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Fanatismo y muerte

Por ~ Publicado el 30 octubre 2008

Por Miguel Bardesio

El sábado, un dirigente del Atlético Fernandino murió tras la victoria de su equipo. No es el primer uruguayo con ataque cardiovascular en la cancha. La pasión por sí sola no es riesgo, pero puede ser la gota que rebasa el vaso.

En un partido vibrante, bajo lluvia y frío intenso, Atlético Fernandino le ganó el sábado pasado a San Carlos y consiguió así el pasaje a las finales de la Copa El País. Histórico. La alegría desbordó a la parcialidad del club de Maldonado y en especial a Héctor Audifred, de 62 años, dirigente de la institución. El hombre vio el partido “tranquilo como siempre”, dicen quienes lo conocieron, pero la emoción le corría por dentro. Festejó al final del encuentro y luego en la sede. Pero al llegar a su casa, una falla cardíaca terminó con su vida. “Murió eufórico”, señala un allegado.

Audifred ha sido el último de varios casos uruguayos de muerte gatillada por la pasión del deporte. La alegría, el enojo, la frustración intensa que se vive en una cancha (o mirando por tevé) generan lo que se conoce como “estrés agudo”, uno de los disparadores de accidentes cardiovasculares (infarto, muerte súbita, derrame cerebral, etc). Audifred era un hombre con complicaciones de salud y tal vez, como se dice popularmente, no estuviese “para esos trotes”. En su entierro, la gente cantó espontáneamente el himno de Atlético, un homenaje al hombre que literalmente dejó la vida por el club.

Un mal mayoritariamente masculino, los accidentes cardiovasculares en espectadores son tema de preocupación de los cardiólogos del mundo cada vez que se disputa algún evento importante. Ahora que recién comienzan los Juegos Olímpicos de Beijing, muchos temen que ocurra lo mismo que en el Mundial de Alemania 2006. En aquel mes de competencia, el riesgo de padecer un infarto se multiplicó por tres en los hombres germanos, según una investigación de la Universidad de Munich. Y en el partido Alemania – Argentina, de cuartos de final, se registraron 60 episodios cardíacos entre los espectadores de la tribuna o por televisión.

En Uruguay, el cardiólogo y miembro de la emergencia Suat, Oscar Bazzino, asegura que es “más frecuente de lo que la gente cree” que los médicos reanimen personas en las tribunas. “Todos los que trabajamos en emergencia hemos actuado en más de un caso así”, añade.

Jorge de Paula, cardiólogo y médico de UCM, explica que lo que determina el riesgo de un accidente cardíaco o cerebrovascular son factores que anteceden a la emoción fuerte del deporte. Colesterol LDL elevado, hipertensión no controlada, diabetes, tabaquismo, obesidad o sedentarismo son los componentes que predisponen a cualquiera al infarto. La emoción, entonces, “es la gota que derrama el vaso”, según De Paula.

Los uruguayos tienen el vaso lleno. Según una encuesta del MSP de 2007, apenas el 1,3% de la población mantiene hábitos alimenticios y de actividad física saludables. El resto come mal, es sedentario, fuma o es gordo. La enfermedad cardiovascular consiste en la obstrucción gradual de las arterias y en la mitad de los casos, según Bazzino, tiene un desarrollo silencioso, sin síntomas hasta que irrumpe bruscamente en un infarto o en una hemiplejía, por ejemplo.

Las canchas nacionales, entonces, están llenas de “bombas” a punto de estallar a la primer calentura o gol increíble. Pero más allá del riesgo de los antecedentes, esto lleva a la pregunta: ¿cómo puede un evento deportivo despertar tales pasiones? Según los especialistas, el básquetbol es más estresante que el fútbol, aunque en Uruguay el segundo tiene muchos más adeptos.

FANÁTICOS. La historia de Bertil Estraconi, un hincha de Progreso y Aguada de 60 años, puede dar algunas respuestas. Miraba hace un par de años un partido de los “gauchos” y al gritar un gol lo hizo con tanta emoción que cayó desmayado. Lo llevaron al médico y desde entonces, Tiene prohibido ver fútbol. “No puedo tener emociones. Basquetbol tampoco, me tengo que olvidar del deporte”, se lamenta.

Bertil ha sido intervenido tantas veces del corazón y las arterias que ni recuerda sus entradas al quirófano. Sí asocia la patología a su personalidad: “Soy emocionado por todas las cosas, generalmente en el fútbol actúo también como soy: un calentón bárbaro”. Pese a la prohibición médica, encontró que puede soportar un partido de Aguada por televisión, siempre y cuando lo mire sin volumen. De lo contrario, “me pongo mal, es imposible”.

Pepe Larriera, un fanático de Peñarol, también se ha llevado varios sustos en la tribuna. En dos clásicos, cuando Sebastián Abreu hacía de las suyas en Nacional, Larriera se descompensó al punto de perder el conocimiento en la cancha. Le venían taquicardias y ahora está medicado y antes de cada partido difícil, se toma un tranquilizante y lo lleva mejor. “Siempre digo, medio en broma, que Abreu me dejó así, medicado”, comenta Larriera.

