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El Bombardero Reina

Por ~ Publicado el 2 octubre 2008

Por Alfredo Sepúlveda para revista Sábado

Si el tenista Fernando González es un bombardero, como lo bautizó algún periodista deportivo, es uno moderno, lleno de sistemas computacionales, y no uno antiguo, en el que las bombas salían del avión atraídas solo por la fuerza de gravedad, con la consiguiente duda de si iban a dar en el blanco o no. Si vamos a confiar sólo en la fuerza de gravedad, mejor vámonos a jugar paletas a la playa. Fernando González ha logrado ser de los mejores exponentes del mundo[2] en un deporte que trata de controlar una quimera: el futuro. No es solo viento, azar o gravedad lo que hace que la pelota llegue adonde tiene que llegar. Hay más que eso en juego. Lamentablemente, pese a todos los avances en las comunicaciones, la televisión apenas es capaz de mostrar un pálido reflejo de lo que se requiere para lograr esta proeza, y hace que todo se vea más fácil o más lento. En una cancha de tenis Fernando González es quien es porque cada una de sus “bombas” es, más que un gordo pedazo de metal, pólvora y clavos que cae, un proyectil teledirigido.

Pero esto, con más o menos destreza, con más o menos talento, con más o menos capacidad de maravillarnos, lo hacen todos los tenistas profesionales. La práctica de los deportes de alta competencia es endiabladamente difícil, y quizás por eso la seguimos con tanta pasión: es el reflejo neurótico de una sociedad que no perdona fallas. Por algo es un asunto occidental. Sociedades espirituales como el budismo tibetano no producen deportistas. No les interesa.

Pero una cosa es admirar y otra ungir. Lo que nos lleva a un terreno pantanoso. Fernando González es un tipo para admirar, y maravillarse, y aplaudir, que viene de un país que lo que quiere, al final del día, es tener héroes. Héroes que nos salven. No sé de qué. ¿De nosotros mismos?

 

 

El 21 de agosto de 2004, en los juegos olímpicos de Atenas, en horas sucesivas, Fernando González ganó la medalla de bronce en singles y la medalla de oro en dobles (con Nicolás Massú[4]). Pero el día antes había perdido la oportunidad de disputar la medalla de oro contra su compadre, y le había dolido, y había maldecido, y se había sacado la cresta, y no lo había logrado y fue ese el momento cuando yo, chileno como González, más lo admiré. Las medallas, claro, fueron una suerte de liberación, de explosión, de gozo que emergía. Pero esa derrota del 20 de agosto fue, diablos, el combate naval de Iquique.

El maratonista Manuel Plaza corrió en los juegos olímpicos de Amsterdam en 1928 y ganó medalla de plata. Eran otros tiempos con respecto a ahora[5], y algo había cambiado respecto al propio 1928 también: por primera vez un civil que participaba en una competencia entre países se transformaba en héroe nacional. Arturo Prat, un marino que se había ganado el calificativo de héroe en una acción de batalla –perdida, por cierto–, tenía ahora competencia. Plaza es de los primeros en una larga lista de íconos deportivos chilenos, héroes que tienen el común denominador de triunfar (o “triunfar moralmente”[6]) a pesar de grandes adversidades, la primera de ellas la propia condición de ser chilenos, es decir, pobres, marginados, tercermundistas hormigas al lado de los elefantes, si se los compara con quienes suelen ocupar los primeros lugares de las competencias internacionales. Hay en esta fábula del pobre que lo consigue, y que lo consigue en grande, tal vez la fantasía de que eso se replicará en nuestras vidas.

Pero las masas solo vemos la punta del iceberg. Las historias reales de los héroes deportivos como Fernando González, con triunfos morales o reales, no son mágicas. La disciplina, el valor, la persistencia, las largas horas de soledad, el sacrificio, la obsesión, la ausencia de una vida normal, la carga financiera que soportan las familias, no forman parte del relato del héroe deportivo chileno. El héroe, simplemente, lo consiguió. Si hizo un sahumerio o se sacó la mugre para lograrlo, nos da exactamente lo mismo.

