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Entrevistas

Recetario de investigación: Tania Tamayo cuenta las dificultades y aprendizajes de “Incendio en la Torre 5”

Por ~ Publicado el 29 diciembre 2016

La madrugada del 8 de diciembre de 2010 un incendio en la cárcel de San Miguel terminó con la vida de 81 personas. Durante dos años la periodista Tania Tamayo entrevistó a más de treinta personas, revisó documentos y tuvo conversaciones con autoridades, sobrevivientes y bomberos. Su investigación “Incendio en la Torre 5” (Ediciones B, 2016) es un descenso al mundo carcelario: el negocio de las concesiones, la precariedad de la vida —tanto de reclusos como gendarmes— y la displicencia de la justicia para encontrar culpables. En este “Recetario de investigación”, Tania nos cuenta sobre la organización del trabajo, las dificultades en el camino y cómo fue encontrar a quienes vivieron el horror. » Lee los dos primeros capítulos de “Incendio en la Torre 5”.

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La periodista Tania Tamayo y la portada de su investigación. Foto: Amaia Diez, gentileza de Ediciones B.

—¿Qué gatilló que investigaras más allá de la noticia que todos conocíamos?
Evidentemente es la tragedia carcelaria más grande de la historia de Chile. Y todas esas imágenes que vimos de dolor y horror en esas transmisiones que se hacían en directo. Entonces sentí que un relato como ese no podía pasar a la historia sólo desde el punto de vista de la tragedia sin contexto. Y eso me gatilló. Pensar lo importante que era hacer una buena investigación en todos los aspectos y dar cuenta, en términos concretos, más que de mero análisis, cómo se fueron sucediendo los hechos y cómo se implantó el manto de la desidia y la impunidad administrativa.

—¿Cómo organizaste todo: los tiempos, las entrevistas, los documentos, la escritura?
Fue muy duro, porque había mucha información que no estaba en ninguna parte. Por un lado había que generar confianza en las fuentes que pudiesen entregarla y por otro elevar un sinfín de solicitudes por Ley de Transparencia que no llegaban a tiempo o que no era lo que solicitábamos. Para hacer un investigación importante que tuviera un elemento humano, dramático y real, pero además diera cuenta del sistema penitenciario en sí. Trabajé con una ayudante de investigación, Javiera Valenzuela, con quien sistematizamos todo: recursos de amparo, fichas de clasificación de gendarmería, documentos claves, el expediente en sí. En fin.

—¿Qué fue lo más fácil?
Nada fue fácil, encontrar a sobrevivientes que pudieran y quisieran hablar, armar un solo relato con las más de treinta fuentes, hacer coincidir o comparar versiones entre bomberos y gendarmes, por darte un ejemplo: entrevistar a aquellos que por pertenecer a instituciones tenían miedo de hablar. Pero tal vez, lo menos difícil fue contactar a las autoridades de la época como el ministro Bulnes, el juez Alejandro Huberman, o los directores de Gendarmería, porque —me imagino— entendieron que era importante que entregaran su visión de lo sucedido. Y su implicancia relevante en alguno de los episodios de la tragedia.

—¿Cuáles fueron las principales dificultades?
Encontrar a quienes vivieron el horror y generar la confianza tal para que hablaran de aquello. Y luego armar un mapa conceptual que permitiera dar cuenta del “estado” de las cárceles chilenas y Gendarmería. No quería que fuera un trabajo que solo hablara del incendio, sino más bien que estableciera ese “estado” de las cosas y que funciona muchas veces de forma amateur. Tal vez otro espacio difícil de la investigación fue encontrarse con la realidad de aquellos que estuvieron tan cerca de la muerte. Todos chilenos jóvenes. Bomberos, gendarmes y reos víctimas del incendio. Estos últimos con un promedio de edad de 24 años.

—¿Hubo algún riesgo?
No, riesgo no.

—¿Qué fue lo más complejo: el reporteo o la escritura?
El reporteo siempre es duro, no termina nunca, no termina ni el último día en que estas terminando de escribir, por eso creo que es más protagónico. En la escritura uno se da lujos. Tuve varias conversaciones con mi editora para ver cómo plantear esta historia tan amplia y compleja y finalmente me acuerdo que ella me aconsejó para que lo trabajásemos como un rompecabezas, de esa manera nunca nos alejábamos del incendio y eso también permitía adentrarnos en otros temas como la historia de gendarmería, el cuoteo político, las distintas administraciones y sus características y falencias, las muchas veces en que fue evidente la negligencia en las investigaciones o los sumarios administrativos, etc. Los 42 millones que se pagaron por arreglos que no se hicieron correctamente y que fueron recibidos “conforme” por Gendarmería. En fin. La historia del incendio, sus causas y lo que vino como un mamotreto de falencias conforman la historia de un abandono. La estructura tenía que hablar de todo aquello, y es un trabajo duro, pero no como el reporteo. Si no hay reporteo la escritura por buena que sea no se sustenta.

—¿Qué es lo que más te impactó durante la investigación?
Las horribles y crudas imágenes del incendio.

—¿Qué resguardos o precauciones tomaste para investigar un tema —la muerte de 81 personas en una cárcel— que involucra tanto dolor?
Los resguardos emocionales tal vez. Pero tampoco una es muy consciente de aquello. Tal vez es un arma que subyace de manera tácita y que la entrega la costumbre.

—¿Crees que hay un límite en el uso de fuentes anónimas?
El límite es el aporte de la información. No existe un número de mínimo o máximo, si es que, por ejemplo, tienes a gran parte de los protagonistas “en on”. Los límites tienen que ver con lo que te entregue, uno sabe cuando vale o no la pena. Cuándo es una primicia lo que te está entregando, cuánto valor tiene aquello, qué tan verdad puede ser, sobre todo —además— si siempre estás cotejando la información. Todo eso se sopesa. Luego de eso lo importante es solo la protección que le debes dar.

—¿Alguna anécdota que te haya ocurrido?
Una vez caminamos con Javiera a una población para encontrarnos con un sobreviviente. El tipo nos pidió dinero o zapatillas a cambio. Estaba muy agresivo. Como no tuvo una respuesta favorable, nos echó del lugar. Después pidió disculpas, pero, más que sentir uno como periodista que es algo personal, es evidente que hablaba desde el dolor y la herida de una displicencia perenne de los actores de la sociedad y el Estado que lo debieran haber apoyado.

—¿Qué aprendiste al terminar?
Ratifiqué que en Chile algunas muertes valen más que otras y que en general los cargos de confianza de los Gobiernos nunca van a ser tocados.


¿Crees que deberíamos incorporar otras preguntas al “Recetario de investigación”? Escríbenos.

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