Opinión

Lo sabía

Por ~ Publicado el 3 septiembre 2008

Mientras en Hollywood se discutía qué estrella iba a protagonizar la película Betancourt y nuestra Presidenta la proponía al Nobel de la Paz, los y las femicidas políticos con los que me encontraba se hartaban de la ex rehén. “Me tiene chato”, me confesaba uno para callado, porque no era muy políticamente correcto andarlo diciendo.

Claro, ese 2 de julio en que Ingrid Betancourt fue liberada, todos se sintieron colombianos y se emocionaron con el éxito de la operación Jaque. La rehén más célebre de la maldita guerrilla colombiana no sólo estaba salva, sino que, contra los pronósticos que la hacían moribunda, se veía harto sana, entera y hasta guapa. Como si fuera poco, articulaba un discurso muy informado sobre la actualidad. Cosas de estar secuestrada en tiempos globalizados.

“Qué entereza”, comentaron al verla. Pero, por lo visto, para algunos fue demasiado. Todavía no se enfriaba el avión que la había trasladado y ya aparecían los primeros disidentes. No me refiero a los “amargados” -como los llamó el Presidente colombiano, Álvaro Uribe- que calificaron de montaje el rescate. No. Hablo de gente con la que me encontré, a quienes después de unos pocos días de seguir sus pasos les empezó a cargar Betancourt.

Primero les dio con el marido. Que lo humilló, porque cuando se bajó del avión ni lo miró y todos los abrazos fueron para su mamá, cuando el tipo también había sufrido. Después empezaron a decir que ella siempre fue una política conflictiva. Luego les dio con que tenía “declaracionitis”, porque si algo demostró Betancourt es que el que nacía chicharra moría cantando: ni seis años secuestrada le quitaron las ganas de intervenir públicamente, y tras la liberación se la ha pasado en entrevistas y recepciones, haciendo llamados a los guerrilleros, a los colombianos y criticando a Hugo Chávez e, incluso, a Uribe.

Por eso, mientras en Hollywood se discutía qué estrella iba a protagonizar la película Betancourt y nuestra Presidenta la proponía al Nobel de la Paz, los y las femicidas políticos con los que me encontraba se hartaban de la ex rehén. “Me tiene chato”, me confesaba uno para callado, porque no era muy políticamente correcto andarlo diciendo.

-¿Por qué tanto? -le pregunté.

-¡¡¡Por mediática!!! Debería estar con sus hijos a los que no ha visto en años y no almorzando con el ex ministro francés Dominique de Villepin.

Con Natascha Kampusch, la joven austríaca que estuvo ocho años secuestrada, pasó algo similar. Al principio todo fue compasión, pero cuando trató de tener una vida y la pillaron besuqueándose en una disco como cualquier persona de su edad, la encontraron perversa. A la gente le gusta que las víctimas sean bien víctimas, inconsolables y quebradas. Curiosamente, eso significa normalidad y, por lo mismo, ver a Betancourt tan energizada le desconcierta y le parece rara y loca. Seguro la siquiatría ha descrito el fenómeno y tiene un nombre, pero para mí que eso es machismo.


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