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Entrevista a Carlos Peña: “No tenemos que elegir entre el absolutismo de sus verdades y un relativismo vertiginoso para el que todo vale”

Por ~ Publicado el 15 julio 2009

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Por Hernán Rojas SJ

Miércoles 1º de julio; 10:00 hrs. Rectoría Universidad Diego Portales. Don Carlos Peña sale de su oficina para recibirme. Carlos Peña es abogado con posgrados en sociología y filosofía y desde 2007 es rector de la UDP. Es, además, columnista de El Mercurio. Entre una amplia gama de temas, en estas columnas ha expresado su desacuerdo con la Iglesia en diversos ámbitos. Aquí algo de sus razones…

-Se trata de un blog sobre la Iglesia. Me interesaba tener las impresiones, a propósito de un montón de columnas en el diario que yo he leído…

“Que dan la impresión de ser una especie de «cruzada anticlerical»”, dice en tono de broma.

Sobre su relación con la religión y la Iglesia dice: Mis padres son católicos practicantes. Como todas las personas de mi generación, debo tener resabios de una cultura católica. Pero, claro, no soy católico, si por católico se entiende alguien que reconoce la autoridad eclesial en una amplia esfera de asuntos, tanto doctrinales como relativos a cuestiones de moralidad, y al mismo tiempo practica el culto de manera relevante. No, no soy católico.

Las convicciones religiosas apuntan a preguntas que todos los seres humanos se plantean sobre el sentido último de la existencia. Pero yo creo que no podemos saber que se trata de respuestas verdaderas. Por lo mismo, la gente que cree en esas respuestas, es gente que tiene eso que se llama fe, algo de lo que yo sin ninguna duda carezco.

Sin embargo, no obstante que uno reconozca el valor de las religiones –como yo lo hago–, de ahí no se sigue que uno deba reconocer a quienes son autoridades dentro de las Iglesias o confesiones, ninguna autoridad particular en el debate público. Entonces yo enfatizo esto en mis columnas. Sí les reconozco, en cambio, el derecho de opinar, pero sin estar provisto de ninguna autoridad particular. Y por eso creo que tengo todo el derecho a discutir cuán razonables o no son sus puntos de vista.

LA IGLESIA EN EL DEBATE PÚBLICO

-¿Cuál es, a su juicio, el problema en el modo de intervenir en el debate público de nuestros pastores, de la Iglesia?

Yo creo que la Iglesia Católica en particular, más que otras confesiones religiosas, ve un cierto problema al participar en el debate público básicamente porque es un “monoteísmo convencido absolutamente de su verdad”. Y cree que esa verdad alcanza no sólo a convicciones estrictamente religiosas, sino también otras en una amplísima gama de aspectos de la vida humana.

Pues bien, ese punto de vista con el que la Iglesia reclama autoridad, hace muy incómoda su participación en el debate público, porque éste supone –en una sociedad abierta y democrática– condiciones de estricta igualdad entre los participantes en el diálogo.

La Iglesia Católica –como cualquier otra confesión– tiene que resignarse a que buena parte de aquello que al interior de su confesión es una buena razón, en el debate público no. A la Iglesia le viene mejor su papel de orientadora o tutora de la vida de los ciudadanos, pero le queda incómodo el papel de «una posición ciudadana más».

Yo no creo que deba enmudecerse a quienes tienen un punto de vista religioso en el debate público. Todos los ciudadanos tienen derecho a defender sus convicciones en la esfera pública. El punto es que al hacerlo no pueden hacerlo ni desde una posición de autoridad ni esgrimiendo razones que son válidas sólo para quienes adhieren a ese punto de vista religioso.

– Como contraparte, ¿cuál es el aporte que pueden hacer las confesiones religiosas a la sociedad hoy día?

No es poco. Todas las sociedades, incluso las sociedades modernas, no pueden prescindir de un cierto sentido de lo religioso. Durante mucho tiempo se creyó que las sociedades modernas inevitablemente se secularizaban, entendiendo por este proceso una retirada de las confesiones religiosas de la esfera política. Pero la evidencia empírica ha demostrado que no es así. Más bien, las sociedades modernas –entre otras la nuestra– experimentan un fenómeno que podríamos llamar «secularización blanda», en la que las creencias religiosas se hacen más electivas. El caso más claro es EE.UU., donde se elige Iglesia como quien elige supermercado. Y ese fenómeno, me parece a mí, se está produciendo también en Chile.

