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Cabeza, vísceras y el corazón de Diego Enrique Osorno

Por ~ Publicado el 29 noviembre 2016

Fueron tres días a principios de noviembre de 2016. El mexicano Diego Enrique Osorno, invitado por la Escuela de Periodismo de la UAH, dictó un taller de crónica y retratos periodísticos. Esta es la relatoría de la actividad, un texto donde convergen diálogos, palabras, interacciones y ejemplos. » Revisa nuestra entrevista con Osorno sobre sus libros “La guerra de los Zetas” y “Slim”.

Diego Enrique Osorno. Foto: Patricio Contreras

Diego Enrique Osorno. Foto: Patricio Contreras

Desde los talleristas nace una pregunta y Diego Enrique Osorno no titubea ni por un segundo. Su respuesta, rápida y segura, causa risas en la sala. Sí, nos sorprende lo auténtico, lo genuino que se muestra ante la duda de cómo encajar la crónica y el periodismo de investigación en internet, donde predomina la información breve y pasajera. Quizás todos esperábamos una reflexión protocolar, más ligada a la sociología de la comunicación o al oficio en sí. Pero la suya no lo es.

“¡Qué se jodan!”, exclama con brazos abiertos el reportero, escritor y documentalista mexicano. “No adaptaré mi historia a quien sólo quiere leer rápido. Si lo mío tiene sentido y está pensado en profundidad, me enfocaré con los espacios necesarios”.

Estamos en la tercera versión del taller de crónica periodística organizado por la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado. En esta instancia Osorno estuvo antecedido por el periodista chileno residente en Argentina Cristian Alarcón y por la periodista trasandina Josefina Licitra, lo que confirma la voluntad de los organizadores de traer a los mejores cronistas del continente.

En el taller, de tres días de duración, participan diez talleristas, todos periodistas y escritores, quienes buscan orientaciones en sus investigaciones ya en curso. Buscan aprender del sentido crítico y la experiencia de Osorno, quien en 2012 fue reconocido como uno de los Nuevos Cronistas de Indias por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y ha publicado los libros El Cártel de Sinaloa (2009), La Guerra de los Zetas (2012), Contra Estados Unidos (2014) y Slim, biografía política del mexicano más rico del mundo (2015).

Osorno es un hombre grande, alto, de pelo largo, barba y seriedad. Cuando escucha a otro su rostro expresa calma, al igual que su voz, levemente ronca. Siempre gesticula, como si sus manos también quisieran contar su experiencia en la cobertura de violencia, drogas, tortura y nexos con las esferas del poder. “La crónica es una herramienta que permite sentir, siendo la única que ayuda a explicar este tipo de historias”, expresa como casi una confesión.

“UNA VOZ PROPIA”

Por sus mezclas y extravagancia, Juan Villoro define la crónica como el “ornitorrinco de la prosa”. ¿Un mamífero venenoso que pone huevos? ¿Hocico de pato, patas de nutria y cola de castor? Me cuesta estudiar a este animal. Muchos, incluido Osorno, trabajan como verdaderos cazadores tras esta especie.

Su análisis dice que la crónica extrae el sentido dramático del cuento, la subjetividad de la novela y los datos inmodificables del reportaje. Los diálogos de la entrevista, el montaje y la polifonía del teatro y la explotación de los saberes del ensayo. De la autobiografía, ese tono memorioso y la presencia de la primera persona.

“Con todo esto, ¿de qué creen está hecha la crónica?”, pregunta Osorno al poner el animal sobre la camilla. Él mismo responde: de escenas, digresiones y diálogos. Si un elemento falla, dice, el relato cae. Teniéndolos todos, nuestro ornitorrinco se mueve libre y sin complicaciones.

No obstante, ciertas condiciones son necesarias para que pueda vivir en su hábitat. Primero está la idea. “Siempre pienso con qué iniciar, con qué iniciar, con qué iniciar”, repite para referirse a la inmersión. Cómo participamos y qué grado de compromiso tenemos con la historia es fundamental para llegar a buen puerto. Luego viene la estructura del texto, la que no debe imponerse directamente frente al lector. “Debe ser tan invisible como los huesos”, dijo John McPhee, estadounidense pionero de la escritura de no ficción.