 

Siempre me ha llamado la atención la devoción masiva por el tenis, deporte que de popular tiene bien poco, partiendo porque uno necesita implementos, canchas especiales, y también porque a nivel profesional se desenvuelve en una soledad pavorosa[8]. La mejor descripción que conozco sobre el espíritu del juego es de David Foster Wallace, un escritor y periodista estadounidense que jugó tenis a nivel juvenil[9]. No se trata solo de pegarle a una pelota, se trata de pegarle, de dominar la técnica para dirigirla, y de anticipar dónde no va a estar el oponente para hacerla caer en ese lugar; hay que tener dos pares de ojos: uno para ver la pelota y otro para ver la cancha. Todo esto cruzado, además de la reacción del rival, con fórmulas matemáticas complejas, que implican ecuaciones parábolicas, funciones, balística, anatomía, la manera en que se toma la raqueta; y estas fórmulas el jugador de tenis las resuelve de manera inconciente, gracias a haber repetido los movimientos y los golpes millones de veces. Pongan a una computadora a hacer estos cálculos –dice Foster Wallace–, y saldrá humo de ella. Las “bombas” de Fernando González no son simples casualidades, sino el fruto de un talento, tal vez de un arte.

Así y todo, para que los tenistas rompan la red que los contiene dentro del mundo de los fanáticos de la disciplina, y pasen a ser un asunto nacional, deben cruzar el umbral de las raquetas e instalarse en el sociológico y pantanoso terreno del heroísmo deportivo chileno. Es decir, deben mostrar la cabeza cortada y sangrante del obstáculo que vencieron o, triunfos morales mediante, casi derrotaron (opción que deja fuera la cabeza sangrante). En el caso del tenis, ese obstáculo es algo así como la indiferencia del mundo frente a un país que poco y nada tiene que ofrecer. ¿Ah sí? ¿Nada tiene que ofrecer? Ahí tienen: dos medallas olímpicas de oro y una de bronce, un par de campeonatos del mundo en Düsseldorf, participaciones más que honorables en la copa Davis, triunfos varios en torneos ATP. Aquí ehtamoh nosotroh, poh. Loh chilenoh, poh.

Claro que el tenis carece de la épica y las metáforas guerreras que el fútbol, deporte masivo número uno, derrocha. Y por lo tanto, la construcción del héroe tenístico es un poquito más sofisticada, y por lo tanto más difícil de vender. Porque el tenis es algo autista,[10] es imposible establecer metáforas guerreras. Los conflictos futbolísticos son un asunto de ellos contra nosotros. Pero en el tenis es él contra otro. Más que imaginarse ejércitos, el tenis me da la idea de diplomáticos que, sin tocarse, y con toda caballerosidad, intentan propinar las derrotas más desastrosas al enemigo[11].

 

 

Sano como comercial de palta, los prodigios que Fernando González hace en la cancha no tienen el lado oscuro y desgarrado de otros deportistas y de otras disciplinas, como el boxeo. Es muy decidor el hecho de que González sea el “bueno”, el abanderado de los juegos olímpicos, mientras que Marcelo Ríos fue siempre el que no estuvo “ni ahí”, aún cuando fue número uno del mundo[12]. Ríos tenía en sí la furia discotequera y descomprometida de los años noventa, década de transiciones y pactos, componendas y negociaciones de las que los jóvenes como él ni se enteraban porque eran demasiado complejas, aburridas o descaradas. Con Ríos realmente costaba enganchar. Ríos era Ríos, un planeta en sí mismo que daba la casualidad se situaba en nuestro firmamento. González es, en cambio, parte de este lugar, tiene una sonrisa que cuesta borrarle, es caballero, “buen cabro”, malo para las discotecas, ausente de la farándula. Sus zonas oscuras o no las conocemos o las ha tolerado bien (como la sequía de dos años sin ganar campeonatos que vivió a partir de octubre de 2005). Y está Nicolás Massú, medalla de oro en Atenas, amigo de González, y que no le disputa el sitial hoy porque bueno, los resultados no lo han acompañado.[13] A lo largo de esta década las preferencias del público se han inclinado como péndulo por uno u otro jugadir, y hay en Massú una metáfora del héroe caído que todos, Fernando González incluido, queremos que algún día se levante, lo que deja de nuevo a González como el correcto caballero.

Eso es bueno para él, pero probablemente, al final del largo día, malo para nosotros. No estoy seguro de que existan los héroes “normales”; sólo los trágicos.

