Opinión

Y que vengan muchos más: apuntes de un alumno en práctica en Puroperiodismo

Por ~ Publicado el 10 enero 2017

He pasado seis meses en Puroperiodismo, he reflexionado y aprendido de cada entrevista que pude realizar. A continuación, un texto en donde recorro cada una de esas cosas de las que pude nutrirme y, con la certeza de que no serán las últimas, me las llevo como principios intransables en el incierto camino de convertirme en periodista.  

Eduardo Andrade durante su entrevista con Juanita León, en noviembre de 2016. Foto: Patricio Contreras.

Eduardo Andrade durante su entrevista con Juanita León, en noviembre de 2016. Foto: Patricio Contreras.

Escribo esto mientras espero la confirmación de una entrevista con una periodista a la que he seguido por casi dos meses. He leído sus reportajes, sus columnas, las entrevistas que la hicieron y hasta los discursos que ha dado cuando ganó algún premio. Confieso también que algún momento pensé en abandonar esa historia. Mis mails nunca eran respondidos y lo mismo pasaba con las llamadas y algunos mensajes de texto que empezaban a volverse reiterados, sobre todo en semanas en las que no tenía muchas notas que realizar. Pero no se trataba de eso, pienso mientras golpeo suavemente la pantalla de mi teléfono como esperando alguna respuesta. “Convéncela de que esto es importante”, me había dicho de editor hace algunos días. “De eso se trata”.

A principios de este año, la única esperanza de conseguirme algunas prácticas residía en un grupo de Facebook llamado, valga la redundancia: Prácticas para periodistas. Sin embargo, en ese y otros grupos ya había sido testigo de desesperados mensajes de extranjeros buscando hacerse espacio en el establishment de medios chilenos. Currículos perfectos, experiencia de sobra, todo se daba de bruces contra las interminables conversaciones en los comentarios resumidas en un: no hay posibilidades para ti. Excepto la vez en la que una periodista española escribió diciendo haber tenido alguna experiencia en televisión y al menos cinco personas le pidieron que les escribiera por interno.     

Cuando me aceptaron en Puroperiodismo y, además, esperaron casi tres meses a que el Departamento de Extranjería le otorgara un permiso de trabajo a mi visa de estudiante, algo me empezó a rondar por la cabeza: ¿cómo hablar de periodismo cuando recién se está aprendiendo de él? Nada me retumbara más. Quizás, pienso ahora, sea porque los periodistas, más que en ninguna otra profesión hoy, pasamos demasiado tiempo meditando en todo eso que hacemos para que algo de verdad importe. Esto, me queda claro a estas alturas, también le preocupa a la gente que leyó de otros —a través de mí— en estos últimos seis meses. Estoy seguro.

“No sé, no entiendo”, había anotado en la primera página de mi libreta negra como una especie de cábala, más bien un principio, que lo condicionara todo antes de empezar a investigar. He pensado también, sobre todo en estos meses, cuándo es el instante en el que uno se hace periodista. Me ha ganado la duda y, echando por tierra esa objetividad ensalzada sólo en los spots periodísticos de la televisión y en algunas cátedras universitarias, se lo he preguntado reiteradas veces a los periodistas más emblemáticos que pude entrevistar en este tiempo. Como haciendo terapia con los que quizás alguna vez también padecieron mis dudas. No me culpen, por favor, cuando recién empiezas, cuando recién ensayas y, ante tus ojos, el oficio cambia a cada instante, es imprescindible saberlo. Obligatorio.

Varias de sus respuestas coincidieron en que sucede cuando haces algo que de verdad importa. De vuelta al inicio, ¿qué es lo importante? Un profesor de la universidad me había dicho que en Chile no eres periodista sino hasta que cubres un Festival de Viña y lo mismo en Estados Unidos si es que cubres una elección. ¡Cómo olvidar la última! A nadie parecía importarle otra cosa que no fueran las elecciones, incluso en Chile. Esa semana no escribí nada y me la pasé recolectado opiniones de otros periodistas que hayan estado in situ o con una visión más reflexiva de lo que había sucedido. Aprendiendo de los grandes, reconociéndome como parte de esa generación de la incertidumbre, de pocas certezas y de muchas dudas. Pero, ¿de esto no trataba el periodismo al fin y al cabo?   

Contra el tiempo, en Puroperiodismo tuve que empaparme de todo lo que se refiere al funcionamiento de la prensa en Chile que, en la forma, no era tan distinto a mi país de origen, Perú. Ayudó bastante, por ejemplo, sentarme a conversar con tres periodistas, extranjeros como yo, que trabajaban de freelance aquí, escucharles decir que detestaban leer El Mercurio o La Tercera, diarios que yo solo revisaba cuando tenía que aprobar algún curso de actualidad en la universidad y en cuyas pruebas apenas superé las expectativas.

Con el tiempo descubrí que a lo que se refería mi profesor era quizás solo la punta del iceberg. Pero en Puroperiodismo aprendí también a husmear bajo el radar, en aquellos emprendimientos que heroicamente intentaban, más que notoriedad, generar un espacio diferente. Puroperiodismo me mantuvo al día sobre el escenario periodístico chileno y, porqué no, latinoamericano. Se convirtió en mi escuela, en un lugar para reflexionar y aplicar luego en los trabajos personales que nunca dejé de realizar.

Siempre he pensado que lo poco que sé de periodismo lo he aprendido de personajes con los que me he encontrado en situaciones muy puntuales. Por estos días también leo a Fuguet en Tinta Roja y me entra una nostalgia extraña por regresar a un pasado que nunca fue el mío, que nunca viví. Por las cosas que se acaban, como las máquinas de escribir Underwood y Olivetti con las que el joven Alfonso Fernández evocaba la escena de algún crimen y con literatura contra el tiempo, o en los diarios que Julio y Tito, suplementeros chilenos de larga data, pronto dejarán de vender porque simplemente se esfumarán.  

Ahora ya no hay casi nada de eso. Lo he conversado con Patricio, mi editor. Claro, al momento de pactar una entrevista, de presentarnos ante la gente, decimos provenir de una revista, pero ¿lo somos en realidad? Mi mamá, por ejemplo, aún tiene que imprimir mis textos si pretende leerlos y mi adolescente hermana jura que solo seré periodista el día que aparezca en televisión. ¿Y qué hay con el resto de información? Con la que se va quién sabe a donde luego de soltarla en Snapchat, o la que, como es nuestro caso a veces, simplemente decidimos soltar en Twitter. Siempre bien pensada, como si ese tuit fuese el último.

“Más que una revista somos como una presencia”, me dijo Patricio. Yo imagino a Puroperiodismo como un personaje que se alimenta de lo que a nosotros nos importa y que queremos le importe a un grupo de gente. Una suerte de personaje al que, aún desde nuestra posición privilegiada, cuidamos tanto que jamás nos atrevemos a usarlo para decir algo que no hayamos reflexionado mil veces o que no hayamos corroborado del todo. Así termino este texto, casi tres días después de haberlo empezado, pero sin saber si es el correcto, si será el último o simplemente el primero para cualquiera. Los tiempos cambian en el universo digital y los intereses privilegiados cada vez dejan de serlo. Ojalá esto le importara también a otros colegas, ojalá lo entendiéramos.

De pronto, suena mi teléfono. Leo el mensaje: “¿viernes a las cuatro?”, dice.

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