Y a la hora de configurar los temas acuciantes de nuestro debate público, de iluminar los temas de nuestro debate público, también las confesiones religiosas tienen algo que decir, como lo muestran los debates sobre la píldora o sobre el aborto terapéutico. En todos esos temas no cabe ninguna duda que la Iglesia Católica y las otras confesiones tienen mucho que decir. En otras palabras, yo creo que el debate público sin esos puntos de vista sería un debate más pobre, no cabe duda de eso… Y además sería menos entretenido…

– Ja ja ja… “Yo no sabría qué escribiría en el diario”.

Por supuesto. Pero la Iglesia tiene todo el derecho de participar. Por lo demás, lo ejercita plenamente. De pronto yo veo que los católicos ejercitan una especie de convicción de minoría, como si fueran un puñado de personas indefensas y perseguidas. ¡Nada de eso es cierto! Hay pocas instituciones con mayor poder cultural y económico que la Iglesia Católica. Pero entonces, una institución tan poderosa como ésa tiene que aceptar que quienes no pertenecen a ella puedan discutir sus puntos de vista bajo condiciones de igualdad.

PASADO Y PRESENTE DE LA IGLESIA

– Ahora, pensando en los últimos 35 años, ¿nota usted un cambio en el modo de participar en el debate público de la Iglesia?

Sí. No cabe duda que entre los años 70’s y éstos, la Iglesia –y en especial la Iglesia Latinoamericana– ha experimentado cambios muy dramáticos. En la Teología de la Liberación, por ejemplo, había un intento de la Iglesia por reflexionar con las herramientas de las ciencias sociales sobre su propia praxis. Si uno compara la Iglesia latinoamericana de Medellín o Puebla [se refiere a los documentos emanados de sendas Conferencias de Obispos latinoamericanos en 1968 y 1979] con la de hoy, la primera acercaba la fe y sus propias convicciones a los problemas de justicia, mientras la de hoy parece más preocupada de aspectos relativos a la moral sexual de la gente. Es una Iglesia distinta. Y es natural entonces que la primera Iglesia haya sido más dialogante con las ciencias sociales y los intelectuales de la época.

-¿Por qué dice que es natural que la Iglesia tenía que ser más dialogante hablando de temas sociales que de moral sexual?

En realidad, hay tanta posibilidad de ser dialogante entonces como ahora. El punto es que esa Iglesia latinoamericana tenía más consonancia con el espíritu de la época. En cambio esta otra Iglesia no. No estoy diciendo que ésta esté equivocada, pudiera esta Iglesia tener razón, pero es una Iglesia que se siente más acorralada en sus convicciones…

VERDAD Y RELATIVISMO

-Da la impresión, por lo que usted dice, que cualquier confesión religiosa tiene un conflicto, pues se enfrenta al mundo desde las verdades que cree le han sido reveladas, pero a la vez se le pide entrar al debate público en plan de igualdad.

Es que ése es un dilema de todos los partícipes del debate público. Todos los seres humanos anclamos nuestra vida en un puñado de convicciones últimas, pero la mayor parte de los seres humanos no cree tener una autoridad particular a la hora de defender esas verdades. ¡Si ésa es toda la diferencia! No es que la Iglesia crea en ciertas verdades y todo el resto de los seres humanos somos descreídos. ¡Para nada! ¡Una vida humana sin certezas básicas es un infierno! Todos los seres humanos tenemos convicciones firmes.

No es que los seres humanos de una sociedad democrática estén condenados a escoger entre el absolutismo de las verdades que administra la Iglesia y un relativismo vertiginoso para el que todo vale. Presentar así las cosas es una mentira. Y la Iglesia suele presentarlas así. La Iglesia suele presentarlas como “o cree en lo que yo digo o son unos relativistas irresponsables”. Ése es un dilema falso. Entonces esta idea que a veces presenta la Jerarquía eclesial, conforme a la cual quien no es creyente o no cree en valores absolutos es un tipo para el cual todo vale, eso desde luego es un insulto pero además es una mentira, es una trampa intelectual.