 

 

En los últimos años González ha mejorado su tenis porque, entrenador Larry Stefanski mediante, ha mejorado su mente. Desde enero de 2002 que se ha mantenido entre los cien mejores jugadores del planeta, pero había algo que durante dos años le impidió avanzar más. Suena a cliché decir esto, pero en un deportista de alta competencia, la mente es tan importante como el brazo. Es decir, la mente es otro brazo. Foster Wallace cuenta que cuando era jugador juvenil no era tan bueno, pero lograba concentrarse de manera de no fallar en los golpes. Su estrategia era que por cansancio, rabia o inmadurez, el rival fallara; que la mente, no sus talentos, lo traicionaran. A nivel profesional esto es prácticamente imposible, pero es ese milisegundo en que la mente se pone a pavear lo que hace que Federer, Nadal, Djokovic, Nalbandian, Roddick o González pierdan. Es ese momento en que la conciencia deja de trabajar para las fórmulas y se pone a laborar para las pasiones, cuando los grandes caen.

Pero si González no es un héroe trágico, y por lo tanto la definición misma de héroe es complicada… ¿qué es? Noticia de última hora. He ido a prepararme un café y le he contado a una amiga que estoy escribiendo un ensayo sobre Fernando González. “¡Ah!”, me dice ella, sin que tenga que preguntarle nada. “Lo más rico que tenemos”, dispara. Y pienso: tal vez Fernando González es un nuevo tipo de héroe deportivo para Chile, y al mismo tiempo un viejo tipo: el héroe exitoso, simpático, educado y sonriente, que en medio de la gesta le guiña el ojo a las chicas. No es poco, en realidad. Acaso es el símbolo de una normalidad por la que hemos tenido que luchar tan intensa y devotamente como un tenista profesional de la categoría del bombardero.

 

 

 



[1] Un bombardero que vive en la comuna de La Reina, de ahí el título mediático completo: “El bombardero de La Reina”, aunque en su sitio web me entero también de que Fernando Francisco González Ciuffardi en el circuito profesional es conocido como “Feña”, “Fer”, “Gonzo” y también se le llama con el algo humillante sobrenombre, afortunadamente no muy popularizado, “Speedy González”.

[2] En enero de 2007, quinto mejor; hoy el decimoquinto, según el ranking de la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP).

[3] Lo que nos lleva al apasionante tema, que no cabe en este ensayo, de cómo diablos encaja la ambición china por ganar todo en los juegos olímpicos, con la tradición confucianista de dejar atrás el interés personal.

[4] Ganador de la medalla de oro en singles que, ciertamente, da para otro ensayo como este.

[5] ¡Vaya qué otros tiempos eran! El remero australiano Henry Pearce, de acuerdo al sitio del Comité Olímpico Internacional, durante la carrera por los cuartos de final en esos juegos, se detuvo para dejar pasar a una familia de patos. Sí, de patos. Cuá cuá.

[6] Una interesante chilenidad: un triunfo moral es 1) una derrota percibida como injusta, y que dado este real o imaginario vicio, equivale a una victoria o 2) una derrota justa en la cual el deportista se esforzó de manera brutal para revertirla o 3) un segundo, tercer o cuarto lugar a nivel internacional que francamente no nos esperábamos. Muchos critican los triunfos morales. Pero no puedo desconocer que, en los confines de esta República, existen. Casi se pueden tocar.

[7] Es imposible, en todo caso, ganar medallas olímpicas o estar en el ranking ATP recurriendo a sahumerios.

[8] Es recurrente en las entrevistas a tenistas profesionales que estos señalen la vida en hoteles como la carga más pesada que tienen que soportar. El propio González se lo reconoció a Sergio Paz en las páginas de esta revista hace dos años.

[9] Y a quien le pirateo este estilo de usar referencias al pie de página.

[10] Digo esto con el debido respeto para tenistas y autistas.

[11] Es cierto: el tenis tiene su cuota de nacionalismo en la Copa Davis, oportunidad en que los países conforman equipos que se enfrentan entre sí. Pero hasta ahora no he visto una copa Davis en que se le propinen patadas al equipo contrario.

[12] Aquí dejo fuera del análisis, a grandes nombres del tenis chileno de todos los tiempos, como Lizana, Ayala, Fillol, Cornejo o Gildemeister. Si fueron héroes deportivos, lo fueron en un Chile radicalmente distinto al de hoy.

[13] 125 del mundo en el ranking ATP hoy; noveno en septiembre de 2004.


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