Para muchos, resulta inexplicable que el deporte sea capaz de generar tales emociones. Después de todo, no es más que un juego. El psicólogo del deporte Jesús Chalela, da algunas claves: “Para el hincha involucrado, un partido no es sólo un partido. Implica mecanismos de identificación, a menudo inconscientes, donde se depositan esperanzas y frustraciones que le son propias. ¿Quién en el Uruguay no jugó al fútbol y no se imaginó siendo un profesional? Bueno, para este espectador es como si él mismo estuviera en la cancha, hay mucho en juego”.

Claro que depende de la personalidad del hincha. El cardiólogo Jorge de Paula cita investigaciones que han determinado el riesgo de accidente cardiovascular de acuerdo a varios tipos de personalidad (ver nota aparte). Y el cardiólogo y deportólogo argentino Norberto Debbag relata lo que ocurre en el cuerpo del hincha: “En el espectador se dispara un mecanismo fisiológico y normal de respuesta ante situaciones emotivas, es lo que se llama estrés agudo. Se segrega la hormona adrenalina que produce aceleración del pulso (taquicardia), aumento de la presión arterial y mayor consumo de oxígeno de parte del corazón. Es como una prueba de esfuerzo”.

El problema es que muchos no pueden superar la “prueba”, una arteria se tapa e infartan. Oscar Bazzino termina el razonamiento: “Nadie sano o con una afección cardíaca, pero medicado, bien controlado, hace un infarto en una cancha, es muy raro”.

Entonces sólo el fanatismo no alcanzaría para poner en riesgo la vida del espectador. Pero hasta por ahí nomás. Un fanático es aquel hincha recurrente que a veces tiene respuestas irracionales de ira y violencia y lo justifica más o menos así: “vengo a la cancha a descargar tensiones de la vida diaria”. “Entonces -continúa el psicólogo Chalela- puede ser una persona que ya viene tensionada y en el evento responde con más tensión”.

Aquí entra en juego el llamado “estrés crónico”. A diferencia de su primo el “agudo”, éste incide de forma prolongada en el tiempo debido a condiciones familiares o de trabajo y propician la recurrencia a hábitos no saludables, como adicciones o dietas inadecuadas. Tensión “crónica” más “aguda” del mismo partido, dan como resultado que corra el tabaco, el alcohol y otras drogas en las tribunas.

“Esta mezcla de emociones y consumo de drogas puede ser muy explosiva”, concluye Bazzino. De Paula coincide pero cree que el humano es un ser “resistente”. Él ha trabajado como médico de emergencias durante 10 años en el Estadio Centenario. “En ese tiempo, he asistido a personas con eventos cardiovasculares. Pero si uno analiza los miles de espectadores que concurren y el inmenso porcentaje de ellos que están cargados de factores de riesgo, y la emotividad de cada jugada, uno concluye que los accidentes cardiovasculares mayores son relativamente poco frecuentes. ¿Por qué? Porque el ser humano es una criatura muy resistente. Seguramente, muchos presentan picos hipertensivos o arritmias transitorias en el estadio, pero ni se enteran. Es una prueba más de que para explicar estos fenómenos no alcanza con el estrés agudo, ni con tener los factores de riesgo. Entre una cosa y otra, existe una probabilidad y una incertidumbre que aún la medicina no ha descubierto y es: ¿a quién le tocará y a quién no?”.

¿MENOS PASIÓN? Mario Saralegui, ex jugador y ahora técnico de Peñarol, sufrió un infarto durante un partido. Ahora, el entrenador “está controlado. Hace una dieta estricta y entrenamiento aeróbico de baja intensidad”, asegura el médico de Peñarol, Alfredo Rienzi. “Él siempre fue un excelente atleta, por lo que no le cuesta demasiado. También tiene una personalidad un poco emocional y eso es difícil de evaluar. No es el caso de Saralegui, pero cuando la persona es muy emotiva, estaría bien que recurriera a un tranquilizante de manera de bajar un poco las revoluciones”, añade el deportólogo.

Para Rienzi, el deporte uruguayo debería vivirse con “menos voltaje”. “En definitiva, es un partido de fútbol, de basquetbol y hay que tomarlo como tal. Por ahí no pasa ni la vida, ni la muerte”. El cardiólogo Bazzini, gran hincha de fútbol, coincide pero reconoce que es muy difícil decirle a la gente que “se tranquilice” y vibre menos con su equipo. Sería ir en contra de la tradición futbolera uruguaya, aunque Bazzini se pregunta medio en broma: “Para lo poco que ha ganado el deporte uruguayo en los últimos años, ¿vale la pena vivirlo tan apasionadamente?”.