Los no creyentes también tienen convicciones firmes que no están dispuestos a transar. Lo que ocurre es que dentro de esas convicciones firmes está que la autonomía y la capacidad de discernimiento de cada individuo son muy valiosas. Y que una vida humana vivida en base al propio discernimiento es más valiosa y digna de ser vivida que una vida humana vivida como súbdito de otro. ¡Ésa es toda la diferencia!

Yo reconozco que en todo este debate hay muchos malos entendidos de lado y lado. Pero el malentendido fundamental, que la Iglesia a veces se empeña en sembrar, es que la sociedad va al despeñadero si no se adhiere a las verdades que la propia Iglesia maneja. No es verdad que debamos escoger entre el monoteísmo convencido de su verdad o un relativismo que no cree en ninguna verdad. No se requiere ser creyente para pensar que en la vida hay un puñado de cosas valiosas que vale la pena defender.

El problema es que la Iglesia parte del supuesto de que tiene más capacidad de discernimiento que los demás y que, por eso, lo que tenemos que hacer es simplemente plegarnos a la respuesta que ellos proclaman, abandonando nuestro propio discernimiento. Bueno, esa condición es simplemente inadmisible para la sociedad democrática.

– Y probablemente la sociedad o los individuos tampoco están dispuestos a aceptarlo.

Claro. Es que en la vida humana hay ciertas cosas que, aunque sean verdaderas, cuando son impuestas pierden todo valor. A lo mejor la Iglesia tiene razón cuando dice que el sentido de la vida humana tiene que ver con la fe y que el sentido del dolor se muestra en la crucifixión de Cristo, que es el gran acontecimiento de la historia. Aun aceptando que esto fuera verdad, eso ilumina la vida de un individuo sólo a condición de que ese individuo lo alcance por su propio discernimiento y no simplemente se adhiera a eso en «razón de autoridad». Lo propio de la vida humana es que un significado impuesto, deja de ser un significado para ella.

LA IGLESIA EN UN PAÍS MÁS AUTÓNOMO

Chile ha experimentado un gran cambio cultural, conforme las condiciones económicas y sociales han mejorado para las grandes mayorías. Chile nunca había estado mejor que hoy, aunque de pronto se escuche en las élites la estúpida idea de que antes la educación era mejor, la universidad era mejor y la juventud era mejor. ¡Son todas mentiras!

Hoy día los chilenos son distintos: son más autónomos, más electivos, más críticos de las élites, más ambiciosos. El cambio cultural podríamos reducirlo diciendo que hoy día los chilenos sienten que su vida personal depende más que antes de su propia voluntad y esfuerzo.

Así, el gran desafío de nuestro país es un sistema educativo a la altura de esas expectativas, un sociedad capaz de brindar oportunidades cada vez más iguales y una cultura pública que sea respetuosa con esa autonomía que hoy día tienen los chilenos y chilenas.

¡Si lo que la gente quiere es gestionar su propia vida! No es que quieran vivir su vida en medio del desenfreno como teme la Iglesia, sino vivir su vida en base a su propio discernimiento, que no es lo mismo. No es que Chile esté atravesado por una línea donde de un lado están los liberales doctrinarios y relativistas y de otra parte unos conservadores a ultranza que quieren vivir su vida monacalmente. La línea que divide a los chilenos más bien está entre una pequeña minoría que todavía cree que las sociedades requieren tutores y una gigantesca mayoría que quiere vivir conforme a su propio discernimiento. ¡Ésa es la gran diferencia!

Por lo demás, éste es el desafío que ha tenido la Iglesia desde el [Concilio] Vaticano II: cómo vérselas con la modernidad. Y la Iglesia lo ha resuelto de distintas maneras en su historia. La Iglesia de la Contrarreforma fue una Iglesia sincrética, capaz de acoger y procesar una diversidad prácticamente infinita. Así también lo muestra la religiosidad popular latinoamericana, que es tan sincrética. Ésa ha sido una Iglesia. La otra es una Iglesia de minorías engrifadas, erizadas, que le anda diciendo al mundo cuán mal se comporta. Es una Iglesia más doctrinal y más excluyente. Y tiene que elegir.

– ¡Parece que no tiene mucha opción!

No tiene mucha, creo yo. Casi ninguna ya.

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