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La mano invisible

Por ~ Publicado el 30 octubre 2008

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Los economistas dicen que “La Riqueza de las Naciones”, el seminal libro del escocés Adam Smith que dio el puntapié inicial al capitalismo allá por 1776, es el texto más citado y al mismo tiempo menos leído del mundo.

Este libro “Sobre La Riqueza de las Naciones” (las cursivas son mías), viene a suplir este problema que proponen las ochocientas y tantas páginas del libro de Smith: que es un mamotreto que nadie lee. P. J. O’Rourke, periodista, columnista, analista, derechista y acaso el mejor escritor satírico de Estados Unidos emprendió la aventura de leer “La Riqueza…” de cabo a rabo y de verter esa experiencia en “Sobre La Riqueza…”.

El libro fue publicado el año pasado y tuvo, tal vez sin quererlo, algo de profético. La crisis financiera mundial que nos tiene con el alma en un hilo y las manos firmes en nuestros traserillos, es un momento perfecto para recordar a quien se conoce como el padre del capitalismo.

El genio de Smith, dice O’Rourke, fue establecer que la economía era una disciplina que podía ser científica, “distinta de la desordenada melcocha… que encontramos en la economía actual” (la cita es de O’Rourke). Sin embargo, Smith, un barrigudo profesor universitario, de existencia apacible, buenos amigos, soltero y de pocos amores, no quiso establecer una ideología que explicara el mundo, sino más bien apenas una descripción de lo que veía. Smith, me entero aquí, era un tipo práctico, que sacó a la economía de la esfera de la filosofía (o la teología) y la puso en el mundo de los hechos. Para Smith, la riqueza de las naciones se explicaba de dos maneras: interés propio y división del trabajo. Un individuo, dice O’Rourke que Smith dice, “está, en todos los tiempos, necesitado de cooperación y asistencia de grandes multitudes, mientras que la totalidad de su vida a duras penas le alcanza para ganar la amistad de unas pocas personas… No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de la que esperamos provenga nuestra comida, sino del cuidado por su propio interés”. Pero esto no significaba, para Smith, que el mundo fuera un lugar plagado de codiciosas ratas almizcleras. Aquí está la cuchara de O’Rourke: “Debemos tratar a los otros con el respeto debido a iguales no porque estemos inspirados en principios o llenos de fraternal afecto, sino porque somos inútiles y patéticos”.

Smith no lo sabía todo. O’Rourke da cuenta de sus fracasados intentos de definir qué es “precio”. Llegó a identificar componentes (estaría determinado por el trabajo, por el retorno sobre el capital, y por la renta de la tierra). Pero como bien sabemos en estos días, el precio es simplemente lo que uno está dispuesto a pagar por algo.

“La Riqueza de las Naciones” fue aceptada como el canon de la administración capitalista nada menos que por el país que nació junto con la primera edición: los Estados Unidos de América. La interpretación de sus páginas (tal vez por quedarse solo con las citas, y no leer) hizo posible en alguna medida la reacción de otro intelectual: Carlos Marx, con otro manjar para axilas ilustradas: “El Capital”. Y así nos vamos hasta hoy, cuando la banca de inversión –nada menos que en Wall Street– está virtualmente intervenida por ¡Washington! Son tiempos raros para un libro raro. En algún momento, sospecho, perdimos algo al abandonar el poético termino “riqueza de las naciones” y usar esa bazofia que es “producto interno bruto” (más encima “bruto”).


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