casi 600— incineradas en hornos crematorios por parte de los paramilitares en ese país. Conversamos con él sobre su trabajo, las amenazas, el esquema de seguridad que lo acompaña permanentemente y la canción que compuso especialmente para recordar a los desaparecidos.

Javier Osuna es un periodista. Pero también es un ser humano que canta y escribe sobre las víctimas que han vivido, sufrido y sentido el conflicto armado colombiano. Pese a que ha sufrido atentados fallidos dice que no dejará el periodismo por miedo sino que por viejo.

Cada una de las líneas de “Me hablarás del fuego” es estremecedora y sumamente valiosa para la memoria colombiana. La mayoría de las veces se escucha el relato desde el perpetrador pero poco desde las voces que han estado ausentes. En su investigación relata la atrocidad cometida por los paramilitares en el Norte de Santander, a cargo de Jorge Iván Laverde Zapata, alias “El Iguano” —quien pronto recobrará su libertad—, quien dio la orden de construir los hornos crematorios de Juan Frío en el municipio de Villa del Rosario y en la finca Pacolandia.

Hay una palabra para hablar sobre estas víctimas. Una palabra problemática, indeseada: “desaparecidos”. Esta palabra, dice Javier, implica una profunda espera para sus familiares. “A lo largo de mi relación con sus familiares he aprendido una importante lección: en nuestro país, el uso del término implica casi una sentencia forense, de ley. El desaparecido, lamentablemente, es el muerto que aún no aparece, el que no ha sido localizado, el incómodo de la justicia”.

El desaparecido, aclara Javier, reúne algunas características: “No eligió su destino, fue suprimido por otros del paisaje de la vida. No está muerto, está ausente. Permanece vivo en la memoria de sus seres queridos. Ellos mantienen su habitación intacta, sus juguetes a salvo, sus deudas, sus anotaciones, sus cuadernos, su ropa, en fin, lo esperan. Pero lo esperan como se lo llevaron, no en un ataúd, no en una fosa común, no en cenizas”.

Según los testimonios dados por Iván Laverde a Javier, los hornos fueron creados por el rumor de que el Gaula (Grupo de Acción Unificada por la Libertad Personal) y el DAS (Departamento Administrativo de Seguridad) venían desde Bogotá para hacer allanamientos. Los hornos fueron una estrategia para que no se descubrieran las fosas de los paramilitares en Norte de Santander.

Hicieron una reunión con el grupo que residía en Villa del Rosario para saber qué harían con alrededor de 20 cuerpos que tenían. Entonces “El Diablo”, uno de los integrantes, informó que habían unas ladrilleras abandonadas que podrían ser utilizadas para quemar. La orden de Laverde fue que las organizara. Desenterraron los cuerpos y los incineraron. Eran cuatro paredes y un techo que cubrían un escabroso suceso: desaparición, cenizas y muerte.

Alrededor de 560 víctimas acabaron allí. Javier estuvo en contacto con esposas, hijos y padres. Cada vez que iba a los hornos le pedían que, si veía retazos de tela, las recogiera: eso les recordaba la ropa de sus familiares. Era un forma de realizar el duelo.

REPRESALIAS

Como consecuencia de esta investigación, Javier ha sufrido varias situaciones que han puesto en peligro su integridad. El 22 de agosto de 2014 ingresaron a su apartamento, ubicado en Bogotá, y quemaron su computador y todos los documentos que tenía o había escrito sobre los hornos.

Lo simbólico de la situación —usar el fuego como intimidación— le daba voz a sus autores. Fue un llamado al silencio. Osuna debió comenzar su libro tan solo con la información que reposaba en una USB que él daba como perdida. “Ahí se encontraban los insumos del penúltimo viaje a Norte de Santander, también muchas de las transcripciones que acompañan estas páginas, de las fotos que lo ilustran”, nos cuenta.

Tras este atentado, el 3 de septiembre de 2014 Javier escribió una carta que hizo pública a través Reporteros sin Fronteras, en la que explicaba su situación, pedía al Estado colombiano proteger a sus fuentes y hacía un llamado al reconocimiento del papel de los periodistas.

“Invito a la sociedad en general a valorar este oficio que, como yo, cientos de periodistas regionales realizan poniendo en riesgo su vida en contextos de violencia. No dejaré de hacer mi trabajo, como miles de personas en nuestro país, que soportan diariamente el flagelo de la violencia. Me siento profundamente orgulloso del camino que he trazado con mis manos, acompañado por la valentía de cientos de víctimas que siguen luchando por sus derechos en medio del conflicto”, escribió.

Tras la publicación de la carta una rápida reacción de la Unidad Nacional de Protección colombiana. Si normalmente tardan tres meses en fijar el esquema de seguridad para alguien que recibe amenazas, esta vez lo fijaron en tan solo uno.

El esquema de Javier empezó con un carro particular y un hombre de seguridad que lo acompaña hasta el día de hoy, aunque esto se ha ido reforzando. Uno de sus hombres de seguridad tuvo que ser cambiado luego de que Javier descubriera que tenía nexos con uno de los paramilitares de quien habla en su libro. Según él, esto es una muestra clara de la incapacidad que tiene el Estado para proteger a sus ciudadanos.

Jorge Iván Laverde Zapata está próximo a salir libre. Va a cumplir su pena con tan solo ocho años de privación de la libertad, puesto que se acogió al proceso de desmovilización de los paramilitares realizado en el Gobierno del expresidente Uribe. Esto permitió rebajar la pena principal de cuarenta años a ocho años.

Javier, por su parte, no se detiene. Prepara su siguiente libro, que extenderá la investigación de los hornos y permitirá conocer más de este macabro suceso de la historia de Colombia que aún no ha sido resuelto.

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