Opinión

Alarmismos y tragedias: el periodismo no debe hacer más daño

Por ~ Publicado el 14 abril 2014

No ha bastado con las críticas, denuncias y acusaciones que se han hecho al periodismo nacional desde el año 2010 y la cobertura de sus tragedias. Hoy, a sólo un par de semanas del terremoto en el norte y su extensa cobertura, el gigantesco incendio en Valparaíso pone a prueba a los medios y evidencia sus desaciertos.

“¿Cómo se siente?”, pregunta un reportero a un iquiqueño en plena evacuación por la alerta de tsunami en la ciudad. “Tranquilo”, dice él, una respuesta creíble si consideramos que esa ciudad está preparada hace años para un proceso de evacuación ante la amenaza de un tsunami. Sin embargo, el reportero insiste, como si lo que quisiera realmente fuera que el entrevistado confesara que no está tan tranquilo, que la verdad es que siente pánico de la fuerza del tren de olas sobre él, y sobre todo, está aterrado ante la posibilidad de un terremoto de mayor intensidad, “el gran terremoto que todavía no ocurre”.

Un diálogo como el anterior exagera el valor de la noticia, no explota la calma del ciudadano, sino que espera y desea —desde el reportero— encontrar sufrimiento y catástrofe, como buscando grietas y desamparo, porque eso es más atractivo, porque eso es lo que se supone que deben mostrar los medios en medio de una catástrofe como ésa. Porque eso es lo que “marca”.

Más de algún habitante de Iquique se quejó a través de las redes sociales de la falta de tino y empatía de los periodistas, criticando principalmente su evidente intención de escarbar en los escombros y contar las historias desde allí, desde la oscuridad. Los micrófonos, siempre invasivos y temibles, invadieron albergues, espacios de descanso y hasta el sueño de las personas. Las preguntas no llevaban a nada, desde los “cómo se siente” hasta “¿pudo dormir?”. Poca información, pura búsqueda de emoción.

Los medios a veces contribuyen a que se pierda algo más que una vida de trabajo y el techo que nos alberga: se convierten en responsables de la pérdida de nuestra dignidad.

La reciente tragedia ocurrida en los cerros de Valparaíso despertó las alarmas de los medios de comunicación y de inmediato empezó el despliegue informativo para cubrir un hecho lamentable y doloroso. “Olas de fuego”, “tsunami de fuego” y la tan manoseada frase “imagen dantesca” plagaban nuestras pantallas. Rostros de noticieros y decenas de reporteros llegaron hasta los cerros, buscaron desde dónde informar y también buscaron a las fuentes que les entregaran más datos, pero sobre todo, que los alimentaran de historias. Ninguna de ellas positiva —cómo sería posible—, todos relatos dolorosos y francamente desgarradores. Entonces volvieron los “cómo se siente al perder su casa” y las afirmaciones innecesarias (“hay olor a humo”, “quedó con lo puesto”, “es terrible, ¿cierto?”). Todo desde el desatino y el sentido común, que no siempre sirve para abordar las crisis.

Quizás uno de los puntos más débiles de estas transmisiones televisivas extensas y en vivo es el tratamiento que se da a las víctimas, aquellos que han vivido las horas más negras de su vida y que probablemente no tengan todavía, al momento de ser abordados por un reportero, la conciencia absoluta de que lo que ocurrió es cierto. Están en estado de shock y no saben aún qué sienten. Por eso la pregunta está de más, por eso la palmadita en la espalda es inapropiada y por eso un “es lamentable” es innecesario. El periodista, en esta situación, es parte y no lo es. Es parte de la tragedia porque es un testigo, pero no es quien padece el dolor, y tiene un objetivo mayor: acercarnos a esa realidad y darnos los datos necesarios para entenderla. Sobre todo, poner orden en medio del caos. Esa es una de las funciones de los medios de comunicación: la socialización, ordenar las piezas del puzle que está desparramado en el piso. Un necesario ejercicio racional.

Un terremoto y un incendio de proporciones generan daño a todo nivel. Hay personas involucradas que sufren, se pierde algo que no se puede recuperar de inmediato, y los medios a veces contribuyen a que se pierda algo más que una vida de trabajo y el techo que nos alberga: se convierten en responsables de la pérdida de nuestra dignidad. Por rating, por ignorancia, por mandato “del de arriba”, por sentido común o una mala intuición.

Podríamos ahondar mucho más en este punto, pero me parece que lo que guía toda la discusión es una única y fundamental premisa: no hacer más daño. Y tener conciencia del trauma, de su definición y de sus consecuencias, sería importante a nivel de un departamento de prensa. De esa manera podríamos caer menos en el lugar común, en la pregunta innecesaria y en la re victimización de esas fuentes que, sin querer, exponemos y obligamos a sufrir más, lo que ya es demasiado para ellos.

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