Hablando en serio, recomienda la prevención primaria aplicable a la población general y refiere a evitar los factores de riesgo: tabaco, sedentarismo y obesidad, principalmente. Después de todo, la enfermedad cardiovascular es la primera causa de mortalidad en el país y en el mundo.

Para aquellos con antecedentes cardiovasculares, sería bueno que evaluara con el cardiológo si exponerse o no a las emociones fuertes del deporte o de otras actividades. “Si el evento cardiovascular agudo ya pasó y está controlado con medicamentos, dieta y actividad física, no sería lógico privarle al paciente de vivencias que resultan muy placenteras”, aconseja De Paula.

El entrenador de basquetbol Víctor Hugo Berardi también sufrió un infarto en pleno partido de la selección uruguaya. Fue en 1997 y ahora mantiene su actividad dirigiendo a Atenas y “trabajando como siempre”. ¿Qué cambió en su vida luego del accidente? “No es que lo viva con más tranquilidad, pero ya hay cosas que no hago porque no puedo andar por la vida como si nada hubiera aprendido”.

Muerte súbita en la cancha

Cada tanto, el mundo del deporte se sacude ante la muerte súbita de algún atleta. Hombres y mujeres jóvenes, sanos, con dietas saludables y sin adicciones que, sin embargo, caen un día fundidos.

La explicación, según los especialistas, no corre tanto por los factores de riesgo aplicables al resto de la población (obesidad, tabaco o sedentarismo), sino por causas genéticas que predisponen al fallo cardíaco. Y, lo que es peor, no aparecen en los exámenes de rutina.

Por acá, varias organizaciones deportivas y de salud comenzaron hace pocos meses un análisis para evaluar el riesgo de los futbolistas uruguayos a la muerte súbita. La idea del estudio, según el cardiólogo de Suat, Oscar Bazzino, es realizar un screening con todos los jugadores profesionales para detectar si alguno está en peligro de morir en la cancha.

Varias mutaciones genéticas pueden tener incidencia para que se produzca un fallo cardíaco fatal. El estrés puede ser también un factor desencadenante en estos casos, pero no la causa principal. Del análisis participa la Asociación Uruguay de Fútbol, Tenfield, Suat, el MSP y la Comisión de Salud Cardiovascular.

Sexo: mitos y realidades

Si bien hay muchos mitos respecto a las cardiopatías y la sexualidad, también es verdad que las advertencias tienen cierto asidero. La escena en cual un hombre mayor muere de un infarto en medio del acto sexual, muchas veces caricaturizada, puede explicarse en factores que abarcan más que el esfuerzo físico o la emoción fuerte.

“El gran porcentaje de muertes en el acto sexual es con las amantes, no con las parejas estables. ¿Por qué? Se suma la transgresión, la ansiedad de cumplir con una mujer nueva, el descubrimiento, el desgaste emocional del encuentro clandestino, más la exigencia de querer rendir y mostrar. Ese puzzle de situaciones a veces detona en un problema cardíaco”, reconoce la sexóloga Carolina Villalba.

Un estudio publicado en el portal médico Intramed afirma que mientras la frecuencia cardíaca y la presión arterial aumentan moderadamente en los momentos picos de la actividad sexual, los valores se elevan en personas con enfermedades coronarias.

Con todo, si una persona puede realizar una prueba de esfuerzo de 6 Mets (esfuerzo moderado), está apta para la actividad sexual.

Las cifras

3 Veces más infartos ocurrieron en Alemania en el mundial de 2006 comparado con cualquier otro mes.

99% Porcentaje de urugua-yos que tienen algún riesgo de enfermedad cardiovascular por sus hábitos.

34% De los uruguayos tiene la presión arterial elevada, uno de los factores que los pone en peligro de infarto.

Personalidades que prenden una luz roja

Algunas personalidades son más propensas a sufrir trastornos cardiovasculares. Científicos alrededor del mundo han logrado determinar las más características, entre las que se cuenta un patrón de conducta denominado de “tipo A”, explica el cardiólogo Jorge de Paula.

Quienes se agrupan bajo este formato de personalidad, suelen ser impacientes, veloces e irritables. Llevan adelante un estilo dominante y autoritario, con un pensamiento rígido que les dificulta conocer y expresar sus emociones. Su actitud generalmente aparece como hostil, dura y competitiva. Mantienen una gran implicancia en el trabajo, con la tendencia a la actividad permanente y consideran al descanso y al ocio como pérdidas de tiempo. Asimismo, se preocupan en gran medida por el rendimiento y los resultados finales, más que por el disfrute de la actividad mientras se realiza. A raíz de todo esto, tienen pocos intereses y relaciones personales al margen del trabajo.

La enumeración de estos factores data de buen tiempo. Ya en 1957 los cardiólogos Meyer Friedman y Ray Rosenman notaron que las personas con esa disposición emocional son más vulnerables a los problemas cardíacos, apunta de Paula.

Otra personalidad de riesgo es la llamada de “tipo D”, caracterizada por la afectividad negativa y la inhibición social, descrita por el investigador belga Johan Denollet.


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