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El Washington Post saca sus trapos al sol

Por ~ Publicado el 13 julio 2009

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Por Ignacio Bazán

Como hemos ido documentando durante las últimas dos semanas, el Washington Post, el segundo diario más influyente de Estados Unidos cayó en un enorme dilema ético del que le va a ser difícil recuperarse. Katharine Weymouth, su directora, decidió realizar una serie de cenas en su casa llamadas “salons”. El escándalo explotó cuando se supo que cada una de estas reuniones costaría 25.000US, siendo parte del menú principal el tener acceso a periodistas y editores del Post con vastos conocimientos de los pasillos de la Casa Blanca y de los edificios públicos de Washington DC en general.

En un principio, Weymouth trató de bajarle el perfil a los “salons”. Culpó al departamento de marketing y dijo que lo que se había filtrado era solo un borrador. Resulta que ahora, después de que se revisaran los mails de parte del staff del Post, se sabe que Weymouth y Marcus Brauchli, un importante editor del Post desafectado del Wall Street Journal hace un tiempo, estaban al tanto de los “salons”. Edgard Alexander, el ombudsman del Post, hace un gran mea culpa en su columna del domingo y reporta desde adentro de la organización cómo las cosas realmente ocurrieron.

De paso, Alexander desacredita a su jefa directa y a buena parte de los editores y periodistas del Post que sí sabían lo que iba a ocurrir en las reuniones concertadas. La única disculpa que tienen los empleados del Post de menor monta, según Alexander, es que al escuchar a sus superiores hablar con tanta seguridad del plan, no se habrían atrevido a ponerlo en duda.

¿Qué es lo que salva a Weymouth?

Ser parte de la familia dueña del Post de seguro que ayuda. Es la única razón que explica que se haya mantenido en su puesto.

¿Qué es lo que salva a los demás?

De seguro que que Weymouth haya sido parte central del plan de los “salons”. Si Weymouth no se va del Post, despedir a cualquier otra persona sería totalmente injusto, dándole un nuevo golpe a la reputación del diario y de Weymouth misma.

Aunque tarde, los principales implicados en este embrollo ético periodístico terminaron por asumir su responsabilidad.

“Soy la líder de esta organización”, dice Weymouth a Alexander. “Si alguien debiera haber parado (los “salons”), debería haber sido yo”.

Brauchli dijo: “El Washington Post se enorgullece de su cobertura de la intersección que hay entre intereses monetarios y la gente que hace políticas publicas o desarrolla leyes. Nosotros no deberíamos estar dándole facilidades a esa intersección. Deberíamos estar cubriéndola”.

Después del escándalo y el mea culpa al parecer queda una cosa clara en el Post. Los errores no se pagan con el puesto. Se pagan con la perdida de credibilidad y dignidad. Weymouth y Brauchli podrán haber mantenido sus trabajos, pero definitivamente hicieron perder el capital más grande de una organización de noticias. Y todos sabemos cual es.

*Editor Puro Periodismo

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