Opinión

Cuando los niños lloran frente a la cámara

Por ~ Publicado el 16 abril 2014

No se trata de una excesiva moralidad, o de tirar la primera piedra, pero desde el punto de vista de la audiencia debemos exigir a nuestros comunicadores que nos informen y no que generen llanto en pantalla. Y menos con niños, ya que la situación es de por sí sensacionalista.

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Pantallazo: TVN

Si alguien cree que para el terremoto del 2010 la figura de Víctor Díaz, mal conocido como “El Zafrada”, fue un símbolo de la tragedia, eso es no haber entendido nada. Los niños deben ser tratados con extremo cuidado por los medios de comunicación, y más aún si se encuentran en una situación traumática, ya que, a diferencia de los adultos, quienes sí tienen la capacidad de disociar racionalmente lo ocurrido, los menores son pura emotividad.

Y es lo mismo que intenta hacer Claudio Fariña al centrar su nota “Los niños de la tragedia porteña” en Kiara, una niña que perdió todo en el incendio de Valparaíso, y que sorprende al periodista por “su personalidad” y “resiliencia”.

Pero, ¿de qué resiliencia habla si recién hace cuatro días sucedió la catástrofe? ¿Acaso cree que por hablar sin llorar la menor está menos traumatizada?  Esto sin profundizar en la extraña secuencia en la que el reportero le entrega diez mil pesos para que compre uno de los tantos juguetes que perdió calcinados; o cuando incita al llanto a otra pequeña que está en un albergue, entre otras dinámicas.

En cualquier cobertura normal, se requiere del consentimiento de los padres para que niños y niñas se enfrenten a cámaras y micrófonos, además de la disposición del menor para acceder a conversar con el periodista.

Más allá de la indignación en Twitter, que siempre me ha parecido un foro de opiniones poco representativo, lo realmente indignante es la falta de tino al tratar con menores de edad. Si ya es difícil para un adulto enfrentarse a este tipo de situaciones, y a su vez, a los medios de comunicación, para los niños es peor.

Acá, el concepto de “victimización secundaria” se hace presente más que nunca, ya que en este caso no hay una distancia temporal prudente del hecho ocurrido, y menos un tratamiento psicológico que le entregue a Kiara —y a tantos otros pequeños— las herramientas para enfrentar lo acontecido. Además, no hay que olvidar que los síntomas de estrés postraumático pueden aparecer mucho tiempo después de ocurrida la situación estresora.

No se trata de una excesiva moralidad, o de tirar la primera piedra, pero desde el punto de vista de la audiencia debemos exigir a nuestros comunicadores que nos informen y no que generen llanto en pantalla, ya que la situación es de por sí sensacionalista. La naturaleza inherente de un incendio como este, que arrasó con miles de casas y dejó un poco más de 11 mil damnificados, sin contar los que murieron en él, es lo suficientemente morbosa y genera múltiples sensaciones que no requieren de más “ayuda” periodística para poder empatizar con el dolor de sus víctimas. Y más aún si éstas son niños, que de por sí son más vulnerables.

En cualquier cobertura normal, se requiere del consentimiento de los padres para que niños y niñas se enfrenten a cámaras y micrófonos, además de la disposición del menor para acceder a conversar con el periodista. Entonces, ¿por qué en una crisis olvidamos esto? Más allá de culpar al reportero, que puede prescindir de razonamiento ético o derechamente no importarle, detrás suyo hay editores que permiten que reportajes así se emitan. Y a diferencia de un despacho en vivo, donde no hay mucho control por parte del entrevistador, en una nota preparada con anticipación, sí es posible —y es más, es un deber— editar aquello que pase a llevar el honor y honra de las fuentes, así como evitar exacerbar el morbo por el sólo hecho de creer que así la audiencia se conmoverá.

Una comunicación así no sólo es burda, sino injusta.

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