Osorno sigue con la voz y recomienda alcanzar la más natural para el relato. Una mano se levanta y alguien pregunta si él escribe como habla comúnmente. “Es una voz propia, que es como la que tengo. Pausada, pero con lo que se debe decir. Hay periodistas que llevan todo su enojo al reportaje y se nota grotesco, porque muchas veces desvía el por qué estamos trabajando en tal historia”.

Entre tecleos y anotaciones llega el último paso: la precisión. Revisar los datos, citas y la coherencia de la historia es tan fundamental como su ritmo y los personajes que la componen. Por más que los hayamos entrevistado varias veces, por más que sepamos toda su vida.

PERIODISMO INTENCIONAL

Según Osorno, y por más que lo decidamos en una reunión de pauta, no podemos casarnos con el foco de nuestra historia. “La idea es un punto de partida que puede llevarte por distintos caminos. Hay una intención, desde un principio, que puede ir cambiando”.

Mientras los talleristas toman nota, declara que su interés por Carlos Slim parte cuando Forbes lo ubica como el hombre más rico del mundo, en el mismo país donde otros mueren de hambre y tuberculosis. Esa disparidad, esa injusticia, lo motiva a indagar en su vida, con una opinión que cambia tras conocerlo. “Era afable, la verdad es que me cayó bien. La crónica permite exponer esas contradicciones y así transmitir los problemas de cualquier ciudadano a la realidad”.

¿Es posible que un millonario como Slim sea una buena persona?, se pregunta.

Al igual que Ryszard Kapuscinski, Osorno cree en el periodismo intencional, ese que fija un objetivo para provocar un cambio. “Como periodistas debemos asumir que tenemos una visión de mundo, lo que no tiene por qué ser un problema. Para ello, debemos ocupar nuestros principios, valores y responsabilidades”. Luego, ahonda en la necesidad de contar historias. “El periodismo que me gusta y encuentro necesario hacer en un país como el mío es el narrativo, porque le hablo a la sociedad y no al poder”.

Muchos asentimos con la cabeza. Lanza una pregunta. “¿Quién de aquí cree que el periodismo debe ser objetivo?”, dice. Y nadie levanta la mano. “No es sólo lo que vamos a cubrir, sino dónde te pones para contarlo”.

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WALLRAFF Y LA CURIOSIDAD AL MÁXIMO

La primera demanda que Diego Osorno enfrentó en su carrera periodística fue por cohecho. Desde municipales hasta federales, en México existen distintos tipos de cuerpos policiacos. En medio de una investigación sobre un nuevo organismo que “reciclaba” a los peores funcionarios, Osorno se personificó en uno de ellos.

Es lo que llama “Periodismo Wallraff”, en alusión al reportero alemán que cultivó las identidades ficticias para investigar asuntos que no pueden abordarse de otra forma.

“Soy mi propio asesor artístico, actor, y director. Y luego soy el cronista. Mientras más tiempo estoy en mi papel, me siento más afectado y me crece una segunda identidad”, era una de las frases del alemán.

Osorno hizo un ejercicio y  mientras estaba en una plaza, con una una cerveza abierta, fue “sorprendido” por la inminente llegada policial. Tras llevarlo a la patrulla correspondiente, le solicitaron dinero para arreglar todo. Así fue que publicó “Policía nueva, viejos vicios”, donde aparecen imágenes del pago. Dos fotógrafos siguieron al periodista en todo su recorrido y capturaron los momentos por los que después se le acusó de sobornar a la autoridad.

¿Sentiste adrenalina, Diego?, pregunta una de las talleristas. “Más bien lo vi como una curiosidad, la que llevé al máximo”, dice sonriendo.

PERIODISMO INFRARREALISTA

En nuestras manos hay textos de David Foster Wallace, Carlos Monsiváis, Stieg Larsson, Janet Malcom. Leemos algunos, los debatimos. El mexicano se refiere a ellos como cuando un músico habla de sus bandas favoritas. Bandas que nos terminan gustando a todos. Sin embargo, hay un autor que escapa del periodismo pero que lo declara como su favorito. Tanto así, que menciona otro tipo de periodismo: el infrarrealista. Sí, Roberto Bolaño.

