Opinión

“Una noticia que no fue”: La participación del sacerdote Pedro Labrín en “Tolerancia Cero”

Por ~ Publicado el 6 abril 2012

La visita del jesuita al programa dominical se transformó en un calvario, no tanto para él sino más bien para los telespectadores. ¿Por qué lo que auguraba ser una interesante entrevista terminó en un desastre?

Pedro Labrín, sacerdote jesuita en el programa “Tolerancia Cero” | Captura: Chilevisión

Entre las externalidades positivas del caso “Daniel Zamudio”, quizás la más patente es la naturalidad con que hoy se discuten los derechos de las minorías. La conversación ya no es monopolio de los más progresistas o de los propios afectados, sino de toda la sociedad en su conjunto. Y ese paso, no es menor. El tema está en la esfera pública y las personas reflexionan, toman posiciones, cambian de opinión y refuerzan argumentos. El periodismo también contribuye en esta conversación.

En medio del debate llamó la atención un testimonio difundido a través de Youtube del sacerdote jesuita Pedro Labrín. Como parte de la campaña de la ONG Todo Mejora, que busca un espacio de acogida a homosexuales y lesbianas, Labrín expresa en el video una posición directa y clara frente a los conflictos sicológicos y sociales que viven muchos jóvenes gay. No es solo lo que dice, también hay un matiz en cómo lo hace. No estábamos acostumbrados a escuchar opiniones así en la esfera pública. No de la boca de un sacerdote, hasta aquí desconocido por la mayoría y miembro de la Iglesia Católica. El video corrió por la web y el domingo 1 de abril, el programa “Tolerancia Cero” (TO) de Chilevisión decidió entonces invitar a Labrín al programa.

Como televidentes nos habría gustado un tono más dialogante, que ayudara a entender el contexto, la profundidad de las palabras que había expresado Labrín. No estoy postulando ser condescendiente con el invitado, por supuesto que no. El periodismo no tiene ni debe cuidarle las espaldas a las fuentes que consulta.

Pero lo que se suponía sería una acertada decisión de parte del editor de TO al invitar al jesuita a la mesa de Del Río, Paulsen, Villegas y Bofill, se transformó en un calvario, no tanto para Labrín sino más bien para los telespectadores. Ver en pantalla a un entrevistado nervioso, a ratos confuso y a un panel interrogando más que conversando, es poco grato. Salvo que uno estuviera mirando “Espartaco” o “Gladiador”, tener que presenciar cómo se engullen a un cristiano en la tele, es para hacer transpirar a cualquiera. Y claro, un grupo importante de la audiencia quería desenchufar el aparato.

¿Qué ocurrió? ¿Por qué lo que auguraba ser una interesante entrevista terminó en un desastre? ¿Por qué el jesuita aceptó ir al programa y exponerse de esa forma? ¿En qué contribuyó a la mejor comprensión del contexto de la realidad noticiosa —si aceptamos que el periodismo tiene un rol de servicio público— sentar a Labrín por cerca de 40 minutos ante las cámaras?

Bueno, había buenas razones. Días antes, en las redes sociales, circulaba el video aludido con un inédito testimonio dirigido a los jóvenes homosexuales: “Son muchas las voces que te pueden estar diciendo en este momento, cambia”, dice el sacerdote. “Escucha la voz de tu corazón. Aquí el Señor tu Dios, que puede tener nombres muy distintos, según de dónde tú vengas, te está diciendo no cambies, reconócete, acéptate como yo te he creado”.

Ese era el gran titular para la noche del domingo en Chilevisión. Jamás antes un sacerdote católico se había atrevido con una declaración tan al hueso; con una opinión tan descarnada. Más aún, en el mismo programa se mostró a Jaime Coiro, director de comunicaciones del episcopado, leyendo una declaración de los obispos y en la cual calificaba al homosexualismo como un “desorden”. Entonces, parece incomprensible que “Tolerancia Cero” haya errado en el foco de la noticia. Desde mi punto de vista, las preguntas que correspondían iban por el lado de averiguar por qué el sacerdote jesuita se atrevía a afirmar aquello, qué costo tenía eso para él, que consecuencias a nivel de la jerarquía de la Iglesia y también en el plano humano con los muchos jóvenes que él mismo acompaña.

Como televidentes nos habría gustado un tono más dialogante, que ayudara a entender el contexto, la profundidad de las palabras que había expresado Labrín. No estoy postulando ser condescendiente con el invitado, por supuesto que no. El periodismo no tiene ni debe cuidarle las espaldas a las fuentes que consulta. El tema es que aquí sí había una noticia, y era una de lujo para los tiempos que corren, pero aparentemente nadie reparó en ella. En cambio, lo que vimos fue a un Villegas ofuscado pidiendo que le definieran el mundo en blancos y negros, a Bofill frustrado, a Paulsen y Del Río incómodos, y al sacerdote Pedro Labrín moviendo las manos de un lado a otro intentando sobrevivir mientras trataba de explicar lo que no le estaban preguntando.

Era el momento para instalar en la opinión pública la idea de que la Iglesia Católica, esa institución que por años fue venerada y que hoy tiene cero costo pisotearla en cada paso, acoge en sus filas a personas como Pedro Labrín.

Precisamente porque el sacerdote no es un experto en el arte de la cuña, ni el cálculo odioso de responder con la frase que algún comunicador estratégico recomendó, es que abordar el tema requería de otro canon o un ajuste de marcha durante la ruta. Porque si no es así, entonces aceptemos que sólo podrá debatir en la televisión quien tenga todo bien ensayado, aquel que maneja la retórica y el arte de la seducción pero jamás el poco experimentado, por muy relevante que sea como fuente noticiosa.

Es probable que Pedro Labrín se haya sentido humillado. Y quizás por esto es tan dramático leer la carta que él mismo envió al otro día a un grupo de sus amigos y que tituló “Cómo me siento el día después de Tolerancia Cero”. Aquí un extracto de ese texto: “Muchos de ustedes me han preguntado, desde las primeras horas del día, cómo me siento después de haber participado en el programa Tolerancia Cero. Lo primero es decirles que me siento muy querido. Experimento en cada una de sus preguntas un abrazo cargado de emociones muy diversas y ricas. He podido reconocer en ellas que se puede expresar apoyo incondicional, con preocupación, con legítimo orgullo, con reconocimiento de la valentía, con adhesión íntima a mi convicción, o con discrepancias; pero también –y éste ha sido el aprendizaje más potente- he podido sentir amor incondicional de mis amigos y amigas gays y lesbianas en sus abrazos cargados de rabia contenida, de decepción, de frustración por expectativas no cumplidas y, en el fondo de cada uno de estos gestos, una profunda compasión y acogida conmigo, capaz de postergar el primer impulso al rechazo. Me transmitieron que en el fondo saben que el deseo va más rápido que los pasos al caminar y que conocen mis deseos y también mi sufrimiento por no poder avanzar más rápido en el camino de solidaridad que ya descubrió mi conciencia y en el cual seguiré comprometido”.

Insisto, era tan buena la papa caliente que tenían entre manos… Era el momento para instalar en la opinión pública la idea de que la Iglesia Católica, esa institución que por años fue venerada y que hoy tiene cero costo pisotearla en cada paso, acoge en sus filas a personas como Pedro Labrín; un sacerdote que rema contra la corriente y que lo hace, todavía, bastante solo. Parte de su trabajo quedó enterrado la noche del domingo 1 de abril. Demasiado apuro por probar una tesis o demasiada rabia con tanto lenguaje entre líneas. No queda claro qué ocurrió en el set de uno de los programas más respetados del la televisión chilena.

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