“El periodismo infrarrealista es un juego. Un juego de vida o muerte, que busca cambiar la narrativa de buenos contra malos”, se lee en una proyección en la pizarra. ¿Y cómo se logra? “Problematizando la situación”, responde inspirado.

Vuelve a la policía de su país. “En sí misma es una fuerza criminal. A veces están coludidos y, en la mayoría de los casos, omiten situaciones. No son una fuente confiable y hacer periodismo policiaco se vuelve sesgado y peligroso. Los expedientes son una ficción”.

Ante la pregunta de qué consecuencias emocionales le trae hacer ese tipo de historias, Osorno parte de la premisa de que en México existe un periodismo de víctimas. Como si las cifras compitieran, generan una especie de indolencia en la sociedad. “Debía existir un periodismo de los victimarios, así se entiende mejor lo que sucede”.

Muchas veces le duele lo que investiga, pero controlar esas sensaciones es la meta para obtener la información. “Aunque las repercusiones van quedando”.

Cuando cubre estos temas, lee poesía.

IGNORANTES Y HUMILDES

Diego Osorno aclara que si un día se levanta a las seis de la mañana, trabaja sin parar hasta el mediodía. “Luego disfruto con mi familia, voy al cine o veo series”. Cuando termina un texto, se somete al ejercicio de olvidarlo por dos días. Algo que llama “la hoguera”: imaginar que perdiste el manuscrito y comenzar a escribirlo con lo medular.

Parece que va demasiado rápido. Se le pregunta la mejor manera de empezar la pieza periodística. “Nunca con una cita textual, y si quieren hacerlo que sea de una línea. Tú eres el narrador, controlas todo. El lector quiere leerte a ti, a tu voz”. A su vez, propone no usar la mejor escena al principio “para lograr mayor tensión en otros tramos de la historia”.

Los presentes estamos convencidos. Gran parte de sus comentarios nos inspiran. Y Osorno debe saberlo, porque cambia de giro. “Para ser periodista uno debe ser buena persona”. Varios nos miramos. “Sí, de verdad. Alguien empático, con sensibilidad”, ríe como quien espera que no le crean. Pero sí, le creo.

“Un periodista es, ante todo, un ignorante. Por eso vamos donde quienes saben e investigamos. Con esa ignorancia debemos ser humildes para estar dispuestos a sorprendernos. La historia puede estar donde menos esperemos”.

El grupo de talleristas junto a Diego Enrique Osorno. Foto: Patricia Rivera

El grupo de talleristas junto a Diego Enrique Osorno. Foto: Patricia Rivera

“Y TÚ, ¿CON QUÉ TRABAJAS?”

Osorno se refiere como “diarismo” al oficio del día a día, ese que reportea el fuego pero no el que prende la mecha. “Se enfoca en la información, mientras que el periodismo literario lo hace con una idea. Escribimos para la gente que busca algo, como simplemente entretenerse, pero que termina informándose”.

Aquí no se puede inventar absolutamente nada, recalca. Pone de ejemplo a Roberto Saviano, quien en Zero, Zero, Zero menciona a un informante secreto que le entrega datos. Pero en realidad, ese personaje fueron tres personas distintas. “Quizás narrativamente salía mejor una, pero lo que hizo es cuestionable porque no podemos inventar fuentes”.

Da consejos para cubrir un personaje. “Recomiendo empezar por lo distante y luego llegar a él. Vayan a los extremos”. Y cuando ya lo tenemos, ¿qué hacer? “Pongo la grabadora y platico. Siempre mis entrevistas duran casi dos horas. No me gustan los interrogatorios, aunque a veces deben hacerse. Sucede que debo aclarar que soy periodista y que no se puede inventar nada. Por ello tantas preguntas”.

Finalmente, dice que para narrar una buena historia se debe tener claro con qué se trabaja. “Con la cabeza, las vísceras o el corazón”, menciona para interrogar a sus oyentes.

“Y tú, ¿con qué trabajas?”.

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